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Hambruna

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Hambruna
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Concepto:Proceso de crisis socioeconómica, relativamente prolongado

Hambruna. Consistente en el progresivo empobrecimiento de los grupos más vulnerables y el deterioro de sus sistemas de sustento, con un incremento del hambre masiva. El proceso conlleva también desplazamientos poblacionales, la propagación de epidemias, la desestructuración comunitaria y, en los casos graves, un aumento de la mortalidad (debida más a las epidemias que a la inanición).

Gestación

La gestación de la hambruna tiene lugar en un contexto de vulnerabilidad preexistente (con cierto nivel de pobreza y de hambre endémica), cuando actúa determinado factor detonante (catástrofe natural, convulsión económica, conflicto armado, etc.). Por tanto, la hambruna es una forma de desastre, siendo uno de los componentes de las emergencias complejas.

Aunque las hambrunas afectan a muchas menos personas que el hambre crónica, constituyen un problema que merece particular atención dado su carácter localizado y virulento. Se estima que unos 70 millones de personas han muerto por hambruna durante el siglo XX, una cifra superior a la de los siglos anteriores.

Expresión

La expresión más grave de las hambrunas, aunque no en todas ellas ocurre, es el incremento de la mortalidad. Convencionalmente se ha pensado que tal incremento es consecuencia del insuficiente consumo de alimentos, pero recientemente se ha constatado que la principal causa reside en la proliferación de epidemias. En efecto, durante las hambrunas se produce:

  • Un incremento de la susceptibilidad o propensión a contraer enfermedades infecciosas, derivado de la debilidad biológica que produce la malnutrición.
  • Un aumento de la exposición a las epidemias no vinculadas a la alimentación (como cólera, sarampión, paludismo y tifus), debido a que la crisis alimentaria provoca desplazamientos de la población, y el posterior hacinamiento de ésta en ubicaciones insalubres y con deficientes servicios de agua y saneamientos, a lo que se añade frecuentemente la quiebra de los sistemas de atención sanitaria. Ambas circunstancias hacen que los campos de refugiados sean los lugares donde suelen registrarse las mayores tasas de mortalidad .

De cara a la acción humanitaria, es importante por tanto tener en cuenta que una hambruna puede venir activada por una falta de alimentos o de capacidad para acceder a los mismos, pero que probablemente acabe desarrollándose también una crisis sanitaria. Aunque la hambruna rara vez ha matado a más del 2% o 3% de la población de un país, sí puede acabar con un porcentaje importante de los habitantes de su zona de epicentro. Así, un cuarto de la población de Ucrania murió durante la hambruna de 1932-34, así como el 20% de los residentes en distritos más afectados durante la hambruna de Wollo (Etiopía) de 1973. Además, afecta sobre todo a los que ya habitualmente son más vulnerables desde el punto de vista biológico y socioeconómico, es decir, a los niños menores de cinco años y a los ancianos que viven en zonas rurales pobres alejadas de las ciudades. En la hambruna de 1984 en Darfur (Sudán), la mortalidad de niños entre uno y cuatro años se multiplicó por cinco, en tanto que la de los menores de un año apenas aumentó, gracias a la protección inmunológica de la lactancia materna.

Diferencias por sexo

En cuanto a las diferencias por sexos, diferentes estudios citados por Devereux indican que normalmente la mortalidad suele aumentar más entre los hombres que entre las mujeres, a pesar de que éstas son socioeconómicamente más vulnerables. Por un lado, las mujeres son más resistentes gracias a que su cuerpo acumula más reservas de grasa. Por otro, dado que durante las hambrunas desciende la fertilidad, también lo hacen las cifras de mortalidad materna durante el parto, con el consiguiente impacto estadístico. Sin embargo, la situación es a veces la inversa entre los niños menores de cinco años. Así, por ejemplo, en la hambruna de Etiopía de 1972-75, aunque en términos generales la mortalidad aumentó más entre los hombres, entre las niñas se incrementó un 50% más que entre los niños, como consecuencia de que en las familias se priorizaba la alimentación de éstos para garantizar su subsistencia. Por otro lado, la mortalidad no es el único impacto demográfico, ya que la disminución de la natalidad que suele provocar puede acarrear consecuencias de la misma magnitud. Así, en la hambruna china entre 1958-62, unos 30 millones murieron, en tanto que se perdieron indirectamente otros 33 millones por nacimientos que no hubo o se pospusieron.

Evolución del problema

Existen noticias sobre numerosas hambrunas a lo largo de la historia en todos los continentes, causantes algunas de millones de muertos. La peor de la historia probablemente fue la que, acompañada de la plaga bubónica, causó unos 43 millones de muertes por enfermedad y hambre en Europa entre 1345 y 1348. Otra de las peores, la más mortífera del siglo XX, tuvo lugar en el norte de China entre 1958-1962, como consecuencia del Gran Salto Adelante de Mao, con unos 30 millones de muertos. En las últimas décadas del siglo XX, la hambruna se ha concentrado en el África Subsahariana, sobre todo en el Cuerno, donde parece casi endémica. Por el contrario, prácticamente ha sido erradicada como un fenómeno endémico en el resto de continentes, si bien es cierto que, por circunstancias excepcionales, todavía golpea ocasionalmente en el Sur de Asia, como ha ocurrido en Corea del Norte entre 1995 y 1998. Por otro lado, en las últimas décadas se ha experimentado una apreciable disminución en el número de muertes de cada hambruna. Incluso en las peores hambrunas africanas, el número de fallecimientos es a lo sumo de unos cientos de miles, pero no de millones como antes.

Recordemos que, por ejemplo, en la Gran Hambruna de Etiopía de 1888-92 murió cerca de un tercio de la población del país. Entre 1900 y 1960 hubo en el mundo (sobre todo en China, Rusia e India) unos 66 millones de muertos en nueve hambrunas, mientras que entre 1960 y 2000 hubo 10 millones en 16 hambrunas, la mayoría en África. Esta mejoría responde a varios avances habidos durante el siglo XX. En la primera mitad de éste, durante la administración colonial, la vulnerabilidad a la hambruna en Asia, y en menor medida en África, disminuyó debido a la mejora de las comunicaciones y del transporte, la vinculación de mercados antes aislados con otros más amplios, la puesta en marcha de algunos sistemas de alerta temprana y el establecimiento de algunas políticas de ayuda a los afectados. Posteriormente, tras la independencia, muchos países asiáticos como la India han conseguido erradicar la hambruna gracias a una decidida implicación de los gobiernos, con sus políticas de creación de empleos o de reparto de ayuda. Por el contrario, en muchos países de África la descolonización abrió las puertas a las guerras civiles, que se han convertido en la principal causante de las hambrunas, en ocasiones combinadas con las sequías.

Enfoques causales

Durante las últimas décadas, un fuerte desarrollo teórico en el campo de los estudios sobre la seguridad alimentaria ha impulsado la aparición de nuevos paradigmas explicativos de las causas de las hambrunas. Como resultado de esta evolución, si tradicionalmente las explicaciones giraban en torno sólo a factores naturales (crecimiento demográfico y catástrofes naturales), en las últimas décadas se priorizan los factores socioeconómicos y políticos (pobreza, políticas perniciosas, conflictos, falta de actuación internacional, etc.), interactuando a veces con los factores naturales. Así, con el tiempo han ido apareciendo sucesivamente tres paradigmas diferentes, que simplificando podríamos denominarlos respectivamente como demográfico, económico y político.

Enfoque demográfico: el (neo)malthusianismo

Malthus, en su Ensayo sobre el Principio de la Población, de 1798, auguró la inevitable tendencia de la población a crecer por encima de la producción de alimentos. Consiguientemente, veía la hambruna como un evento puntual ocasionado por la falta de alimentos, que contribuía a restablecer el equilibrio recursos-población (ver demografía). Sobre la base de esta idea, desde aquella época hasta principios de los años 80, las hambrunas se han explicado basándose en lo que Sen ha denominado el enfoque del Descenso de la Disponibilidad de Alimentos (DDA) (Food Availability Decline).

Este enfoque concibe las hambrunas como períodos de escasez debido a un hundimiento brusco de los suministros alimentarios per cápita, motivados por factores naturales (catástrofes climáticas que merman las cosechas) o demográficos (crecimiento vegetativo que desborda el abastecimiento). Este enfoque dio lugar a la aparición en 1974 del concepto de Seguridad Alimentaria Nacional, entendida como la consecución de unos suministros per cápita suficientes a escala de un país en todo momento. Al estimar sólo cifras agregadas promedio (total de suministros entre total de la población), ignora la desigualdad social en el reparto de los alimentos. Al mismo tiempo, las respuestas políticas que promueve se basan meramente en la reducción del crecimiento demográfico y en el incremento de los suministros nacionales, no en medidas redistributivas de lucha contra la pobreza (ver seguridad alimentaria).

Diferentes corrientes neomalthusianas han surgido a lo largo del tiempo, pronosticando hambrunas regionales o globales, justificadas por las preocupaciones dominantes en cada época. Así, en los años 60 proliferaron las obras que alarmaban sobre un crecimiento demográfico supuestamente excesivo en el Tercer Mundo, y que vaticinaban escenarios apocalípticos. Durante los 70, la disminución de la producción agrícola de mediados de esa década ayudó a difundir la idea de una escasez alimentaria mundial. En los 80 y 90, el neomalthusianismo persiste en autores y organizaciones, como el World Watch Institute de Washington, que alertan sobre el agotamiento de los recursos naturales por sobreexplotación, y vaticinan una progresiva disminución de la productividad agrícola que choca con el aumento de la población mundial.

Las réplicas a estas posturas han sido múltiples. Primero, no parece cierta la idea de Malthus de que las hambrunas sirven para reducir el exceso de población, pues la mayoría de los que fallecen no están en edad reproductiva, y las pérdidas suelen compensarse con un incremento posterior de la fertilidad. Segundo, como ha ocurrido desde la época de Malthus, la mejora tecnológica y científica permitirá aumentar la producción de alimentos en el futuro, previéndose además que la población humana se estabilizará en los 9.000 millones a fines del siglo XXI, por lo que no parece inminente una escasez mundial de suministros en las próximas décadas. Esto, sin embargo, no significa que no vaya a perdurar el hambre crónica por mala distribución de esos recursos, y que no existan serias amenazas medioambientales derivadas de la producción agrícola. Tercero, en muchas zonas del África Subsahariana lo que contribuye a la hambruna es más bien la baja densidad demográfica, por cuanto hace poco rentables y desincentiva las inversiones en infraestructuras viarias, servicios de salud y tecnología agrícola.

Enfoque económico: pérdida de titularidades

Desde finales de los años 70, diversos autores comenzaron a criticar el enfoque anterior, al entender que las hambrunas y el hambre no suelen deberse a una falta de alimentos en el mercado, sino a la pobreza de determinados sectores sociales que les priva del acceso a los mismos. Estas críticas dieron lugar a un nuevo enfoque, el de la teoría de las titularidades al alimento de Amartya Sen, formulada en su decisiva obra Poverty and Famines, de 1981, que fue decisiva para la formulación de la Seguridad Alimentaria Familiar, centrada en las familias más que en los países. Las titularidades (entitlements) son las capacidades que una familia tiene para acceder al alimento, por cauces legales, produciéndolo, comprándolo o percibiéndolo como donación del Estado o la comunidad. Sen comprobó en diversos estudios de caso que la hambruna con frecuencia no se debe a una falta de suministros. Su causa es una pérdida repentina de titularidades de las familias pobres, hasta un punto inferior al necesario para satisfacer sus necesidades nutricionales. Es decir, la hambruna sería una convulsión temporal del sistema económico. Por consiguiente, la respuesta política contra ella habría de basarse en intervenciones de lucha contra la pobreza.

Sin embargo, desde mediados de los años 80, diferentes autores han puesto de manifiesto las limitaciones de la teoría de las titularidades y del enfoque económico en general. La crítica fundamental a esa teoría se centra en que asume una definición occidental y convencional de la hambruna, habitual en medios políticos y medios de comunicación. La concibe como un hundimiento repentino del consumo de alimentos que provoca una forma particularmente virulenta de inanición, la cual lleva a la muerte generalizada. Es decir, se trataría de un acontecimiento puntual y esporádico, diferente al hambre, y cuya aparición se caracterizaría por el aumento de la mortalidad a causa de la inanición. Por el contrario, autores como Rangasami y De Waal han constatado que la hambruna no es un evento tan diferente del hambre, sino un proceso que tiene en ésta su punto de partida, y sólo en su última fase puede llevar, y no siempre lo hace, a una muerte masiva.

En efecto, en África, la visión de las propias víctimas es que la hambruna se inicia mucho antes de que aumente la mortalidad, diferenciando hambrunas de diferente intensidad, particularmente las “hambrunas que matan” y las que “no matan”. De hecho, la mayoría de las hambrunas del continente se caracterizan por una inanición no extrema, gracias al efecto paliativo de las estrategias de afrontamiento familiares. Es más, no es el aumento de la mortalidad su principal preocupación, sino más bien la miseria y la perturbación social que provocan. En definitiva, las víctimas la perciben no tanto como un proceso biológico que amenaza sus vidas, sino ante todo como un proceso socioeconómico de empobrecimiento que amenaza sus sistemas de sustento . De este modo, entienden que la definición de Sen (y la convencionalmente usada en Occidente) se refiere en realidad sólo a la última fase de la hambruna, y no a todo el proceso en que consiste. Además, al contemplarla como un evento aislado, a Sen le falta perspectiva histórica y política para analizar los procesos socioeconómicos que generan los sistemas de sustento y las titularidades a medio y largo plazo.

Se limita así a explicar la causa inmediata de la hambruna (la pérdida de titularidades), pero no sus causas de fondo o su dinámica una vez ha comenzado. Explica cómo se producen las hambrunas, pero no por qué. También critican la visión economicista de la teoría, que se centra únicamente en la pérdida del acceso al alimento y en la inanición consiguiente, mientras olvida otros factores esenciales en las hambrunas, particularmente en las africanas, como son: el impacto de las epidemias (principal causa del incremento de la mortalidad), la violencia (Sen se limita al control del alimento por medios legales, ignorando vías como el saqueo o el bandidaje), los movimientos poblacionales, o la desestructuración social. Igualmente, Sen contempla a las víctimas de las hambrunas como pasivas, sin capacidad de respuesta, ignorando que tienen sus propias capacidades y que pueden implementar diferentes estrategias de afrontamiento. Entienden, así, que esa teoría sería apropiada para explicar algunas hambrunas asiáticas, como la de Bangladesh en 1973, motivadas por alteraciones de precios, pero no la mayoría de las africanas.

En definitiva, aun aceptando el impulso que la teoría de las titularidades ha tenido para avanzar en la comprensión de las hambrunas, entienden que sus explicaciones son limitadas y tecnocráticas. Al centrarse en factores económicos coyunturales, concretamente en la relación entre los mercados y las personas, se olvida de los factores estructurales, históricos o políticos, en particular del incumplimiento por los gobiernos de diversos derechos, como el derecho humano al alimento. Consiguientemente, le reprochan, la respuesta que plantea se limita a medidas técnicas y de provisión de recursos o empleo para ayudar a los que ocasionalmente han perdido sus titularidades, pero no contempla transformaciones que eliminen la vulnerabilidad estructural.

Enfoque político: violación de derechos humanos y emergencias complejas

Muchos de esos autores críticos con Sen han planteado este otro enfoque desde mediados de los años 80, a partir del estudio de diferentes hambrunas africanas en contextos de conflicto (como Etiopía y Sudán). Se trata sobre todo de antropólogos y politólogos británicos, algunos de ellos activos también en el campo de los derechos humanos.

En su opinión, las hambrunas son ante todo un fenómeno político, más que económico, derivado no sólo de la indolencia e inactividad estatal ante ellas, sino muchas veces de prácticas políticas directamente causantes de las mismas (persecución étnica, desplazamientos forzosos de población, negación de la ayuda humanitaria, etc.). En consecuencia, como dice Keen , sus víctimas se caracterizan no tanto por la pobreza como por la falta de poder político para exigir el respecto a sus derechos y para ejercer presión política ante su Estado.

La hambruna se debería a la falta o al fracaso de un “contrato político” entre los gobernantes y la población, que impondría a aquéllos unas determinadas obligaciones de cara a satisfacer a los ciudadanos ciertas necesidades básicas y derechos humanos, en particular el derecho humano al alimento. Cuando existe un contrato tácito de este tipo, la hambruna representa tal escándalo y fracaso político que puede provocar el derribo del gobierno o el castigo de los gobernantes, por lo que existe un interés en frenar su aparición. Ahora bien, allí donde no existe un mínimo respeto por los derechos civiles y políticos de los ciudadanos

Los gobiernos tienen menos estímulos para garantizar las necesidades básicas de éstos, pues no se verán obligados a pagar un precio político por las hambrunas. Esto ayuda a explicar en buena medida por qué las hambrunas ocurren en mayor medida en países con regímenes autoritarios (URSS con Stalin, China con Mao, Etiopía con Mengistu) o durante guerras civiles, contextos en los que no existe tal contrato político o se ha debilitado fuertemente. Por el contrario, como ha escrito el propio Sen (1992), las hambrunas son inexistentes en democracias estables, con prensa libre y partidos de oposición, pues éstos suelen denunciar todo brote inicial que pueda gestarse y obligar al gobierno a tomar medidas preventivas.

Estos autores han redefinido la hambruna, subrayando que ésta no es sólo un proceso por el que algunos sectores se empobrecen, sino también un proceso por el que otros se enriquecen a costa de los primeros: tiene “perdedores”, pero también “ganadores”. Algunos sectores poderosos (comerciantes, grandes agricultores, militares, etc.) absorben los recursos de las víctimas arruinadas o que deben huir, comprándoselos a precios de saldo o simplemente despojándoles de ellos. De este modo, hay que analizar no sólo las estrategias de afrontamiento de los que pierden con la hambruna, como se ha hecho habitualmente, sino también las estrategias de presión económica, política y militar ejercidas por los beneficiarios para forzar dicha transferencia de recursos.

Ahora bien, cuando la hambruna se desarrolla en un contexto de conflicto civil, como ocurre hoy la mayoría de las veces, la violencia contribuye a acelerar más aún ese proceso de despojo: prácticas como la llamada “limpieza étnica” buscan el desplazamiento forzoso de la población enemiga no sólo para librarse de los miembros de la otra comunidad, sino como medio de apropiarse de sus bienes y recursos. Estas actuaciones se ven favorecidas por las características de los conflictos internos actuales, librados muchas veces por grupos irregulares que viven del despojo de las víctimas, liderados por señores de la guerra que encabezan a su vez mafias que ensanchan sus intereses económicos a través de una violencia disfrazada con ropajes étnicos o religiosos.

Por otro lado, las tácticas militares de tales guerras internas son particularmente destructivas para la población civil, pues el objetivo suele consistir en destruir la base de recursos productivos del enemigo con objeto de sojuzgarle políticamente. Así, las guerras se han convertido en la principal causa de las hambrunas, por cuanto destruyen los cultivos, los graneros y el ganado; generan migraciones forzosas; paralizan los servicios sanitarios; obstaculizan la implementación de estrategias de afrontamiento familiares, e impiden la distribución de ayuda humanitaria. Es más, en muchos casos (Etiopía y Sur de Sudán en los 90), la hambruna del enemigo ha sido estimulada como una auténtica arma de guerra.

Desde esta perspectiva, la hambruna no es tanto la consecuencia inevitable de la crisis, sino más bien un objetivo deliberado, provocado y sostenido por determinadas fuerzas sociales, con objeto de apropiarse de los recursos de los vulnerables. Este enfoque permite hablar claramente de responsabilidades políticas, cosa que los enfoques anteriores no hacían: la explicaciones demográficas responsabilizan básicamente a los pobres por su prolificidad, y las económicas a las perturbaciones del mercado. Este nuevo enfoque entiende que las hambrunas se desencadenan por una falta de responsabilidad política de los gobiernos y por su incumplimiento de los derechos humanos, así como por la reticencia de la comunidad internacional a hacer cumplir éstos, en particular el derecho humano al alimento.

Estadísticas del hambre

  • Alrededor de 24.000 personas mueren cada día de hambre o de causas relacionadas con el hambre.
  • Un 75% de los fallecidos son niños menores de cinco años.
  • Hoy en día, un 10% de los niños de los países en desarrollo mueren antes de cumplir cinco años.
  • La mayoría de las muertes por hambre se deben a desnutrición crónica. La hambruna y las guerras son causantes también de este mal.
  • Además de la muerte, la desnutrición crónica también causa discapacidades visuales, desgano, crecimiento deficiente y una susceptibilidad mucho mayor a padecer enfermedades. Las personas con desnutrición grave son incapaces de funcionar siquiera a un nivel básico.
  • Se estima que unos 800 millones de personas en el mundo sufren de hambre y desnutrición, una cantidad 100 veces mayor que el número de personas que mueren por esta causa al año.
  • A menudo sólo se necesitan unos pocos y sencillos recursos para que la gente pobre pueda cultivar los alimentos necesarios para volverse autosuficiente. Estos recursos incluyen semillas de calidad, herramientas adecuadas y acceso al agua.
  • Muchos expertos en el tema del hambre opinan que, a fin de cuentas, la educación constituye la mejor manera de reducir el hambre. La gente que tiene acceso a la educación cuenta con los mejores medios para salir del círculo de pobreza que causa el hambre.

Fuentes