Nicolás de Malebranche

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Nicolás Malebranche
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Filósofo y teólogo francés
NombreNicolás Malebranche
Nacimiento5 de agosto de 1638
París, Bandera de Francia Francia
Fallecimiento13 de octubre de 1715
París, Bandera de Francia Francia
OcupaciónFilósofo y Teólogo

Nicolás Malebranche.Idealista francés, partidario del ocasionalismo. Intentó, basándose en principios idealistas, superar el dualismo del sistema de Descartes. En la filosofía de Malebranche se asignaba un papel extraordinario a Dios: este no sólo crea todo lo que existe, sino que además contiene en sí todo lo existente; la intervención constante de Dios es la causa única de todas las transformaciones; no existen las denominadas “causas naturales” e “interacciones” de ninguna clase entre la sustancia y la pensante.

Síntesis biográfica

Nació en París en 1638. Pertenecía a una familia distinguida y tuvo siempre una salud muy precaria. Esto lo obligó a superar sufrimientos con multitud de cuidados. Sus primeros contactos con la Filosofía los tuvo en el "Collège de la Marche".

Estudios

Cursó estudios de Filosofía durante dos años 1654-1656 en el Colegio de La Marche, dirigidos por un aristotélico. A su término pasa a la Sorbona, en donde sigue estudios de teología durante tres años 1656-1659, aunque, igual que los de filosofía, no le entusiasmaron demasiado.

Malebranche inició la búsqueda de la verdad afirmando que el espíritu del hombre se encuentra situado entre el Creador y las criaturas corporales. De esta situación se derivaron dos relaciones naturales: una con Dios y otra con el cuerpo. Lla tarea del verdadero filósofo consiste en subrayar la relación del espíritu con Dios, haciendo que la relación del espíritu con el cuerpo ocupe el puesto correspondiente. Ése es el objetivo que pretendió cumplir Malebranche. De ahí que el punto central de su filosofía sea su doctrina ocasionalista.

En los primeros días de 1660 entra en la Congregación del Oratorio, donde después de un año de noviciado, fue consagrado sacerdote en 1664. No parece que durante su período de formación hubiera tenido conocimiento de la filosofía de Descartes. Ese descubrimiento tuvo lugar el mismo año de su ordenación sacerdotal. El cartesianismo fue una de las inspiraciones de su pensamiento.

La otra es la de San Agustín, que tenía gran influencia en la Congregación. Algunos intérpretes han distribuido esas dos inspiraciones entre las ciencias y la metafísica, afirmando que Malebranche fue cartesiano en ciencia y agustiniano en metafísica. De esto parece que ya no cabe hoy duda alguna. Incluso habría que decir que Malebranche, según su propia confesión, era antes cartesiano que agustiniano.

Diez años después de haber descubierto a Descartes, empezó Malebranche a publicar sus obras, y puede afirmarse que el resto de la historia de su vida coincide con la historia de sus escritos. El primero de ellos, el más conocido de todos, es la "Búsqueda de la verdad" 1674. Vinieron después las "Conversaciones cristianas" 1677, así como las "Meditaciones sobre la humildad y la penitencia" 1677.

Más tarde, tomó partido contra los jesuitas cuyos métodos apologéticos eran entonces muy discutidos, puesto que se creía que, en provecho de las misiones, rebajaban la verdad de la religión. Para salir al paso de esos procedimientos escribió su Conversación entre un filósofo cristiano y de un filósofo chino sobre la existencia y la naturaleza de Dios 1708. La última polémica la mantuvo Malebranche con Bousier, contra quien escribió sus Reflexiones sobre la premoción física. Esa fue su última discusión.

Muerte

Poco a poco fue extinguiéndose su vida hasta su muerte, en 1715 con 77 años.

El conocimiento de los cuerpos

Pensaba Malebranche que todas las maneras de conocer entrañan cierta unión entre el cognoscente y lo conocido, sumándose así a la tesis, reiterada desde antiguo, de que conocer un objeto es unirse a él. Esta unión unas veces se produce directamente, y otras, indirectamente, según los objetos sean interiores al propio sujeto o exteriores a él.

Cuando el objeto está dentro del alma, la unión cognoscitiva es directa, que es lo que ocurre con el conocimiento que tiene el hombre de sí mismo y con el conocimiento de Dios, mientras que, cuando el objeto está fuera del alma, la unión cognoscitiva es indirecta, que es el caso del conocimiento de los cuerpos y de los demás.

La existencia de los cuerpos

De la idea que Dios tiene de los cuerpos no se deduce que los cuerpos existan, sino simplemente que pueden existir. Malebranche cree que la existencia del mundo material hay que ponerla en relación no con las ideas de Dios, sino con su voluntad: los cuerpos existen, no porque Dios piensa que existen, sino porque Dios quiere que existan.

El conocimiento de su existencia: el argumento ontológico

Si Dios es conocido por sí mismo, parece obvio que Malebranche defienda el argumento ontológico y que lo defienda incluso como la prueba «más bella, más destacada, más sólida, o sea, la que menos cosas supone». Pero, aunque él diga que ese argumento «está sacado... de Descartes», también afirma que el de Descartes necesita ser completado para poder hablar de una prueba «más completa y convincente».

Malebranche parte, en efecto, siempre del mismo principio: «Nada finito puede representar lo infinito», pues ¿cómo lo infinito va a estar contenido en lo finito? Dicho eso se podría establecer ya esta conclusión: lo infinito no puede ser percibido en lo finito, que es como decir que lo infinito sólo puede ser percibido inmediatamente.

Para evitar esa contradicción no queda más remedio que decir que, Dios realmente existe. Obviamente, parece que se está ante una verdad deducida. Pero, si aquí se hace una deducción, es para exponer esa verdad «a los demás». Y es que, bien mirado, no se trata de una verdad deducida, sino intuida o, como le gusta decir a Malebranche, de una preuve de simple vue, porque la prueba no se apoya en la idea de Dios, sino en el conocimiento inmediato de Él.

Dios como causa única

Prescindiendo de los precedentes medievales de esta doctrina, sus orígenes modernos hay que buscarlos en dos incoherencias cartesianas. Efectivamente, después de afirmar que busca la explicación causal de todas las cosas, Descartes parece cerrar el camino a ese tipo de explicaciones en física y en psicología.

En física resulta difícil explicar la transmisión del movimiento de un cuerpo a otro, porque, como el tiempo es discontinuo, no resulta fácil comprender que lo que acontece en un momento puede dar cuenta de lo que ocurre en el momento siguiente. Y en psicología tampoco resulta fácil explicar la acción del alma sobre el cuerpo, y viceversa, pues, al no tener esas sustancias nada en común (una es pensamiento y la otra, extensión).

Tan visibles debieron de parecerle a Malebranche esas incongruencias cartesianas que propuso, para resolverlas, el ocasionalismo, doctrina según la cual sólo Dios es causa, quedando reducidas las criaturas a meras ocasiones, haciendo desaparecer así la vieja distinción entre causa primera y causas segundas en beneficio o provecho de la causa primera.

Pero, a decir verdad, el ocasionalismo había sido ya propuesto por otros cartesianos La Forge, Cordemoy, Geulincx, pues dos años antes de que Malebranche publicase su primera obra, el autor anónimo de la Carta de un filósofo a un cartesiano decía ya que el ocasionalismo estaba muy extendido entre algunos discípulos de Descartes.

A esos cartesianos, decía el autor de la carta, les resultaba difícil explicar precisamente la transmisión del movimiento de un cuerpo a otro y la interacción entre el alma y el cuerpo. Y aunque pueda parecer extraño, a ellos les resultaba más difícil lo primero que lo segundo. Por eso, propusieron el ocasionalismo, como también Malebranche.

Además de una explicación religiosa, destinada a atribuir a Dios todo el honor y toda la gloria, el ocasionalismo es una explicación filosófica de la causalidad, que dice que todo efecto exige necesariamente una causa, es decir, que está necesariamente conectado con ella. Todo el problema está en explicar la necesidad de esa conexión. Pues bien, según Malebranche, esa conexión no se explica a partir de las criaturas, sino sólo de Dios. Con lo cual, las criaturas no son causas, sino que únicamente es causa Dios.

La eficacia de Dios

Esa fuerza o eficacia que no tienen las criaturas corporales o espirituales la tiene Dios. Sencillamente porque la causalidad está ligada a la creación. Por eso, Él es la causa de los movimientos de los cuerpos, producidos con ocasión de la colisión entre ellos; de los dolores que se experimentan en ocasión de las alteraciones del cuerpo; de los movimientos que se dan en el cuerpo y de las ideas que aparecen en la mente con ocasión del esfuerzo que se hace por evocarlas.

La razón de Malebranche, en cambio, es otra; concretamente la necesidad de garantizar la inmediata dependencia de la criatura respecto de su creador, porque, si la creación no fuese continuada, las criaturas terminarían por ser independientes de Dios, a la manera como una casa es independiente del arquitecto que la ha construido. ¿Hay una señal mayor de independencia que la de subsistir por sí mismo, al margen de quien da el ser? Tan independientes serían las criaturas que Dios ni si quisiera podría aniquilarlas, es decir, hacer que dejaran de existir.

De la creación continuada saca Malebranche la razón positiva de que únicamente Dios puede ser causa, de que únicamente Él actúa en los cuerpos y en los espíritus. De manera que, por estar creando continuamente los cuerpos y todo lo que acontece en ellos porque Dios no crea los cuerpos en abstracto, sino en concreto, es decir, en alguno de sus estados de reposo o movimiento es la causa única de los cuerpos y de los estados en que ellos se encuentran.

Las leyes generales de la acción divina

No todo está dicho con afirmar que Dios es la única causa verdadera. Todavía queda por saber cómo ejerce Dios esa causalidad. Pues bien, la respuesta de Malebranche es siempre la misma: no por voluntades particulares, sino por voluntades generales. Y voluntad general es sinónimo de ley general: Dios obra por voluntad general cuando obra de acuerdo con las leyes generales que Él ha establecido. Y dejando aparte el orden sobrenatural, en el orden natural ha establecido tres leyes generales fundamentales: las leyes del movimiento, las leyes de la unión del alma y el cuerpo y las leyes de la acción de Dios sobre el entendimiento y la voluntad.

Primero, revelan mejor su sabiduría, porque las intervenciones particulares son propias de inteligencias limitadas, como las de los hombres, que, incapaces de prever todas las consecuencias, se ven obligados a cambiar a cada paso de conducta. Segundo, expresan mejor la inmutabilidad, porque las intervenciones particulares, que implican cambiar a cada paso de conducta, son una señal de inconstancia. Tercero, descubren también mejor la bondad, porque, si Dios actúa por determinaciones particulares, no asocia a las criaturas a su poder, cosa que hace si se vale de leyes generales, pues en este caso hace de ellas de las criaturas causas ocasionales de la eficacia de su voluntad.

Por fin, revelan mejor la simplicidad, porque con unos pocos medios produce muchos efectos, es decir, con muy pocas leyes produce una infinidad de obras admirables. Con razón dice Malebranche que el ocasionalismo es el más fecundo de todos los principios.

Fuentes