El mercader de Venecia

El mercader de Venecia
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Drama | Bandera del Reino Unido Reino Unido
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Estreno2004
GuiónMichael Radford (Obra:William Shakespeare)
DirectorMichael Radford
Dirección de FotografíaBenoit Delhomme
RepartoAl Pacino, Jeremy Irons, Joseph Fiennes, Lynn Collins, Zuleikha Robinson, Kris Marshall, Charlie Cox, Mackenzie Crook, Ben Whishaw
Premios2004: Nominada Premios BAFTA: Mejor vestuario
ProductoraSpice Factory / Shaylock Trading Ltd. / Navidi Wilde Productions / Avenue Pictures / De Luxe Production / Dania Film / Istituto Luce / Immagine e Cinema
PaisBandera del Reino Unido Reino Unido
Sitio web
http://www.sonypictures.com/classics/merchantofvenice/flash.html

El mercader de Venecia. En la Venecia del siglo XVI Bassanio pide al mercader Antonio un préstamo de 3.000 ducados para poder conquistar a Porcia, hija y heredera de la fortuna del acaudalado Belmont.

Sinopsis

Enmarcada en la Venecia del siglo XVI, esta eterna comedia dramática de Shakespeare persigue el destino y la fortuna de un grupo de nobles cristianos y de su relación con el prestamista judío Shylock. Antonio acepta dinero prestado de Shylock para ayudar a su joven y arruinado amigo Bassanio a conquistar la mano de la bella Porcia. Enojado por los insultos que le profiere Antonio, Shylock deja muy claras las condiciones que se deberán cumplir en caso de que aquél se demore en el pago del préstamo. Cuando los negocios de ultramar de Antonio se van al traste por culpa de una tormenta, Shylock se enfurece todavía más pues su hija se ha fugado con el noble Lorenzo. Al no devolverle el préstamo, Shylock reclama que se le resarza con una libra de carne del propio Antonio. Cuando, con desespero, Bassanio trata de evitar este destino reservado a su amigo, sobreviene la ayuda milagrosa de alguien inesperado.

Crítica

Al final va a haber que darle la razón a esos que dicen que actualmente, sólo Kenneth Branagh debería adaptar a William Shakespeare.

Que no se entienda mal. El Mercader de Venecia no es desde luego su mejor obra, pero eso no es mucho decir en medio de tanta excelencia, ya que sigue siendo muy buena. Dicho lo cual, se entiende que si el problema no es de la obra ni de los prejuicios que pueda tener, es que la mala adaptación que hicieron, porque la película es un despropósito.

Los problemas empiezan por el guión. ¿Cómo, si cuenta con el material de partida de la obra? Pues porque Michael Radford ha sido incapaz de tomar un hilo narrativo para conducirla. Así, todo queda en una sucesión de escenas más o menos episódicas que denuncian su origen teatral. Tampoco ha sabido rellenar los típicos huecos dejados en el teatro isabelino entre escenas, con lo que el conjunto parece ligeramente deslavazado. Pero su gran pecado es ser excesivamente respetuoso por la obra original. ¿Cómo puede ser eso un defecto? Pues porque el teatro y el cine son medios distintos, y si ciertas escenas precisan ser más cortas, o si hay que suprimir directamente otras, o si hay que cambiar esto y aquello para ajustar un argumento coherente con el que presentar los hechos, hay que hacerlo. No hay escapatoria. De lo contrario, ocurre que se tienen escenas de 1 minuto y otras de 30; escenas donde los diálogos y situaciones se tornan redundantes; y otras en las que ciertas líneas, que en teatro son diálogos del personaje con el espectador, aparecen en medio de conversaciones en las que no les correspondería estar.

Sigamos por los aspectos técnicos, y es que para intentar representar la Venecia del siglo XVI, en todo su esplendor, se han lucido. De esplendor nada. Todo es sucio, feo, roñoso y ruinoso. El vestuario parecen harapos húmedos, incluso el de los ricos, que en poco los diferencia del pueblo llano. Los decorados dan la sensación de ser viejos y estar roídos por los siglos, carentes de solemnidad alguna, fríos y lóbregos. Pero es que si hablamos de la fotografía, ya es para mear y no echar gota, porque parece obra de un principiante. No es ya que contribuya a afear los otros aspectos (que lo hace, y mucho), ni que sea incapaz de transmitir ninguna atmósfera. Es que hay escenas en las que las caras están incluso semiocultas por falta de la iluminación adecuada. No, no es un efecto climático, es incapacidad para saber situar los focos de luz, o de dar la luz adecuada.

Pero sin duda donde falla miserablemente el film es en cuanto a su dirección. Michael Radford siempre ha sido un director mediocre, pero es que transformar una ingeniosa obra del bardo en un soberano aburrimiento al que le sobra media hora, tiene delito. Aún tiene más delito el estilo telefilmero con el que ha dotado el film, carente de toda personalidad o creatividad. Radford es tan inútil tras la cámara que el tono con el que filma es uniforme durante toda la obra. Y eso, en una de las obras que más variaciones de tono tiene de todas las que escribió Shakespeare, resulta fatal. Las escenas trágicas no transmiten emoción alguna, a no ser un ligero desagrado (provocado mayormente por la fealdad estética con que están rodadas). Pero peor es el caso de las escenas cómicas, que al no estar puntuadas correctamente dan la sensación de ser pegados postizos que no encajan con el resto, que quedan en el mejor de los casos sin fuste, y en el peor estúpidas y ridículas (por ejemplo, todas aquellas que involucran a pretendientes de Porcia). Así, Radford fusila cualquier matiz que le permitiese el celuloide para estancarse en la mera exposición carente de garra del texto shakespeariano.

Afortunadamente, si hay algo que salva la función (al menos en parte) son los actores. Pacino está tremendamente convincente como un Shylock débil pero vengativo, resentido por el dolor pero determinado en su rencor. Jeremy Irons y Joseph Fiennes están correctos, sin alardes, destacando el aire de homosexualidad del que Irons dota a su personaje, algo ya intuido en la obra pero más palpable gracias a su interpretación. El resto de secundarios no destacan en absoluto: ni son capaces de dar carisma a sus personajes, ni los destrozan. Ese cometido queda reservado para la incompetente Lynn Collins, cuyo talento artístico es similar al vocal de un triunfito cualquiera. El papel de Porcia, el más importante de la obra tras el de Shylock, le queda terriblemente grande. Collins, pese a su belleza, es incapaz incluso de hacernos creer su poder de seducción, con que cualquier viso de verosimilitud que pudiese tener a la hora de presentarnos la agudeza, el ingenio y el fino sentido del humor de Porcia es obvio que fracasa.

Pese a ello, es el conjunto de actores el que logra salvar parte de la fuerza del texto de Shakespeare, y es esa fuerza la única que consigue que el respetable logre mantener la atención en la pantalla. Es el bardo, desde su tumba, el que permite que haya momentos de fina ironía y de avasalladora inteligencia en el análisis de la sociedad de su época en medio de este maremagnum de tedio que no le hace honor a su buen nombre.

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