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Teatro Bolshoi

Teatro Bolshoi
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Institución con sede en Bandera de Rusia Rusia
Teatro bolshoi.jpg
Fundación:18 de enero de 1825
País:Bandera de Rusia Rusia
Dirección:Moscú

El Gran Teatro de Moscú. Es el emblema cultural de una de las mayores capitales del mundo; sede de espectáculos de ópera y ballet, donde se representan las obras de los compositores rusos como Glinka o Rimski-Kórsakov, y es la sede de la Compañía de Ballet del Bolshoi, que contó con la actuación de Maia Plisetskaya y Mijaíl Baryshnikov. La palabra “bolshóy” significa “grande” en ruso.

Historia

Su historia se remonta a marzo de 1776, cuando la emperatriz Catalina II de Rusia otorgó al príncipe Piotr Urúsov el privilegio de administrar “todas las representaciones teatrales en Moscú”. Su primera compañía estuvo formada por sólo trece personas y se instaló en una propiedad del Conde Vorontsov situada en la calle Zámenka. Cuatro años después, el teatro inauguró su primera sala propia en la Calle Petrovka, por lo cual se lo llamó Teatro Petrovski, y donde permaneció durante un cuarto de siglo de memorables actividades líricas. Hubo de esperar a la recuperación del imperio, tras las guerras napoleónicas, para que se inaugurase la nueva y fastuosa sala del Bolshoi, construida por el arquitecto Osip Beauvais sobre diseño de Andréi Mijailov. Para entonces se había incorporado a la compañía el coreógrafo y bailarín Adam Glushkovski, precursor de las grandes figuras de la danza del Siglo XX y el ballet clásico ruso.

El edificio que actualmente funciona como sede fue construido en 1825 sobre los restos del teatro Petrovsky, diseñado por el arquitecto Ósip Ivánovich Bovet. Este teatro es, después de La Scala, el mayor de Europa.

El teatro de Moscú fue inaugurado el 18 de enero de 1825 con la representación del ballet del catalán Ferran Sors, Cendrillon. En un principio, el Teatro Bolshói era un foro exclusivo para el arte ruso; las óperas presentadas servían como contrapeso a la fuerte influencia italiana del Siglo XIX. Entre los compositores predilectos estaba Mijaíl Glinka.Actualmente, toda temporada teatral comienza con una ópera de Glinka.

Un nuevo incendio en 1853 hizo arder la sala durante una semana, dejando sólo unos calcinados muros y restos de la fachada. Tres años después el teatro había sido ya reconstruido enteramente con el aspecto externo, la lujosa decoración interior y el aforo de 2.300 localidades que ha conservado hasta la actualidad.

Aunque en Moscú hay teatros con más capacidad, la solera y grandeza del Bolshoi no se mide por cifras, sino por la riqueza de su historia y su prestigio incomparable.

Exponente de la cultura mundial

Fuente del Teatro Bolshoi
Hay que remontarse a la Rusia del Siglo XVIII, más precisamente al año 1776, en pleno esplendor de la época zarista, para encontrar los orígenes de una institución que con el paso del tiempo se fue transformando en una leyenda cultural. La clave hay que buscarla en la emperatriz Catalina II la Grande, mujer inteligente, de amplia cultura y mecenas de las artes que tuvo la buena idea de otorgar al príncipe Piotr Urúsov la potestad de administrar todas las representaciones teatrales de Moscú. Así, bajo la tutela de Catalina –que se consideraba a sí misma “una filósofa en el trono” y quiso europeizar Rusia imponiendo el modelo francés nació uno de los gigantes de la cultura rusa: el teatro Bolshoi de Moscú, un “teatro potencia” sólo comparable a su gran rival, el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, que por entonces era la capital de la Rusia zarista.

Así como el Mariinsky alojó la prestigiosa escuela Vagánova (de Agrippina Vagánova, alma máter de la escuela soviética) y al ballet del Kirov, el Bolshoi moscovita dio a la célebre compañía de ballet, además una compañía de teatro y otra de ópera. Más que un instrumento para estimular el amor a las artes, el teatro Bolshoi es prácticamente un instrumento musical en sí mismo. Su auditorio está revestido en finas maderas y tiene una de las acústicas más perfectas del mundo. Su fachada neoclásica está presidida por Apolo el dios griego de la poesía y las artes, señor de las musas y su carroza. No es casual que sea justamente Apolo símbolo del equilibrio clásico el que domina las alturas y da la bienvenida al templo ruso de las artes: en ese recinto sagrado del teatro, la ópera y la danza cultivaron los valores apolíneos con un fervor raras veces visto en la historia del ballet, siguiendo los preceptos de la escuela Vagánova.

Entre los antecedentes más directos del ballet del Bolshoi hay que mencionar a una trouppe de bailarines fundada por Urúsov y Michael Maddox e integrada con un grupo de huérfanos del Orfanato de Moscú que, como parte de sus rutinas, tenían lecciones de la más estricta técnica clásica junto a Filippo Beccari, un bailarín del ballet de San Petersburgo de quien se dice que protagonizó la hazaña de formar 24 solistas con 62 alumnos. Durante tres años, la improvisada compañía que todavía no tenía teatro se presentó en un recinto privado, más precisamente en la casa del Conde Vorontsov, un ilustre general del imperio ruso.

El Ballet del Bolshoi

Para el gran público, el Bolshoi de Moscú ha sido sinónimo del carácter y el espíritu ruso, de máxima exigencia y calidad artística. Varios de los bailarines que crecieron y se formaron bajo su ala, conmovieron e influenciaron al mundo con su arte. Entre ellos, los cronistas de la época destacan a Galina Ulanova que había descollado en el rol de Giselle –la aldeana que muere por amor–, Maia Plissetskaia que brillaba como nadie en el papel de Odette/Odile de El lago de los cisnes e interpretaba a la cigarrera Carmen como ninguna; y Sergei Radchenko que era recordado por sus interpretaciones en Don Quijote.
Ekaterina Maximova.jpg
Otros artistas de primera línea que bailaron en el Bolshoi fueronVladimir Vasiliev, Ekaterina Maximova, Luzmila Semeniaka,Nina Ananiashvili, y los más conocidos en Occidente: Rudolf Nureyev, Mijail Baryshnikov y Alexander Gudunov. Muchos de ellos provenían del Kirov, casi todos conforman la lista de los “ilustres fugados” de la Unión Soviética que llevaron su arte por todo el mundo. Todos supieron representar la quintaesencia del ‘alma rusa’, aquella que el propio Napoleón Bonaparte encontró “invencible”; que lleva la huella de los zares y los siervos; del águila bicéfala, la hoz, el martillo y las estrellas; la extrema contradicción del todo para el pueblo pero sin el pueblo; de la Rusia blanca, de la amapola roja; una esencia celosamente guardada y cultivada tras la cortina de hierro. Algo que no se puede observar empíricamente pero que en el imaginario colectivo se asocia con una cierta forma de pasión, con un rico folclore, con una suerte de bravura congénita y entusiasmo patriótico rociado de vodka. Tito Barbón, crítico de danza que durante 23 años, fue primer bailarín del Sodre y uno de los profesores fundadores de la Escuela Nacional de Danza (END), muy al contrario de la fuerte creencia popular que sitúa al Bolshoi en la cima misma de la alcurnia balletística mundial, señaló que el Kirov (Mariinsky en la época de los zares) fue más importante para el desarrollo del repertorio clásico. El ballet tuvo más preponderancia en San Petersburgo que en Moscú. “La compañía de ballet del Bolshoi tuvo más difusión, pero todas las grandes obras del repertorio clásico se forjaron en el antiguo Teatro Mariinsky junto al coreógrafo Marius Petipá y a grandes maestros que preservaron su legado. El Bolshoi es famoso pero la gran tradición del ballet está en el Kirov”, señaló Barbón. En su opinión, en el Bolshoi se desarrolló un estilo de ballet más grandilocuente, épico, con cantidad de bailarines en escena, enormes decorados y grandes historias narradas que lo alejaban de la pureza de la escuela del Teatro Kirov. A modo de ejemplo, recordó que el estreno de El lago de los cisnes en el Bolshoi no tuvo ninguna repercusión, fue recién cuando se estrenó una nueva versión en el Mariinsky que se convirtió en un suceso, tal como lo es actualmente. El Oxford Dictionary of Dance lo reseña de la siguiente manera:
“Mientras el Bolshoi era conocido por su vigorosa y dramática energía, el Kirov era reconocido por la pureza de la línea, su musicalidad y su apego a la tradición clásica”.
Según Barbón, la técnica rusa es una fusión de la escuela francesa, italiana y danesa, que dio origen a una particular forma de refinamiento artístico que se desarrolló a fines del Siglo XIX y principios del XX, fundamentalmente en el Teatro Mariinsky de esa época. “Luego de la revolución, los maestros rusos fueron interpretando a su modo la técnica aprendida en el Siglo XIX. En aquel entonces, todos los primeros roles estaban a cargo de bailarinas italianas contratadas especialmente, tal es el caso de Pierina Legnani que estrenó El lago de los cisnes en el Kirov”. Winthrop Palmer en su libro La danza teatral atribuye a Serge Wolkonsky –director de los teatros imperiales entre 1899 y 1901– la revolución que tuvo lugar en los escenarios rusos:
“Preparó un camino para unificar el ballet ruso, las cualidades más grandes de Europa –virtuosidad italiana, elegancia francesa, sentimiento ruso”.

Actualidad

El Teatro Bolshoi de hoy significa grandeza de tradiciones desarrolladas en la contemporaneidad, significa la escala de individualidades artísticas reunidas en su compañía, significa el repertorio, la vida creativa concentrada, el trabajo duro diario y la continua mejoría de maestría. Referencia obligada para todo visitante de Moscú, el magnífico edificio está custodiado por amplios jardines y a una bellísima fuente con surtidores, y su famosa fachada neoclásica coronada por la escultura de una carroza fascina a todo aquel que pose su mirada en él. Hace tres años, el gran teatro cerró para ser remodelado totalmente luego de permanecer abierto durante 228 temporadas.

El deterioro del emblemático teatro ruso llevó a gastar 700 millones de dólares en dejarlo a nuevo, reabriendo sus puertas en marzo del 2008. Mientras tanto, la compañía del Bolshoi actuó en el “segundo escenario” del teatro, abierto en 2002 al lado del edificio principal. Por lo tanto, no es necesario concurrir al Teatro Bolshoi para ver a los magníficos bailarines de la compañía. Ésta realiza periódicamente giras por Europa y Estados Unidos, de modo que sus admiradores occidentales pueden presenciar su espectáculo único sin necesidad de viajar a Moscú. De todos modos, verlos actuar en su propia casa es un memorable placer que no tiene precio.

El Gran teatro en Brasil

Desde 1992 el Bolshoi tiene su sede en Brasil, en la localidad de Joinville en el estado de Santa Catarina. Elisa Reggiardo es una bailarina uruguaya que se formó con Rosana Bleier, ex integrante del Sodre, tomó clases con el primer bailarín del Ballet de la Paz, Bolivia, Jaime Méndez, cursó la Escuela Nacional de Danza (END), bailó en la Ópera de Viena y fue elegida entre 2.500 aspirantes para formar parte de la escuela del Bolshoi de Joinville. Cuenta Reggiardo, que para darle cuerpo a la escuela se llevaron profesores de la casa madre en Moscú y se capacitó a profesores brasileños. Se consiguió un local donado por el Estado y se inauguró una academia que fue pensada como obra social. El ochenta por ciento de los alumnos provienen de familias de bajos recursos. Las clases son gratuitas y el examen de selección es de altísima exigencia. “Si tienes media pestaña más corta no entras”. Los que comienzan desde cero tienen un examen físico, uno rítmico, otro de extensión. A los más avanzados se les hace además un examen técnico. Cuando entras en la escuela te dan todo, uniforme, ortodoncia si la precisas, alimentación, libros, transporte; pasas a ser una parte de la escuela. Si vas por la calle con el uniforme del Bolshoi no puedes ir de la mano con nadie. Tienes que ser muy respetuoso, si pasa un profesor y te estás atando una zapatilla, tienes que levantarte y hacerle una reverencia. Hay una gran admiración al maestro. Todo está llevado al extremo de la perfección rusa”, dijo Reggiardo, quien bailó durante un año y medio en el Bolshoi de Joinville. La rutina es igualmente exigente: al liceo por la mañana se suman unas siete horas de clases de clásico, repertorio, piano, carácter, contemporáneo, entre otras disciplinas. Además hay ensayos y viajes para presentar funciones. “Una vez por mes te miden con una pinza el porcentaje de grasa corporal, si es de más del seis por ciento hay muchas posibilidades de que te inviten a retirarte. También evalúan la flexibilidad, lo que en la jerga balletística se conoce como balón –capacidad de salto–, entre otras cosas. Si en los dos primeros años no rindes como pianista, tienes que elegir otro instrumento. Una de las cosas que buscan, y es una característica del ballet ruso, es la pierna en ‘x’: cuando la rodilla se dobla para atrás y luego viene el pie con la curva y forma como una ‘s’, queda como un gato.

Todos los años Vladimir Vasiliev y Ekaterina Maximova se hacen presentes para tomar el examen de fin de año que es eliminatorio”, contó Reggiardo. Paralela a la carrera de danza clásica se abrió la carrera de danza contemporánea. Actualmente tienen un proyecto arquitectónico que está en construcción, diseñado por el arquitecto Oscar Niemeyer, que es un teatro en espiral más una torre donde están las viviendas para los alumnos y profesores, la escuela de danza y el liceo. Todo un complejo cultural para que la gente no precise salir de ahí.

En 2004, Reggiardo tuvo una lesión –fractura del cartílago que cubre la cabeza del fémur– mientras estaba entrenando, lo que le impidió seguir bailando ballet. Para la joven bailarina uruguaya, el Bolshoi es el lugar donde el hombre siempre es masculino y las mujeres logran una expresividad única: “Cuando tienen que ser etéreas flotan, pero cuando tienen que ser carnales, se clavan el cuchillo”.

Visita a Uruguay

Varios bailarines del Bolshoi visitaron Uruguay en reiteradas ocasiones. Tal como lo recuerda Barbón, Montevideo fue una de las primeras ciudades de Occidente que recibió a los bailarines soviéticos cuando se abrió la cortina. “Vinieron varios grupos de solistas y cuando cayó la URSS tuvieron la visita de Ulanova, Vasiliev y su mujer”. En el libro La danza en el Uruguay (Montevideo: Ediciones de la Plaza, 2001), Miguel Garibaldi recuerda que “de singular relieve en lo que hace al mundo balletístico” fue la presentación de artistas del Bolshoi y el Kirov, cuando a fines de agosto de 1957 ofrecieron tres funciones en el Estudio Auditorio del Sodre. Varias décadas después, Maximova y Vasiliev actuaron en el Palacio Peñarol.

En la década de 1980 las estrellas del Bolshoi rindieron homenaje a Ulanova en el Solís. Ólga Bérgolo, una de las legendarias bailarinas uruguayas del Sodre, los recuerda como “lo máximo de la época”. Bérgolo entiende que los bailarines rusos son incomparables, no sólo por sus físicos privilegiados sino por su capacidad actoral, el sentimiento y la fuerza con que se expresan. “El bailarín ruso hombre es algo maravilloso y las mujeres son absolutamente aladas y con unas técnicas fantásticas. Hay otras compañías del Siglo XX que son muy buenas, pero como los rusos no hay”.

La presencia en escenarios locales del ballet del Bolshoi marcó un antes y un después.

“Tienen una manera de bailar similar a la de sus músicos a la hora de componer, temperamental y con fuerza. Nunca vi el teatro del Sodre tan lleno de gente –eran como racimos de uvas– como cuando actuaron los bailarines del Bolshoi”, Bérgolo.

Curiosidades

En el balcón principal, después de la última restauración, fueron retirados de la parte superior de la fachada, la hoz y el martillo soviéticos colgados durante décadas y reemplazados por el águila de dos cabezas del escudo original de armas de Rusia.

Fuente