Saltar a: navegación, buscar

Thomas Reid

Thomas Reid
Información sobre la plantilla
Thomas reid.jpg
Filósofo británico. Pastor presbiteriano
NombreThomas Reid
Nacimiento26 de abril de 1710
Kincardineshire, Bandera de Escocia Escocia
Fallecimiento7 de octubre de 1796
Glasgow, Bandera de Escocia Escocia
Causa de la muerteUn inesperado malestar de escasos días
NacionalidadEscocesa
TítuloPrimer presidente de la sociedad de Glasgow
CónyugeElizabeth Reid
HijosElizabeth, Anna, Lewis, Elizabeth, Jean, Margaret, George, David y Martha
PadresLewis Reid y Margaret Gregory
Thomas Reid. Pensador y filósofo escocés, fundador de la Escuela filosófica escocesa del sentido común. Reaccionó ante lo que consideró una serie de tendencias criticables en la muy valiosa filosofía moderna, con una apelación al sentido común que incluiría el serio esfuerzo por comprenderlo y por extraer de él consecuencias que significan importantes contribuciones filosóficas.

Síntesis biográfica

Nació en la casa parroquial de Strachan de Kincardineshire, Escocia, a unos treinta kilómetros de Aberdeen, el 26 de abril de 1710.

Ámbito social

Sus padres fueron el reverendo presbiteriano Lewis Reid y Margaret Gregory.

Estudios

En 1722 se matriculó en el Marischal College de la ciudad más septentrional escocesa, donde tendría como tutor (regent) al filósofo moral berkeleyano y reivindicador del sentido común en su acepción latina y ciceroniana, George Turnbull (1698-1748). Habiéndose graduado en 1726, entre este año y 1731 Reid efectuó los estudios requeridos para convertirse en ministro de la Iglesia Presbiteriana.

Trayectoria profesional

Asimismo, entre 1733 y 1736 trabajó como bibliotecario de su alma mater, el Marischal College de Aberdeen. En 1736 viajaría a Londres, Oxford y Cambridge, donde conoció a un geómetra invidente de nombre Nicholas Saunderson, quien se convertiría en un referente importante para las sorprendentes teorías sobre la percepción sensorial que elaboró más adelante, tanto en Aberdeen como en Glasgow.

Nombramiento

En 1737 fue nombrado párroco de New Machar, en Aberdeenshire. Las circunstancias políticas de su nombramiento hicieron que fuera recibido con hostilidad, pero su carácter amable y su moderado temperamento lograron que poco a poco revirtiese tal situación, de modo que los mismos feligreses que en un principio lo rechazaron, lamentarían a la larga su partida, cuando dejó el cargo en 1751, año en que aceptó convertirse en un regent o tutor del King’s College, también de Aberdeen.

De hecho, Reid asumiría esta ocupación a iniciativa de su esposa, Elizabeth, con quien se casó en 1740 y quien tanto hizo por los necesitados y los enfermos de la parroquia de New Machar. Los Reid tuvieron nueve hijos, seis mujeres y tres hombres, aunque sólo una entre todos ellos, Martha, sobrevivió a nuestro autor y lo cuidó durante su vejez, como la esposa del Dr. Patrick Carmichael.

Cuatro hijos de Thomas Reid (Elizabeth, Anna, Lewis y otra Elizabeth) fallecieron siendo bebés o niños muy pequeños y los cuatro restantes (Jean, Margaret, George y David), murieron ya adultos. La Sra. Martha Carmichael falleció en 1805.

Primeras publicaciones

La primera publicación académica de Reid ocurrió cuando era el ministro religioso de New Machar. Se trataba del artículo denominado “An Essay on Quantity, Occasioned by Reading a Treatise in which Simple and Compound Ratios are Applied to Virtue and Merit” (“Un ensayo sobre la cantidad ocasionado por la lectura de un tratado en que se aplican las razones simple y compuesta a la virtud y el mérito”), que examinaba críticamente una excéntrica reflexión de Francis Hutcheson (1694-1746) sobre la posibilidad de medir cuantitativamente la virtud y fue publicado en las Philosophical Transactions of the Royal Society de Londres, en 1748.

Este artículo le abriría las puertas para su cargo académico en el King’s College, donde permaneció desde 1751 hasta 1764 y fundó en 1758 la Sociedad Filosófica de Aberdeen, conocida como el Wise Club (Club de los Sabios o de los Sensatos). Allí sometió Reid a discusión los textos que le darían forma a su libro, An Inquiry into the Human Mind on the Principles of Common Sense (Una investigación de la mente humana según los principios del sentido común; en lo sucesivo, IHM), que publicó en 1764, mismo año en que se trasladó al Old College de Glasgow, para sustituir a Adam Smith en la cátedra de filosofía moral. De inmediato ingresaría además a la Glasgow Literary Society. Cabe decir que la Inquiry de Reid fue un libro muy respetado y exitoso en aquellos días, pues tuvo cuatro ediciones en vida de su autor (las de 1764, 1765, 1769 y 1785).

En 1774 Reid publicó el texto denominado, “A Brief Account of Aristotle’s Logic” (“Una breve relación de la lógica de Aristóteles”), como parte de los Sketches of the History of Man (Esbozos de la historia del hombre) de Henry Homes (Lord Kames, 1696-1782). Las notas que escribió para sus cursos en el Old College de Glasgow fueron editadas por Knud Haakonssen a finales del siglo XX, bajo el título de “Practical Ethics, Being Lectures and Papers on Natural Religion, Self-Government, Natural Jurisprudence, and the Law of Nations” (“Ética práctica. Lecciones y escritos sobre religión natural, gobierno de sí mismo, jurisprudencia natural y la ley de la naciones”).

Reid se retiró de la docencia universitaria en 1780, sucedido por su asistente Archibald Arthur (1744-1797), pero continuó trabajando intensamente. En 1784 fue nombrado Vicerrector de la Universidad de Glasgow por su Rector, Edmund Burke (1729-1797) y, sobre todo, se dedicó a escribir un extenso volumen llamado, en un principio, “Essays on Powers of the Human Mind” (“Ensayos sobre las capacidades de la mente humana”), que vio la luz pública dividido en dos grandes partes, la primera de 1785, intitulada Essays on the Intellectual Powers of Man (Ensayos sobre las capacidades intelectuales del hombre; en adelante, EIP) y la segunda, editada en 1788 como los Essays on the Active Powers of Man (Ensayos sobre las capacidades activas del hombre; en lo sucesivo, EAP).

Muerte de una amada

En 1791, después más de 50 años de matrimonio, murió su amada esposa Elizabeth Reid. Sus dos últimos escritos académicos de importancia fueron dos textos breves llamados “On Power” (“Sobre la capacidad”), de 1792 y el intitulado “Some Thoughts on the Utopian System” (Algunas reflexiones sobre el sistema utópico”), que incluía ciertas “Observations on the Dangers of Political Innovation” (“Observaciones sobre los peligros de las innovaciones políticas”), de 1794. Reid murió el 7 de octubre de 1796, tras un inesperado malestar de escasos días.

Hasta el final de su vida se mantuvo en extremo sano e intelectualmente activo –tan sólo afectado por una acentuada sordera en sus últimos años–, ocupándose, especialmente, de la resolución de difíciles y laboriosos problemas matemáticos. De hecho, desde que Reid dejara las actividades docentes en los años ochenta, se entregó de lleno y con entusiasmo a una buena serie de causas liberales y humanitarias.

En 1788 y 1792 apoyó peticiones de la Universidad de Glasgow al Parlamento Británico en favor del movimiento antiesclavista del político y filántropo inglés William Wilberforce (1759-1833). En 1790 fue el primer presidente de la sociedad de Glasgow dedicada a la atención y ayuda a los hijos de los ministros de la Iglesia de Escocia. Entre 1791 y 1793 promovió y dirigió la Enfermería Real de Glasgow y en ese 1791 se sumó al grupo de los Glasgow Friends of Liberty, apoyando económicamente a la Asamblea Nacional Francesa, cosa que, para su sorpresa, le acarreó agresivas advertencias por parte de los enemigos políticos de tal Asamblea.

Quizás la única causa liberal de sus tiempos que Reid no secundó fue la Guerra de Independencia norteamericana, en la que estuvo en peligro de verse involucrado un hijo suyo, George Reid (fallecido en 1780), quien era un médico militar del Ejército Británico.

Pero Thomas Reid sería siempre un centrado Whig, un monarquista constitucional, un bienintencionado republicano –en su sentido clásico de autogobierno de los libres, más que contemporáneo de régimen por completo democrático– y un liberal moderado, consciente tanto de los defectos y los riesgos de la moderna e ilustrada “sociedad comercial”, como de sus enormes ventajas civilizatorias y humanizantes.

Como universitario, Reid gustaba dedicar su tiempo libre al cultivo de las matemáticas avanzadas, al atento seguimiento de la ciencia natural de sus días –tanto físico-química, como biológica– y en el final de su vida, a la elaboración del árbol genealógico de sus ancestros Reid y Gregory. Su pasatiempo favorito, aparte de la lectura y las caminatas, cuando era ministro religioso de New Machar, era la jardinería.

Seguidores

En Escocia los seguidores inmediatos de Reid fueron sus colegas y alumnos de Aberdeen –especialmente el poeta y filósofo James Beattie (1735-1802) – y de Glasgow –el célebre pensador moral Dugald Stewart (1753-1828)–, así como Sir William Hamilton (1791-1856), primer editor de sus obras completas. Como catedrático de la Universidad de Edimburgo, Dugald Stewart se abocó particularmente a la difusión y la valoración de Thomas Reid y, con un mayor éxito comprensible –dada su clara relación con los muy importantes temas económicos–, las de Adam Smith.

Un discípulo de Reid en Aberdeen, William Small (1734-1775), sería profesor del Founding Father estadounidense, Thomas Jefferson (1743-1826) en el Colegio de Guillermo y María de Williamsburg, Virginia. Jefferson fue él mismo un gran admirador de la obra de Thomas Reid y promovió que sus libros se estudiaran en las universidades de la joven nación independiente y conservados y divulgados desde las bibliotecas públicas del país.

En Francia, Reid gozó de la adhesión de Pierre Paul Royer-Collard (1763-1845), Théodore S. Jouffroy (1796-1842) y, muy especialmente, del espiritualista Víctor Cousin (1792-1867). En España supieron de él y se beneficiaron de sus aportaciones, los catalanes Jaume Balmes (1810-1848) y Francesc Xavier Llorens i Barba (1820-1872).

El nocionismo epistemológico reidiano

Thomas Reid no veía con buenos ojos el término y el concepto de idea. Él prefería hablar de nociones. Consideraba que la adopción de esa palabra de origen griego había impulsado muchos equívocos en filosofía y había promovido, adicionalmente, toda una “teoría de las ideas”, cuya sugerente crítica era posible considerar como su modesta contribución personal a la “filosofía de la mente”. En agosto de 1790 le escribió a su corresponsal James Gregory:

{Sistema:Cita|Sería una falta de franqueza no reconocer que pienso que existe algún mérito en lo que usted quiere denominar mi filosofía y me parece que radica, principalmente, en haber objetado la habitual teoría de las ideas o de que las imágenes de las cosas en la mente son el único objeto del pensamiento, una teoría fundada en prejuicios naturales y tan universalmente aceptada, que se ha entretejido en la estructura del lenguaje.|Thomas Rei}}

Y agregaría Reid, con la sencillez que lo caracterizaba:

{Sistema:Cita|El descubrimiento (de lo discutible o erróneo de esa teoría) fue un producto del tiempo y no del genio y Berkeley y Hume hicieron más por traerlo a la luz que el hombre que daría con él.|Thomas Rei}}

Pero ¿qué son exactamente las ideas que criticaba Thomas Reid? Son las imágenes que existen en la mente, gracias a las llamadas impresiones sensibles o sensoriales, a modo de representaciones, retratos, reproducciones o copias de los supuestos objetos reales, que habrían llegado a esa mente por medio de los órganos de los sentidos.

Hume había descrito este asunto con minuciosidad desde su gran obra de 1739: la mente humana se hace de impresiones de las cosas que hieren a los sentidos físicos y que son como las presentaciones de aquellas cosas y de sus propiedades ante los sentidos y la propia mente, pero ésta última genera con posterioridad ideas o representaciones de dichos objetos.

Las ideas son representaciones mentales de las cosas perceptibles y de sus características; son las imágenes que tenemos en la mente, gracias a las impresiones que previamente han recibido nuestros sentidos.

Ya los antiguos entenderían que las ideas copian o reproducen a las entidades del mundo real, pero los autores modernos propusieron que, en rigor, somos capaces de hablar de esas entidades sólo a través de las imágenes mentales o ideas que tenemos de ellas. Hablando con propiedad, no nos constan los llamados objetos reales, sino tan sólo los datos sensoriales que llegan a nuestra mente –las impresiones– y las representaciones mentales –es decir, las ideas– que tenemos de esas supuestas entidades reales.

Los filósofos antiguos comenzaron a hablar de ideas, pero estaban convencidos de que existen cosas objetivas de las que tenemos ideas. Los filósofos modernos, por su parte, heredarían esa noción de idea y se dieron cuenta de que ella puede considerarse más real que el objeto mismo que supuestamente la origina.

Éstas son, pues, las ideas que criticó Thomas Reid: las representaciones que hay en las mentes humanas, en el mejor de los casos como copias o retratos de los objetos reales y en el peor, como los objetos mismos del pensamiento, pues de acuerdo con la “teoría de las ideas”, éste sólo puede pensar en, hablar de o referirse a esas representaciones o ideas, pero no logra hacerlo con respecto a las entidades reales que, presumiblemente, dan origen a las ideas.

La capacidad de juicio y el sentido común

Pero la convicción irresistible en la realidad objetiva de cuanto percibimos es, presumiblemente, parte de un juicio o de una acción de juzgar que remite a una operación y una capacidad mental diferente. Cuando percibimos, juzgamos; aunque como ya fue indicado, juzgar no solamente es afirmar, proponer o enunciar. Existen juicios o actos de juzgar que nunca recurren a enunciados o juicios, por ejemplo y acaso, las ocasiones en que alguien dice “sin comentarios” o “interpreta mi silencio”. Hay juicios tácitos o no verbales, si bien los más comunes de entre todos ellos son los que profieren juicios o enunciados que expresan lo juzgado. ¿Qué es, propiamente, el juicio?

Aquellos juicios originarios y naturales son, en consecuencia, una parte del equipamiento que la naturaleza le ha dado al entendimiento humano.

Ellos son una inspiración del Todopoderoso en grado no menor al de nuestras nociones o captaciones simples, y sirven para que nos conduzcamos en los asuntos comunes de la vida en los que nuestra facultad de razonamiento nos deja a oscuras. Son una parte de nuestra constitución y todos los descubrimientos de nuestra razón se apoyan en ellos. Integran lo que se denomina el sentido común de la humanidad y cuanto es manifiestamente contrario a cualquiera de estos primeros principios es lo que denominamos absurdo. La fuerza de esos principios es el buen sentido, que a menudo se hace presente en quienes no son muy prolijos en su razonamiento.

Una notable desviación de ellos, que surja de algún desorden en la constitución humana, es lo que denominamos locura, como cuando un hombre cree que está hecho de vidrio. Y cuando en algún hombre su razonamiento discurre, por argumentos metafísicos, fuera de los principios del sentido común, a eso lo llamamos locura metafísica, que difiere de otras especies de desarreglo en que no es continua, sino intermitente y capaz de atrapar al paciente en sus momentos especulativos y solitarios, si bien cuando retorna a la sociedad, entonces el sentido común recupera su autoridad en él. La explicación y enumeración claras de los principios del sentido común es uno de los principales desiderata de la lógica.

Los primeros principios del sentido común

Los esfuerzos de Reid se orientaría desde 1764, como parte de la “investigación de la mente humana” en la que estaba comprometido, a cumplir con el imperativo mencionado del esclarecimiento de unos primeros principios del sentido común. Pero Reid no se propuso, acaso como Kant cuando buscaba determinar los principios y los conceptos puros o categorías del entendimiento, deducir el número exacto y la caracterización precisa y definitiva de los primeros principios. «Enumeraciones de esta clase, aun cuando se hacen después de mucha reflexión, raras veces son perfectas».

Aquello que sugeriría Thomas Reid fueron tan sólo buenos o plausibles candidatos a conformar la serie los primeros principios del sentido común, elaborando tres listas o subseries factibles de esos principios. Se refirió así a unos “primeros principios de las verdades contingentes” y a otros “de las verdades necesarias”.

En los EAP, más tarde, abundaría sobre unos primeros principios morales del sentido común o unos primeros principios de la facultad o el sentido común moral. Jamás aseguró que estas listas fueran exhaustivas y perfectas. Su punto era, ante todo, reivindicar que contamos con unos primeros principios del sentido común, los cuales se encuentran en la base de la totalidad de nuestros juicios y aun de nuestros limitados y rectificables conocimientos.

Los primeros principios de las verdades contingentes buscan hacer posibles –junto con las evidencias suficientes y pertinentes– juicios correctos en la vida cotidiana. Hay algunos principios del sentido común que propician nuestro desenvolvimiento solvente y satisfactorio en los asuntos de la vida ordinaria y ellos son, propiamente, mecanismos de nuestra constitución humana que no debemos esforzarnos siquiera en aplicar, ya que su utilización es instintiva. Advirtiendo que estos primeros principios podían ser más o ser menos que los destacados y que a su enunciado también era posible rectificarlo, Reid propondría las siguientes doce candidatos a principios “de las verdades contingentes”:

  • Todo aquello de lo que soy consciente es real de alguna manera y existe como mis nociones, percepciones, razonamientos, recuerdos, etcétera;
  • Los pensamientos de los que soy consciente son de ese ser que llamo «yo mismo, mi mente o mi persona». Es decir, los pensamientos siempre han sido pensados por alguien y no pueden subsistir por sí mismos;
  • «Aquellas cosas que recuerdo con claridad, sucedieron realmente». Lo usual es que mi memoria sólo me engañe ocasionalmente y debido a causas que son comprensibles;
  • Mi identidad y mi existencia han sido ininterrumpidas desde que las recuerdo con claridad;
  • «Las cosas que percibimos nítidamente con nuestros sentidos existen realmente» y consisten en algo que percibimos, aunque no lo entendamos;
  • «Tenemos cierto grado de poder sobre nuestras acciones y sobre las determinaciones de nuestra voluntad» o, en otras palabras, nuestras decisiones. Contamos con cierta libertad personal relativa, pero indiscutible;
  • «Las facultades naturales por las que distinguimos entre la verdad y el error no son falaces». Es viable distinguir entre lo verdadero y lo falso;
  • «Hay vida e inteligencia en nuestros semejantes con quienes tratamos»
  • «Ciertas muecas del rostro, sonidos de la voz y gestos del cuerpo indican determinados pensamientos y disposiciones de la mente»
  • «Debemos cierta consideración al testimonio de los hombres en materias de hecho, e inclusive también a la autoridad humana en materias de opinión
  • Ningún ser humano actúa de un modo por completo azaroso, sino que se conduce conforme a hábitos; y
  • «Lo que ocurra en los fenómenos de la naturaleza será probablemente semejante a cuanto haya sucedido con anterioridad en circunstancias similares»

Moralidad como una cuestión de juicio y la justicia como una virtud natural

En el capítulo VII y final del quinto ensayo, también final, de los EAP, Thomas Reid explicaría que la conducción de nuestras acciones –que puede ser buena o mala y tiene, por tanto, un carácter moral– y nuestra apreciación de las conductas de otros o de nosotros mismos, en el sentido de que ellas sean correctas o incorrectas, buenas o malas o debidas o indebidas, no son ambas una cuestión de sentimientos o sensaciones, como se había venido sosteniendo en la filosofía moderna, muy particularmente a partir de los textos de David Hume, sino una muy diferente cuestión de juicio.

Una acción propia o ajena no es, en rigor, buena porque nos produzca un sentimiento de agrado o mala porque nos genere una sensación desagradable. Lo bueno no es sencillamente aquello que nos hace sentir bien y lo malo, lo que nos provoca sensaciones desagradables o deja en nosotros una “cruda” o “resaca” moral. La moralidad no es una cuestión de sentimientos, sino de juicios, propondría Thomas Reid en el capítulo mencionado.

Allí plantearía que las sensaciones y sentimientos son algo estrictamente animal o característico de los animales y que en el animal que es el humano, es frecuente que las sensaciones y sentimientos vayan aparejadas o asociadas a actividades mentales como el juicio. En ocasiones la sensación se encuentra seguida inmediatamente por el juicio, por ejemplo, cuando percibimos los objetos y a nuestras sensaciones visuales, auditivas, etcétera, sucede el juicio que nos convence de la realidad de lo percibido.

La creencia irresistible en que lo percibido es real es, pues, un juicio vinculado a la sensación perceptiva y ambos elementos configuran la percepción. Hay ocasiones también en que al sentimiento, por ejemplo, de amor hacia nuestros padres o nuestros hijos, sigue el juicio de que ellos son buenos a pesar de que los hechos o de que sus acciones nos muestren lo contrario. Pues bien, también acontecería que a ciertos juicios los sigue un sentimiento determinado.

Verbigracia, si juzgamos que alguien hizo una acción buena, de inmediato sentimos una estimación hacia la persona que realizó tal acción, o si juzgamos que una obra de arte es bella entonces deseamos contemplarla por largo tiempo –sentimos una agradable sensación en su contemplación– e incluso llegamos a sentir la necesidad de poseerla o tenerla cerca de nosotros.

De nuevo recurriría Reid, en este contexto, a reflexiones sugeridas por el lenguaje. Supóngase –escribió en el capítulo VII del quinto de los EAP– que en un caso bien conocido por ambos, un amigo me dijese: «tal hombre actuó bien y valiosamente; su conducta es altamente aprobable». Esta forma de hablar en mi amigo expresa su juicio sobre la conducta de un hombre. Ese juicio puede ser verdadero o falso y yo puedo estar o no de acuerdo con él.

Si disiento de este juicio, no cuestiono ni ofendo con ello a mi amigo; simplemente pongo al lado del suyo un juicio distinto, que me he atrevido a formular. En cambio, si en relación con el mismo caso mi amigo me dijera, «la conducta del hombre me produjo un sentimiento muy agradable», yo no puedo contradecir a mi amigo sin implicar que él no sepa lo que está sintiendo y, en consecuencia, sin ofenderlo de una manera indiscutible, porque le estoy diciendo que es un mentiroso, como no es el caso cuando contradije su primera afirmación, ésa que expresaba su juicio.

Si la aprobación o la desaprobación morales consistiesen en simples sentimientos agradables o desagradables, los proposiciones “tal hombre actuó bien y valiosamente; su conducta es altamente aprobable” y “la conducta del hombre me produjo un sentimiento muy agradable” deberían significar exactamente lo mismo, pero no es así.

El primer enunciado expresa un juicio que no afirma nada sobre el hablante y sí algo acerca del sujeto del juicio, mientras que la segunda expresa un sentimiento que experimenta el hablante, que externa él mismo y que no dice nada sobre la conducta del hombre que produjo en dicho hablante un sentimiento determinado.

Además y como ya se apuntó, a la primera proposición se la puede contradecir sin que eso conlleve afrenta alguna para el proponente, en tanto que a la segunda sólo es posible contradecirla efectuando tal afrenta y diciendo que el proponente es un mentiroso que no sabe lo que está sintiendo. Ninguna de estas consideraciones sería pertinente si ambas proposiciones significaran lo mismo y, por consiguiente, la apreciación moral fuese una cuestión de sentimientos y no de juicios. Pero tal no es el caso.

La apreciación moral tiene propiamente lugar a través de juicios que generan sentimientos, aunque primero es siempre el juicio y luego el sentimiento o la sensación. A los juicios de aprobación moral les siguen, en principio, sentimientos agradables, mientras que a las desaprobaciones morales, sentimientos desagradables, excepto que a causa de haber tenido una mala educación moral, nos sintamos mal por hacer cosas buenas, o bien luego de hacer algo moralmente malo –el mentiroso que se jacta sinceramente de sus mentiras o el asesino que disfruta sus homicidios...–.

La justicia y el humanitarismo

Aunque la noción de justicia y el primer principio moral de sentido común relativo a ella, en la opinión de Reid, resultan determinantes para insertar a los seres humanos en el ámbito de la moralidad y, muy especialmente, en el del deber; y si bien el filósofo aberdinense abundaría sobre dicha justicia en su obra publicada –en particular, sus EAP–, no está por demás insistir en que según el esquema general de su pensamiento, ella debiera acompañarse por lo que en las lecciones sobre filosofía moral de nuestro autor en el Old College de la Universidad de Glasgow, a partir de 1765 y hasta 1780, llamó la humanidad o un sentido indispensable de humanitarismo, como le denominaríamos en la actualidad.

Debe tomarse en cuenta que estas lecciones jamás fueron publicadas en vida de su autor. Ellas fueron editadas hasta finales del siglo XX por el especialista en la obra de Thomas Reid, Knud Haakonssen. Thomas Reid enseñaba que los deberes humanos se pueden dividir en los que tenemos hacia nosotros mismos, hacia Dios y hacia nuestros congéneres.

Estos últimos son los deberes sociales, que incluyen a la justicia, por supuesto, aunque también a la humanidad o el humanitarismo. Justo es el ser humano que no lastima de ningún modo a sus semejantes y les concede cuanto les corresponde. Por la justicia, nos abstenemos de cometer agravios contra nuestros semejantes, pero también por humanidad es que buscamos hacerles todo el bien que nos es posible o que esté a nuestro alcance hacerles.

La justicia es, propiamente, de una de estas dos clases: conmutativa o distributiva. Gracias a la justicia conmutativa no violamos los derechos de los demás ni invadimos su propiedad; no los afectamos en su persona, su familia o su buen nombre. Ella consiste, sencillamente, en “no meterse” con nadie y no hacer nada que afecte o le falte al respeto a otros. Tan necesaria es esta justicia conmutativa en las sociedades humanas, que sin su concreción esas sociedades no sobrevivirían el más mínimo tiempo.Se ha dicho que inclusive es necesaria para preservar una pandilla de ladrones o de piratas, escribiría Reid.

Muerte

Un inesperado malestar de escasos días le produjo la muerte, el 7 de octubre de 1796 en Glasgow, Escocia.

Bibliografía

Obras de Thomas Reid traducidas

  • Reid, Th., “Lecciones sobre las bellas artes”. Traducción crítica y Estudio introductorio de Jorge V. Arregui, en Contrastes, Volumen III, Universidad de Málaga, Málaga 1998, pp. 355-384.
  • —, La filosofía del sentido común. Breve antología de textos de Thomas Reid. Versión castellana e introducción de José Hernández Prado. UAM-Azcapotzalco, Colección Ensayos 5, México 2003.
  • —, Una investigación sobre la mente humana según los principios del sentido común. Traducción e introducción de Ellen Duthie. Editorial Trotta, Madrid 2004.
  • —, Del poder. Traducción y Estudio introductorio de Francisco Rodríguez Valls. Ediciones Encuentro, Madrid 2005.

En lengua española

  • González de Luna, E. M., Filosofía del sentido común. Thomas Reid y Karl Popper, Colección Posgrado, Universidad Nacional Autónoma de México, México 2004.
  • Hernández Prado, J., Sentido común y liberalismo filosófico. Una reflexión sobre el buen juicio a partir de Thomas Reid y sobre la sensatez liberal de José maría Vigil y Antonio Caso. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco y Publicaciones, Cruz O., México 2002.
  • —, Epistemología y sentido común, División de Ciencias Sociales y Humanidades, Cuadernos Docentes núm. 16, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, México 2005.
  • —, El menos común de los gobiernos. El sentido común según Thomas Reid y la democracia liberal, Colección Ensayos, núm. 16, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, México 2007.
  • —, “Introducción” a Dugald Stewart, Relación de la vida y escritos de Thomas Reid, Los Libros de Homero, México 2007, pp. xi-xxxiv.
  • Livi, A., Crítica del sentido común. Lógica de la ciencia y posibilidad de la fe. Traducción de Tomás Melendo Granados. Ediciones Rialp, Madrid 1995.
  • Stewart, D., Relación de la vida y escritos de Thomas Reid. Traducción e Introducción de José Hernández Prado, Los libros de Homero, México 2007.

Fuentes