Pacto de Locarno
El Pacto de Locarno es en realidad un grupo de siete tratados (por tanto, su otro nombre: los Tratados de Locarno), se firmó el 1 de diciembre de 1925 con el objetivo de que la paz continuara en Europa a pesar de la desaprobación por parte del Gobierno alemán del Tratado de Versalles, el cual puso fin a la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El pacto toma su nombre de la ciudad suiza de Locarno, donde se reunieron los delegados de siete países europeos.
Sumario
El Pacto de Locarno
Es en realidad un grupo de siete tratados (por tanto, su otro nombre: los Tratados de Locarno), se firmó el 1 de diciembre de 1925 con el objetivo de que la paz continuara en Europa a pesar de la desaprobación por parte del Gobierno alemán del Tratado de Versalles, el cual puso fin a la Primera Guerra Mundial (1914-1918). El pacto toma su nombre de la ciudad suiza de Locarno, donde se reunieron los delegados de siete países europeos.
Los puntos principales cubiertos por el Pacto de Locarno incluían tratados de garantía mutua para proteger las fronteras existentes en Europa Occidental y una promesa no solo de no utilizar la guerra como instrumento de política exterior, sino también de resolver las disputas por medio de la diplomacia. De modo significativo, los tratados no resolvieron el asunto de las fronteras al este de Alemania, particularmente con Polonia. El Pacto de Locarno sí aseguró la paz por 11 años, pero Adolf Hitler, el líder de Alemania nazi puso fin a la paz cuando en 1936 invadió la región desmilitarizada de Renania, una violación que fue seguida de una serie de otros actos de agresión más serios, los cuales al final llevaron a la Segunda Guerra Mundial en 1939.
El Tratado de Versalles
Alemania perdió en la Primera Guerra Mundial y la Conferencia de Paz de París, que redactó el Tratado de Versalles en junio de 1919, decidió sus nuevas fronteras. El tratado también había establecido que Alemania tenía la culpa por haber causado la guerra, que debía pagarle indemnización de guerra a los victoriosos y que sus Fuerzas Armadas estarían restringidas no solo en número, sino también en los tipos de armas que podría tener. En Alemania hubo manifestaciones de indignación pública generalizada respecto a los términos del Tratado de Versalles, pero para la década de 1920, esto había disminuido y el único punto latente de verdadero descontento era la nueva demarcación de las fronteras de Alemania.
Alemania tenía la obligación de devolverle a Francia las regiones de Alsacia y Lorena, había perdido el control de la región rica en carbón de Sarre y de Danzig (Gdansk); además, la región de Renania fue desmilitarizada. Bélgica recibió Eupen-Malmedy y Dinamarca obtuvo Schleswig Septentrional. Alemania perdió todas sus colonias. Las cuestiones que causaron más controversia desde el punto de vista alemán fueron que Polonia obtuvo la región industrial de Alta Silesia y un corredor de territorio que conducía a la costa del Báltico (el «corredor polaco»). Este corredor aislaba a Prusia Oriental del resto de Alemania. En total, los Aliados habían reducido el territorio alemán alrededor de un 13% comparado con su estado antes de la guerra.
Para resolver estas cuestiones, varias delegaciones de Estados europeos se reunieron en 1925, en la ciudad lacustre de Locarno. Alemania ya no tenía una monarquía (el antiguo káiser Wilhelm II, considerado como un instigador de guerra empedernido, había cargado con gran parte de la culpa), sino que entonces era una República constitucional; su economía estaba recuperándose y estaba pagando sus indemnizaciones de guerra. Ahora, a los victoriosos de la Primera Guerra Mundial les pareció que había llegado el momento de mostrar un poco de indulgencia hacia Alemania respecto a lo que muchos consideraron más bien como un Tratado de Versalles muy duro.
Las delegaciones
Las delegaciones en la Conferencia de Locarno, reunidas bajo los auspicios de la Sociedad de las Naciones, venían de Gran Bretaña, Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Polonia y Checoslovaquia. La conferencia tuvo lugar en el Palazzo del Pretorio del 5 al 16 de octubre. Aristide Briand (1862-1932), el estadista francés que había sido el primer ministro durante la Primera Guerra Mundial (y que lo sería nuevamente después de la conferencia), encabezó la delegación francesa. El jefe de la delegación británica era el secretario de Estado para Relaciones Exteriores, Austen Chamberlain (1863-1937), y el de los alemanes era el ministro de Relaciones Exteriores y antiguo canciller, Gustav Stresemann (1878-1929). Benito Mussolini (1883-1945), el líder de la Italia fascista, también asistió, al igual que los futuros primeros ministros británicos Neville Chamberlain y Winston Churchill.
Los Tratados de Locarno
Briand, sobre todo, quería que Alemania prometiera que continuaría respetando sus nuevas fronteras. Alemania solo estuvo de acuerdo en que no usaría la fuerza para cambiar sus fronteras occidentales. En lo que respecta a sus fronteras orientales, la cuestión estaba menos clara y Alemania simplemente aceptó la utilización del arbitraje (solamente) con los Gobiernos de Polonia y de Checoslovaquia. Tal y como lo mencionó el historiador A.J.P. Taylor, la frontera con Polonia «podría ser tolerada; esta no podía ser confirmada» (página 82). Para fortalecer la posición de Polonia, Francia reafirmó su alianza con ese Estado e hizo lo mismo con su alianza con Checoslovaquia; el trio prometió efectivamente ayudarse entre sí en caso de ataque. También se acordó que si Francia actuaba para proteger las fronteras de cualquiera de estos dos Estados, esto no se interpretaría como un acto de agresión contra Alemania.
Francia, siempre preocupada ante todo de que Alemania pudiera atacarla de nuevo, se sintió aliviada con las tentativas de paz de Alemania en dirección oeste y se alegró de mantener a Alsacia y Lorena y de mantener la región de Renania como una zona desmilitarizada. Gran Bretaña e Italia garantizaron esta posición. Alemania estaba feliz de que Colonia finalmente fuera exonerada de su ocupación militar, de que las inspecciones de su ejército por parte de los Aliados finalizara y de que las Tropas aliadas se retirarían de la región de Renania en 1930 (no, como previamente se había acordado en Versalles, en 1935).
Bélgica, Alemania y Francia acordaron que nunca se atacarían entre sí excepto «en legítima defensa» (un término ambiguo abierto a múltiples interpretaciones). Además, Gran Bretaña acordó en principio ayudar a defender a Francia si este Estado fuese alguna vez atacado. Se suponía que la garantía iba a ser temporal, pero no se acordó ninguna alternativa más tarde: «Gran Bretaña había adquirido el compromiso (por primera vez en su historia) de una alianza en tiempo de paz con una gran potencia continental» (Taylor, página 148). Todos esperaban que el compromiso fuera simplemente uno que solo hubiese que poner por escrito en vez de tener que llegar a ejecutarlo algún día. Los británicos consideraban su posición menos como una promesa absoluta de proteger a Francia y más como el establecimiento de un deber moral de hacerlo, una sutil diferencia que permitió la inacción a discreción del Gobierno británico. A Bélgica se le dio una garantía similar; Polonia y Checoslovaquia no la tuvieron.
En la Conferencia de Locarno, todos prometieron resolver las disputas futuras solo por «medios pacíficos». Si la diplomacia fracasaba entre las partes directamente involucradas, entonces las disputas debían ser presentadas para arbitraje ante una comisión especialmente formada o ante organismos internacionales tales como la Corte Permanente de Justicia Internacional. Había la falla de que Alemania había insistido aquí en que la disposición de arbitraje no aplicase a las disputas entre Alemania, Checoslovaquia y Polonia, que precedían al pacto. Para terminar, claramente se expresó el deseo de que en los sucesivo se hicieran intentos para un desarme colectivo.
Percepción del éxito
Todos parecían estar razonablemente satisfechos con los acuerdos del tratado. Francia había mantenido el statu quo en su frontera con Alemania y obtuvo una especie de promesa de protección por parte de Gran Bretaña. Los británicos estaban satisfechos de que la estabilidad en Europa podía continuar y de que no había adquirido compromisos excesivos respecto a cualquier acción futura, sea con o contra otro Estado. Alemania estaba satisfecha de que ya no la estaba tratando como una paria internacional y de que había obtenido un poco de libertad de movimiento diplomático respecto a sus fronteras al este. Mussolini, invitado realmente para que Gran Bretaña pareciera ser más imparcial de lo que en realidad era, estaba halagado de sentarse en la misma mesa que las principales potencias democráticas, a pesar de ser un déspota. A nadie parecía hacerle falta ni Rusia ni los Estados Unidos en estas discusiones para mantener la paz.
Los siete tratados fueron aprobados el 16 de octubre en Locarno y luego fueron firmados formalmente en Londres, en el Salón dorado del Ministerio de Relaciones Exteriores británico, el 1 de diciembre del mismo año. Los líderes les dijeron a sus respectivas poblaciones que su estadía en Locarno había sido un éxito y que una paz duradera ahora estaba asegurada.
Legado
Chamberlain, Briand y Stresemann fueron galardonados con el Premio Nobel de la Paz (Chamberlain en 1925 y los otros al año siguiente) por su labor para cerrar el Pacto de Locarno. Una paz duradera en Europa ahora parecía perfectamente posible si todos estaban dispuestos a mantener las conversaciones entre unos y otros. Esto fue especialmente así cuando Alemania fue finalmente invitada a formar parte de la Sociedad de las Naciones en 1926. La idea de cooperación y discusión en asuntos internacionales, que el pacto fomentaba, llegó a conocerse como el «espíritu de Locarno», y contribuyó a la firma de tratados de cooperación adicionales, tales como el Pacto Kellogg-Briand en 1928, firmado por 63 países, que formalmente hicieron que hacer la guerra fuera un acto ilegal.
El Pacto de Locarno tuvo la desafortunada consecuencia de que líderes futuros, menos inclinados a la paz, considerarían los acuerdos de 1925 desde una perspectiva diferente y los interpretarían de manera muy diferente a la de aquellos que los firmaron. En 1926, ya había la percepción discrepante, para algunos, de que Locarno era el final de las negociaciones, mientras que para otros, era solo el comienzo. Esto significó que los choques diplomáticos futuros fueron inevitables. Mientras que Francia pensó que ahora podía evitar hacer cualquier concesión en el futuro, Alemania pensó que Locarno podría ser el comienzo para más concesiones.
Todavía quedaba también el problema serio de quién realmente podría hacer cumplir las disposiciones en caso de violaciones al pacto, una cuestión pertinente cuando Gran Bretaña se mostraba reacia a involucrarse fuera de su imperio que ya estaba desmoronándose y los Estados Unidos que insistían en mantener una posición aislacionista. Una cosa era prometer sobre papel y otra totalmente diferente que un estado enviara tropas a través de un continente. Los Estados agresores estaban muy conscientes de esta realidad.
Otra consecuencia desafortunada del pacto fue que los acuerdos de asistencia mutua hicieron que Gran Bretaña, Francia e Italia se durmieran un tanto en los laureles. Al pensar que tal acuerdo era una disuasión suficiente contra cualquier posible agresor, en realidad, ninguno de los tres comenzó de veras a establecer ningún tipo de cooperación militar. Cuando se produjeron actos de agresión y se rompió la ilusión de una comunidad internacional pacífica, hubo una ausencia distintiva de cualquier respuesta unificada o movilización de tropas combinada como medida de retorsión.
Al final, el Tratado de Locarno se hizo trizas cuando Adolf Hitler (1889-1945) envió tropas a la región desmilitarizada de Renania en 1936 y entonces procedió a ocupar otros Estados vecinos. De hecho, Hitler reafirmó las decisiones territoriales del Pacto de Locarno en 1935, pero esto fue simplemente parte de su estrategia para confundir a líderes rivales respecto a lo que en realidad estaba tramando y justo al año siguiente declaró la nulidad del pacto. La política de apaciguamiento hacia Hitler implementada por Gran Bretaña y Francia, una política alentada por el sentimiento del Pacto de Locarno, terminó finalmente con la invasión de Polonia en 1939, que fue el comienzo de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Quizás el Pacto de Locarno tuvo un momento crucial en la historia de la primera mitad del siglo XX: «Su firma puso fin a la Primera Guerra Mundial; su repudio once años más tarde marcó el preludio de la Segunda Guerra Mundial» (Taylor, página 82). En resumen, la dependencia meramente en la jerga legal, la creencia irrealista de que la paz era atractiva para todos los líderes y la ausencia de promesas de asistencia concretas basadas en preparativos militares prácticos significó que cualquier Estado agresor podía actuar y de hecho actúo con impunidad durante la década de 1930.
Bibliografía
- History / Locarno City of Peace / The Locarno Pact, accessed 12 Dec 2025.
- Locarno Treaties - Oxford Public International Law, accessed 12 Dec 2025.
- McDonough, Frank. Hitler and the Rise of the Nazi Party. Taylor & Francis, 2012.
- McDonough, Frank. The Origins of the First and Second World Wars. Cambridge University Press, 1997.
- Shirer, William L. . The Rise and Fall of the Third Reich. Simon & Schuster, 2011.
- Taylor, A.J.P. The Origins of The Second World War. Simon & Schuster, 1996.
- The Avalon Project : Treaty of Mutual Guarantee between Germany, Belgium, France, Great Britain and Italy; October 16, 1925 (The Locarno Pact), accessed 12 Dec 2025.