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Ciencia y Tecnología en Cuba (1899-1959)

Ciencia y Tecnología en Cuba (1899-1959)
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Concepto:Actividades que están estrechamente relacionadas con la producción, la promoción, la difusión y la aplicación de los conocimientos científicos y técnicos, en todos los campos de la ciencia y la tecnología.
Ciencia y Tecnología en Cuba (1899-1959). Historia de la ciencia y la tecnología en Cuba en el período neocolonial (1899-1959).

Período neocolonial

Primera intervención de Estados Unidos en Cuba

La soberanía de España sobre Cuba terminó el 1 de enero de 1899, después de la intervención, en 1898, de los Estados Unidos en la guerra que los cubanos libraban contra el dominio colonial desde 1895. El período que aquí se examina ha sido denominado “neocolonial” por los historiadores cubanos porque, para cesar su ocupación de Cuba, el gobierno de Estados Unidos impuso la inclusión en la constitución de la nueva república del articulado de la llamada Enmienda Platt, que prácticamente convertía a Cuba en un protectorado de la Unión Americana.

Esta situación se mantuvo entre 1902 y 1934, cuando dicha enmienda fue derogada por acuerdo entre los dos países; pero ya había dado lugar a un grado de dependencia comercial, financiera y política de tal envergadura, que Cuba –aunque tenía plena personalidad jurídica dentro de la comunidad internacional– en lo esencial funcionaba virtualmente como una colonia de nuevo tipo, como una neocolonia.

Durante el período generalmente conocido como Primera Intervención de los
Carlos Juan Finlay, médico epidemiólogo cubano
Estados Unidos (1899-1902) una de las principales preocupaciones del ejército estadounidense que ocupaba el país se relacionaba con la propagación de “enfermedades tropicales” entre las tropas, sobre todo de la fiebre amarilla y la malaria. Durante muchos años, antes de la intervención norteamericana, se había argumentado que la falta de higiene en Cuba constituía un peligro para la salud pública en los Estados Unidos. Ello se refería sobre todo a la fiebre amarilla (que, en realidad, ya era endémica en el delta del río Mississippi). La comisión médica enviada por Estados Unidos a Cuba en 1900 para el estudio de la situación epidemiológica se dedicó en especial a la etiología de la fiebre amarilla, pero al principio no prestó atención alguna a la “teoría del mosquito” de Carlos J. Finlay, y acudió a ella sólo cuando se encontraba en un callejón sin salida. El primero en comprobar independientemente la teoría de Finlay (con huevos del mosquito Aedes aegypti suministrados por éste) fue el miembro de la comisión Jesse Lazear, quien falleció durante sus experimentos.

El jefe de dicha comisión, Walter Reed, reportó de inmediato, en el propio 1900, sobre la base de los limitados experimentos de Lazear, la comprobación de la teoría de Finlay, pero argumentó –al mismo tiempo, para dar más relevancia a su reporte– que Finlay mismo no había llegado a comprobarla. Al año siguiente Reed llevó a cabo meticulosos experimentos que, sin embargo, sólo corroboraban las conclusiones de Finlay y otros investigadores, y –como señalara el descubridor del modo de trasmisión de la malaria, el inglés Sir Ronald Ross– no descubrían nada nuevo. Sin embargo, las autoridades sanitarias en los Estados Unidos presentaron a Reed (fallecido en 1902) como el descubridor del modo de transmisión de la fiebre amarilla, a pesar de que figuras tan distinguidas como el propio Ronald Ross o Alphonse Laveran, ambos ganadores del Premio Nobel, reconocían la indudable prioridad de Finlay, y propusieron a éste para igual galardón. En realidad, sólo el éxito de la campaña de erradicación de Aedes aegypti en La Habana, llevada a cabo en 1901, con el asesoramiento de Finlay, demostró de manera totalmente convincente la certeza de sus ideas.

Desarrollo de la investigación científica

El desarrollo de la investigación científica, bajo las condiciones de la
Felipe Poey, investigador cubano y Profesor en Ciencias Naturales
república neocolonial, fue muy limitado. El Estado no apoyó, por ejemplo, la investigación bacteriológica, en la cual había sido pionero en América el Laboratorio Histo-bacteriológico. Cierto es que se creó un Laboratorio Nacional con fines similares, pero de efímera existencia. Tampoco recibieron apoyo las investigaciones de historia natural, mediante la creación, por ejemplo, de museos, y ello se dejó por entero a los individuos, a veces agrupados en sociedades, como la Sociedad Cubana de Historia Natural “Felipe Poey”, fundada en 1913 por el discípulo predilecto de don Felipe, el malacólogo Carlos de la Torre (1858-1950), quien –por cierto– llevó a cabo muy meritorias investigaciones sobre los moluscos de Cuba, y realizó aportes al estudio de la paleontología. Fue también un destacado pedagogo, y de cierta manera, la figura emblemática de la ciencia cubana, hasta su fallecimiento en 1950.

Otros naturalistas destacados en esta época fueron el franco-cubano Joseph Silvestre Sauget (Hermano León), quien elaboró una Flora de Cuba (5 volúmenes y un suplemento, en colaboración con el Hermano Alain), Charles T. Ramsden de la Torre (sobrino de Carlos de la Torre), quien residía en Santiago de Cuba y estudió sobre todo la fauna de la zona oriental del país, y Mario Sánchez Roig, con sus estudios sobre peces y crustáceos. Los dos últimos naturalistas crearon museos privados.

También puede mencionarse, entre los naturalistas extranjeros, a Thomas Barbour, estudioso de los reptiles y las aves, quien durante varios años supervisó (desde los Estados Unidos) la estación de la Universidad de Harvard, situada en las cercanías de la ciudad de Cienfuegos. Esta estación fue establecida, por acuerdo con dicha universidad, alrededor de 1900, por el hacendado estadounidense Edwin F. Atkins, y es generalmente conocida como el Jardín Botánico de la Universidad de Harvard. Su propósito original fue la creación (por selección de híbridos) de variedades cubanas de caña de azúcar (allí se inició este tipo de trabajo en Cuba), pero gradualmente se convirtió en el punto de partida para la labor de importantes naturalistas estadounidenses. En el jardín se creó una importantísima colección de plantas vivas de diferentes partes del mundo. Desde 1932 se la incluyó en la Guía Turística de Cuba.

Estación agronómica

En 1904, el gobierno cubano decidió crear una estación agronómica similar a la que se había formado poco antes en Puerto Rico. Para ello acudió a la contratación (hasta 1909) de un grupo de especialistas estadounidenses, varios de los cuales se esforzaron por organizar adecuadamente esta Estación Experimental Agronómica de Santiago de las Vegas, pero nunca contaron con suficientes medios para hacerlo. El hecho de que a los ojos de los cubanos, la estación se había convertido prácticamente en un enclave norteamericano, no la favorecía. Sólo a partir de la llegada en 1917 del agrónomo italiano Mario Calvino, como director de la estación, comenzaron a sentarse las bases para un trabajo más fructífero y continuado. El sucesor de Calvino, el ingeniero cubano Gonzalo Martínez Fortín, desarrolló ulteriormente la organización de este centro.

A pesar del escaso financiamiento que tuvo, pero gracias al personal
Juan Tomás Roig, destacado científico que se distinguió por su labor en las ciencias naturales
ciertamente dedicado que la integró, la Estación logró resultados muy significativos en varias áreas. Entre ellos cabe mencionar el rescate de la variedad original de tabaco cubano, llamada havanensis, realizado inicialmente bajo la dirección de Juan Tomás Roig (1877-1971), quien también estudió las plantas medicinales cubanas y realizó muchas otras investigaciones de botánica económica, y se convirtió en uno de los científicos cubanos más conocidos y reconocidos en su país. Las nuevas variedades de maíz, obtenidas durante un trabajo de más de veinte años por el genetista Carlos González del Valle se introdujeron con éxito en varios países de América Latina (Venezuela y Perú, entre ellos) y en los propios Estados Unidos, pero apenas se difundieron en Cuba.

El desarrollo del control biológico de una importante plaga de los cítricos, mediante la cría e introducción de una pequeña avispa parásita, resultó ser uno de los mayores éxitos del control biológico en el mundo. Este trabajo fue dirigido por el entomólogo estadounidense (que vivió buena parte de su vida en Cuba) Stephen Cole Bruner. Un éxito similar tuvo en 1957 el ingeniero cubano Julián Acuña, discípulo de Roig y Bruner, al determinar el carácter viral y el insecto trasmisor de una enfermedad del arroz, lo cual tuvo también una repercusión internacional. Estos son sólo algunos de los muchos logros de esta institución, que ya a mediados del siglo XX, gracias a su personal, era una de las principales de su tipo en América Latina.

Instituto Finlay

Aunque figuras tan importantes como Juan Guiteras Gener (1852-1925), destacado epidemiólogo cubano, realizaban desde principios de siglo importantes trabajos en el estudio de las enfermedades trasmisibles, el gobierno cubano estableció una institución para estos estudios sólo en el año 1927: el Instituto Finlay. Esta institución contribuyó a la administración de la salud pública en Cuba y a la superación de personal médico, pero en cuanto a la investigación científica sólo sobresalió en ella la labor del patólogo Wilhelm H. Hoffmann, quien había sido médico principal del estado mayor de la armada alemana y se estableció en Cuba en 1920, por invitación de Juan Guiteras. Hoffmann determinó la existencia de zonas endémicas de la fiebre amarilla en Africa y América del Sur y varios signos patológicos de esta enfermedad.

Otro destacado epidemiólogo cubano, consultante de varias entidades
Pedro Kourí, médico e investigador
extranjeras, fue Mario A. García-Lebredo (más conocido como Mario G. Lebredo); pero la figura más descollante en esta especialidad fue Pedro Kourí (1900-1964), fundador del Instituto de Medicina Tropical dentro de la Universidad de La Habana. Kourí realizó notables aportes a la parasitología. Esta institución era en realidad un pequeño laboratorio, desde donde Kourí editó una revista que tuvo determinada aceptación internacional, allí también produjo varios medicamentos novedosos contra los parásitos estudiados por él. Sus Lecciones de Parasitología y Medicina Tropical, aparecidas originalmente en 1940, tuvieron varias ediciones (escritas con sus colaboradores Basnuevo y Sotolongo) y se utilizaron como obra de consulta en diferentes países.

Alcanzaron cierto desarrollo los estudios sociales, representados por la figura predominante de Fernando Ortiz (1881-1969), cuya obra abarcó campos tan diversos como la historia, la etnología, la lingüística y la sociología. Algunos lo han considerado “el tercer descubridor del Cuba”. Entre sus obras más importantes están Los negros esclavos (1916), Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), Los instrumentos de la música afrocubana (5 vols. 1952-1955) e Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959). Ortiz fundó también varias sociedades y revistas científicas y era un constante promotor de afanes culturales. Fue, en muchos sentidos, la figura emblemática de las ciencias sociales en Cuba durante este período.

Investigadores históricos

Otros importantes investigadores, en el campo de la historia, fueron Ramiro Guerra (1880-1970), fundador de una corriente de historia económica y
Emilio Roig de Leuchsenring, abogado, escritor e historiador cubano. Fue el primer Historiador de la La Habana
con obras tan influyentes como Azúcar y Población en las Antillas (1927), La Expansión Territorial de los Estados Unidos (1935), Manual de Historia de Cuba (1938, con varias ediciones posteriores) y Guerra de los Diez Años (2 vols. 1950, 1952). Fue el principal redactor e inspirador de la Historia de la Nación Cubana (1952, 10 vols.) También es de resaltar la actividad de Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), Historiador de la Ciudad de La Habana, organizador de 13 congresos nacionales de historia entre 1942 y 1960, fundador de varias publicaciones seriadas y autor de Historia de la Enmienda Platt, una interpretación de la realidad cubana (2 vols., 1935, 1937) y de Los Estados Unidos contra Cuba Libre (4 vols., 1959), entre otros muchos títulos. Desde 1910 existió una Academia Nacional de la Historia, que desplegó una importante labor editorial.

Durante la Primera Intervención y en los primeros años de la República, e incluso años más tarde, Cuba sirvió de campo de prueba para varias tecnologías estadounidenses, en la misma medida en que empresas norteamericanas se afianzaron en la posesión de los principales servicios del país, basados en el uso de tecnologías eléctricas. Entre estos servicios merecen mencionarse una gran ampliación de la red telegráfica (desde 1899), la introducción de los tranvías eléctricos (1901), el establecimiento de la telefonía de larga distancia y el virtual monopolio de la telefonía en Cuba por la Cuban Telephone Company (1909), la radiotelegrafía (telegrafía inalámbrica) comercial (1905), la radiodifusión (1922), y la televisión (1950). Sin embargo, según constató la llamada Misión Truslow, enviada a Cuba por el Banco Mundial en 1950, en el país no había ni un solo laboratorio para investigaciones tecnológicas.

Véase también

Fuente