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Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés

Gonzalo Fernández de Oviedo Valdés
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Historiador, naturalista y etnólogo de Indias
Nacimientoen agosto de 1478
Madrid, Bandera de España España
Fallecimientoel 26 de junio 1557
Santo Domingo
Educaciónformación cortesana
CónyugeEn 1506 debió casarse con Margarita de Vergara, que murió pronto, al año siguiente se casó nuevamente, en esta ocasión con Catalina Rivafecha
HijosFrancisco González Valdés
PadresMiguel de Sobrepeña y de Juana de Oviedo
Obras destacadasresaltó por ser el primer gran Cronista de Indias

Historiador, naturalista y etnólogo de Indias nacido en Madrid en 1478 y muerto en Santo Domingo el 26 de junio 1557. Vivió en territorio americano durante la primera mitad del siglo XVI, donde conoció personalmente a los grandes personajes del descubrimiento y de la colonización. Escribió una de las Historias de Indias más importantes, y sus perspectivas de historiador fueron frecuentemente opuestas a las del [[padre Las Casas.


Síntesis biográfica

La biografía de Fernández de Oviedo se encuentra dispersa en su obra Quincuagenas y sus Batallas y Quincuagenas, así como en su Historia de las Indias. Era hijo de Miguel de Sobrepeña y de Juana de Oviedo y nació en Madrid en agosto de 1478. Su familia era de hidalgos de origen asturianos, aunque algún historiador ha supuesto sin fundamento que eran conversos. Tuvo una larga formación cortesana, que empezó a los doce años, cuando fue paje del duque de Villahermosa (sobrino del rey Católico), y siguió como mozo de Cámara del príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos, donde conoció a los hijos de Colón. Sus recuerdos de esta época los recogió en su obra posterior Libro de la Cámara del Príncipe Don Juan (publicado en Madrid, 1870). Estuvo luego en Italia, Mantua y Roma, donde sirvió al Cardenal Juan de Borja. Luego, en Nápoles, al rey Fadrique y a la reina Juana, viuda de Fernando II de aquel reino. Volvió a España con el duque de Calabria y en 1505 [[Fernando II, Rey de Aragón y V de Castilla le encargó compilar noticias sobre los reyes de España, misión que no cumplió hasta 27 años después y cuyo manuscrito está en el Escorial. Esta formación le dio un carácter de defensor de los intereses nobiliarios y caballerescos, de culto a los valores morales y de sentido patriótico, acentuado por los acontecimientos que le tocó vivir, como la rendición de Granada y el descubrimiento de América. En 1506 fue durante breve tiempo notario apostólico y secretario de la Inquisición. En 1507 volvió a Madrid y ejerció de escribano, se casó con Margarita de Vergara y se quedó pronto viudo.

Tras actuar brevemente como secretario del Gran Capitán, embarcó para Indias en busca de fortuna el año 1514 en la gran armada de [[Pedrarias Dávila “con los cargos de fundición e marcación, la escribanía de minas e del crimen e juzgado y el oficio del hierro de los esclavos e indios”. Allí fue testigo de las irregularidades de Pedrarias, que decidió denunciar al rey. En 1515 fue elegido procurador de Tierra Firme y regresó a España. Se entrevistó en Plasencia con Fernando el Católico, ya muy enfermo, quien le pidió que entregara sus informes al secretario Conchillos. Al conocer luego la muerte del monarca, decidió ir a Bruselas con objeto de comunicarle los problemas indianos a su heredero. El Príncipe Carlos no le escuchó, pero le mandó informar de todo a Cisneros y Utrecht. Volvió a Madrid y escribió entonces una extraña novela de caballería titulada Libro del muy esforzado e invencible caballero de fortuna, propiamente llamado don Claribalte, que se publicó en Valencia el año 1519. Este mismo año se produjo su enfrentamiento con las Casas, pues ambos propusieron a la Corona proyectos de colonización antitéticos para remediar los problemas de Indias. Oviedo se inclinaba por una de tipo señorial, realizada por caballeros de Santiago, mientras que Las Casas lo hacía por otra exclusivamente de religiosos.

Desengañado, volvió al Darién a principios de 1520, dispuesto a rehacer su vida con su segunda mujer. Fue una época desafortunada, pues murió su hijo y volvió a enviudar. Falleció también el gobernador Lope de Sosa y volvió a gobernar el omnipotente Pedrarias con el que tuvo grandes enfrentamientos. Parte de ellos se debieron también a la obstinación de Pedrarias por trasladar la capitalidad de Castilla del Oro a la nueva ciudad de Panamá, que había fundado en el Pacífico, despoblando la antigua de Santa María del Darién, establecida por Balboa en el Atlántico y donde Oviedo tenía su casa y propiedades. Fue nombrado teniente de gobernador en la decadente Santa María (1522), donde trató de moralizar las costumbres. De este período datan su Crónica de los Reyes Católicos y los comienzos de su Historia General y Natural de las Indias. En 1521 regresó a España para denunciar las irregularidades de Pedrarias. Por entonces escribió la Respuesta a la epístola moral del Almirante de Castilla, en que puso de relieve los males españoles, y la Relación de lo sucedido en la prisión del rey Francisco de Francia, concluyendo además el Sumario de la Natural Historia de las Indias, publicado en Toledo el año 1526.

En 1526 partió por tercera vez para Indias, esta vez con el cargo de gobernador de Cartagena. No fue a esta plaza, sino nuevamente a la de Panamá, donde seguía siendo veedor. Participó en el juicio de residencia de Pedrarias y partió hacia Nicaragua con Diego López de Salcedo, pariente suyo y gobernador de Honduras. Se estableció en la ciudad de León, pero volvió a encontrarse bajo la jurisdicción de Pedrarias, que fue nombrado gobernador de Nicaragua y expulsó a Salcedo en 1528. En 1529 Oviedo llevó a cabo una expedición esclavista al interior, subió hasta el cráter del Masaya, y regresó luego a España como procurador de los municipios de Panamá y Santo Domingo. Una vez en la península presentó un informe pormenorizado sobre la situación en la isla Española ante el Consejo de Indias, para apoyar la necesidad de una mayor sujeción laboral de los indios. En 1532 fue nombrado cronista oficial de Indias y traspasó su cargo de veedor a su hijo Francisco González Valdés, que moriría en el Perú en 1536.

En el otoño de 1532 volvió por cuarta vez a Indias, y concretamente a Santo Domingo, donde en 1533 fue nombrado alcaide de su fortaleza. No tardó mucho en regresar a España y publicar los diecinueve libros de la primera parte de su famosa obra Historia General de las Indias (Sevilla, 1535), que siguió ampliando posteriormente, el resto se quedó inédito, y fue publicada José Amador de los Ríos por comisión de la Academia de la Historia entre 1851 y 1855. Su tono despectivo hacia el indio y favorable a los españoles produjo la indignación del padre Las Casas que decidió escribir su Historia de las Indias, iniciada ya a raíz de la publicación del Sumario de Oviedo.

En enero de 1536 realizó su quinto viaje a Indias, al regresar de nuevo a Santo Domingo; ahora permanecería diez años seguidos en América, su estancia más larga. Vivió en Santo Domingo, arregló su fortaleza, opinó muchas veces sobre los problemas indianos e intentó mediar entre Pizarro y Almagro. En Chile murieron su hijo y uno de sus nietos. En 1546 realizó su último viaje a España; otra vez para denunciar nuevas tropelías. Como procurador de Santo Domingo, cargo que ocupó durante tres años, suplicó que se hiciese renunciar al nuevo presidente Alonso López de Cerrato, nombrado para imponer las Leyes Nuevas, cosa que logró. Solicitó su antiguo gobierno de Cartagena pero todo lo que obtuvo fue la regiduría perpetua de Santo Domingo. Viajó a dicha isla en 1546 y permaneció ya en ella hasta su muerte, ocupando este tiempo en combatir los abusos del secretario de la Audiencia Diego Caballero y en completar su Historia, y sus Batallas y Quincaguenas, que acabó en 1556, con 69 años. Al año siguiente se publicó en Valladolid el libro XX de la segunda parte de la Historia General.


Obra

Su obra fue gigantesca y en varios campos, pero sobre todo resaltó por ser el primer gran Cronista de Indias, ya que nada dejo su antecesor Antonio de Guevara. Oviedo lo desempeñó dicho oficio durante 25 años y con enorme dignidad. Su obra joya es la Historia General y Natural de las Indias, en la que actuó en ambos aspectos: como historiador y como naturalista. Historió fundamentalmente la conquista española, sin dar relevancia a los indios, que vio y trató como sujetos de observación para un naturalista, cosa que no le perdonó Las Casas. Los hechos de los castellanos eran interpretados en cambio de una manera casi providencialista, lo que no le impidió buscar en ellos la verdad histórica y denunciar las tropelías. Utilizó muchos informes documentales y referencias personales de los grandes personajes a los que conoció. Como naturalista fue el primero en la historia de la ciencia americana. Frente a las noticias ocasionales de los primeros descubridores, viajeros y conquistadores, Fernández de Oviedo aspira a ofrecer una imagen de conjunto de la naturaleza americana. El Sumario, tras una breve noticias acerca de la navegación al Nuevo Mundo, trata sucesivamente de La Española, Cuba y otras islas del Caribe, y de Tierra Firme. En cada uno de estos territorios se ocupa de los habitantes y, con mayor amplitud, de los animales y vegetales, mientras que los minerales, con la excepción del oro, merecen muy escasa atención. En la Historia, esta ordenación geográfica es sustituida por otra inspirada en Plinio: en primer término, los vegetales, subdivididos en plantas cultivadas, árboles y hierbas; en segundo lugar, los animales, comenzando por los terrestres, seguidos de los acuáticos, de los aéreos y de los insectos. El interés fundamental de su obra reside, sin embargo, en que está basada en la observación de la naturaleza y no en noticias indirectas como las reunidas por Pedro Mártir de Anglería, del que dice el propio Oviedo: "deseaba escribir lo cierto si fielmente fuera informado, mas como habló de lo que no vido... sus Décadas padecen muchos defectos". Su objetividad en este terreno fue reconocida hasta por Las Casas, el encarnizado enemigo que no había dudado en insultarlo como "falso", "hipócrita", "malvado" y "mentiroso" en cuestiones de gobierno: "Lo que yo creo en la escritura de Oviedo -afirma- y de toda su parlería por lo que dice de los árboles y hierbas desta isla Española, que escribe verdad porque las vido y las ven cuentos verlas quieren, y así será lo que escribiera de la Tierra Firme". En contraste con la erudición, a menudo agobiante, de Las Casas, Oviedo carecía de formación académica y, según su rival, no sabía "qué cosa era latín" y hasta su admirado Plinio lo tenía, "no en latín, sino en toscano". Ello favoreció, sin duda, el carácter directo y espontáneo de sus decisiones, en ocasiones esquemáticas como las figuras que incluye en su obra, muchas veces con finos detalles de observación, pero siempre basadas en el realidad. "Oviedo -afirma Cohen se ha hecho famoso como observador perspicaz y por su agudo sentido de la descripción, basado en una honrada actitud crítica". El Sumario fue traducido al inglés, italiano y latín, alcanzando en un siglo quince ediciones. Las catorce que ha tenido durante la pasada centuria y la actual, también en diversos idiomas, reflejan su estimación como texto "clásico" científico de importancia, que abrió, como afirma Álvarez López, "ante los asombrados ojos de los europeos, el pórtico de una naturaleza desconocida".


Polémica sobre la humanidad de los Indios

Grabado de indios lavando arenas auríferas, extraído de la primera edición de la Historia General y Natural de las Indias (Libro VI, Cap. VIII) Tras una estancia de año y medio, volvió a la metrópoli, produciéndose entonces (1519) un violento conflicto con el dominico fray [[Bartolomé de las Casas, quien lo acusó en Barcelona de ser "partícipe de las crueles tiranías que en Castilla del Oro se han hecho". Sus radicales diferencias con Las Casas parten de que el dominico consideraba a los indios seres humanos, con los mismos derechos que los españoles. Fernández de Oviedo, como Ginés de Sepúlveda, los tenía por homúnculos, seres aquejados de defectos tan graves e irremediables que hacían imposible la convivencia con los castellanos, o la conversión consciente a la fe cristiana. Lewis Hanke ha compilado los juicios que Fernández de Oviedo dedica a los indios en distintos capítulos de su Historia de las Indias, y que ayudan a comprender la animadversión de Las Casas. Algunos son:

Tales opiniones eran compartidas por muchos conquistadores, e intentar convencer de ellas a las autoridades de la metrópoli resultaba muy conveniente, pues la irracionalidad de los indios justificaba la continuidad y perpetuidad de la encomienda, la esclavización en "guerra justa", y en última instancia las propias conquistas.

Fernández de Oviedo volvió a realizar otros cuatro viajes a América, en la que permaneció un total de veintidós años, y fue nombrado Cronista de Indias en 1532. Al año siguiente aceptó el cargo de alcaide de la fortaleza de Santo Domingo y murió en Valladolid, después de más viajes ocasionales a la Península, el año de 1557.


Alano español

Gonzalo nos habla de Leoncico, hijo de Becerrico, en estos términos: "Asimismo quiero hacer memoria de un perro que tenía [[Vasco Núñez que se llamaba Leoncico, y que era hijo del perro Becerrico de la isla de San Juan, y no fue menos famoso que el padre. Este perro ganó a Vasco Núñez en esta y otras entradas más de mil pesos de oro, porque se le daba tanta parte como a un compañero en el oro y en los esclavos, cuando se repartían. Así, yendo Vasco Núñez, dábanle a él sueldo y parte, como a otros capitanes; y el perro era tal que la merecía mejor que muchos compañeros soñolientos, que presumen de ganar holgando lo que otros con sus sudores y diligencias allegan. Era este perro de un distinto maravilloso, y así conocía el indio bravo y el manso como le conociera yo u otro que en esta guerra anduviera, y tuviera razón: y después que se tomaban y rancheaban algunos indios y indias, si se soltaban de día o de noche, en diciendo al perro: «ido es, búscale» así lo hacía; y era tan gran ventor, que por maravilla se le escapaba ninguno que se les fuese a los cristianos. Y cómo le alcanzaba, si el indio estaba quedo, asíale por la muñeca o la mano, y traíale tan ceñidamente, sin morderle ni apretarle, como le pudiera traer un hombre; pero si se ponía en defensa, hacíale pedazos. Y era tan temido de los indios, que si diez cristianos iban con el perro, iban más seguros y hacían más que veinte sin él. Yo vi este perro, porque cuando llegó Pedrarias a la tierra, el año siguiente de mil y quinientos y catorce, era vivo, y le prestó Vasco Núñez a algunas entradas que se hicieron después, y ganaba sus partes como he dicho; y era un perro bermejo, y el hocico negro y mediano, y no alindado; pero era recio y doblado, y tenía muchas heridas y señales de las que había hallado en la continuación de la guerra, peleando con los indios. Después por envidia, quien quiera que fue, le dio al perro a comer, con qué murió."


El relato del juego de pelota de las Indias occidentales

En La Historia General de las Indias, tras el capítulo precedente, en el cual describe la tipología de las casas autóctonas y sus usos accesorios, como el de las hamacas, comienza un nuevo relato del tratado que dedica a Carlos V, (de singular valor histórico e historicista), en el capítulo II del libro sexto de esta obra subtitula: Del «juego del bate» y de los Indios que es el mismo que «el de la pelota»: aunque «se juega de otra manera» como aquí se dirá. Refiere que en cada pueblo había un lugar «diputado» en las «plazas» y en las «salidas de los caminos» para la práctica de este juego de pelota, la formación de dos equipos, que las dos dimensiones del terreno de juego variaban en proporción y en razón directa al número de jugadores participantes (equipos de 10 hasta 20), el lugar preeminente para las dignidades del poblado (lo que podríamos transliterar al presente como un palco presidencial), admira y le destaca al rey la vistosidad del juego (es cosa para ver y notar): Quiero decir de la manera que se jugaba porque en la verdad «es cosa para ver y notar». En torno de donde los jugadores hacían el juego, diez por diez y veinte por veinte: (como se concertaban) tenían sus asientos de piedra y al cacique y hombres principales «ponianles unos vanquillos» de palo muy bien labrados de lindas maderas y con muchas labores de relieve y «concavadas», entalladas y esculpidas en ellos.

Para que el rey comience a entender la descripción del juego, explica sucintamente como fabricaban la pelota, compara el tamaño con el que él tiene por referencia (las fabricaban de varios tamaños: mayores y menores que las que hacen en España), la diferente naturaleza del material empleado en España, el empleo de un zumo como ingrediente de la fórmula, las propiedades físicas y cualidades derivadas de estas pelotas de Indias:

Las pelotas «son» de unas raíces de árboles y yerbas: y «zumos» y mezcla de cosas que toda junta esta mistura parece algo cera, pez negra: y juntas estas y otras materias «cuecenlo todo» y hacen una pasta y «redondeanla» y hacen la pelota «desto», «tamaña» como una de las de «viento» con que juegan en España: y «mayores y menores». La cual mistura hace una tez negra y no se pega a las manos: y después que ésta «ēruta» tornase algo esponjosa, no para que tenga «agujero ni vacuo alguno» como la esponja, por «aligerecese» y es como fofa y algo pesada. Estas pelotas saltan mucho más que las de viento sin comparación, porque de solo «soltalla» de la mano en tierra, suben mucho más para arriba, y dan un salto y otro y otro y otro y muchos, disminuyendo en el saltar por si mismas como lo hacen las «pelotas de viento» y muy mejor: mas como son macizas son algo pesadas. Observa que la naturaleza de la pelota condiciona el concepto de este juego de pelota, que se juega con hombros, cabeza, cadera y rodillas, y combinado estos «toques» con salto sobre el terreno de juego para alcanzar la pelota, rechazan la pelota con la cadera debido a su peso, admira la vistosidad del juego:

Si les dieren con la mano abierta o con el puño cerrado, en pocos golpes abrirían la mano o la «desconcertarian». Y a esta causa le dan con el hombro y con el codo y con la cabeza: y con la cadera «lo mas continuo» o con la rodilla: y con tanta presteza y ligereza que «es mucho de ver»: porque aunque vaya la pelota «cuasi a par del suelo» se «arrojan» de tal manera desde «tres o cuatro pasos apartados tendidos en el aire»: y le dan con la cadera para la rechazar. Prosigue con el relato de la descripción del desarrollo del juego, la dinámica, cuando y porque se detiene el juego y el modo genérico de jugarlo:

Y de cualquier bote o manera que la pelota vaya en el aire y no «rastrando» es «bien tocada», porque ellos no tienen por mala ninguna pelota o mal jugada: porque aya dado dos ni tres ni muchos saltos, con tanto que al «herir» le de en el aire: no «facenchanzas», sino «ponense» tantos «a un cabo» como a otro, partido el terreno o «compás» del juego: y los de «aculla» la sueltan o sirven una vez echándola en el aire: «en cuando» que le toquen cualquiera de los contrarios: y en dándole aquel luego sucede el que antes puede de los unos o los otros para «herir» o «rechazar» la pelota: y la contención es que los «deste» «cabo» la hagan pasar «del otro puesto» adelante de los contrarios o aquellos la pasen de los limites de estos otros: y no cesan hasta que la Pelota va «rastrando» que ya por no «aver fido el jugador a tiempo» o «no hace bote» o están tan lejos que no la alcanzan y ella se «muere» o para por si. Anotación de los tantos, nuevo saque de la pelota por el equipo que perdió el anterior juego, cuando se finaliza el partido, apuestas en el juego:

Y este «vencimiento» se cuenta por una «raya» y tornan a «servir para otra» los que fueron servidos en la pasada: y a tantas «rayas» cuantas primero se acordaron, en la «postura», va el «precio» que entre las partes se conciertan. Observa las similitudes y las diferencias entre el juego de pelota en Indias, con el de la chueca en España y el del Balón en la Italia, observa que el de Italia es más aéreo que el de Indias, en razón a la distinta naturaleza de las pelotas de Indias respecto a las de aire de Europa y el empleo del puntapié en Italia, admira la vistosidad del juego, nota la «novedad universal» de una «pelota que bota», desconocida en España y Europa, el ingenio y el esfuerzo inherente al singular juego de pelota «que bota» autóctono de Indias y se maravilla de la destreza de los indios y de las indias al jugarlo:

Algo parece este juego en la opinión o contraste del de la «chueca»: salvo que en lugar de la «chueca» es la pelota y en lugar del «cayado» es el hombro o cabeza del jugador con que la «hiere» o «rechaza». En Italia juegan un juego de pelota muy gruesa, «tamaña» o mayor, que una botija de una arroba, que llaman Balón o «Paon» y en especial en Lombardia y en Napoles vi muchas veces jugar «aqueste» juego y dan a aquellas pelotas grandes con el pie y en la forma del juego parece mucho al que he dicho de los indios: salvo que como acá «hieren» a la pelota con el «hombro o rodilla o cabeza», no van las pelotas tan por lo alto como el Balón que he dicho: o como la pelota de viento menos: pero saltan estas de acá mucho más: y el juego en si es de más artificio y trabajo mucho. Y es cosa de maravillar ver quan diestros y prestos son los Indios y aun muchas indias en este juego.


Fuentes