Arquitectura colonial Gibara
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Arquitectura colonial Gibara. La localidad de Gibara muy tempranamente estuvo vinculada al comercio marítimo. Fue fortificada desde su propio surgimiento, disfrutó de las bondades y privilegios que le ofreció su condición de enclave marítimo-portuario, hecho que condicionó el desarrollo de una arquitectura de singulares valores vernáculos. Expresa en su formación y desarrollo la dinámica que estableció el proceso de desarrollo histórico en la etapa colonial con sus peculiaridades e intereses que se movieron y la manera en que se aceleraba o frenaba la implementación de las políticas dictaminadas desde la metrópolis.
Sumario
Peculiaridades del desarrollo histórico de Gibara en la etapa colonial
Las costas gibareñas constituyeron el primer escenario donde se desarrolló el encuentro entre europeos y americanos propiamente dichos. Aunque el Almirante Cristóbal Colón ya había visitado la isla antillana de Guanahaní, y llegando a Cuba, desembarcó en Cayo Bariay, en ninguno de estos espacios pudo conocer la forma en que se desarrollaba la vida por estas tierras americanas.
Tal acontecimiento sirvió para colocar, por primera vez en el mapa del mundo hasta entonces conocido estos predios, Rio de Mares según lo llamó Colón,[1] aquel 29 de octubre de 1492 al desembarcar en esas costas. Por aquellos tiempos se asentaba allí una población aborigen considerable, según puede advertirse en los trabajos de localización arqueológica de esas culturas, primigenias realizados por especialistas de la Academia de Ciencias de Cuba e investigadores locales.[2]
Según relata en su diario, Colón tomó contacto con esos habitantes en los más de trece días que se vio obligado a permanecer allí, dadas las condiciones del tiempo y la necesidad de carenar sus naves.[3] De acuerdo con sus anotaciones, en estas tierras compartió con los aborígenes, recibió informaciones y conoció la existencia del tabaco y la forma en que lo consumían.
Para 1752 la inestabilidad política que se manifestaba en Bayamo, villa que a la sazón disfrutaba de un marcado florecimiento económico, puso en alerta a las autoridades españolas,las cuales decidieron menguar las posibilidades financieras de quienes ya comenzaban a reaccionar como hijos de esta tierra. Entre otras medidas, optaron por dividir el fundo bayamés, segregando los terrenos de Holguín. Creada así la demarcación holguinera, Punta de Yarey pasó a integrar esa jurisdicción.
En la bahía gibareña, al igual que por otras locaciones ribereñas de la Isla, desde épocas tempranas tuvo lugar el comercio de rescate, incursiones de corsarios y piratas. Y se fue manifestando un cierto nivel de actividad marítimo-mercantil, que de alguna manera lograba solventar las necesidades de los productores y residentes de estas tierras.
Cuando en 1752 se estableció la “Tenencia de Gobierno” en Holguín y paralelamente se le otorga el título de ciudad, se estableció de forma más sólida la presencia de las autoridades coloniales en el territorio. A partir de entonces, al figurar en el mapa político colonial con otro estatus, ya ciudad, los lugareños manifestaban mayor sentido de comunidad y compatibilidad de intereses. En el plano económico, aunque las producciones tenían básicamente un carácter subsistencial, en renglones como la crianza de ganado se alcanzó un incipiente nivel de comercialización.[4]
Los propios requerimientos de una comunidad que precisa desarrollarse, motivó que hacia 1773, las autoridades metropolitanas que detectaban el gobierno de esta jurisdicción tomaron en cuenta la necesidad de abrir la comarca al comercio marítimo, y con tal motivo valoraron, por una parte las condiciones geográficas presentes en Punta de Yarey, Bahía de Gibara, y por otro lado la proximidad de este punto a Holguín (unos treinta kilómetros). Con el conocimiento de que por allí tenía lugar el comercio de rescate, tomaron la iniciativa de proponer al más alto nivel, la apertura de un puerto en Punta de Yarey.
La presión para solventar los requerimientos de abrirse al comercio marítimo fue aumentando, dada por la acumulación de excedentes y la necesidad de adquirir útiles y recursos para fomentar el avance de la región. Sin encontrar respuesta a sus peticiones de abrir el puerto, el Cabildo holguinero se tomó la atribución de nombrar una subdelegación de Marina y Matrícula para brindar, de alguna manera, atención oficial al imperativo de la actividad portuaria.
De igual forma, para 1784, a contrapelo de las férreas disposiciones restrictivas del comercio y el estanco del tabaco, las autoridades holguineras movieron los hilos de sus influencias y lograron que la Real Factoría decidiera aprobar la construcción en Punta de Yarey de un almacén para el acopio de esa hoja, cuyo cultivo se realizaba en las vegas locales y gozaba de buen mercado. La actividad comercial de ese rubro, sin disimulos, ya se realizaba por la bahía gibareña.[5]
Por esa época, Punta de Yarey era considerado como un caserío entorno a la bahía de Gibara, en el cual habitaban algunos pescadores y otros que procedentes de lugares cercanos acudían allí en época de corrida pesquera. Según el historiador Herminio Leyva,[6] el número de habitantes debió ser muy escaso, dadas las condiciones del lugar y la necesidad de movilizarse para acarrear agua del río. También señala que a partir del último tercio del siglo XVIII, la población debió incrementarse eventualmente, dado el emplazamiento del referido almacén, y el acopio de la hoja de tabaco, lo cual favoreció el desarrollo de un comercio fortuito que de “alguna manera” fue establecido por la bahía.
El desarrollo de esta localidad, como otras tantas de la Isla por aquella época, distantes de los centros del poder colonial, adquirió peculiaridades muy propias, en las cuales se manifestaron tanto los intereses del poder colonial y la necesidad de garantizar el control político, como los intereses de las personas encargadas de detentar ese poder en los territorios y a quienes movían intereses personales y el afán de lucro. Muchos de ellos aprovechando las fisuras de las estructuras hegemónicas lograron compatibilizar sus intereses gubernamentales y personales.
Fue así como las actividades comerciales que incipientemente se desarrollaban por la bahía de Gibara motivaban seriamente los intereses, tanto de aquellos que veían en el comercio la oportunidad de dar salida a sus producciones, como de quienes propiamente se interesaban por encargarse de organizar y llevar a cabo la actividad comercial, haciendo de la misma su medio de vida. En tal sentido también muy interesados estaban las autoridades del Cabildo holguinero, las cuales pretendían ejercer su autoridad, pero a la vez, participar de alguna manera en el “negocio”, el cual se le escapaba de las manos por carecer de los mecanismos e instrumentos legales para ello.
Hábilmente manejados los resortes de las estructuras coloniales, fueron movidos por dichas autoridades. Utilizaron tanto las vías legales establecidas, como las conexiones personales que algunos lograban tener con altos miembros de la jerarquía que representaba el poder de la metrópolis en la Isla, y se empeñaron a fondo para lograr sus objetivos.
Las gestiones así realizadas manifestaron avances, y para 1804, se aprobó la creación de una Capitanía Pedánea en el poblado de Auras, lugar que se encuentra a unos quince kilómetros de Punta de Yarey. La instauración de esa Capitanía permitió que se realizara un determinado control sobre las actividades marítimo-mercantiles que se efectuaban por Punta de Yarey, pues a la misma se le adjudicó la jurisdicción sobre la bahía.[7]
Por esos tiempos el mayor flujo mercantil estaba en manos de aquellos que se dedicaban al comercio de rescate, quienes a su vez ya tenían establecidas sus áreas de influencias y su propia red de colaboradores. Aunque fueron instituidos estos mecanismos de control por parte de las autoridades, quienes también en ocasiones ponían en práctica “flexibilidades de ocasión”, tales estrategias no lograron contener el comercio clandestino que tenía lugar en Punta de Yarey.
A pesar de la férrea coerción comercial impuesta por el alto poder colonial, su influencia se diluía un tanto al pretender ejercer control en esta apartada región de la Isla. Los lugareños, sin otra opción, recurrían a la práctica del "mal necesario", involucrándose en la fórmula de actividad mercantil que le ofrecían tanto los corsarios como los piratas. Las autoridades coloniales que gobernaban en Holguín, poco o casi nada podían hacer para impedirlo, en un litoral amplio y desprotegido.
Ante esa situación, el Cabildo holguinero intensificó las gestiones para garantizar su control sobre el territorio y la defensa de las costas. Tales reclamos encontraron por esa época una atención mayor, pues tanto el precedente de los acontecimientos de Haití y el movimiento independentista que sacudía el continente, como la política española de Reconquista, que trataba de recuperar el dominio sobre las posesiones americanas luego de la ocupación bonapartista, ofrecieron una coyuntura favorable para la atención de tales peticiones.
La vuelta al poder Fernando VII y su decisión de poner en práctica medidas para la Reconquista no constituyó solamente un incentivo de ocasión sino que también, mediante la implementación de su política de Despotismo Ilustrado se pusieron en práctica una serie de medidas de corte un tanto liberal que, dentro de su absolutismo, permitieron establecer algunas de las reformas de orden social y económico por las que tanto habían abogado Francisco de Arango y Parreño y otras ilustres personalidades de la Isla.
Contrucción de la Bateria Fernando VII
Durante el Gobierno del Capitán General José Cienfuegos Jovellanos en Cuba fue que sepusieron en práctica las nuevas políticas diseñadas por el Rey en la Isla de Cuba, quien entre otras disposiciones ordenó la defensa y fortificación de los puertos y puntos estratégicos de las costas. Esto abrió la posibilidad real para que progresara la petición de las autoridades holguineras de hacer valer su autoridad en Punta de Yarey, bahía de Gibara, bajo el amparo de una fortaleza militar.
Moviéndose en ese nuevo escenario, el engranaje político echó a andar y las autoridades holguineras pusieron todo su empeño en realizar las transacciones necesarias para liberar la propiedad de los terrenos de Punta de Yarey, por entonces en manos particulares, para que se construyera allí un punto fortificado. En tal sentido fueron cursados los oficios pertinentes entre Eusebio Escudero, Gobernador de Santiago de Cuba y Francisco de Zayas y Armijo, Gobernador de Holguín.[8] Tras la realización de varios trámites se logró la aprobación del proyecto para la edificación de una Batería que garantizara la fortificación de la bahía de Gibara, puerto natural por excelencia para realizar el comercio que tanto requería la comarca holguinera.
La autorización para construir la Batería manifestó la concreción, en lo local, de las orientaciones dadas por el Rey al Capitán General José Cienfuegos para la defensa y fortificación de la Isla. Esta decisión contó con el impulso que le aportaron los ingentes esfuerzos del Gobernador en Holguín, Zayas y Armijo.
Sin embargo, Punta de Yarey era apenas un minúsculo poblado de pescadores, sin poder ni desarrollo económico capaz de sustentar la construcción de una fortaleza militar. Sin fuerzas vivas propias de la localidad que pudieran apoyar el proyecto, el señor Francisco de Zayas, Teniente a Gobernador, empleó todo su poder de convencimiento y logró que el Cabildo holguinero aceptara costear los gastos del Ingeniero constructor y el emplazamiento militar.
Realizados los trámites necesarios, el 14 de enero de 1817 fue encargado al comandante de ingenieros de la Plaza de Cuba, Don Juan Pío de la Cruz, el estudio de los terrenos de Punta de Yarey, para definir el punto donde se asentaría la fortaleza y su proyección. Salvando muchos obstáculos aunaron voluntades y a los esfuerzos económicos del Cabildo se unieron los aportes brindados por vecinos y demás interesados, lo cual permitió completar el dinero suficiente para acometer el proyecto y la propia construcción de la Batería.
El 16 de enero, fue bendecido el lugar y se colocada la piedra angular, según era costumbre. En esa ceremonia los servicios religiosos fueron realizados por el cura párroco de la Iglesia de San Isidoro de Holguín, don Manuel Calderón. La misa fue bajo un toldo colocado en el centro de lo que debía ser la Batería. El Escribano Don Manuel León Rodríguez, redactó el acta, la cual, según el historiador Herminio Leyva, concluyó así:
La fortaleza tuvo una demarcación semicircular con un desarrollo de cuarenta y tres coma setenta y cinco varas. Sus muros fueron edificados con ladrillos y mortero, para que la cubierta emplearon madera y tejas. La edificación, compuesta por dos naves con techos en colgadizo y separadas entre sí por una plazoleta, fue erigida resguardada por un doble muro levantado desde el acantilado costero y en el cual fueron emplazados tres cañones de hierro montados en sus bases, que apuntaban hacia el mar. En el diseño tuvieron en cuenta también la defensa con relación al ataque desde tierra, y en ese sentido cavaron un foso sobre el cual se extendía un puente levadizo, que se reforzaba con el emplazamiento de un cañón de calibre doce.
La construcción de la Bateria Fernando VII[10] fue asumida por el Teniente Gobernador de Holguín, el cual fue declarado y reconocido como “Ingeniero Voluntario” de la obra. En tal posición, Francisco de Zayas encargó a los alarifes titulares, Juan Paulino Infante y José Antonio Zamora, el trazado y construcción con arreglo a lo proyectado por el ingeniero de la Plaza de Cuba, Don Juan Pío de la Cruz. La obra fue concluida el día 2 de junio de 1818.
Según el informe presentado por los alarifes, los costos de construcción se desglosaron en:
El día 11 de junio del propio año 1818 se hizo cargo de la Batería, Don Miguel López Corella, quien según afirmaba Francisco de Zayas, había sido nombrado por el mismísimo General Cienfuegos, el 22 de abril de 1817, Capitán de la Compañía Urbana de Infantería de la Batería Fernando VII. Además fue nombrado Don Agustín Ochoa como Teniente y Gabriel Ignacio Fuentes Sub-Teniente. También fueron nombrados el resto de la oficialidad y los soldados que comprendían la dotación del mencionado enclave militar.
Aunque con un diseño que resultó ser algo arcaico como edificación militar para su tiempo, la fortaleza cumplió su cometido. Nunca fue tomada. Garantizó la defensa del territorio y a su abrigo se fundó y consolidó Gibara como enclave marítimo-mercantillo cual favoreció el desarrollo local y regional.
El conjunto de hechos regionales, nacionales y de política peninsular hacia la colonia permitió, hacia 1817, la construcción de la Batería que asumió el nombre de su inesperado benefactor Fernando VII. Fortaleza que a diferencia de otras edificaciones de su tipo fue instalada en un punto muy poco poblado y sin economía propia.
La política de Fernando VII impactó también de forma muy peculiar en esta parte del oriente, el paquete de Real decreto firmados por el Rey, entre 1817 y 1819 fueron de suma importancia para el fomento y crecimiento económico de esta región y del recién fundado poblado gibareño en particular. Estos decretos eliminaron el estanco del tabaco, liberando su producción y venta; lo cual generó un incremento en la producción y exportación del tabaco por la bahía de Gibara.
El llamado “fomento de la colonización blanca”, fue otra de las políticas que impactó directamente en la estimulación de la inmigración y asentamiento de españoles y otros extranjeros en esta zona. Las personas que resultaron atraídas por estas declaraciones contaban con el ofrecimiento de prebendas y gratuidades. De igual forma tuvieron oportunidades para su asentamiento y la garantía de nuevas posibilidades para desarrollar el comercio, con la aprobación del libre intercambio a través de los puertos de la Isla y con el exterior, según ordenaba el Rey.
Al valorar estas circunstancias puede afirmarse que la política del monarca Fernando VII y el paquete de medidas, que respondía a la necesidad de salvaguardar sus posesiones, llegó justo en el momento cuando la región más lo necesitaba. Brindó facilidades para resolver problemas vitales como la garantía de un comercio protegido por la costa gibareña. Además favoreció el desarrollo del comercio marítimo por su bahía.
El nuevo poblado se vio engrosado con el asentamiento de diferentes habitantes que arribaron tanto desde el extranjero como de zonas aledañas movidos por el interés de obtener mejores condiciones de vida. Así Gibara logró gestar su desarrollo sobre la base de una economía marítima y logró consolidar su población en función de la misma.
A diferencia de otras fortificaciones construidas en tierras hispanoamericanas para la protección de ciudades portuarias con economía floreciente, la Batería Fernando VII constituyó la génesis de un poblado que más tarde se convirtió en enclave portuario y a partir de ahí vería crecer su economía. Con ello marcó la diferencia en el concierto de las instalaciones que conformaron los sistemas defensivos construidos por la metrópolis española en el “Nuevo Mundo”.
El surgimiento del poblado al abrigo del emplazamiento militar desarrolló sus propias peculiaridades. La protección que esa instalación ofrecía incentivó al incipiente flujo comercial y ambos factores desempeñaron un papel muy importante en el diseño de la morfología urbana del poblado que se fue gestando y en su ritmo de crecimiento durante toda la época colonial. El trazado urbano precisamente se desplegó tomando como punto de partida la Batería, frente a ella se extendía una amplia, plazoleta y a partir de allí se insertaron las construcciones. El desarrollo de la localidad desde esta perspectiva motivó la concentración poblacional en la dirección este - oeste, con una ligera inclinación al sur que con el tiempo se fue marcando decisivamente, en la medida en que las actividades marítimo-mercantiles favorecieron su crecimiento económico.
La apertura del puerto hacia 1822, constituyó un verdadero acontecimiento y marcó un punto de inflexión a partir del cual la localidad experimentó un considerable auge. Nuevos vecinos se asentaron. Surgieron compañías importadoras y exportadoras que aumentaron el flujo de un comercio entonces ya marítimo-portuario. Barcos procedentes de diferentes países europeos y de otras regiones americanas entraban y salían del puerto, imprimiendo una dinámica cosmopolita a la comunidad que floreció durante décadas.
Con el auge económico se incrementó el arribo de inmigrantes y pobladores de otras regiones de la Isla, lo cual permitió ir consolidando una población que poco a poco fue manifestando peculiares socioculturales dada su composición multiétnica. Se fundieron los portadores culturales criollos con elementos representativos de otras culturas, y en esa amalgama de tradiciones y costumbres diversas, se forjó una cosmovisión social que se aprecia materialmente en las características de su arquitectura.
Construcciones domésticas
En las construcciones gibareñas se aprecian tanto elementos tipológicos que ya para el siglo VIII se habían proyectado en la Isla con formas expresivas autóctonas, como aquellas reminiscencias del estilo mudéjar y también la impronta de los códigos neoclásicos. Estas singularidades pueden advertirse, por ejemplo, en la vivienda ubicada en la intersección de las calles Ronda de la Marina y Buena Vista.
Casa de la familia Guzmán.
Esta vivienda está enclavada en la posesión del progenitor de la familia Guzmán, quien donara los terrenos de Punta de Yarey para la construcción de la Batería Fernando VII. Considerado así como gestor del poblado. Posee amplios faldones de tejas y en su cubierta presenta singulares contrastes pues en la primera crujía, se observan hermosos tirantes decorados. Elementos todos que recuerdan la tradición mudéjar,[12] mientras en la segunda crujía sus expresiones tipológicas aluden códigos neoclásicos.
El desarrollo urbano paulatinamente se fue consolidando y se trazó con arreglo a las ordenanzas vigentes en la época, de manera reticular. Esto aportó un aspecto monolítico a las manazas, cuyo trazado continúo su orientación este-oeste, y en relación al litoral por la parte sur.
El florecimiento económico se fue materializando en las construcciones que gradualmente fueron ganando en prestancia, un ejemplo de ello fue la sustitución de la precaria Ermita por un bello ejemplar de iglesia parroquial.
Iglesia San Fulgencio
En ella se aprecian igualmente los amplio faldones de tejas como reminiscencia mudéjar y elementos arquitectónicos tradicionales, junto a otras expresiones tipológicas del neoclásico. Amalgama que se repite durante toda la etapa colonial y terminó por desarrollar sus propios códigos como arquitectura vernácula en la localidad.
El auge económico impulsó el crecimiento del trazado urbano, la Villa crecía década tras década frente a su Batería con el desarrollo de manzanas perfectamente delineadas y en función de facilitar el acceso al puerto. Se fue consolidando el asentamiento y las construcciones fueron realizadas con arreglo a la actividad portuaria. En el trazado urbano cercano al puerto fueron edificados los almacenes y unas pocas viviendas.
Los elementos tipológicos de la arquitectura local reforzaron sus expresiones con otros elementos que nutrieron las expresiones vernáculas. Tal fue el caso de la aplicación de técnicas constructivas tradicionales como la arquería ciega para la elevación de paramentos en viviendas de dos niveles como la residencia de la familia Beola, almacenes en los bajos y casa de familia en la planta superior.
Residencia de la familia Beola[13]
El desarrollo del comercio portuario permitió la entrada de nuevos elementos constructivos como fue el tabloncillo machimbrado y ranurado, de procedencia estadounidense. Esto aportó nuevos matices a las expresiones tipológicas locales, favoreciendo la aparición de novedosas creaciones en fachadas, paramentos y singulares arcadas en las cuales se trasmutan los elementos mudéjar tradicionales y las expresiones del neoclásico.
La actividad marítimo-portuaria no solo impulsó el desarrollo de la Villa gibareña sino que contribuyó al despegue económico de la comarca holguinera como puente de comunicación y comercio con el exterior, tornándose un punto estratégico de gran importancia para las autoridades españolas.
Amurallamiento de la ciudad
La necesidad de mantener el control sobre esta localidad frente a la contingencia que representaba el desarrollo de las acciones mambisas llevó al Cabildo holguinero a diseñar estrategias para proteger la Villa. Fue así que para 1875, en pleno apogeo de la Guerra contra España, Gibara se convirtió en una Villa amurallada. Tanto las autoridades como sus fuerzas vivas estaban urgidas no solo de proteger el comercio y sus riquezas sino también pensaban en tener garantizada una salida rápida de la Isla en caso de emergencia.
Los altos mandos de la metrópolis habían estimado la importancia de esa estratégica posición brindando apoyo a las autoridades locales en sus esfuerzos y para el propio año 1875 fue recibida la Orden Real que reconocía al poblado la condición de Villa.
La Muralla de Gibara comenzaba desde la orilla del mar en la parte norte del litoral, lugar que aún se conoce como Punta de Muralla; continuaba subiendo por delante de los Colgadizos hasta la Vigía (parte más alta del pueblo). Pasaba por detrás del cementerio hasta terminar pegada a la costa por el otro lado, donde se encontraba la antigua estación del ferrocarril Gibara-Holguín. Inicialmente, la muralla contó con 5 fortines y dos tambores de defensa. Entre 1875 y 1895 le construyen dos nuevos fortines.
El muro construido tenía más de 2 000 metros de longitud, dos metros de altura y 61 centímetros aproximadamente de espesor. De tramo en tramo estaba reforzado por pilares interiores en sus ángulos salientes. Los muros y pilares interiores, así como los fortines fueron construidos con sillarejo y los techos y pisos de los últimos eran de madera, usando además tejas en las cubiertas.
Fortín “La Vigía” y lienzo de Muralla
En ese período, a diferencia de otras localidades del país, Gibara disfrutó de una bonanza económica lejos de las penurias de la guerra, protegida por su Batería y el cinturón de la muralla. Bajo esas circunstancias, al estallar la guerra de 1895, Gibara estaba en pleno auge económico, muestra de ello fue la construcción del ferrocarril de vía estrecha[14] con su túnel hecho a mano y su puente. El ferrocarril permitió transportar mayor cantidad de productos agropecuarios al puerto y fomentar el comercio.
El sistema defensivo gibareño resultó inexpugnable para las tropas mambisas, pues el general Calixto García solo pudo entrar a la localidad cuando el General español Luke tuvo que abandonarla con una tropa diezmada por la viruela. En honor a la verdad también debe señalarse que los gibareños sí lograron saltar la muralla e incorporarse a las fuerzas insurrectas, engrosando la tropa del General Ricardo Sartorio Leal.
Gibara atesora una historia y proyecta una imagen que la cualifica como un prototipo singular de Villa decimonónica. El proceso de desarrollo histórico en la etapa colonial no ocurrió de forma similar en todos territorios del “Nuevo Mundo”. La localidad de Gibara, aunque muy tempranamente estuvo vinculada al comercio marítimo no fue hasta 1817 que logró ser reconocida y fundada como pueblo. La Villa Blanca, como también se le conoce, fue una de las villas decimonónicas cubanas que logró un esplendor económico notable durante todo el siglo.
Fortificada desde su propio surgimiento, disfrutó de las bondades y privilegios que le ofreció su condición de enclave marítimo-portuario, hecho que condicionó el desarrollo de una arquitectura de singulares valores vernáculos. Amurallada y defendida como último reducto del poder español en el territorio holguinero, Gibara expresa en su formación y desarrollo la dinámica que estableció el proceso de desarrollo histórico en la etapa colonial con sus peculiaridades e intereses que se movieron y la manera en que se aceleraba o frenaba la implementación de las políticas dictaminadas desde la metrópolis.
Referencias bibliográficas
- ↑ Según la referencia colombina, Rio de Mares fue el primer patronímico por el que se conoció Gibara. Sin embargo, en documentos de época aparecen registrados estos predios como Punta de Yarey, bahía de Gibara. Documentos varios del Archivo Museo Municipal de Gibara y Archivo Provincial de Holguín.
- ↑ Nury de los Ángeles Valcarcel. Censo Arqueológico de Gibara, Museo Municipal de Gibara, 1986.
- ↑ Los terrenos donde se localizaba este punto, formaron parte de la jurisdicción asignada a la Villa de San Salvador del Bayamo, al fundarse la misma en 1513.
- ↑ Diego Avila y del Monte. Memorias sobre el Hato de Holguín. Imprenta El Arte. Holguín 1926. Segunda Edición.
- ↑ Herminio Leyva. Gibara y su Jurisdicción. Gibara. Editora Martín Bin, 1894.
- ↑ Idem
- ↑ Armando Rodríguez. Holguín en la Colonia. Holguín, Mecanuscrito, 2012.
- ↑ José Agustín García Casteñeda. La municipalidad holguinera. Su creación hasta 1799. Manzanillo. Editorial El Arte, 1949.
- ↑ Herminio Leyva. Ob Cit.
- ↑ Liliana Caballero. “Estudio de las fortificaciones y el sistema defensivo de Gibara en el siglo XIX”. Trabajo de grado. Gibara, 1985. p.30.
- ↑ Herminio Leyva. Ob Cit.
- ↑ Antonio Bonet Correo. El urbanismo en España e Hispanoamérica. Madrid. Ediciones Cátedra, S.A., 1991.
- ↑ Obsérvese en la pared lateral la marca del arco ciego. Esta vivienda además presenta la peculiaridad de ser una construcción gemelar que se conecta por el fondo, de manera que sus fachadas se levantan tanto en la calle Independencia como en la calle Donato Mármol.
- ↑ Fernández, E. Mecanuscrito. Biblioteca del Museo Provincial La Periquera. Holguín. 1987.
Fuentes
- Fuente: Dr. C. Nury de los Ángeles Valcárcel Leyva, M.Sc. Miguel Ignacio Abellón Molina y M.Sc. Hirám Pérez Concepción.
- Avila y del Monte, Diego. Memorias sobre el hato de Holguín. Holguín. imprenta el arte, 1926. Segunda edición.
- Bonet Correo, Antonio. El urbanismo en España e hispanoamérica. Madrid. Ediciones Cátedra, s.a., 1991.
- Buschiazzo, Mario J. Historia de la arquitectura en Iberoamérica. La Habana. Editorial revolucionaria. Instituto Cubano del Libro, 1961.
- Caballero, Liliana. “Estudio de las fortificaciones y el sistema defensivo de Gibara en el siglo XIX”. Trabajo de grado. Gibara, 1985.
- Castro, María de los Ángeles. Arquitectura en San Juan de Puerto Rico: siglo XIX. Río Piedras. Ediciones universitarias, 1980.
- Fernández, E. Mecanuscrito. Biblioteca del Museo Provincial La Periquera. Holguín, 1987.
- García Castañeda, José Agustín. La municipalidad holguinera. su creación hasta 1799. Manzanillo. Editorial el arte, 1949.
- Historia del Arte. Barcelona. Ediciones CEAC, 1969.
- Leyva, Herminio. Gibara y su jurisdicción. Gibara. Editora Martín Bin, 1894.
- Rodríguez, Armando. Holguín en la colonia. Holguín. Mecanuscrito, 2012.
- Valcarcel, Nury de los Ángeles. Censo arqueológico de Gibara. Museo Municipal de Gibara, 1986.


