Centón Epistolario de Domingo del Monte

Centón Epistolario de Domingo del Monte
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Reúne cerca de 2 000 cartas recibidas entre 1822 y 1845, y conservadas cuidadosamente por Domingo del Monte.
Título originalCentón Epistolario
Autor(a)(es)(as)Domingo del Monte
Editorial:Editada por la Academia de la Historia de Cuba
Primera edición1919-1922
PaísBandera de Cuba Cuba

Centón Epistolario de Domingo del Monte. Constituye una de las obras más excepcionales, originales y útiles de la historia intelectual cubana. Fue editada en siete tomos entre 1923 y 1957 por la Academia de la Historia de Cuba. Reúnen cerca de 2 000 cartas recibidas entre 1822 y 1845, y conservadas cuidadosamente por Domingo del Monte, de personalidades de diversas partes del mundo.

Centón Epistolario

Contiene una colección de la correspondencia recibida por Domingo del Monte entre 1822 y 1845.

Del Monte preservó y reunió en siete volúmenes cerca de dos mil cartas recibidas en el citado lapso, las cuales ordenó, clasificó, estructuró y encuadernó durante su estancia en París entre 1844 y 1846.

En 1854 su albacea, Nicolás Azcárate, trasladó a La Habana su biblioteca y los manuscritos, pero, al parecer, el Centón permaneció en París, bajo la custodia de Miguel del Monte, hijo del mecenas, quien falleció en 1864. Pasó entonces a manos de otro de sus descendientes directos, Leonardo, muerto en 1906. Su viuda lo entregó al jurisconsulto cubano Carlos Font Sterling, bajo la «recomendación expresa de que quedara para Cuba».

Publicación

Con vistas a su publicación, la Academia de la Historia de Cuba solicitó a Carlos Font Sterling que cediera la custodia de los volúmenes a la Biblioteca Nacional, donde se conservan.

Antes de su publicación en tomos independientes, proceso muy dilatado en el tiempo por carencias económicas, los tres primeros aparecieron, entre 1919 y 1922, en los Anales de la Academia de la Historia de Cuba. La trascendencia de los asuntos de interés literario aparecidos en las misivas han concitado, por razones obvias, el mayor interés de los estudiosos, pues en ellas se advierte el nacimiento y paulatino florecimiento de la literatura cubana, y las firmas que calzan esas cartas figuran entre lo más selecto no sólo del momento, sino de todo el proceso literario: José María Heredia, José Jacinto Milanés, Cirilo Villaverde, Anselmo Suárez y Romero, Ramón de Palma, Rafael María de Mendive, para citar solamente cinco nombres emblemáticos.

Otras rúbricas no menos sobresalientes dirigieron sus cartas a tan reconocido destinatario: Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero, Gaspar Betancourt Cisneros, José Antonio Echeverría, los hermanos Escovedo, los hermanos Guiteras, los hermanos González del Valle, Felipe Poey, la condesa de Merlin, Francisco de Frías, Nicolás J. Gutiérrez, Esteban Pichardo. En la vasta colección figuran, incluso, nombres cuya identidad aún no ha podido descubrirse. A ellos se unen otros corresponsales, como los españoles Manuel José Quintana, Alberto Lista, Salustiano Olózaga y Ramón de la Sagra, el norteamericano Alejandro H. Everett y el inglés David Turnbull, vinculados ambos al movimiento abolicionista, entre otros muchos.

Las Cartas

Estas cartas aluden a menudo, en medio del tratamiento de importantes asuntos políticos o literarios, a problemas de carácter doméstico, recogen murmuraciones y habladurías propias del momento, de escasa trascendencia, que vistas en su conjunto ofrecen un verdadero fresco de la vida cubana durante más de veinte años. La abundante y matizada información acerca de gustos, hábitos, inquietudes, y proyectos, así como los profundos debates y amplias exposiciones de ideas de los firmantes circulan por estas páginas como respuestas a Del Monte, guía del sector ilustrado y aglutinador por excelencia de la vida cultural cubana del momento.

Las cartas discuten, entre múltiples tópicos de gran interés literario, la necesidad de crear una novela cubana, la fundación de importantes revistas, como La Moda, El Puntero Literario y El Plantel, la publicación de la autobiografía del esclavo Juan Francisco Manzano y la debatida visita de Heredia a Cuba en 1836, que suscitó la asunción de diferentes posiciones por parte de los remitentes.

Se halla también en esta correspondencia el debate sobre la esclavitud y la trata, asunto candente en esos años.

Esta documentación posee además un alto valor lingüístico, pues debido al tono coloquial de muchas de las cartas, ofrece amplio testimonio del español hablado en Cuba en aquellos años. La amplia visión de futuro de Del Monte al conservar celosa y cuidadosamente el vastísimo epistolario recibido demuestra la intención culta de su empeño, comprendido al percatarse de la riqueza de una suma tremenda de información muy valiosa para la posteridad, donde había forcejeo de criterios, amplias manifestaciones de ideas y, sobre todo, el testimonio de los orígenes de nuestra historia intelectual.

Si bien en muchos de estos documentos se lee el cotidiano transcurrir, en un nivel menos evidente se narran alegrías y sinsabores, contradicciones, pleitos, fracasos, frutos bien logrados y añoranzas por crear un entorno cubano, en particular el referido al ámbito cultural en esos años de forja de la nación cubana. Se percibe el afán de sus interlocutores por tratar de consolidar una literatura entonces en vías de formación y liderada por el movimiento romántico, aún cuando el propio Del Monte contemplaba con admiración el tradicional realismo hispánico, lo cual provocó no pocas discrepancias entre aquellos que seguían sus orientaciones literarias.

Las cartas a él remitidas atestiguan, por inferencia, acerca de cómo el mentor insistía en forjar discípulos que abordaran situaciones, costumbres y personajes propios del acontecer, pero sin que ello significara, de manera radical, un rompimiento con la tradición literaria proveniente de la metrópoli. Asoman en estos escritos, veladamente, la personalidad del destinatario, siempre entusiasmado por la buena literatura y por difundirla entre los escritores cubanos —en tal sentido resulta paradigmático su interés porque los artistas de la pluma conocieran a Balzac (que llegó a convertirse en el modelo preferido por los jóvenes narradores y cuyos principios de la captación de la esencia de la realidad trataron de imitar), a Hugo y a Stendhal, y la recepción de estos escritores por parte de quienes se iniciaban—; su empeño, confirmado por esta correspondencia, de crear una literatura que —aun cuando no era su preocupación esencial bautizarla como cubana, pues en el fondo su pensamiento era hispánico y conservador— pudiera situarse, con el paso del tiempo, en la mejor tradición de la literatura peninsular; su apego a las ideas modernas; su aversión al sistema esclavista; sus posiciones reformistas; su exquisita cultura y su extrema afición a la creación literaria más auténtica.

En el Tomo VII, Del Monte, decidió agrupar solamente la correspondencia que le dirigiera desde Matanzas, entre 1823 y 1843, su amigo Félix Tanco, figura controvertida y contradictoria. En sus cartas el colombiano alude a temas íntimos, literarios y políticos, estos últimos con un tratamiento muy disímil, pues el remitente lo mismo se presenta como enemigo de España y defensor de Cuba que, ya en las últimas, muestra su desprecio por la isla y sus instituciones. Pero Tanco fue siempre cómplice de Del Monte en el afán de llevar a la literatura cubana el inframundo de los esclavos de la isla, y las cartas del autor de Petrona y Rosalía resultan una muestra irrefutable del modo en que escuchó y asimiló los ideales literarios de quien fuera, sin dudas, el preceptor por excelencia de los escritores cubanos de la primera mitad del siglo XIX.

Más que consultado, Del Monte era asediado por muchos de sus corresponsales, que buscaban en él orientación ante las más diversas dudas, ya fueran literarias, financieras, políticas o sobre el adelanto de la isla.

Las cartas correspondientes al lapso entre 1836 y 1840 cubren el período más creativo y original del prócer y sus amigos, muchos de los cuales fueron también sus contertulios, pues una segunda vía de influencia de Del Monte fueron sus famosas tertulias literarias, celebradas primero en Matanzas y después en la capital, donde se erigía en verdadero guía y mentor de quienes aspiraban a convertirse en escritores. Por esos años Del Monte y sus discípulos se enfrascaron en una auténtica lucha por crear una cultura y una sociedad legítimamente cubanas, cuando ya resultaban visibles las contradicciones que comenzaban a minar la condición colonial de Cuba. Por eso en las epístolas del período laten al unísono conformidades y desacuerdos, abundan los consabidos consejos, bien o mal recibidos, y los reproches con que Del Monte trataba de llevar a los incipientes o experimentados escritores cubanos por la senda a su juicio más adecuada para la creación de una literatura nacional.

Quien lee estas cartas asiste a los fuertes enfrentamientos entre las varias tendencias en pugna, tanto literarias como políticas, por conseguir un destino mejor para Cuba. Del Monte influyó en la forma de escribir de sus contemporáneos, en sus concepciones, en sus ideas, en las inclinaciones artísticas de toda una generación de escritores cubanos y en la formación de un público propio mediante las publicaciones que fundó o inspiró. Editor exigente, ordenó tachar de los manuscritos recibidos, enmendó, corrigió y sugirió, a veces con suavidad, otras con dureza, y todo ello se trasluce en las cartas de sus discípulos.

Las fechadas en la década del cuarenta ya muestran la inquietud de la intelectualidad cubana por lo que luego se conocería como «miedo al negro», además de la fuerte campaña antiabolicionista de los enviados de Inglaterra lo cual, sin dudas, caldeaba el ambiente insular. Luego vendría la dispersión, no sólo geográfica, sino también desde el ángulo del pensamiento y de las proyecciones políticas.

En 1842 Domingo del Monte, a quien José Martí consideró «el más real y útil de los cubanos de su tiempo», tuvo que abandonar la isla, a la que no pudo regresar jamás al acusársele, aunque fuera posteriormente exculpado, de participar en la llamada Conspiración de la Escalera, en 1844. Esta etapa difícil y oscura de la historia insular se percibe también en las cartas remitidas desde Cuba, mientras Del Monte, en espera de ser declarado inocente, centró su interés en realizar una activa vida cultural tanto en París como en Madrid, además de recorrer otras zonas de Europa.

A partir de 1846, radicado definitivamente en la capital española, organizó tertulias literarias, como poco antes había hecho en París, y se dedicó a reunir en torno suyo a lo más granado de la intelectualidad de su tiempo para continuar disfrutando y promoviendo la cultura.

Aunque Del Monte no tuvo el cuidado de dejar copia de sus propias cartas, algunas han llegado, conservadas por sus destinatarios. Por esa razón se ha podido comprobar que fue un corresponsal prolijo en informaciones, en sugerencias y en opiniones.

Las cartas por él reunidas son testimonio inapreciable de su tiempo y de las mentalidades de una época y constituyen, sin excepción, fuente primaria para cualquier análisis en materias tan diversas como el arte o la política. Ellas marcan las reflexiones de cada momento y pueden considerarse irreverentes si se comparan con el tipo de enseñanza escolástica que primaba en la universidad habanera, además de que se constata, a veces entre bromas y veras, cómo ejercía la censura el gobierno español.

Quedan estos documentos como espacio de libertad y de una verdadera yuxtaposición de los valores entonces imperantes en todas las escalas de la sociedad. Para la historiografía literaria estas cartas guardan especial interés, pues, escritas sin la pretensión de hacer historia, diáfana y libremente se discuten o difunden en ellas ideas que demuestran el vigoroso fermento cultural de la época. Esta correspondencia es importante no sólo para el estudio de la personalidad y las ideas de Del Monte, las cuales, indirectamente, van aflorando en estas misivas, sino también para la historia cubana en sus más variados aspectos y, aunque a veces los temas se reiteran, cada remitente impone su nota personal, más o menos discretamente.

Fuente

  • Colectivo de Autores. Historia de Cuba, Génesis Multimedia 2002. Producido por Génesis Multimedia, Editorial de la Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina S.A. ISBN:959-7124-38-6
  • Centón Epistolario de Domingo del Monte. Disponible en:Cubaliteraria