Mascaradas tradicional costarricense

Mascaradas tradicional costarricense
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Las máscaras han sido un elemento fundamental en la cultura y tradiciones de Costa Rica desde la época prehispánica.
Lugar:Cartago, Bandera de Costa Rica Costa Rica
Fecha de inicio:31 de octubre de 1996
Fecha de terminación:No
Participantes:Comunidad

Mascaradas tradicional costarricense. Expresiones artísticas culturales y tradicionales de Costa Rica. Su origen se enaltece en el período de la colonia en la provincia de Cartago. La tradición de las mascaradas destacan ciertos cantones y provincias entre ellos se hallan Escazú, Aserrí, Cartago, Barva de Heredia, Alajuelita y León Cortés. Considerada como una tradición que perdura y pone en valor saberes del patrimonio cultural del país.

Historia

La tradición de las mascaradas tiene sus raíces en la época colonial de Cartago, donde las comunidades se reunían en festividades taurinas que incluían personajes tradicionales. A partir de 1996, cada 31 de octubre se celebra el “Día Nacional de la Mascarada Tradicional Costarricense”, con el propósito de difundir las diversas expresiones culturales del país y fortalecer la identidad costarricense.

Para destacar el trabajo de los artesanos detrás de estos personajes y su evolución a lo largo del tiempo, la Unidad de Comunicación del Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ) realizó una campaña que entrevistó a mascareros destacados de Escazú, Aserrí, Tres Ríos y Barva de Heredia, con el fin de conocer sus experiencias y el desarrollo de este arte tradicional.

Antecedentes prehispánico

Las máscaras han sido un elemento fundamental en la cultura y tradiciones de Costa Rica desde la época prehispánica. Los pueblos indígenas las elaboraban con materiales como madera, arcilla, piedra volcánica, metales y jadeíta, decorándolas luego con pigmentos naturales.

Estas máscaras representaban figuras animales o rasgos exagerados, como cuernos, colmillos grandes, deformaciones o facciones de jaguares, venados, murciélagos, serpientes, ranas, lagartijas, monos y aves. Estos diseños, inspirados en su entorno natural, tenían un profundo significado cultural y simbólico para estas comunidades.

Las máscaras siempre han tenido un rol importante en la cultura y las tradiciones costarricenses. Remontados al período prehispánico, ya los pueblos aborígenes, elaboraban y utilizaban máscaras con diversos propósitos.

El primer uso era durante los ritos fúnebres, aquí se podían emplear de dos maneras; la primera de ellas cuando quien dirigiera el culto mortuorio la usase para cumplir un roll de importancia, para así adquirir un poder superior y poder guiar al fallecido hacia el otro mundo.

La segunda función le es otorgada al difunto; la máscara era amarrada a su rostro con el fin de identificar su roll dentro de la tribu y como culto hacia algún dios. Los chamanes y caciques hacían uso especial de las máscaras como parte de sus ritos, éstas les otorgaban la fuerza generadora de la naturaleza ya que quien la portara se consideraba cambiado en el personaje que encarna.

En 2007 la investigadora Giselle Chang plantea que

La máscara tradicional – expresión del arte popular – se caracteriza por su ubicación en un contexto festivo del rito danza-ceremonia la motivación mágico-religiosa o de revitalizar la memoria histórica y la participación de la comunidad alrededor de los portadores de la máscara. Este aspecto se mantiene en la actualidad con las mascaradas a un nivel más de ocultismo y poder, los enmascarados pueden bailar, correr, golpear con lo chilillos, beber y ser admirados por el resto del pueblo, al tener sus rostros ocultos podían hacer lo que quisieran sin ser identificados.

Actividades festivas

Las máscaras también cumplían una función destacada en festividades donde se llevaban a cabo cantos y bailes. Quienes las portaban adquirían un carácter sagrado y poderoso, por lo que los demás participantes debían tratarlos con reverencia. Una de las tradiciones más conocidas y que ha perdurado —aunque con modificaciones— es el “Juego de los Diablitos”, originario de la comunidad Boruca.

Esta celebración tiene lugar entre el 31 de diciembre y el 2 de enero e incluye disfraces, danzas, cantos, representaciones teatrales y artesanías. Tras la conquista española, se incorporó un elemento de sátira: una burla hacia los españoles —representados por la figura del toro, fuerte pero torpe— en contraste con la astucia y agilidad de los indígenas.

Este ritual es fundamental, ya que sentó las bases de las mascaradas actuales. Después de la colonización, la tradición evolucionó, mezclando culturas, técnicas y materiales hasta convertirse en lo que hoy conocemos.

La fiesta transcurre durante tres días. En un principio, el toro lleva la ventaja sobre los Diablitos, pero al final, la victoria es de estos, quienes sacrifican al invasor y distribuyen sus partes (originalmente se refería a las fálicas, pero en los últimos años, esto se disimula), lo que se podría vincular e interpretar con antiguos ritos a la fecundidad, al proveerse de alimento para continuar la procreación, en un mundo mestizo. Los indígenas la llaman “fiesta” o “juego” y de hecho en ella se reúnen diversos elementos festivos: teatro, danza, juego, artesanía, comida y bebida, relato, canto e instrumentos musicales, máscara y disfraz.

Elaboración profesional de mascaradas utilizando materiales como arcilla, papel, yeso y alambre

Primeras Mascaradas Costarricenses

La primera mascarada surgió en Cartago en 1824, durante las festividades en honor a la Virgen de los Ángeles, patrona de Costa Rica. Rafael “Lito” Valerín, un artesano local conocido por tallar jícaros para marionetas, fabricar instrumentos musicales (como guitarras, violines, bandolinas y marimbas) y reparar sombreros, creó la primera “Giganta”. Esta consistía en una máscara montada sobre una estructura de madera que le daba un aspecto enorme.

Don Lito, devoto de la Virgen, ayudaba en labores de la iglesia. Un día, dentro del templo, encontró un baúl con máscaras de cabezas de origen español. Temeroso de ser descubierto, lo cerró, pero luego notó una de esas cabezas en un rincón, lo que interpretó como una señal divina. Inspirado, usó esa máscara para construir un cuerpo de madera, dando así vida a la primera “Giganta”.

Luego combinó su técnica para elaborar máscaras a base de papel desechable, engrudo y cedazo, con la tradición de los “Mantudos”: personas que se envolvían en mantas de colores con agujeros para los ojos y nariz. Rafael confeccionó de este modo varias máscaras y gigantas que eran utilizados en las festividades religiosas de la zona.

“Estos payasos contribuyeron a dar un carácter lúdico a las fiestas en honor a la Virgen de los Ángeles y, posteriormente, estos mantudos fueron apropiados por los habitantes de otras localidades de la región y pasaron a ser un atractivo en las festividades patronales de distintos poblados del Valle Central, donde el arte de elaborar mascaradas ha sido conservado en pocas localidades, donde hay personas, que aunque en la mayoría de los casos tienen otros oficios, son reconocidos por su habilidad en la confección de mascaradas o de payasos como se les llama comúnmente.”

Jesús Valerín, hijo de Avelino, continuó la tradición familiar dedicándose a la elaboración profesional de mascaradas utilizando materiales como arcilla, papel, yeso y alambre. Según Avelino y Guillermo Martínez (2007), tras el terremoto de Cartago en 1910, las mascaradas desaparecieron, pero en 1912, Valerín revivió la tradición al organizar el primer carnaval en Cartago con sus propias máscaras para animar a la población. Estas mascaradas también se usaron en las fiestas agostinas en la Basílica y en el barrio Asís.

Más tarde, Valerín vendió los moldes a los hermanos Pedro y Manuel Freer para preservar la tradición, quienes luego introdujeron las mascaradas en las fiestas de Zapote. Esto permitió que otros artesanos continuaran el legado y expandieran esta práctica a otras regiones del país.

Extendiendo el sentido de burla heredado de los aborígenes, las primeras mascaradas buscaban representar a figuras de autoridad en un plano humillante y pintoresco; la mujer española encopetada y acaudalada, el diablo (también llamado Cuijén o Pisuicas), la muerte (Ñata, Ñatica o Calaca), el policía y el campesino.

Los locales encontraban divertido ver a estas figuras de poder corriendo y bailando por las calles, con sus cabezas enormes y vestidos de mantas. Esas cinco figuras destacan como los "Mantudos" más tradicionales, pero poco a poco se fueron creando otras máscaras que representaban tanto a personajes destacados del pueblo (el obispo, el borracho, la cocinera), como a leyendas o tradiciones costarricenses: la Segua, el Cadejo, el Padre sin Cabeza, la Llorona, la Tulevieja, la Mica, entre otros.

En la actualidad, algunos mascareros realizan sus obras inspiradas en personas reconocidas a nivel nacional o internacional (deportistas, presidentes, periodistas, etc.) y en personajes de la cultura popular; músicos, dibujos animados, personajes de series o películas, por nombrar unos ejemplos. Sin embargo, muchos artesanos no están de acuerdo con esto, ya que dicen que las figuras populares carecen del sentido de tradición y pertenencia autóctona del tico.

Cantones y artesanos mascareros

La tradición de las mascaradas en Costa Rica destaca en varios cantones, con artesanos reconocidos por su contribución a esta cultura. En Escazú, sobresalen Santiago Bustamante Guerrero (creador de la primera máscara del cantón) y Pedro Arias, considerado “maestro de los mascareros nacionales”, cuya familia continuó su legado junto a otros como Marvin Chamorro y Enrique Barboza.

En Aserrí, se celebra el Encuentro Nacional de Mascaradas cada 31 de octubre, donde figuran artesanos como William Fallas y Francisco Murillo, este último reconocido internacionalmente por preservar la tradición.

Cartago, cuna de la mascarada, cuenta con figuras como Guillermo Martínez, ganador del Premio Nacional de Cultura Tradicional (2008). En Barva de Heredia, destacan Francisco Montero, Carlos Salas (primer mascarero local) y otros como “Bombi” Vargas. Otras zonas influyentes son San Antonio de Desamparados y Alajuelita, donde la tradición también ha dejado huella.

Bibliografía

  • Chang-Vargas, Giselle. (2007). Máscaras, Mascaradas y Mascareros. Imprenta Nacional, San José, Costa Rica.
  • Jiménez-Chanto, Mauricio. (2016). Identidad Visual de la Feria Nacional de la Mascarada en Barva de Heredia. Proyecto de Graduación para Bachillerato. Universidad Creativa.

Fuentes