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'''Las Ruinas de la Muralla'''. [[Jesús Izcaray]] muestra una novela que consta de 303 páginas, en las que presenta una amplia imagen de España, a través de diversos sectores y de varias generaciones.
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'''Las Ruinas de la Muralla'''. [[Jesús Izcaray]] muestra una novela que consta de 303 páginas, en la presenta una amplia imagen de España, a través de diversos sectores y de varias generaciones.
 
==Argumento==
 
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Esta es una [[novela]] de tema político profundo. Su autor bucea en la memoria de los personajes –un grupo de exiliados de [[España]] en el [[París]] de los años 60- y, de este modo, sumerge al lector, lentamente, en un mundo donde las transposiciones temporales se suceden, la vida española irrumpe con su inevitable carga de violencia y frustración.
 
Esta es una [[novela]] de tema político profundo. Su autor bucea en la memoria de los personajes –un grupo de exiliados de [[España]] en el [[París]] de los años 60- y, de este modo, sumerge al lector, lentamente, en un mundo donde las transposiciones temporales se suceden, la vida española irrumpe con su inevitable carga de violencia y frustración.
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Higinio –personaje de la [[novela]]– se inspira en el hombre de verdad que fue Benigno Rodríguez, no considerado así por el crítico de la obra.
 
Higinio –personaje de la [[novela]]– se inspira en el hombre de verdad que fue Benigno Rodríguez, no considerado así por el crítico de la obra.
 
Esta obra presenta transposiciones en el tiempo, pero esas transposiciones no llevan al lector ya a la clara visión de las tierras castellanas, tierras de Béjar, la de paños los buenos tejedores, ni  a cosas amables y risueñas, llenas de sol. Traen, en cambio, la sangrienta rede la guerra de España, Higinio –angustia sórdida, que es la más terrible-. Y con los recuerdos de Higinio hambriento, Higinio preso en Alcalá, combatiente por la causa, lleva al lector de la mano, como sin querer, a las realidades pasadas de las criaturas que se mueven junto con el personaje principal en las páginas de la novela.
 
Esta obra presenta transposiciones en el tiempo, pero esas transposiciones no llevan al lector ya a la clara visión de las tierras castellanas, tierras de Béjar, la de paños los buenos tejedores, ni  a cosas amables y risueñas, llenas de sol. Traen, en cambio, la sangrienta rede la guerra de España, Higinio –angustia sórdida, que es la más terrible-. Y con los recuerdos de Higinio hambriento, Higinio preso en Alcalá, combatiente por la causa, lleva al lector de la mano, como sin querer, a las realidades pasadas de las criaturas que se mueven junto con el personaje principal en las páginas de la novela.
Higinio. Estevan Valdés. Gonzalo. Vicente. Mariluz. Jacqueline. Ivonne. Nogueras. Higinio otra vez, porque es nombre siempre presente, porque es el sacrificio constante de una vida consagrada a la humanidad. Desde antes del 36, desde el 28 precisamente. El escenario muestra al lector el [[París] ],del 63, muy distinto al que se conoció en el 39, los refugiados políticos que abandonaron a [[España]]
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Higinio. Estevan Valdés. Gonzalo. Vicente. Mariluz. Jacqueline. Ivonne. Nogueras. Higinio otra vez, porque es nombre siempre presente, porque es el sacrificio constante de una vida consagrada a la humanidad. Desde antes del 36, desde el 28 precisamente. El escenario muestra al lector el [[París] ],del 63, muy distinto al que se conoció en el 39, los refugiados políticos que abandonaron a [[España]].
  
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1. Lo malo con las novelas en clave –cuando se conoce la clave– es que resulta imposible olvidarse de los hombres, o mujeres, reales, en que se inspiran los personajes. Entonces, al resurgir el hombre tras el personaje, la complejidad de aquél, su riqueza y su polivalencia psicológicas, contrastan crudamente con el esquematismo, la cortedad caricatural de éste: del personaje novelesco. Se me dirá, con razón, que un personaje puede ser mucho más rico, más vitalmente complejo que el hombre real que le dio ser. Pero es que estoy hablando de la última novela de Jesús Izcaray, Las ruinas de la muralla {(1) Jesús Izcaray, Las ruinas de la muralla. Colección Ebro, París, 1965.}, en la que no ocurre así, en la que ocurre todo lo contrario. Cuando se piensa que Higinio –personaje de la novela– se inspira en el hombre de verdad que fue Benigno Rodríguez, dan ganas de llorar. O de tirarle a Izcaray los trastos a la cabeza, con alguna palabra fuerte de añadidura. El retrato de Higinio-Benigno tiene, en cuanto a la superficie física, palpable, precisión fotográfica. Yo diría que hasta resulta malévola una tal precisión fotográfica, un semejante ahínco naturalista en el detalle de la descripción física. Pero lo esencial no es esto: lo esencial es que la personalidad real, compleja, contradictoria, de Higinio-Benigno escapa, por completo, al retrato naturalista que Izcaray propone. Poner en boca de Higinio-Benigno (p. 271), una frase como esa que dice al joven comunista Esteban Valdés: «Ya conoces mi escaso gusto por la grandilocuencia, pero no encuentro otras palabras para decirlo: vosotros veréis la España [89] prometida», es hacerle hablar por boca de ganso. Tal vez, el ganso, en este caso, sea sencillamente el propio Izcaray.
 
 
Pero se me dirá, con razón, que el noventa y nueve por ciento de los lectores de la novela, ni saben que Higinio pretende ser la personificación novelesca del hombre de verdad que fue Benigno Rodríguez, ni han conocido a éste, y que no harán, por tanto, esa comparación que estoy haciendo. Así es, en efecto. Y esta crítica mía es perfectamente subjetiva: total y conscientemente subjetiva. Es un a modo de desahogo personal, la expresión de una cólera privada, ante esta lamentable caricatura de un hombre conocido a lo largo de quince años: conocido, querido y admirado.
 
 
Pero, dejemos los humores personales. Vayamos a un problema más fundamental: ¿cuáles son las raíces del naturalismo idealista de Izcaray, que en Las ruinas de la muralla, anula todos los valores éticos y estéticos de una novela trabajosamente concebida y escrita?
 
 
2. Nos encontramos aquí con un tema ya trillado, teóricamente: el tema del realismo. Desde que Marx y Engels escribieron sobre literatura –no mucho, y casi nunca rectamente entendido– ya se sabe que una obra puede estar compuesta de elementos ciertos y no ser verídica; de trozos o retazos de realidad y no ser realista. Se sabe que el realismo hay que lograrlo al nivel de la estructura interna, dinámica, de la obra de arte, y no al nivel del detalle, aunque la exactitud de éste sea fotográfica. Se sabe que el realismo hay que lograrlo al nivel de las relaciones dialécticas entre la obra de arte y el universo (mundo, sociedad, intimidad) real, y no al nivel de un universo idealizado –barnizado–, no conflictivo, automáticamente en desarrollo hacia un utópico progreso indefinido. Se sabe todo esto, y podía suponerse que Izcaray también lo sabía, al menos teóricamente. Pero en su labor práctica de creación, se ha estrellado, una vez más, contra los escollos ya tradicionales, y ya fastidiosos, del naturalismo. ¿Por qué?
 
 
Podría decirse, sencillamente, que por falta de talante, talento y temple de escritor. Escribir es una empresa soberbia y humilde, desesperada e inexcusable: escribir de verdad, quiero decir. Exige muy fuertes virtudes: talento, temple y talante. Y las exige aún más de un escritor comunista, porque en éste la zona de inconsciencia, de azarosa genialidad, se reduce al máximo, dada la precisión crítica de su conciencia ideológica. Pero al margen de razones personales, conviene ahondar un poco en las motivaciones objetivas de esa falta de talento, temple y talante de escritor, tan evidente en Las ruinas de la muralla.
 
 
3. La primera motivación, la principal raíz del naturalismo de Izcaray, reside en su concepción de la política y en el método seguido para introducir la política en su universo novelesco. Me aclaro enseguida, para evitar, en la medida de lo posible, falsas interpretaciones. La raíz del naturalismo de Izcaray no reside en la ideología comunista que le inspira, ni en el hecho de que su novela sea tendenciosa, como diría Engels, de que sea política. Reside en algo muy diferente: en que su ideología no funciona como instrumento crítico, medio de aprehensión de la realidad, sino como mediación ilusoria, cuasi religiosa, entre el proyecto novelesco y la realidad reflejada. Reside la raíz de su naturalismo en que la política nunca está inserta en la situación, sino que es como un barniz, como un pegote apriorístico. La novela, en una palabra, se politiza, mal y superficialmente, sólo en función del autor, nunca en función de las situaciones y de los personajes. Ideología y política son siempre algo exterior a la estructura real de la obra, nunca están interiorizadas.
 
 
Parece que en esta ocasión Izcaray ha desoído –pero tal vez no esté en condiciones de oírlo– el consejo de Engels, cuando éste escribía a Minna Kautsky (26 de noviembre de 1885): «Pero creo que la tendencia debe desprenderse de la situación y de la acción mismas, sin que se formule explícitamente, y el poeta no debe verse obligado a dar ya hecha al lector la solución histórica futura de los conflictos sociales que describe». En otra ocasión (carta a Miss Harkness, de abril de 1888), Engels precisaba aún más su pensamiento: «Cuanto más ocultas permanezcan las opiniones políticas del autor, mejor será para la obra de arte. El realismo de que hablo se manifiesta incluso completamente al margen de las opiniones del autor».
 
 
Cierto que Engels ha escrito esto en otra época y que sus palabras sólo tienen valor metodológico, pero en este sentido lo tienen, y serio. Aquí surge otro tema, que rebasa las posibilidades de estas notas: la necesidad de someter a una radical crítica marxista la tradición teórica que, de Plejanov a Zdanov, ha ido forjando dogmáticamente los moldes del tan traído y llevado «realismo socialista». Crítica radical para la que ya han ido acumulándose las experiencias históricas y los primeros materiales de elaboración teórica. [90]
 
 
Volviendo a nuestro tema de hoy: Lo malo, en Las ruinas de la muralla no es que sobren la ideología y la política: es que están de prestado. Es que no desempeñan su función artística. Es que son elementos de encubrimiento y de idealización de la realidad, en lugar de serlo de su desvelamiento y de su aprehensión realista. Y ello, porque son exteriores a la obra, apriorísticos.
 
 
Hay, a este respecto, y en demostración de lo que digo, unas cuantas páginas extraordinarias (cinco exactamente, de la 127 a la 132) en la novela de Izcaray. Se describe en ellas un breve viaje de Esteban Valdés, joven comunista residente en París, y de su mujer, Yvonne, por tierras de CastilIa: de Medina del Campo a una ciudad llamada Nobleda, que puede ser cualquier ciudad castellana. Hace años que Esteban Valdés no ha estado en España, y éste es el primer viaje que hace con su mujer. Desde la ventanilla del tren, Valdés contempla el paisaje y lo comenta, para su compañera. Desde sus primeras palabras, nos damos cuenta de que vamos a asistir a un breve curso de formación política acelerada: «No hay paisaje, pero habrá que hacerlo –soñó él volviendo a coger el hilo de su idea anterior. Cuestión de agua, de árboles, de que la gente de estos campos trabaje para sí y no para el diablo... Entonces, esta tierra, probablemente no será tan patética, pero será más humana...» Y yo me pregunto: ¿ por qué los comunistas de tantas novelas comunistas hablan como tontos de solemnidad? ¿Por qué son cursis, grandilocuentes y pesados? En el compartimento del tren, Izcaray ha reunido a unos cuantos «personajes típicos», que le van a permitir ilustrar su breve curso político. Allí tenemos al guardia de la Policía Armada, simpático y desastrado, representante químicamente puro de los «miembros de las fuerzas armadas y de orden público, cuyos intereses no consisten en defender un régimen gastado y en plena descomposición, sino en contribuir a que la voluntad popular se abra camino sin violencias sangrientas». (Ahora, no cito a Izcaray, cito un documento político). Allí tenemos al teniente de cuchara, que terminó la guerra civil como sargento, desasosegado y muerto de hambre. Y allí está el alférez provisional que estuvo en el Alto de los Leones, y que fue diez años concejal de Valladolid: honesto y desilusionado. Y tampoco falta la mujer del pueblo, cuyas palabras –vox populi, vox dei– como las de un coro griego, van subrayando la moraleja de la historia. Cinco páginas de lección política, incrustada por personajes arquetípicos, según los cánones de una visión apriorística de la realidad.
 
 
Para ese viaje, en verdad, no se necesitan alforjas novelescas: con hacer un montaje de documentos políticos, basta. Basta y sobra.
 
 
4. La segunda motivación objetiva del naturalismo de Izcaray reside, a mi modo de ver, en el conservadurismo estético del autor. Leyéndole, uno se sorprende a veces al topar con ciertos detalles, que remiten a realidades de la segunda mitad del siglo XX. Porque la estructura formal de la novela está anticuada, tiene un inconfundible sabor de fin de siglo. Se trata de una estructura formal absolutamente inadecuada para aprehender la realidad moderna. Por ello, tal vez –pero no sólo por ello: también por el lastre de una determinada visión política del exilio– no aparecen en Las ruinas de la muralla más que trozos de una España inerte, marginal al desarrollo económicosocial de estos años, en que brillan por su ausencia los problemas de las capas y clases sociales en expansión cuantitativa y cualitativa, y, en primer lugar, los problemas de la clase obrera industria . A ratos, la novela nos parece, y no es un juego de palabras, mera investigación arqueológica.
 
 
En fin de cuentas, la novela de Izcaray pone crudamente de manifiesto la crisis del naturalismo populista y a medida que nos vamos adentrando en los tediosos senderos de su obra, parece que nos hundimos, desganadamente, entre los escombros del naturalismo.
 
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==Datos del autor ==
 
==Datos del autor ==
 
[[Jesús Izcaray Cebriano]]. Nació en Béjar, [[Salamanca]], [[España]] en [[1908]]. En [[1916]] se trasladó a [[Madrid]] con una tía suya y, desde allí, a [[Burgos]], en [[1921]]. Durante su servicio militar en el Regimiento Militar León, volvió a [[Madrid]]. En [[1936]] pasó a la redacción del diario Ahora, siendo cronista de la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco hasta el final de la misma, lo que simultaneó en las redacciones de Mundo Obrero y de la revista Estampa. En [[1937]] es nombrado redactor jefe de Mundo Obrero.
 
[[Jesús Izcaray Cebriano]]. Nació en Béjar, [[Salamanca]], [[España]] en [[1908]]. En [[1916]] se trasladó a [[Madrid]] con una tía suya y, desde allí, a [[Burgos]], en [[1921]]. Durante su servicio militar en el Regimiento Militar León, volvió a [[Madrid]]. En [[1936]] pasó a la redacción del diario Ahora, siendo cronista de la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco hasta el final de la misma, lo que simultaneó en las redacciones de Mundo Obrero y de la revista Estampa. En [[1937]] es nombrado redactor jefe de Mundo Obrero.
 
En [[1938]] se le concedió el Premio Nacional de Literatura. En febrero de [[1939]] emprende el camino del exilio. Comienza a trabajar de redactor jefe del primer periódico del exilio republicano España Popular en [[México]]. En [[1944]] regresa clandestinamente a [[España]]. En [[1945]], dirige el Partido Comunista de [[Valencia]], su actividad y participación de las guerrillas en esos años fueron publicadas posteriormente en Mundo Obrero]], crónicas que fueron editadas bajo el título de Las guerrillas de Levante. Fue colaborador de la revista Independencia “Revista quincenal de cultura española”, cuyo primer número fue publicado en París, en octubre de 1946]]. En [[1949]] se establece en [[París]], regresando a [[España]] en [[1976]], fijando su residencia en [[Madrid]], donde falleció el 10 de enero de [[1980]], a los setenta y un años de edad.
 
En [[1938]] se le concedió el Premio Nacional de Literatura. En febrero de [[1939]] emprende el camino del exilio. Comienza a trabajar de redactor jefe del primer periódico del exilio republicano España Popular en [[México]]. En [[1944]] regresa clandestinamente a [[España]]. En [[1945]], dirige el Partido Comunista de [[Valencia]], su actividad y participación de las guerrillas en esos años fueron publicadas posteriormente en Mundo Obrero]], crónicas que fueron editadas bajo el título de Las guerrillas de Levante. Fue colaborador de la revista Independencia “Revista quincenal de cultura española”, cuyo primer número fue publicado en París, en octubre de 1946]]. En [[1949]] se establece en [[París]], regresando a [[España]] en [[1976]], fijando su residencia en [[Madrid]], donde falleció el 10 de enero de [[1980]], a los setenta y un años de edad.
 
Entre sus obras se destacan: ''La hondonada'',  publicada en [[México]] en [[1961]], ''La Noche adelante'' ([[1962]]), ''Madame García tras los cristales'' ([[1969]]), ''Un muchacho en la Puerta del Sol'' ([[1973]]) y ''Cuando estallaron los volcanes'' ([[1979]]). ''La guerra que yo viví''. Crónicas de los frentes españoles ([[1936]]- [[1939]]) ([[1978]]).
 
Entre sus obras se destacan: ''La hondonada'',  publicada en [[México]] en [[1961]], ''La Noche adelante'' ([[1962]]), ''Madame García tras los cristales'' ([[1969]]), ''Un muchacho en la Puerta del Sol'' ([[1973]]) y ''Cuando estallaron los volcanes'' ([[1979]]). ''La guerra que yo viví''. Crónicas de los frentes españoles ([[1936]]- [[1939]]) ([[1978]]).
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==Fuente ==
 
==Fuente ==
 
* Izcaray,  Jesús. Las Ruinas de la Muralla, Editorial Arte y Literatura, 1978
 
* Izcaray,  Jesús. Las Ruinas de la Muralla, Editorial Arte y Literatura, 1978

Revisión del 09:40 31 oct 2011

Las Ruinas de la Muralla
Información sobre la plantilla
Las Ruinas de la Muralla.jpg
Autor(a)(es)(as)Jesús Izcaray
Editorial:Arte y Literatura
Géneronovela
EdiciónEliana Dávila
Diseño de cubiertaManuel Lázaro
Primera ediciónArte y Literatura, 1978
PaísBandera de España España

Las Ruinas de la Muralla. Jesús Izcaray muestra una novela que consta de 303 páginas, en la presenta una amplia imagen de España, a través de diversos sectores y de varias generaciones.

Argumento

Esta es una novela de tema político profundo. Su autor bucea en la memoria de los personajes –un grupo de exiliados de España en el París de los años 60- y, de este modo, sumerge al lector, lentamente, en un mundo donde las transposiciones temporales se suceden, la vida española irrumpe con su inevitable carga de violencia y frustración. El punto clave de esta novela es una pregunta: ¿Por qué la juventud española sale de España? Esta pregunta tácita se desprende de la novela. Esa juventud no huye de la miseria. Nada les falta allí, a veces les sobra. Olivares, comercios, casonas familiares, padres, amigos, parientes. Esta y otras muchas cosas están planteadas y resueltas en esta vigorosa novela, plenamente humana, tierna a veces. Ha recibido críticas en su país por esta novela como por ejemplo este escrito: Lo malo, en esta novela no es que sobren la ideología y la política: es que están de prestado. Es que no desempeñan su función artística. Es que son elementos de encubrimiento y de idealización de la realidad, en lugar de serlo de su desvelamiento y de su aprehensión realista. Y ello, porque son exteriores a la obra, apriorísticos. Higinio –personaje de la novela– se inspira en el hombre de verdad que fue Benigno Rodríguez, no considerado así por el crítico de la obra. Esta obra presenta transposiciones en el tiempo, pero esas transposiciones no llevan al lector ya a la clara visión de las tierras castellanas, tierras de Béjar, la de paños los buenos tejedores, ni a cosas amables y risueñas, llenas de sol. Traen, en cambio, la sangrienta rede la guerra de España, Higinio –angustia sórdida, que es la más terrible-. Y con los recuerdos de Higinio hambriento, Higinio preso en Alcalá, combatiente por la causa, lleva al lector de la mano, como sin querer, a las realidades pasadas de las criaturas que se mueven junto con el personaje principal en las páginas de la novela. Higinio. Estevan Valdés. Gonzalo. Vicente. Mariluz. Jacqueline. Ivonne. Nogueras. Higinio otra vez, porque es nombre siempre presente, porque es el sacrificio constante de una vida consagrada a la humanidad. Desde antes del 36, desde el 28 precisamente. El escenario muestra al lector el [[París] ],del 63, muy distinto al que se conoció en el 39, los refugiados políticos que abandonaron a España.

Datos del autor

Jesús Izcaray Cebriano. Nació en Béjar, Salamanca, España en 1908. En 1916 se trasladó a Madrid con una tía suya y, desde allí, a Burgos, en 1921. Durante su servicio militar en el Regimiento Militar León, volvió a Madrid. En 1936 pasó a la redacción del diario Ahora, siendo cronista de la guerra provocada por la rebelión militar del general Franco hasta el final de la misma, lo que simultaneó en las redacciones de Mundo Obrero y de la revista Estampa. En 1937 es nombrado redactor jefe de Mundo Obrero. En 1938 se le concedió el Premio Nacional de Literatura. En febrero de 1939 emprende el camino del exilio. Comienza a trabajar de redactor jefe del primer periódico del exilio republicano España Popular en México. En 1944 regresa clandestinamente a España. En 1945, dirige el Partido Comunista de Valencia, su actividad y participación de las guerrillas en esos años fueron publicadas posteriormente en Mundo Obrero]], crónicas que fueron editadas bajo el título de Las guerrillas de Levante. Fue colaborador de la revista Independencia “Revista quincenal de cultura española”, cuyo primer número fue publicado en París, en octubre de 1946]]. En 1949 se establece en París, regresando a España en 1976, fijando su residencia en Madrid, donde falleció el 10 de enero de 1980, a los setenta y un años de edad. Entre sus obras se destacan: La hondonada, publicada en México en 1961, La Noche adelante (1962), Madame García tras los cristales (1969), Un muchacho en la Puerta del Sol (1973) y Cuando estallaron los volcanes (1979). La guerra que yo viví. Crónicas de los frentes españoles (1936- 1939) (1978).

Fuente