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Religiones africanas en Cuba

Religiones africanas en Cuba
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Concepto:Expresión de la Religión en Cuba, cuyo culto es conocido popularmente como sincretismo
Religiones africanas en Cuba. Los esclavos negros que emigraron a Cuba mantuvieron inicialmente el culto de sus antiguos dioses, y también de sus costumbres y asociaciones, que a la larga dieron lugar a varios sistemas religiosos en los que reestructuraron sus creencias. Y así las prácticas religiosas de la cultura yoruba cristalizaron en un solo cuerpo litúrgico al que denominaron la Regla de Ocha o santería; las procedentes del Congo y Angola en la Regla de Palo o mayombe, y en forma parecida nacieron los preceptos religiosos de la sociedad secreta Abakuá, procedente de Nigeria; las casas de babalawos entre otros.

Mezcla de Culturas

Entre los colonizadores españoles, los ocupantes ingleses y los emigrantes franceses hubo diferencias destinadas a tener consecuencias a largo alcance. Los terceros, unos 30.000 franco-haitianos, escapados precipitadamente de la oleada revolucionaria que agitaba la vecina isla, en poco tiempo poblaron parte de la región oriental de Cuba con ingenios, algodonales y cafetales. Allí mezclaron lengua y prácticas sociales y religiosas dentro del ámbito local para inaugurar una zona de intercambio cultural franco-haitiano todavía por estudiar. Los segundos, de comparativamente efímera estancia, si bien marcaron el ámbito económico durante el año que duró su dominación, se limitaron —en lo religioso— a dejarnos algunos elementos del protestantismo que no se fortalecerían —también relativamente— sino en la etapa de la República Neocolonial. Los primeros, sin embargo, cuya implantación constituyó, junto con la africana, la otra fuente mayor entre los componentes de la nacionalidad cubana, no afrontaron tanto la evangelización de sus esclavos como las prácticas religiosas de éstos de manera consecuente con sus intereses económicos, políticos y sociales.

La preocupación entre los terratenientes esclavistas por mantener la idiosincrasia de las distintas tribus estaba dirigida a preservar las diferencias, las oposiciones y hasta las rivalidades con el objetivo de obstaculizar su posible unidad en la lucha contra los dueños. El poco y casi nulo adoctrinamiento religioso a que eran sometidos los esclavos se correspondía, por otra parte, con la necesidad de los amos de darles una lingua franca, el español, y una religión, la católica, que vinculara a los esclavos no entre sí sino a sus poseedores. Y aunque para finales del Siglo XVIII los hacendados azucareros habían abandonado en sus dotaciones la práctica religiosa cotidiana, que robaba no pocas horas semanales a la producción, se mantenían aquellas ceremonias que servían de mínimo disfraz moral a los amos y que también podían ser un freno a la rebeldía negra.

Ese relajamiento ofreció un inapreciable espacio a los esclavos que aprovecharon lo permisivo de la actitud de sus amos, ignorantes de que sus fiestas, su música y sus diversiones eran las formas tradicionales de convocar a las deidades ancestrales y que, en realidad, lo que celebraban era una elaborada liturgia religiosa. Se resistieron así a la opresión del blanco empeñado en arrancarlos de sus culturas nativas para imponerles la suya. Sobre todo en las poblaciones —más que en los campos— donde de noche podían volver a encontrarse y tomar sus comunidades primitivas; sus rebeldías fueron sin duda el testimonio de una voluntad de escapar, primeramente, de la explotación económica de la que eran objeto por un régimen de trabajo odioso, y de su lucha contra la dominación de una cultura que les era extraña. No es, pues, asombroso, que encontremos en nuestra América civilizaciones africanas o, al menos, trozos enteros de esas civilizaciones.

Pudiéramos resumir que en el período transcurrido entre el siglo XVIII y el Siglo XIX, la sociedad cubana sufre un cambio en la ética, justificando y creando todos los instrumentos jurídicos, sociales y económicos que permitían mantener al negro sometido a un sistema de esclavitud contra natura, en los barracones y en los campos de caña, llevándolo a un aislamiento social y cultural e imponiéndole un solo idioma: el idioma español del amo. En las ciudades el régimen esclavista tenía connotaciones más benignas, matizadas por las relaciones amo-esclavos. Los cabildos se mantenían bajo la observación y el resquemor de las autoridades y de la sociedad, ya que en toda la isla se sucedían levantamientos de esclavos y libertos en búsqueda de la libertad, como por ejemplo la famosa Conspiración de la Escalera.

Principales manifestaciones religiosas africanas en Cuba.

Manifestaciones religiosas en Cuba

Hacia los años 1880 vivían numerosos yorubas precursores de lo que sería la Regla de Ocha o santería en una finca situada en Marianao y llamada «El Palenque». Todos eran ahijados de dos santeros jimaguas muy populares y celebraban todos los años las festividades de Oggún, Ochaoko y los Ibeyis , orishas dueños y patrones, respectivamente, del hierro y los metales, las labranzas y los niños. La santería —nombre popular con que ha bautizado nuestro pueblo a lo que verdaderamente se llama Regla de Ocha— (Ochá-orisha: «santo», «deidad») desde su aparición en Cuba, con los primeros esclavos unidos en el temor implantado por deidades católicas que infundían el pánico a sus mentes ingenuas, fue un culto individual, familiar, de hondas raíces étnicas. Vivió el esclavo asombrado ante el cambio de su estadio apacible en su África querida por un régimen explotador que no podía entender, por el cruce de un océano lleno de peligros, encadenado, despojado de los hábitos de su vida diaria. Algunos de ellos, de estirpe real y procedentes de tri- bus con sensibilidades artísticas y estéticas, trasladaron esos conocimientos a descendientes y contemporáneos, que sirven hoy, a nuevas generaciones de cubanos, de inspiración inagotable.

En las postrimerías de la primera mitad del siglo XVIII, los esclavos practicaban el culto a determinada deidad que imperaba en el seno de la tribu de la que procedían. Por ejemplo: los de Oyó a Changó, los de Egba, a Yemayá, los de Ekiti y Ondo a Oggún, los de Iyesá e Ijebu a Ochún. Cada una de esas deidades tenía elementos propios que las hacían diferentes de las demás y, sin embargo, poseían dos denominadores comunes: la piedra y el caracol. Además, coincidían en las nuevas tierras a donde habían llegado en los cantos —lamentaciones por su tierra perdida— y en los toques o llamados secretos a sus adorados Orishas.

Al principio del Siglo XIX , el alza del contrabando negrero apareja una evolución activa y una reafirmación en las creencias religiosas, tanto de los que ya estaban en Cuba como de los que arribaban, ya que renovaron elementos rituales quizás ya perdidos o en vías de extinción por la inclemencia y el trato inhumano de los terratenientes cubanos. Este intercambio produce un salto cualitativo y les permite dar un paso más firme hacia su futura identidad.

A mitad de este siglo surgen tres figuras casi simultáneamente en el tiempo: Andrés Facundo Cristo de los Dolores Petit (más conocido por Andrés Kimbisa en la Regla Kimbisa que él fundara y en la Sociedad Secreta Abakuá , con la plaza de Isué de Bakokó Efor), Lorenzo (o Ciriaco) Samá y la negra Adyai Latuán, de nación yoruba, quienes dejaron sus sellos imperecederos en las manifestaciones religiosas afrocubanas.

Precursores de la Regla de Ocha o santería

Andrés Petit, hombre culto, inteligente, terciario de la orden franciscana del convento de Guanabacoa era, además, indiobón («jefe principal») de Isue de Bakokó en la Sociedad Secreta Abakuá y Padre Nkisi unifica todas las manifestaciones en estos sistemas religiosos, tanto de origen africano como católico por él conocidas, tratando de lograr, con esto, el más alto grado de espiritualidad posible dentro de la indisoluble ética de blancos y negros. Sintetizó las Reglas de Palo en la Regla Kimbisa, y mezcló la mayombería (originaria del Congo y Angola), la santería y el espiritismo (que ya comenzaba a dejar raíces profundas en el mundo religioso del negro), así como los santos de la Iglesia Católica. Éstos, a su vez, se imbrican en las creencias africanas con un folklórico surrealismo tropical, en sus leyendas o relatos, identificados con los de las vírgenes y los mártires, que tanto conmovían la sensibilidad del pueblo creyente de nuestra isla caribeña.

Por su parte, Lorenzo (o Ciriaco) Samá, que vivió en Matanzas, había consagrado Ifá. Cuando se trasladó a Regla, en La Habana, conoció a dos renombrados santeros: Tata Gaytán y Obalufadei, quienes le exigieron que fuera asentado otra vez. Samá, un hombre con imaginación inagotable y ágil de pensamiento, reflexionó sobre la dispersión y la falta de unidad existente en los cultos yorubas. Tomó el nombre de Obadimelli («rey coronado dos veces»), y se hizo inseparable de una negra de nación, yoruba, llamada Latuán. De ella se dice que fue embarcada a Cuba en la década del ochenta y que tenía asentado a Changó, orisha que vino de su África misteriosa y profunda para establecerse en la idiosincrasia de nuestra nación. De este modo, Samá y Latuán concibieron la idea de unificar en un solo cuerpo litúrgico a las culturas yorubas, al cual denominaron Regla de Ocha.

La República de Cuba de 1900 a 1959

A principios de esta centuria aún supervivían diversas instituciones que se derivaban, de manera abierta o con variantes, de los antiguos cabildos de nación. Estas instituciones, con frecuencia, asumían la forma de sociedades de recreo, de socorro mutuo, de clubes y otras, algunas veces bajo la advocación de un santo católico.

No obstante, los cabildos se hallaban, como tales, en franco proceso de decadencia o de desaparición. Su carácter de sociedad de socorro mutuo o de beneficencia, basada en el origen étnico común, había cedido el paso a un tipo de relaciones fundamentadas no en la nación u origen étnico, sino en un parentesco religioso determinado en los ritos de iniciación de la Regla de Ocha. Así, poco a poco, en un proceso ciertamente involutivo, ciertos cabildos habaneros pasaron a ser tan sólo comparsas en los tradicionales festejos del carnaval, mientras que otros evolucionaron hacia la formación de casas templos, y se establecieron, en muchos casos, en los domicilios particulares de los propios santeros dedicados al culto de las divinidades u orishas de origen yoruba. A partir de entonces, lo habitual fue el surgimiento de las casas templos.

En las primeras décadas del Siglo XX cubano tiene lugar una persecución de corte racista contra la población cubana de origen negro y mulato. Así, por ejemplo, en sus notas, don Fernando Ortiz recoge, en un manifiesto del año 1910 puesto en manos del presidente de la República, el sentir de la «Sociedad Santa Bárbara» —fundada en 1820— la cual pedía que no se le persiguiera y que sus bienes no fuesen incautados por las autoridades comisionadas al efecto. Producto de la sublevación del entonces ilegal Partido de los Independientes de Color, ocurrida en 1912 en la región oriental de Cuba y que reivindicaba mejoras para los negros y los mulatos, se desata una cruel represión contra negros y mestizos y se produce una vuelta al mundo subterráneo de las deidades del panteón afrocubano, las cuales, de nuevo, se encubrieron bajo las formas de los santos católicos. Podemos definir que en los mandatos presidenciales de la naciente República cubana, la discriminación racial toma matices diferentes desde su primer presidente, don Tomás Estrada Palma (1906); la intervención americana implanta y hace más evidente el racismo en el período 1906-1909, intentando quitar el voto a los negros e imponiéndole a su ejército la prohibición de mezclarse con pardos o mestizos. A continuación es nombrado presidente José Miguel Gómez (1909-1913), el cual pertenecía a una prestigiosa casa de paleros. Prosigue la discriminación racial y por ende la represión hacia las manifestaciones religiosas de origen africano en los períodos de los presidentes García Menocal (1913-1921), Alfredo Zayas (1921-1925), Gerardo Machado y Fulgencio Batista en su primer mandato (1940-1944). Este último, ferviente religioso de la Regla de Ocha y las Reglas de Palo, tenía asentado al orisha Shangó. Durante estos períodos se observa una proyección gubernamental, a través de sus cuerpos represivos, de inculpar a los negros descendientes de esclavos, a los criollos y a los mestizos de prácticas de brujería, fetichismo y, en múltiples casos, de asesinatos, robos y violaciones, a fin de sembrar el miedo en la población blanca del país. Todo esto aparece registrado en los anales de la policía de los distintos períodos presidenciales.

De nuevo las manifestaciones religiosas de origen africano y ya afrocubanas pasan a la clandestinidad, y sus componentes, no ya sólo negros, sino también mestizos y blancos, la practican a puertas cerradas para no ser tildados de oscurantistas y brujeros.

No es hasta 1940 que se promulga una nueva Constitución de la República, la cual crea un clima favorable a la práctica de las religiones afrocubanas en el marco de las libertades civiles. No obstante, se dice que incluso en el período anterior a 1940, algunos presidentes de la recién instaurada República fueron iniciados en los cultos de la santería y ejercían su influencia sobre la población creyente humilde con fines electorales. Paralelamente, la Regla de Ocha, en ese momento patrimonio de negros africanos, de mulatos y de sus descendientes, vio nacer un interés por ella en los sectores blancos de la población, sobre todo en las capas más humildes, las cuales comenzaron a incorporarse a sus cultos de una forma desprejuiciada.

En esta época alcanza especial relieve el hecho religioso conocido como «paralelismo», el cual considera que distintos sistemas religiosos son compatibles. Así, el creyente puede «acercarse más a la divinidad» practicando simultáneamente el catolicismo, el espiritismo, la Regla de Ocha, la Regla de Palo y los preceptos religiosos de la Sociedad Secreta Abakuá. El clima político propiciado por la Constitución de 1940 favoreció el afloramiento de los cultos de origen yoruba y permitió, en cierta medida, los contactos entre los asiduos a las distintas casas templos, más o menos de forma incidental.

También en este período aflora en los puertos de La Habana, Matanzas y Cárdenas, sindicatos de uniones indisolubles: la Sociedad Secreta Abakuá, compuesta por esclavos del Calabar al sureste de Nigeria, que ya se venían nucleando en los cabildos extramuros hacia el Siglo XVII. Este fenómeno de una sociedad constituida por hombres probados en todas las circunstancias de la vida, le permite la entrada al hombre blanco a mitad del siglo XIX , buscando con ello la preservación de este complejo ritual que es un fenómeno netamente cubano, ya que no se conserva en ningún otro país de Latinoamérica. Esta sociedad perseguida, y vetada hasta nuestros tiempos, tiene una ética tan estricta como los principios o estatutos de cualquier partido o religión.

La revolución cubana y las religiones afrocubanas

Religiones afrocubanas

A partir de declararse la proyección socialista de la Revolución Cubana, comienza una nueva etapa para las religiones afrocubanas. Estas, que han influenciado dejando su impronta en la pintura, la música, la literatura, el teatro, etc., ya forman parte de la joven identidad nacional.

A partir de 1990 comienza una apertura religiosa y el pueblo cubano retoma, con la fuerza de su sangre ancestral, estas manifestaciones que tanta influencia han ejercido sobre generaciones anteriores, haciendo de ellas una proyección al futuro de su isla del Caribe, su Cuba de soles entrechocantes y de palmeras erectas a su destino.

La Regla de Ocha o santería, practicada actualmente por un 80% de la población, conjuntamente con las Reglas de Palo y la Sociedad Secreta Abakuá, alzan sus ramas abrazando a sus hijos: los fieles y los renegados.

En Cuba, los movimientos de población internos, desde las provincias hacia La Habana, y principalmente desde Oriente, aportan a la Regla de Ocha el llamado espiritismo cruzado, forma religiosa de origen fon, traída por los inmigrantes haitianos que venían, en épocas anteriores, para trabajar en las zafras azucareras y que se establecieron en las zonas orientales del país. En este período, que registra una tercera fase evolutiva de esta Regla, se introduce también la adivinación mediante los vasos de agua y el uso de las barajas en los sistemas religiosos, así como inyecciones de diferentes manifestaciones en los practicantes de la Regla de Ocha.

Enlaces externos

Fuentes

  • García Abel, Daphne del C. Multimedia Religiones africanas en Cuba.
  • Bolivar Natalia. El Legado africano en Cuba.