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Francisco Morazán

Francisco Morazán de Quezada
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Francisco Morazán.jpg

Presidente de la República de Honduras

Jefe de Estado de Honduras
27 de noviembre de 1827 - 7 de marzo de 1829
PredecesorJosé Jerónimo Zelaya Fiallos
SucesorDiego Vigil
2 de diciembre de 1829 - 28 de julio de 1830
PredecesorDiego Vigil
SucesorJosé Santos Díaz del Valle
Datos Personales
Nacimiento3 de octubre de 1792
Villa de San Miguel de Tegucigalpa, Bandera de la República de Honduras Honduras
Fallecimiento15 de septiembre de 1842
San José Costa Rica, Bandera de Costa Rica Costa Rica

Francisco Morazán. Militar y político hondureño, último presidente de la República Federal de las Provincias Unidas del Centro de América.

Orígenes

Nació el 3 de octubre de 1792, en una céntrica casa de la Villa de San Miguel de Tegucigalpa, Honduras, y fue bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora San Miguel, el 16 de octubre del mismo año. Sus padres fueron Eusebio Morazán y Alemán, criollo antillano, descendiente de emigrantes corsos, y la centroamericana Guadalupe Quezada y Borjas.

Aunque era hijo de una familia que disponía de recursos económicos, Morazán no pudo realizar estudios de manera sistemática. Solo existía en la pobre villa de Tegucigalpa, una clase de Religión, Ciencia, Moral y Gramática Latina en el Convento de San Francisco dictada por el fraile José Antonio Murga. A esta aula asistió el joven infante Francisco Morazán pero a menos de un año de establecida fue cerrada. Las protestas y gestiones de los pobladores quedaron, como tantas otras demandas no atendidas por el poder colonial.

Sobresalió Morazán por una clara inteligencia y cerrada la oportunidad de estudiar con el padre Murga, toda su educación posterior fue obtenida por propio esfuerzo. El joven José Francisco se convirtió en un incansable autodidacta, que logró superar las barreras que para el acceso a la modernidad, educación y ciencia, imponía el Estado colonialista. Así estudió Matemáticas y Dibujo, Historia, y principalmente Derecho. Aprendió el idioma francés en la biblioteca de Dionisio de Herrera, lo que le permitió tener un amplio conocimiento de la Revolución Francesa. Sus lecturas sobre la historia antigua y la que le era contemporánea, la atención a las obras de los enciclopedistas, su apasionamiento con el genio de Montesquieu, con el contrato social de Jean-Jacques Rousseau, le dotó de una sólida cultura política. El joven Morazán desarrollaría por demás, una gran disciplina personal.

A la edad de 16 años se trasladó con su padre a Morocelí, y allí se convirtió en asesor de la municipalidad. Después trabajó en la escribanía de León Vásquez, donde adquirió conocimientos de derecho. Más tarde labora en el ayuntamiento de Tegucigalpa, como secretario del alcalde y defensor de oficio en casos judiciales en materia civil y criminal. Tales actividades le permitieron llegar a adquirir un gran conocimiento de la estructura y funcionamiento de la administración pública de la provincia, y le proporcionaron un contacto íntimo con los problemas de la sociedad colonial.

El cultivo del intelecto tenía en Morazán los encantos adicionales de la gallardía. De complexión delgada y elevada estatura, con un carácter atrayente -fuerte y controversial-, la sensibilidad del poeta y la magia del buen orador. Sobresalía entre los jóvenes de su tiempo. y se le consideraba un hombre apuesto, por lo que cariñosamente le llamaban “el niño bonito de Tegucigalpa”. Y no hay dudas de que tales cualidades personales, se multiplicarían en la belleza mayor a la que aquel ser humano dedicaría su vida: La plena entrega a la causa de la emancipación nacional, su compromiso con las necesidades de justicia social, trabajo digno, educación y prosperidad para los indígenas, campesinos y artesanos humildes de la región, y sobre todo una incansable lucha por lograr la unidad e integración centroamericana.

Desde las primeras noticias de conspiraciones y luchas independentistas en México y Suramérica el joven Morazán está ganado para la causa. “Todo el que tenía un corazón americano se sintió electrizado con el sagrado fuego de la libertad”, recordaría el propio Morazán. Cuando se produce la independencia de Centroamérica y se firma en la ciudad de Guatemala el acta de independencia, el 15 de septiembre de 1821, Francisco Morazán estaba por llegar a los 29 años de edad.

El Camino al liderazgo

La provincia de Comayagua por medio del gobernador intendente José Tinoco de Contreras, apoyó la anexión de Centroamérica a México, pero el Ayuntamiento de Tegucigalpa se opuso rotundamente. Tinoco decidió tomar acciones represivas en contra de las autoridades de Tegucigalpa, y ante esta amenaza, se organizó en la ciudad un ejército de voluntarios. Fue durante estos acontecimientos que Francisco Morazán se aprestó como voluntario, al servicio de las autoridades de Tegucigalpa, y fue designado como teniente de una de las compañías, por decisión de los jefes y oficiales que organizaron las milicias independentistas. Comenzó así la vida militar y su opción contra los intereses conservadores.

La Asamblea Constituyente nombra a Morazán miembro vocal de la Comisión para estudiar la realidad de los países de la Federación en 1823. Algunos documentos históricos lo ubican como integrante de la comisión que dictaminó las bases del poder electoral de la Federación, en una reunión que sostuvo la Asamblea Constituyente de Centroamérica, pero no caben dudas de que con uno u otro nivel protagónico, siguió y apoyó decididamente este proceso de institucionalización de la unidad centroamericana.

En 1824, Morazán fue designado secretario general del gobierno de su tío político y primer Jefe de Estado de Honduras, Dionisio de Herrera. En 1825 José Francisco contrajo matrimonio con una joven viuda María Josefa Lastiri Lozano en Tegucigalpa. De esta unión nacería su hija Adela. A Morazán se le conocieron además dos hijos, José Antonio Ruiz (hijo adoptivo) y Francisco Morazán Moncada.

El 11 de diciembre de 1825, Morazán está entre los firmantes de la primera Constitución de Honduras, en Comayagua. En 1826, pasó a presidir el Consejo Representativo de la República. Cuando el presidente de la federación centroamericana José Arce envió al propio vice jefe de Estado, el coronel José Justo Milla Pineda (también desertor del partido liberal) a darle golpe de estado a Dionisio de Herrera, Morazán se destaca en la resistencia de la sitiada ciudad de Comayagua. Sale a Tegucigalpa a reclutar tropas. Con una columna de 300 hombres se estaciona en la hacienda "La Maradiaga". El 29 de abril de 1827, derrota en ese lugar a fuerzas de Milla Pineda, encabezadas por el Coronel Hernández, y regresa a Tegucigalpa. Desde sus primeras acciones de armas demostró ser un excelente estratega militar, un jefe sereno, austero y preciso. Poseedor de un certero sentido de la justicia e impuesto de responsabilidad histórica.

El 10 mayo de 1827 el gobierno de Herrera capitula y el presidente hondureño es enviado como prisionero a Guatemala. El coronel Milla asumió como Jefe de Estado de Honduras. Morazán pide que le permitan regresar al seno de su familia que se encontraba en el pueblo de Ojojona. Llega hasta Choluteca y se le extiende un salvoconducto (pasaporte). Se reúne con su familia en Ojojona en junio de 1827, pero sin dudas el joven jefe militar ya constituía un motivo de preocupación para Milla, y sin mediar acusación, lo apresan y conducen a Tegucigalpa.

Tras veintidós días de encierro, el joven patriota logra fugarse. En la ciudad nicaragüense de León organiza una fuerza militar para liberar Honduras y el 10 de noviembre de 1827, cuando era inminente el enfrentamiento con las tropas de Milla, es nombrado Jefe General de la tropa. Las tropas del ya General Morazán derrotarían el 11 de noviembre a las de Justo Milla en Sabana Grande, durante la batalla de la Trinidad.

Con la victoria en Trinidad, se desata la cadena de victorias militares que harían de Morazán, la figura cimera de la reconstrucción Centroamericana. Este combate fue para Francisco Morazán, su ventana a la fama como genio militar, y le permitió al consolidarse como líder de los liberales centroamericanos. Un año después, luego de infringir importantes derrotas a las fuerzas conservadoras, el 27 de noviembre de 1827, se convirtió en presidente de Honduras.

Cuando Morazán asume la presidencia hondureña, la región se hallaba en el momento más cruento de la guerra civil. Morazán llevó el peso de las operaciones militares contra los terratenientes y ricos comerciantes que dominaban la Federación. Envía columnas de pacificación a la Costa norte y los pueblos fronterizos. Sofoca el levantamiento de Opoteca.

El 30 de junio de 1828, deposita el poder en Diego Vigil, y prepara su campaña para liberar El Salvador, que había sido ocupado por las fuerzas federales del presidente Arce. Parte para la provincia salvadoreña con 1400 hombres. Derrota a Vicente Domínguez en Gualcho, el 6 de julio de 1828. Llega a San Miguel el 10 de julio del mismo año, y entra a San Salvador el 23 de octubre de 1828.

En San Salvador Morazán gana nuevo adeptos –unos dos mil combatientes más-, y con estos y el resto de las fuerzas con que contaba, consolida el territorio salvadoreño en su totalidad, y prepara sus tropas con miras a la liberación del territorio guatemalteco. Morazán, envía las primeras columnas sobre Guatemala en enero de 1829. Poco tiempo después, se daría su arribo a la región y con ello, se le unen refuerzos guatemaltecos pertenecientes a grupos de indígenas y criollos, que deseaban la salida de los conservadores del gobierno. Derrota a fuerzas oponentes en San Miguelito, Antigua, el 6 de marzo, y nueve días después sigue su curso victorioso contra de las tropas de Mariano Beltranena en Las Charcas".

Luego del triunfo en Las Charcas, se dio la Conferencias en Ballesteros para negociar rendición de Guatemala, pero ésta negociación fracasó y Morazán avanzó con rumbo a la capital. El 13 de abril capitula Mariano de Aycinena y se realiza la entrada triunfal de Morazán a la ciudad Guatemala, que además de la capital federal, era el bastión del conservadurismo. El 30 de abril de 1829, la Asamblea de Guatemala condecora al General Francisco Morazán, con medalla de oro y lo declara Benemérito de la Patria. Morazán también es proclamado presidente.

El Vicepresidente federal Mariano Beltranena, el Arzobispo Casaus y Torres y los principales dirigentes conservadores, fueron desterrados, mientras se instauraba el régimen liberal. Arce logra escapa a México. Morazán indulta a todos los opositores al gobierno federal, y en julio del 1829, declara la extinción de todos los establecimientos monásticos en Centroamérica. Asume la Presidencia de Honduras el 4 de diciembre de 1829.

En junio de 1830, Morazán gana elecciones para Presidente de la República Federal de Centro América, venciendo en la contienda a José Cecilio del Valle. Renuncia a la Presidencia en Honduras y llega a tomar posesión de su cargo a Guatemala. El 16 de Septiembre asume como presidente de la República Federal de Centroamérica.

La república morazanista

Morazán expresaba las posiciones más avanzadas de aquel momento histórico. Formado en la ideología liberal, se propuso transformar radicalmente la oscura y atrasada sociedad colonial centroamericana, y construir el Estado nacional centroamericano, como proyecto de nación burguesa soberana e independiente, destruir el latifundio y el poder feudal de la oligarquía y la Iglesia Católica, y toda la herencia colonial. Esto para la Centroamérica de su época, constituía un programa de acción profundamente revolucionario.

La independencia no había significado ninguna transformación en las sociedades centroamericanas. No se tocaron los inmensos latifundios en manos de los terratenientes y de la Iglesia Católica. La opresión contra las masas populares continuó: Se mantuvo el pago de diezmos y primicias a la Iglesia y los cobros de impuesto de importación de una región a otra –alcabala- Pervivió la criminalización de las demandas y protestas de los campesinos, así eran legales los castigos con azotes y el garrote, se mantuvo como pena máxima la decapitación y la cabeza hervida en aceite. Con la llegada de Morazán a la presidencia tan pretérita situación comienza a cambiar.

Durante ese periodo 1830-1839 conocido como la “Restauración”- el presidente Morazán puso en marcha un paquete de reformas, que impulsan un cambio a favor de las mayorías más humildes. Ratifica la igualdad de los hombres ante la soberana majestad de la República, y proscribe la esclavitud.

Morazán enarboló un proyecto de desarrollo autóctono para la región, que tenía por objetivo la constitución y fortalecimiento de una clase burguesa nacional. Consciente de que la anterior administración Federal, no contó con el hecho de la liberalización del comercio exterior arruinaba a amplios sectores del artesanado, asume el libre comercio con una clara concepción de defensa de los intereses de los artesanos y productores de la región.

No abre el país a la apetencia desmedida y empobrecedora de los productos extranjeros, sino que se ocupa de la promoción y desarrollo de las exportaciones. Para ello protege la industria textil y crea un programa de colonización con el propósito de abrir nuevas líneas de productos exportables y fomentar el mercado interno. Así mismo trabaja por la apertura de nuevas vías de comunicación y habilitación de más puertos para dar salida a los productos del país. Frente a las apetencias del imperialismo inglés y la emergente potencia capitalista del Norte, expresa la decisión de construir el canal interoceánico con fondos centroamericanos.

En particular Morazán entendió la naturaleza liberadora de la educación y su trascendencia para el desarrollo de una nación moderna e independiente. En tal criterio se preocupó de evaluar los sistemas educacionales de avanzada de la época, y sentó las bases para desarrollar el sistema de la instrucción pública republicana. Definió la responsabilidad del Estado en la educación popular y fomentó escuelas y academias. “Solo la instrucción pública –afirmaba Morazán- destruye los errores y prepara el triunfo de la razón y de la libertad... la sencilla educación popular es el alma de las naciones libres...”. La educación básica fue declarada gratuita y obligatoria. En esta perspectiva la introducción de la imprenta fue una decisión dirigida a reafirmar la identidad criolla, para fomentar y producir la literatura y los textos de los centroamericanos. También adoptó el sistema de juicio por jurados y se suprimió el cadalso político.

El matiz anticlerical del proyecto morazanista, estaba en directa relación con los combates políticos e ideológicos que libró el prócer, frente el hecho irrefutable de la beligerancia de la jerarquía local de la Iglesia Católica. Como Presidente proclamó en ley, la separación de la Iglesia y el Estado, lo que constituía una necesidad para el desarrollo del Estado Republicano. Frente a la realidad de una jerarquía católica en constante conspiración con las fuerzas más reaccionarias, Morazán expulsó del país a sus principales personeros. Luego, con la aprobación del Congreso de la República, confiscó sin indemnización los bienes y propiedades de la curia expatriada y de las órdenes religiosas, y los convirtió en patrimonio del Estado. Además abolió las “primicias” (primera cosecha al clero) y los “diezmos” (10 por ciento del salario al clero). Con tales medidas fracturó el poder económico de la Iglesia, y liberó a los campesinos, trabajadores e indígenas centroamericanos, de las relaciones feudales de explotación a que eran sometidos por la Iglesia Católica.

No fue Morazán un antirreligioso, y su disposición a favor de la absoluta libertad de cultos, es demostrativa de respeto, amplitud y tolerancia. Morazán también legalizó el divorcio, con lo que rompió uno de los ejes de la hegemonía ideológico cultural conservadora, con esta decisión por demás, se situaba en la vanguardia de los pensadores liberales más avanzados del momento. .

La hegemonía de Gran Bretaña en Centroamérica, lesiva a la soberanía y a los intereses de la región, tuvo en Morazán un constante adversario. Inicia esfuerzos para recuperar Islas de la Bahía, lucha por la soberanía de Belice y demás territorios centroamericanos en manos inglesas. La ocupación que los ingleses realizaron en la comarca de San Juan del Norte, no fue consentida por el líder hondureño, quien se aprestó a repelerla por las armas, si la Corona británica no entraba en razones para un arreglo diplomático. Tal actitud obligó al cónsul británico en Costa Rica Federico Chatfield a optar por la negociación y el acuerdo. No obstante este personaje imperial no cejaría en su empeño de dividir, y de trabajar contra los pueblos de la región. La labor divisionista del cónsul Chatfield, su constante conspiración contra Morazán se coloca precisamente como uno de los factores relevantes que minó la unidad federativa de los centroamericanos.

Grandes sectores populares acompañaron el programa revolucionario de Morazán. Sus reformas ganaron simpatías en Honduras, pero más aún en Nicaragua y El Salvador, donde su figura alcanzó altos niveles de popularidad. En Costa Rica los grupos liberales habían gobernado ininterrumpidamente desde 1823, por lo que la ejecución de las ideas morazanistas contaron con el beneplácito de las autoridades estatales. El núcleo de la resistencia conservadora siempre fue Guatemala.

Los obstáculos que se concitaron

La revolución morazanista se situó a la izquierda del liberalismo de su época. Le faltó tiempo para golpear con más fuerza el poder económico de la oligarquía y crear su propio entorno de fuerzas económico sociales. Pesó la falta de una base económica que unificara la Federación Centroamericana. La ausencia de una clase social que ocupara el lugar de los terratenientes y oligarcas e impulsara el desarrollo capitalista de la nación. En general las reformas instrumentadas por el proyecto morazanista estuvieron limitadas por escenario político y la madurez de las condiciones prevalecientes. Más allá de la intensión y voluntad de cambio que expresaba el líder hondureño, en la aplicación concreta de sus disposiciones a nivel local, entraban a manifestarse los viejos y nuevos intereses de las clases dominantes. La situación económica de las masas populares no mejoró con la República federal.

En particular los gobiernos estatales y la federación, no tuvieron en cuenta las reacciones negativas que entre la población indígena provocaba la imposición de impuestos y otras obligaciones. Cada vez que se intentó implantar una nueva obligación, surgieron reacciones negativas en las comunidades indígenas, que por demás fueron oportunamente utilizadas por la reacción oligárquica. Cuando Mariano Prado como Jefe de Estado de El Salvador, introdujo el sistema de jurados y un nuevo impuesto que tenían que pagar todos los ciudadanos, se produjeron levantamientos en Izalco y San Miguel. En 1833 ocurrió la sublevación de los indígenas nonualcos, acaudillados por Anastasio Aquino, en la población de Santiago Nonualco en el actual departamento de La Paz.

Para el liberal de la época, influido por las ideas “civilizatorias” y el evolucionismo, era necesaria la construcción de un país de acuerdo a los modelos europeos y estadounidenses de modernidad y civilización. En estas circunstancias el criollo forjó su alteridad frente al indígena, colocándolo en las etapas más atrasadas de la evolución humana, y por lo tanto, se lo asumía como un lastre, para acceder a los modelos de sociedad moderna y progreso a los que aspiraba el criollo, al grado que un decreto liberal, llegó a ordenar la extinción de todos los idiomas aborígenes. Así el proyecto federal mantuvo al indígena relegado a un segundo plano en todos los niveles, pero particularmente en el económico y el político.

Los artesanos no se libraron de la bajas de la industria textil, las leyes se siguieron aplicando de manera parcializada, es más habían sido reforzadas por nuevos mecanismos opresivos que institucionalizaba la "nueva élite" liberal. Los mismos liberales aseguraban que la agricultura y la economía se encontraban abandonadas por "la indolencia y vicios de los jornaleros" apelando al trabajo forzado que se implantó el 3 de noviembre de 1829. Así mismo, el Estado liberal dictó leyes para que siguiera funcionando la modalidad colonial del endeudamiento como forma de dependencia laboral. La ley de vagancia, era otro mecanismo que aseguraba mano de obra gratuita y números al ejército. "Vagos sin vicios, vagos porque no tienen oficio, son destinados al servicio militar" y contados en el cuerpo de hombres que corresponden al Estado.

A diferencia de los indígenas, el proyecto federal potenció al contingente ladino. Las diferencias de orden económico y social comenzaron a ser evidentes en el seno de este amplio conglomerado de sujetos. Mientras existen noticias de grupos de mestizos rurales flotantes y muy inadaptados, a quienes acusaba de vagos y ladrones, se distinguen otros grupos de mestizos y mulatos, que trabajaban la tierra, criaban y vendían ganado, poseían pequeños comercios en tiendas o eran trabajadores de las haciendas en diversos oficios.

La Federación por demás nació con dificultades funcionales, que quedaron plasmadas en la misma Constitución federal. No se supo manejar el grado de soberanía de cada estado, y la reiteración de la capital en Guatemala, reprodujo las suspicacias y resquemores sobre los privilegios que esta región había acumulado desde la época colonial. La Constitución señalaba la posibilidad de que los estados se opusieran a determinado impuesto, y tras esa ambigüedad, vino el caos fiscal del gobierno federal, que se manifestó claramente en la lucha por controlar el monopolio del tabaco.

Aparte de que las rentas federales eran escasas, la república requería de recursos abundantes para poder hacer frente a los gastos de defensa, mantener la integridad del territorio y controlar el peligro de guerra civil. Con estas limitantes no se pudieron cumplir los planes de la reforma liberal, promesas de construcción de escuelas, mantenimiento y apertura de caminos y el fomento a la industria y agricultura. Una derrota política importante del liberalismo, lo fue la no aprobación de la reforma constitucional de 1835. La experiencia vivida entre 1825 y 1829 demostraba a todas luces la urgencia de revisar la Constitución federal; sin embargo, la única modificación que se efectuó, en 1832, fue para consagrar en la Carta fundamental la libertad absoluta de cultos. El 13 de febrero de 1835 el Congreso de la República aprobó un vasto proyecto de reformas constitucionales, que aspiraba a mejorar sustancialmente la organización y funcionamiento del gobierno federal, pero solamente las aprobaron Costa Rica y Nicaragua, y se requería la aprobación de dos terceras partes de los Estados, por lo que nunca entraron en vigor. Contra la independencia centroamericana también trabajarían los intereses de la antigua metrópoli, Inglaterra, Francia, y de los Estados Unidos. España se resiste a reconocer la independencia y en 1832 con el apoyo de las autoridades de La Habana, un contingente armado español invadió Honduras, y el pabellón de la colonia, volvió a ondear en tierras centroamericanas durante seis meses. Fuerzas federales enviadas por Morazán permitieron derrotar a estos invasores y fusilar a sus cabecillas en Comayagua.

El vacío dejado por España fue ocupado por representaciones de Inglaterra, y también Francia y los Estados Unidos. Los ingleses asentados en el litoral caribeño fomentaron desde 1816 una monarquía títere en La Mosquita. Precisamente durante el gobierno de Arce se dan las primeras formas de penetración norteamericana a través de la firma del "Tratado de Paz, Amistad, Comercio y Navegación", a su vez el capital inglés establece sus primeros vínculos con la economía centroamericana, con el otorgamiento de un empréstito de la casa Barclay and Herring para organizar las finanzas de la República Federal.

En el futuro inmediato, las exigencias del pago de la deuda se van a convertir en un pretexto del gobierno inglés para intervenir constantemente en los asuntos internos del país, y extorsionar política y diplomáticamente a los gobernantes centroamericanos. El embajador inglés Federico Chatfield, llegó a convertirse en un procónsul, y a la armada inglesa se permitió la violación de la integridad territorial y la soberanía de la nueva república, y tomó numerosas aduanas con el pretexto de presionar por el pago de la deuda, entre ellas las de Trujillo, Omoa y Amapala.

La ofensiva oligárquica

Aunque la guerra civil concluye con la toma por Morazán de la ciudad de Guatemala, y la capitulación de las tropas de la oligarquía guatemalteca, la federación, no gozaría de una paz duradera. Los grandes terratenientes y comerciantes conservadores mantuvieron todo su poder económico, y pronto irían a la contraofensiva. Tres guerras federales dejarían el más claro reflejo de la situación. Únicamente el Estado de Costa Rica se mantuvo hasta la disolución de la Federación, al margen de los conflictos armados. No ha acabado diciembre del 1829 y Morazán deposita el gobierno en el Senador Juan Ángel Arias, para enfrentar la pacificación de Olancho. En febrero de 1830 vence otra insurrección en Opoteca. En junio de 1830, Morazán tiene que enviar a Dionisio de Herrera a enfrentar otro conflicto en Nicaragua.

Se produjeron serios enfrentamientos entre los liberales de León y los conservadores de Granada, y para solventar esa situación, Morazán nombró Jefe de Estado de Nicaragua a Herrera. La experiencia de expresidente de Honduras fue oportuna para conciliar a los contendientes, pero Herrera tuvo que dejar el poder en 1833, y luego de su salida, los enfrentamientos en estos dos grupos continuaron.

En 1832, José María Cornejo jefe de gobierno en El Salvador, decidió declarar a ese estado, independiente de la República Federal de Centroamérica, ante esta situación, Morazán se vio obligado a invadir el territorio salvadoreño para restituir el poder de la federación. En 1834 El Salvador volvería a intentar separarse y de nuevo Morazán reduce a los separatistas por la fuerza.

Para solucionar la inestable situación salvadoreña, y gobernar más efectivamente, Morazán trasladó la capital de la República Federal a San Salvador, lugar donde era querido y respetado por muchos. Pero solo pudo gobernar a medias, ya que los movimientos separatistas eran continuos en cada uno de de los estados y a Morazán se le dificultaba cada vez gobernar.

En las elecciones de la Federación de 1834, resultó electo José Cecilio del Valle, pero murió antes tomar el poder. En su lugar, el Congreso reeligió a Francisco Morazán.

Mientras el gobierno federal se agota en la solución de los frecuentes conflictos locales, la oligarquía y los comerciantes, desplazados del poder político, inician, una sólida contrarrevolución, primero a través de la frontera mexicana, luego desde algunas islas del Caribe.

En 1837 la situación de Centroamérica alcanzó momentos críticos, una epidemia de cólera llevó a paralizar el comercio, y la crisis fiscal se agudiza. A su vez, las fuerzas conservadoras, manipulando una rebelión indígena y campesina, y toman el poder en Guatemala. Como contrafigura de Morazán, surgió de esta sublevación la figura del caudillo Rafael Carrera y Turcios (1814-1865), quien se convertiría, en un encarnizado contrincante para Morazán. No obstante derrotarlo en varias ocasiones, Carrera logra evadir la persecución y hacerse fuerte. Se inauguraba un período conservador en Guatemala que duraría más de treinta años.

El éxito en Guatemala alentó a los enemigos de la integración, a impulsar estallidos similares en el resto de los estados de la federación. Los estados aceleran el rompimiento de sus lazos con la federación, y para aprovechan un decreto federal que los autorizaba a organizarse como mejor les pareciera, siempre y cuando mantuvieran su adhesión al gobierno federal. Honduras se separó de la Federación en octubre de 1838 y se convirtió en Estado soberano e independiente. Nicaragua se declaraba independiente de la República Federal el 30 de abril. Mientras tanto en El Salvador, el Congreso Federal, le brindaba a los estados libertad de auto-administrarse.

Al terminar en 1839 el segundo mandato de Morazán, la situación de la Federación era en extrema crítica y el poder conservador en Guatemala se había consolidado. En febrero, las tropas de Morazán llegan a El Salvador en persecución de Carrera, pero no corrieron con suerte y el caudillo de los conservadores nuevamente logra huir. Para este entonces, el período presidencial de Francisco Morazán había expirado y el Congreso Federal ya había sido clausurado. No se celebraron elecciones para la presidencia federal, y los enemigos del proyecto morazanista, acusaron al gobierno de no tener ninguna base legal porque su período había concluido.

La Federación prácticamente había colapsado, y la revolución morazanista fue derrotada, pero la figura de Morazán seguía siendo un peligro para los conservadores. El 6 de abril de 1839 se enfrenta al general hondureño Francisco Ferrera, en la batalla del Espíritu Santo, cerca del rió Lempa, y las tropas federales a su mando alcanzan el triunfo. En tan difíciles circunstancias políticas, los salvadoreños ratifican su confianza en el líder unitario, y Morazán fue elegido presidente de El Salvador (1839-40), y desde allí de nuevo se lanzó a reconstruir la unidad política, en lucha contra las fuerzas oligárquicas concentradas en Guatemala.

Para la oligarquía y el gobierno inglés, Morazán se había convertido en la personificación misma del Estado unitario, aislarlo y, eliminarlo físicamente, significaba terminar con cualquier idea o esperanza de Federación. Por esta razón los enemigos de la unidad no descansaban. El propósito era desalojarlo del mando en El Salvador, o en cualquier otro estado de la región.

El 24 de julio de 1839, Nicaragua y Guatemala celebraron un tratado de alianza en contra del gobierno salvadoreño, y Rafael Carrera, llamaría a los salvadoreños a la insurrección popular. Tal llamado provoca algunos levantamientos, que fueron vencidos sin mucho esfuerzo por el gobierno de Morazán, y al no lograr subvertir desde dentro la autoridad de Morazán, tropas hondureñas y nicaragüenses, invaden el país, a finales de septiembre de 1839. El General Morazán, con seiscientos salvadoreños derrota en la batalla de San Pedro Perulapán, a los más de dos mil invasores comandados por los generales conservadores, y con el impacto de esta victoria decide contraatacar.

El 18 de marzo de 1840, a la cabeza de un pequeño ejército salvadoreño, Morazán tomó la ciudad de Guatemala en un desesperado intento por reinstaurar la Federación, pero, ya sin el apoyo de los mismos liberales guatemaltecos, fue cercado por unos cinco mil hombres de las huestes de Rafael Carrera. El ejército morazanista terminó diezmado y rechazado definitivamente hacia El Salvador, y su jefe logró a duras penas salvar su propia vida.

Morazán logra defender la integridad del territorio salvadoreño, pero la abrumadora superioridad ejército pagado por la oligarquía en Guatemala, le permite prever un desenlace en el que los salvadoreños sufrirían numerosas bajas y destrucción. Entonces, previendo una invasión conjunta de Guatemala, Nicaragua y Honduras, Morazán prefirió autoexpatriarse antes de permitir el derramamiento de sangre y la conflagración destructora, y, renuncia el 4 de abril de 1840.

Morazán prevé como inminente desenlace, una nueva y ahora más fuerte invasión a conjunta de las fuerzas conservadoras de Guatemala, Nicaragua y Honduras.

Decide evitarles a los salvadoreños las numerosas bajas y destrucción que sufrirían, y renuncia a la presidencia el 4 de abril de 1840.

El 8 de abril de 1840, Morazán tomó el camino del exilio. Partió a Costa Rica. En tierras costarricenses, buscó que ese gobierno aceptara ofrecer asilo a algunos de sus acompañantes. Un grupo fue aceptado, no así su familia y continuó su viaje con sólo siete acompañantes. Se traslada a David, capital de la provincia panameña de Chiriquí, donde residirá con su familia. Allí Morazán es atendido con calor, por el entonces joven liberal panameño José Domingo de Obaldía (1845-1910), y se consagra al estudio de Derecho Público y Constitucional, y profundiza en las lecciones políticas de los grandes maestros; economía; ciencias sociales; sistemas de gobierno, reforma universitaria.

En David, Morazán escribe sus Memorias, documento autobiográfico que cubre hasta el 13 de abril de 1829. En ese punto de Panamá, escribió su célebre Manifiesto de David, que firma el 16 de julio de 1841. A David le llegaba copioso correo en la cual se le invitaba a regresar al terruño, arreglar la torcida dirección política de los gobiernos del área, terminar de una vez por todas con la contienda civil, pero Morazán está decidido a darse un tiempo de distanciamiento y reflexión. Con ese propósito decide continuar viaje hacia el Perú.

En Perú, Morazán recibe el respeto y la solidaridad de las autoridades. El presidente, Mariscal Agustín Gamarra (1785-1841), le invita a sumir el mando de una división peruana, pero esto para Morazán resultaba un tanto confuso, debido a la compleja situación que vivía América del Sur en esos momentos y prefirió declinarla. En Lima encontrará buenos amigos y compañeros de ideales, entre los que figuraban los generales José Rufino Echenique (1808-1887) y Pedro Bermúdez (1793- 1852). Este último, a quien había conocido en 1835, se sumó posteriormente a las nuevas campañas que Morazán emprendería en su retorno a Centroamérica.

El regreso

Desde Perú, Morazán continúa atento a los acontecimientos centroamericanos. Coincide que los ingleses intentan anexarse definitivamente del territorio de La Mosquita., y ante la amenaza extranjera, el líder centroamericano, se apresta a volver. Considera su retorno un “deber” y un “sentimiento nacional irresistible” no solo para él, sino que para todos “aquellos que tienen un corazón para su patria”. Morazán con el respaldo del general Bermúdez, parten del Perú a fines de diciembre de 1841, acompañado de sus compañeros de exilio. Ha estado cuatro meses en el Perú. Hace escala en Guayaquil y de aquí sigue por mar hasta Chiriquí, donde se reúne con su familia, y gana nuevos voluntarios. Más tarde, arriba a El Salvador por el Puerto de La Unión y desde este lugar se dirigió a todos los gobiernos centroamericanos llamándolos a la unidad en contra del invasor extranjero:

"Si consultamos la historia veremos que el derecho de las grandes naciones se ha fundado, en algún tiempo, en causas de tal naturaleza que sólo hubieran excitado la burla y el desprecio, sino hubiesen sido sostenidas por las armas, y este abuso funesto para los pueblos débiles, que la ambición ha sancionado tantas veces y legitimado el derecho del más fuerte, se ha repetido por desgracia en nuestros días...” Es febrero de 1842.

En territorio salvadoreño, Morazán se dirige a San Salvador para reactivar a sus fuerzas locales, recorre Acajutla, La Libertad y Sonsonate, en busca de voluntarios. Ya en la isla de Martín Pérez ubicada en el Golfo de Fonseca organizó el contingente militar con aproximadamente quinientos veteranos salvadoreños y hondureños.

En La Unión, Morazán contrató más embarcaciones y definitivamente el 7 abril de 1842 desembarcó en Costa Rica, por el puerto de Caldera. El gobierno de Braulio Carrillo (1800-1845), al tener noticias de la presencia en territorio costarricense de las fuerzas encabezadas por Morazán, se aprestó a organizar la resistencia. En respuesta, Morazán lanzó una proclama al pueblo de Costa Rica el 9 de abril de ese año de 1842, en la que afirmaba:

“Costarricenses: Han llegado a mi destierro vuestras súplicas, y vengo a acreditaros que no soy indiferente a las desgracias que experimentáis. Vuestro clamores han herido por largo tiempo mis oídos, y he encontrado al fin los medios de salvaros, aunque sea a costa de mi propia vida”.

Morazán con habilidad política, evitó el enfrentamiento armado con las fuerzas que envió Carrillo, y por medio de negociaciones realizadas con el general Vicente Villaseñor, al mando de las tropas gubernamentales, firmó el "Acta de El Jocote". El acuerdo establecía la integración de un solo cuerpo militar, la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, la salida de Carrillo, y otros miembros de su administración, y la instalación de un gobierno provisional al mando de Morazán. El 13 de abril de 1842, las fuerzas morazanistas entraban a la ciudad de San José. La Asamblea Constituyente de Costa Rica, fue instalada el 10 de julio de 1842. Cinco días después declaró a Francisco Morazán Jefe del Ejército Nacional y Libertador. Paradójicamente, el gobierno de Morazán, que había tenido su principal apoyo en los grupos liberales y anticlericales en el resto de la región, enfrentó en Costa Rica todo lo contrario. Los liberales de San José, en particular, fueron sus principales oponentes, mientras que los más entusiastas morazanistas eran parte del clero, y ciertas familias acomodadas de Cartago, una de las ciudades más conservadoras.

Desde su llegada al poder Morazán se dedicó a reconstruir el Estado costarricense, cuya administración había sido muy desorganizada durante el gobierno tiránico de Braulio Carrillo. Tal vez la decisión inicial más relevante de Morazán para la reconstrucción de los órganos e instituciones del Estado, fue el establecimiento de una Junta compuesta de doce personas patriotas e ilustradas, todas costarricenses, para que le auxiliara con sus consejos y experiencia, en la ardua empresa de satisfacer los multiplicados reclamos sobre injusticias y desatinos realizados durante el gobierno de Carrillo, y que informara las que a su juicio debían derogarse en todo o en parte; igualmente que sobre aquellas que por su utilidad y ventajas merecieran conservarse.

El general Francisco Ferrera (1794-1851), ex compañero de Morazán, que había llegado al poder en Honduras el 1o. de enero de 1841, estrechó sus relaciones con los conservadores de Guatemala y El Salvador. A partir de esta alianza política en ausencia de Morazán, se había emprendido una sistemática persecución contra los simpatizantes de la Federación. Entonces, la primera medida de Morazán, el 14 de abril, luego de entrar a San José, consistió en decretar que todos los que se hallaban perseguidos en los otros Estados de la República, cualquiera que hubiera sido su militancia política, tendrían en Costa Rica un seguro asilo y podrían vivir en su territorio bajo la protección de las leyes.

Morazán se proponía consolidar su situación política en Costa Rica, hacerla centro de todos los simpatizantes con la causa federal y lanzarse a rescatar el proyecto unionista de manos conservadoras. Para ello se dio a la tarea de organizar y fortalecer el ejército. Pero las intenciones de Morazán a favor de una reconquista de la federación, no contaban esta vez, con un escenario favorable.

La rápida victoria de Morazán en Costa Rica llenó de preocupación a sus más acérrimos enemigos, a la oligarquía regional y en particular al cónsul inglés, Federico Chatfield. Francisco Ferrera en marzo de 1842, en la llamada Convención de Chinandega, propuso establecer la Confederación Centroamericana de los Estados de Nicaragua, Honduras y El Salvador, para enfrentar la nueva amenaza liberal. Sin embargo, por la oposición de Guatemala la propuesta no se concretó. No obstante los planes contra Morazán continuaron tejiéndose.

Tropas nicaragüenses sin previa declaración de guerra, penetran en el territorio costarricense. Al interior de Costa Rica se agita la traición. El 11 de septiembre se da a conocer un pronunciamiento en Alajuela, en que se impugna a Morazán por la coacción que ejerce para reclutar sus tropas, así como por las exacciones de dinero y por el descontento producido en la población. Se manipula el espíritu localista que ya para entonces predominaba en Centroamérica, y se da rienda al chovinismo y la antipatía hacia las fuerzas salvadoreñas que acompañaban a Morazán. Con esta justificación se pretende negar autoridad a Morazán y se lo convoca a abandonar el país garantizándole su vida y la de su familia. Era un golpe al proyecto unionista por la vía de aislar y eliminar políticamente a Morazán. Figuraban a la cabeza del complot el general Antonio Pinto y del coronel Florencio Alfaro, jefe de la guarnición de Alajuela y su hermano José María Alfaro.

La noche del 12 de septiembre, en oportunidad de estar las tropas fieles a Morazán, movilizadas hacia la frontera para hacer frente a la incursión de las fuerzas conservadores nicaragüenses, Florentino Alfaro, con 400 efectivos que llegaron desde Alajuela, atacó en San José a la Guardia de Honor de Morazán, integrada por 40 salvadoreños. Las fuerzas de Alfaro crecieron en número cuando arribaron mil hombres más, situación que obligó a Morazán a replegarse al cuartel principal. Desde ese punto, al mando de ochenta hombres ofrece la más férrea resistencia. Para el día 13 de septiembre los atacantes incrementaron su número que llegó a la cifra de cinco mil hombres, mientras refuerzos provenientes de Cartago, favorables a Morazán, no logran romper el asedio.

El cerco que se le tendió a Morazán, duró aproximadamente 88 horas. El 14 de septiembre, al filo de las 4 de la madrugada, las fuerzas morazanistas lograron romper espectacularmente las líneas enemigas, y se dirigen a la ciudad de Cartago. Pero el complot se había extendido hasta ese lugar, y el General Morazán tuvo que solicitar ayuda de su supuesto amigo Pedro Mayorga, quien lo traiciona. Así le dan a Morazán seguridades, para luego someterlo a prisión y encadenarlo, con él están los generales José Miguel Saravia y Vicente Villaseñor. Era tanta la urgencia para cumplir la criminal conjura, que se les hace un juicio sumario, fuera de toda garantía o posibilidad de defensa, y sus captores se aprestaron a fusilarlos. Saravia se envenena y Villaseñor intenta suicidarse. Al día siguiente envían a Morazán y Villaseñor al Cuartel de San José.

Siendo las 7:45 P.M. finaliza la redacción de su testamento. Morazán escribe un breve “Testamento” político donde denuncia su asesinato, sin siquiera levantarle cargos. Al estampar la firma en el documento, se incorpora y vuelve a leer: "Declaro que mi amor a Centroamérica muere conmigo..."

Los condenados fueron trasladados al paredón de fusilamiento localizado en el costado oeste del actual Parque Central de San José Costa Rica Irónicamente, la fecha de ese día era el 15 de septiembre de 1842, fecha del vigésimo primer aniversario de la independencia de Centroamérica. En su último combate frente a la muerte, Morazán pudo asombrar a sus asesinos, incapaces de arrebatarle el privilegio de mandar la escuadra que lo fusila.

A las ocho de la noche, el general Francisco Morazán, último presidente de la aniquilada Federación, da la orden de fuego que acabaría con su vida. Minutos antes, firme, con su mejor temple, pudo aún consolar a su compañero, el General Villaseñor: “Querido amigo, la posteridad nos hará justicia”.

Morazán se hace la señal de la cruz, descubre su pecho al viento, y da la orden de fuego a los temblorosos soldados, que disparan asustados ante la infinita valentía del unificador de pueblos. El estruendo de la fusilería y la nube de humo y pólvora cubren la plaza. Los cuerpos heridos caen sobre la tierra amada. Cuando la tropa sin conciencia y la oficialidad traidora, creen que acabaron con el hombre de la unión, se levanta y su voz retumba para siempre, inapagable, a pesar de una segunda ráfaga de desesperados tiros: “Aún estoy… vivo”, acaben de matarme”

Los restos de Morazán descansan en El Salvador respetando su última voluntad: "Quiero que mis cenizas descansen en el suelo de El Salvador, cuyo pueblo me fue tan adicto”, escribió en el Testamento.

La ética morazanista

Como líder y figura de gobierno Morazán se destaca por su recio carácter, autoexigencia personal y modestia. Lo recuerdan pundonoroso, humanitario, hacedor de un culto incansable a la justicia. Era enemigo de establecer diferencias de superioridad y distinguirse entre los miembros del gobierno y el pueblo. Rara vez usaba el uniforme militar. Su vestido - una levita negra-, en nada se distinguía de los demás funcionarios. Ninguna frivolidad se notaba en sus costumbres. La vanidad nunca tuvo asilo en aquel hombre virtuoso.

Morazán evitaba los agasajos personales, los banquetes y liviandades. Con habilidad evitaba las ovaciones y recibimientos tras sus victorias. Gustaba entonces regresar de noche o en el amanecer, para evitar las manifestaciones de devoción de un pueblo que lo adoraba. Cuentan que la municipalidad de San Vicente deseosa de expresar su reconocimiento, colocó vigías en las alturas para avisar a los vecinos y preparar una fiesta de bienvenida. Cuando Morazán llegó, seguido del Ejército, el pueblo lo sorprendió y en tropel salió a recibirlo con guirnaldas y flores, y narran que en aquel momento el curtido General bajó la vista abatido, con evidente bochorno, y sin pecar de desagradecido salió del trance con una marcha rápida, como ocultándose entre los jefes.

Cuando el 21 de abril de 1829, la Asamblea Legislativa estatal de Guatemala, siendo Presidente de la misma el General Nicolás Espinoza, mandó condecorar con una medalla a Morazán, cuyo nombre debía aparecer en la leyenda, precedida del título de Benemérito, Morazán declinó el honor. Similar actitud mantuvo cuando en julio de 1842 se le declarara “Libertador de Costa Rica”. La Asamblea Constituyente de ese país, tuvo que obligar al ministro de gobierno, que imprimiera, circulara y publicara el enunciado decreto, por no haberlo hecho Morazán en un gesto de modestia.

Morazán despreciaba el lujo. Su casa inspiraba modestia. Si le complacía en extremo la lectura y el estudio, así como el trato con hombres y mujeres ilustrados.

No permitió los saqueos y desórdenes en las ciudades después de sus victorias militares, algo bastante frecuente en las prácticas de entonces. Para pagarle a sus tropas y poder reabastecerse, Morazán imponía requisiciones a los comerciantes.

Como patriota y hombre de Estado siempre antepuso sus intereses personales frente a los de la nación que intentó construir. A José Martí en su peregrinar centroamericano, le contaron que en una ocasión hicieron prisionera a la familia del prócer, o intentaron valerse de ella para obligarle a deponer el mando, y que frente a aquella situación Morazán respondió: “Muy caros son vuestros rehenes a mi corazón, pero soy el jefe de la Nación, y debo atacar. Pasaré sobre esos queridos muertos, escarmentaré a los rebeldes, y moriré luego”.

Morazán fue acompañado en su vida revolucionaria por su esposa Doña María Josefa, quien compartió los valores del prócer. El patrimonio de Doña María Josefa, muy cuantioso, se dedicó por entero a la causa patriótica, y al ser asesinado Morazán, la familia estaba en la pobreza. Ningún privilegio solicitó la viuda para ella y sus hijos, solo tramitó el pago de los sueldos de Morazán en el período que había ejercido como presidente, pues ni siquiera tales dineros habían sido cobrados por el héroe hondureño.

Una de las personas que gozó de la amistad y aprecio de Morazán fue el revolucionario francés Nicolás Raoul. Coronel de los ejércitos napoleónicos, el oficial francés sirvió junto al General hondureño por ocho años y llegó a ser el jefe de su Estado Mayor. Conoció íntimamente a Morazán y de regreso a Francia se animó a hacer una comparación entre el general hondureño y Napoleón Bonaparte (1769-1821). Para Raoul “Francia teatro de Napoleón, no puede compararse con Centroamérica teatro de Morazán pero de la comparación de dos genios fácil es comprender quien lleva ventaja.”

“Napoleón -afirma Raoul- representa la autocracia en su más alta expresión, Morazán representa la democracia en toda su pureza y en su más genuina manifestación”. “Napoleón conquista, Morazán estrecha los vínculos de la federación y recorta los abusos del pasado.”

“Napoleón hizo su carrera militar en el mejor colegio de su época, bajo la dirección de los mejores jefes. Morazán no tuvo instrucción ninguna en el arte militar, pero sus planes de guerra y sus combates dan tanto de admirar como los de Napoleón”. “Napoleón aprovechaba las cosas existentes. Morazán las creaba porque nada existía capaz de entrar en el plan del porvenir.”

“Napoleón buscaba su propio engrandecimiento y el de Francia, Morazán exclusivamente el de su patria.”“Napoleón tiene fe en la fuerza, Morazán solo reconoce la fuerza del derecho y el ejército sirve para afianzar sus instituciones.” “En tema de virtudes –concluye Raoul-, Napoleón no puede sostener el parangón con Morazán.”

Morazán en la historia

Como plantea Edmond Honrad la figura de Morazán implicada hasta el día de hoy en el debate político hondureño y centroamericano, ha sido mitificada o negada según los interés de las fuerzas conservadoras o liberales en pugna. Pero más allá del interés de sustentar uno u otro discurso político, Morazán es sin dudas la figura protagónica e ineludible de la historia de Honduras y toda Centroamérica en el período que va desde la independencia absoluta como República Federal, hasta su muerte. Supo levantar para Centroamérica el proyecto unitario que Simón Bolívar (1783-1830), había impulsado en Suramérica, y a tal empeño consagró todas sus energías.

José Martí (1853-1895), al rescatar la figura de José Francisco Morazán Quezada a solo cuatro décadas de su muerte, hace gala del tino y la pasión del historiador que reconstruye el pasado –aún el pasado reciente-, con el propósito militante de la prospectiva política:

“La Independencia proclamada con la ayuda de las autoridades españolas considera Martí en sus “Notas sobre Centroamérica”- , no fue más que nominal, y no conmovió a las clases populares, no alteró la esencia de esos pueblos –la pureza, la negligencia, la incuria, el fanatismo religioso, los pequeños rencores de las ciudades vecinas: solo la forma fue alterada. Un genio poderoso, un estratega, un orador, un verdadero estadista, el único quizás que haya producido la América Central, el general Morazán, quiso fortificar a esos débiles países, unir lo que los españoles habían desunido, hacer de esos cinco Estados pequeños y enfermizos una República Imponente y dichosa…

Morazán fue muerto y la unión se deshizo, demostrando una vez más que las ideas, aunque sean buenas, no se imponen ni por la fuerza de las armas, ni por la fuerza del genio. Hay que esperar que hayan penetrado en las muchedumbres”.

La historiografía contemporánea a escala latinoamericana no ha dedicado a Morazán suficiente espacio. Como era de esperar los estudios fundamentales se han realizado en Centroamérica y México. Se trata de muy serios enfoques que han logrado rescatar la documentación morazanista, reconstruir su biografía y época, y adelantar aspectos sustantivos del pensamiento político social del prócer. Pero tales resultados han sido muy esporádicos y aún reclaman de esfuerzos más sistematizadores, a partir de los retos de ciencia y conciencia que hoy tenemos los historiadores.

Desde lo que pudiéramos asumir como requerimiento de extrema izquierda a Morazán se le ha criticado que aunque “su línea tendía a desplazar a los terratenientes” no hizo planteamientos destinados a romper el latifundio feudal y por lo tanto su lucha “estuvo teñida de romanticismo” y “no estuvo de acuerdo con la realidad política”. Habría que recomendar a quienes tienen esta lectura, una evaluación más certera de la realidad histórico concreta Centroamericana en época de Morazán, y en tal caso la evaluación del horizonte ideológico y político prevaleciente. Así como realizar una reconstrucción más precisa del pensamiento del líder hondureño, de las tareas emancipadoras que se planteó y de aquellas que pudo realizar, en medio de un agudo enfrentamiento clasista.

“Morazán –afirma Adalberto Santana- fue el primer mandatario que aplicó a su gestión un pensamiento liberal en nuestra América. Este autor traza un paralelo entre Francisco Morazán y Benito Juárez y afirma que obra morazanista fue un referente fundamental para el proyecto de reforma liberal en México”. “La gesta el prócer centroamericano –subraya Santana-, tanto en sus escritos, como en su fecunda lucha, dejó el testimonio y el ejemplo de una obra revolucionaria”.

No ha faltado el intento de demeritar la obra y falsear el pensamiento de Morazán. Filánder Díaz Chávez salió al paso a las deformaciones históricas que ha intentado sustentar el profesor estadounidense W. J. Griffith, quien pretende cuestionar la honestidad administrativa y política del héroe centroamericano.

Morazán y Bolívar

Desde principios del siglo XIX surgieron y se definieron en nuestro continente, dos visiones antagónicas sobre realidad, identidad y perspectivas de nuestros pueblos, y sobre el papel que les corresponde jugar a nuestros países en el escenario mundial. Estas dos visiones antagónicas quedaron plasmadas en los proyectos de James Monroe (1758-1831), presidente estadounidense entre 1817-1825, y del Libertador venezolano Simón Bolívar.

La visión de Monroe en su conocida Doctrina, parte del desprecio hacia la capacidad y destino del hombre y la mujer latinoamericanos, y sostiene la tesis de que le corresponde a los Estados Unidos sustituir a Europa, en las relaciones de dominación sobre el continente, adjudicándose el derecho de intervenir en los asuntos de los países latinoamericanos y caribeños. Justifica y legitima una política exterior agresiva diseñada para subyugar e intervenir a nuestras naciones. Monroe instala los pilares de una relación basada en la fuerza, el engaño y el sometimiento.

La visión bolivariana, reflejada entre muchos trabajos en la Carta de Jamaica de 1815, establece que sólo mediante la unidad, la integración, la cooperación y la solidaridad, entre las naciones latinoamericanas y caribeñas, se podrá enfrenta la amenaza de dominación, tanto de la Corona española de aquel entonces, como de las ambiciones imperiales de los Estados Unidos. Bolívar establece las bases para un pensamiento patriótico y antiimperialista, de lucha por la independencia, la soberanía y la justicia. Los sueños y las luchas de Simón Bolívar, fueron compartidos por los revolucionarios centroamericanos

Centroamérica apoyó el proyecto antifictiónico y sus emisarios al Congreso de Panamá (1825) Antonio Larrazábal y Pedro Molina, habían sido instruidos por la Asamblea Constituyente de la República Federal Centroamericana, de actuar en interés de apoyar las posiciones de Bolívar y procurar la realización de un tratado de colaboración con Colombia. Precisamente esta Asamblea Nacional Constituyente tomó entre sus primeros acuerdos, el 10 de enero de 1824, que un cuadro de Simón Bolívar, presidiera sus sesiones.

Morazán nació en el territorio de Honduras, pero igual pudiera decirse que nació en Costa Rica, en El Salvador, Nicaragua, o Guatemala, cuyas banderas llevan las franjas azul y blanca que recuerdan que entre 1824 y 1839, esos colores simbolizaron la unidad de aquellos pueblos, luego de independizarse de España y del brevísimo Imperio Mexicano.

El Libertador Simón Bolívar, nació once años antes que Morazán, en una diferente ubicación geográfica e incluso crecieron en circunstancias económico- sociales y de clase diferentes, pero ambos comprendieron la necesidad de la emancipación americana, y trabajaron por la creación de una sola patria americana. Morazán es el forjador de la lucha por la autodeterminación de nuestros pueblos frente a las potencias imperialistas extranjeras, por la integridad territorial y por el derecho de los centroamericanos a construir una nación soberana e independiente.

Pionero en subrayar la dimensión histórica y notable continuidad bolivariana, de la obra de Morazán, José Martí, sintió como ningún otro patriota de su época “la sombra de Bolívar que soñó para la América del Sur una sola nación, -la sombra de Morazán incrustando en su espada triunfante las cinco repúblicas de la América del Centro….”

“Había en Morazán, a quien los centroamericanos rinden un culto semejante al que los hijos de Hispanoamérica rinden a Bolívar, algo del empuje, del poder excelso, de la fuerza mágica, del valor resplandeciente de nuestro maravilloso héroe”, afirmaba Martí.

Morazán y los hombres que se movieron a su alrededor, se caracterizaron por desquiciar las estructuras feudales centroamericanas, haciendo de la educación un instrumento principalísimo, para forjar una sociedad democrática más justa y humana. En este sentido Morazán se iguala en grandeza con Bolívar quien nunca se detuvo frente a nada para alcanzar sus objetivos libertadores.

El concepto de la unidad centroamericana, lo empalma Morazán con un sentido bolivariano de la solidaridad de los revolucionarios. La solidaridad con los mexicanos se hizo significativa en ocasión de la frustrada aventura reconquistadora de Isidro Barradas. Desde Guatemala, el general hondureño comunicó al Secretario de Estado para las Relaciones Exteriores de México, Lucas Alaman, el ofrecimiento de todos los auxilios que podía brindar Centroamérica para sostener la independencia.

Monumento a Francisco Morazán en el Parque de la Fraternidad de La Habana


La concepción internacionalista de Morazán, se manifiesta también en sus actos más íntimos. Poco antes de ser asesinado, Morazán exhumó los restos y rindió honores al Mariscal José La Mar (1778- 1830), expresidente del Perú, fallecido en Cartago unos años antes. El héroe centroamericano había contraído el compromiso durante su exilio peruano, de enviar al país andino los restos de aquel guerrero de Ayacucho.

Martí asume para su proyecto latinoamericanista y antimperialista el ideal morazanista. Frente a la propuesta imperialista de la Conferencia “panamericana” de 1889, declara: “De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”. Y para tal tarea, junto a Bolívar, el líder cubano se plantea la necesidad de: “Resucitar de la tumba de Morazán a Centroamérica”.

Fuentes

Felipe de J. Pérez Cruz. Bigrafías y vidas