Saltar a: navegación, buscar

Emilia González Echemendía

Emilia González Echemendía
Información sobre la plantilla
Doña Emilia.JPG
Virtuosa mambisa y madre cubana
NombreEmilia de la Caridad González Echemendía
Nacimiento5 de abril de 1850
Majagua, Ciego de Ávila, Bandera de Cuba Cuba
Fallecimiento20 de julio de 1929
Finca La Vega, Majagua, Ciego de Ávila, Bandera de Cuba Cuba
Causa de la muerteEnfermedad
NacionalidadCubana
CiudadaníaCubana
CónyugeJosé Eusebio Abelardo Egües Bonachea
PadresDon Juan González Gómez
Inés Echemendía Pérez
FamiliaresHermanos
Manuel, Juan, Serafina y Felicidad

Emilia González Echemendía. Una de esas mujeres que por sus virtudes merecen un lugar en la historia de Cuba. Esta humilde campesina supo crecerse ante las adversidades de la guerra y las miserias y penurias en la paz. Se ganó la admiración, el respeto y la consideración desde el simple soldado hasta el más alto oficial, como el general Máximo Gómez Báez, por sus servicios prestados en las guerras por la independencia.

Llevó una ejemplar vida y una consagración a las luchas por la independencia como jefa de un hospital de sangre mambí, forjó aun en las condiciones más difíciles una honorable familia en la manigua y en las dificultades luego del término de la guerra.

Síntesis biográfica

Nacimiento y niñez

En la finca “Ojo de Agua” del referido hato, situada al este del poblado Majagua y a ambos lados de la línea del Ferrocarril Central de Cuba, nació Emilia de la Caridad González Echemendía, el 5 de abril de 1850, hija de Don Juan González Gómez e Inés Echemendía Pérez. De este matrimonio vieron la luz sus hermanos Manuel, Juan, Serafina y Felicidad. Emilia era la cuarta.

Siendo niña le tocó vivir las limitaciones de la etapa colonial, el incipiente desarrollo económico de la zona, la incultura y ninguna instrucción, pues nunca asistió a una escuela, ni aprendió a leer, ni escribir.

Juventud

El 10 de octubre de 1868 se dio el grito de independencia en La Demajagua, iniciándose las luchas armadas contra la colonia española. En noviembre de 1868 ya operaba entre la zona de Guayacanes, los hatos Sabana del Limón y Río Grande un grupo de insurrectos.

Por esa época Emilia era una joven de 18 años y conoció a José Eusebio Abelardo Egües Bonachea, natural de “La Esperanza” Santa Clara, con quien contrajo matrimonio en la parroquia de San Eugenio de la Palma de Ciego de Ávila, el 9 de enero de 1872. Decidieron convivir con la familia en “Ojo de Agua”.

La situación se tornó difícil para el nuevo matrimonio y tuvieron que irse para el monte, pues la persecución y represión a los campesinos por las tropas españolas era constante. Muchas fueron las penurias, el hambre y las vicisitudes pasadas.

Allí en el monte nacieron sus tres primeros hijos los cuales murieron por las enfermedades, la desnutrición y la falta de medicamentos y asistencia médica. Por estas causas la joven pareja tuvo que emigrar para Morón donde vio la luz el cuarto hijo, quien falleció también por las mismas causas que las anteriores.

Emilia tuvo que sentir en los más profundo el dolor de haber perdido en corto período a sus más preciados seres queridos. Esto laceró su sentir y la convirtió en una madre tierna, pero a la vez una pujante mujer. Era muy fuerte de espíritu y de enérgica palabra. La vida le enseñó el abrirse a campo traviesa, salvar los obstáculos por difíciles que fueran, a conocer los secretos de las plantas medicinales para curar a sus hijos y a mitigar el hambre con lo que le aportara la naturaleza.

A finales de  1875 y en plena guerra retornaron a la comarca y se asentaron en lo intrincado del monte de la finca “San Antonio”, conocida por “La Vega", perteneciente al hato de Río Grande, ubicada al noroeste del municipio Majagua.

Vida revolucionaria

Amistad con Máximo Gómez

Al estar enclavada la localidad donde nació y vivió Emilia, al oeste de la trocha militar de Júcaro a Morón y pertenecer a la zona Occidental del país, jurisdicción de Sancti Spíritus, formó parte del escenario de operaciones militares desatadas durante la invasión a Las Villas.

El 6 de enero de 1875 cruzó la trocha de Júcaro a Morón, el general Máximo Gómez al mando del contingente invasor. A partir de su llegada se incrementaron las acciones mambisas.

En la espesura del monte de La Reforma, en el margen del río Grande o Majagua, asentó el general Gómez su bohío de yagua y guano y con él vino a compartir los azares de la guerra su fiel esposa Bernarda Toro Pelegrín (Manana) y su pequeña Clemencita. En este lugar nació el 11 de marzo de 1876 su hijo Francisco Gómez Toro “Panchito” . Pronto establecen relación Manana y Máximo y el matrimonio de Emilia y Abelardo . La finca “San Antonio” o “La Vega” distaba a 3 kilómetros al sur de La Reforma, también a la orilla del río Majagua.

Emilia y su esposo auxiliaron a las tropas mambisas por el conocimiento sobre las plantas medicinales y se convirtieron en colaboradores de los insurrectos mambises hasta el término de las operaciones. El general Máximo Gómez tuvo que abandonar el territorio el 14 de noviembre de 1876 desde el Hoyo de la Palma por las contradicciones de los jefes villareños con los jefes de Camagüey y Oriente, el caudillismo y el regionalismo, lo cual trajo como consecuencia el término de la guerra y la firma del Pacto del Zanjón en 1878.

Volviendo a la lucha

Luego del período de la Tregua Fecunda en que José Martí logró la unión de los cubanos para lanzarse otra vez a la lucha, se inició la Guerra de 1895, el 24 de febrero. A partir de 1878 la zona donde estaba enclavada “La Vega” pertenecía a la provincia de Puerto Príncipe (Camagüey), término municipal de Ciego de Ávila.

Desde el comienzo de la guerra el gobierno español se proponía acabar con la insurrección antes de que tomara auge y dispuso de todas las fuerzas y recursos para aniquilarla. De hecho era una necesidad de los mambises llevar la insurrección a toda la isla mediante la invasión a las provincias occidentes.

El 22 de mayo de 1895 su cuñado, el veterano mambí Justo Sánchez Peralta, su esposa Serafina González y sus hijos se alzaron desde “Paso Viejo”, hacienda de Río Grande.

Doña Emilia con su familia se refugió en el monte poco después. Su hijo Rafael, de 12 años, había salido a dar una vuelta por los alrededores de “La Vega” y una tropa española al verlo comenzó a dispararle. Este llegó jadeante y le informó de lo ocurrido. Ella, con la energía que la caracterizaba, dio la orden de inmediato de recoger lo imprescindible e irse rápido para el monte con toda la familia. En lo intrincado del monte de “Paso Viejo” asentó Doña Emilia y los suyos al campamento; construyeron la ranchería y crearon las condiciones para la siembra y la supervivencia en el monte.

Atención a los enfermos

Hospitales de sangre permanente se organizaron dos: en la Reforma, a cargo de Doña Ana Joaquina Miqueline, la madre de los Cervantes y en el otro lo dirigía Doña Emilia González Echemendía en “Paso Viejo”, allí donde ella, su esposo e hijos se habían refugiado, se convirtió su casa en un verdadero hospital permanente y se organizó la subprefectura dirigida por José Echemendía Sorí. En los montes de “Paso Viejo” se levantó una ranchería compuesta por varias familias.

En el rancho de Doña Emilia todos tenían sus funciones; Abelardo, su esposo, y otros rancheros se ocupaban del sitio de la subprefectura, arreglaban arreos de las bestias, confeccionaban zapatos. Sus hijas Petronila y Luisa eran sus auxiliares para atender a los enfermos y heridos en el hospital; Rafael, aún adolescente, funcionaba como escolta del lugar, se encargaba de buscar alimentos para los animales y confeccionar nasa para pescar jicoteas.

Muy dedicada era Doña Emilia en el cuidado de los heridos y enfermos, a quienes brindaba toda la atención y el cariño de su noble corazón, conocedora del uso de las plantas medicinales las que aplicaba eficazmente en sustitución de los deficitarios productos farmacéuticos.

El 31 de enero de 1897 fue herido de gravedad el Coronel Simón Reyes Hernández, jefe del regimiento “Castillo” y su compañero de armas Joaquín Sabina Morales; habían participado en un combate contra una fuerte columna enemiga en “Santa Inés”, punto distante a tres kilómetros de “Paso Viejo”. Ella les brindó sus auxilios hasta la llegada del médico. En dicho lugar se restablecieron Simón y Joaquín bajo los esmeros y cuidados de esta enfermera mambisa.

Se inició la brillante Campaña de La Reforma con el ataque al poblado fortificado de Arroyo Blanco el 29 de enero de 1897. El 1ro de febrero reaccionaron los españoles y enviaron una fuerte columna en auxilio a la plaza sitiada, fueron interceptados en el potrero Juan Criollo y se trabó el combate. El General Valeriano Weyler trasladó su Cuartel General hacia Sancti Spíritus y se dispuso a desarrollar la campaña contra el general Máximo Gómez. Luego ocurriría un nuevo combate en Juan Criollo, la acción de Pelayo y los días 8 y 9 de marzo de ese año se desarrolló el combate de Santa Teresa.

En esa acción las fuerzas cubanas tuvieron 5 bajas; un muerto, el corresponsal norteamericano Mr. Crosby, y cuatro heridos. Estos fueron enviados al hospital de “Paso Viejo” y quedaron bajo el cuidado de Doña Emilia el capitán Manuel Pinto, el alférez Juan Felipe González, el sargento Manuel Benítez y el asistente del General en Jefe, el intrépido Morón.

La situación de los hospitales se hacia cada vez más difícil; carecían de medicamentos suficientes; los enfermos no recibían los alimentos necesarios; el paludismo hacía estragos considerables entre los enfermos. Por todas estas vicisitudes tuvo que atravesar Doña Emilia para cumplir sus funciones como enfermera, sin embargo por su firmeza inclaudicable y su manera especial de tratar a sus pacientes tuvo siempre un servicio eficiente.

La ignominiosa y cruel política de Weyler de arrasarlo y destruirlo todo con el marcado propósito de desvalijar a los insurrectos de sus provisiones, se aplicó de forma despiadada en este territorio. La captura de mujeres y niños indefensos, pacíficos campesinos para llevarlos a reconcentrar a los pueblos, el asesinato de los colaboradores, informantes, prácticos, perfectos o soldados mambises era cotidiano ver.

A finales de 1897, Rafael, hijo de doña Emilia, se dispuso realizar su tarea habitual de buscar comida para los animales y fue sorprendido por los españoles; de pronto echó a correr velozmente, le puso una mano a la punta de una madre de cerca de jiquí y brincó con la rapidez de sus quince años. Entonces la descarga cerrada de los “rayadillos” dio contra esta, de la cual se desprendieron astillas y se adhirieron a su piel. Rafael cayó al suelo de manos y pies y siguió corriendo por el monte.

Su madre, Doña Emilia, cuando sintió los disparos expresó: “¡Mataron a Rafelito! ¡Rápido!, recojan lo imprescindible, ¡vamos!”. Y cumpliendo primero con el deber y oponiéndose al dolor de madre, evacuó el hospital de sangre y la ranchería, salvó los enfermos y heridos. Se fue a vagar por los montes, donde sufrió la intemperie, el hambre y el cansancio.

Tres días estuvo Rafael en busca de su madre y los suyos hasta que los localizó por la huella. Doña Emilia al verlo comentó: “Mira, no mataron a Rafelito” y siguió curando heridos. Los españoles al encontrar la ranchería y el hospital vacíos le dieron candela a todo y cesaron la persecució.

El hospital de sangre se pasó provisionalmente para “Ojo de Agua” del hato Río Grande, finca donde ella había nacido y continuó en ese lugar brindando sus servicios. De nuevo regresó a “Paso Viejo” con su familia y sus vecinos de la subprefectura y volvieron a levantar la ranchería y de nuevo funcionó el hospital de Doña Emilia.

El 31 de marzo de 1898 el coronel, Dr. Gustavo Pérez Abreu, médico del General en Jefe y del Cuartel General, vino a visitar unos heridos y enfermos en casa de Doña Emilia de quien emitió en su diario juicios y frases de elogio:

La casa de Doña Emilia González Echemendía en los montes de “Paso Viejo”, es un verdadero hospital permanente que ha salvado muchas vidas. “Doña Emilia” como cariñosamente la llamamos, los Jefes, Oficiales y soldados de las fuerzas, es una señora de alma muy noble a quien todos quieren por sus infinitas bondades y porque se desvive en atender personalmente a cada uno.

Era frecuente que el general Máximo Gómez pasara a visitar a los enfermos y heridos de “Paso Viejo” y a conversar con su fiel colaboradora y amiga Doña Emilia. Mucha predilección sentía el Generalísimo y los de su escolta por la más pequeña de sus hijos Juana Rita, quien recibía todo el cariño de los jefes, oficiales y soldados. Gómez en una ocasión le trajo de regalo a la niña una toalla que le habían obsequiado a él, para que ella se tapara del frío, y según este, no la usaba pues decía que los soldados en campaña no se secaban.

El 9 de abril de 1898 Máximo Gómez realizó una visita a “Paso Viejo”. De esta manera lo reflejó en su diario el brigadier Bernabé Boza Sánchez, jefe de su Estado Mayor:

Regresa el Dr. Pérez Abreu. El General en Jefe va a visitar a los heridos de la subprefectura de Echemendía y a ver a Doña Emilia. Los que en la Guerra de los Diez Años conocieron en Camagüey, y los que en esta conocen, a Rosa la bayamesa, esa negra abnegada, noble y generosa, dedicada por completo a asistir heridos y enfermos de nuestras fuerzas, ya conocen a Doña Emilia, esta blanca espirituana que nuestros soldados bendicen y cuya presencia infunde el más profundo respeto en todos nosotros.

Intervención norteamericana

Por esta etapa ya los norteamericanos habían intervenido en la guerra a lo cual atribuyeron como pretexto la explosión del acorazado Maine el 15 de febrero de 1898. Con ello el imperialismo frustraba la verdadera independencia de los cubanos que tanta sangre y sacrificio había costado. Durante el periodo de intervención de los americanos el centro de operaciones del general Máximo Gómez estuvo ubicado entre La Reforma y Majagua donde recibe las noticias al respecto. Esto posibilitó que las visitas a “Paso Viejo”, donde estaban sus antiguos amigos y conocidos, fueran más frecuentes.

A finales de 1898 Doña Emilia, su esposo e hijos volvieron a la finca “La Vega”. Comenzaron de nuevo a rehacer lo deshecho. Vendría una etapa dura y de trabajo en el campo y la lucha por la vida.

Creció la familia y las responsabilidades fueron mayores; sus hijos se casaron y se fueron independizando, pero casi todos vivían cerca de ella, del tronco principal de la familia Egües González. Empezaron a crecerle sus nietos que veían en ella a otra madre.

Al licenciarse el Ejército Libertador y entregarse la paga a los veteranos ella consideró indigno hacer reclamación, pues expresó que no había contribuido a la independencia para recibir remuneración alguna y se negó a que nadie de los suyos, su esposo e hijos, fueran a cobrar dinero.

Luto en la familia

El 14 de agosto de 1914 su corazón se llenó de luto al sufrir la pérdida de su esposo Abelardo Egües Borrachea. De esta manera su adorada hija Juana y su esposo Aquilino Echemendía Moya vinieron a vivir con ella. El dolor les volvió a unir y comenzaron a nacer los nietos que ella ayudó a criar con todo cariño y devoción.

Sólo un año había transcurrido de la defunción de su esposo y en 1915 perdió a su hijo José Claro en un accidente. Este hecho causó gran consternación en la familia y sobre todo a Doña Emilia que sufrió infinitamente su pérdida. Por una penosa y larga enfermedad murió su hija Luisa Francisca, el 24 de agosto de 1919 y de nuevo tuvo que soportar la pena de perder un hijo amado.

Fue así que sus nietos, los hijos de Juana y Aquilino y los de Luisa y Carlos, fueron criados en su casa bajo el maternal cariño de ella y su hija Juana. Para estos, que la llamaban “Mamita”, fue una madre buena, pura y bondadosa, pero recta como el machete mambí que siempre colgaba de su cintura.

Muerte

Muy enferma estuvo Doña Emilia, ya anciana en 1929, al padecer junto a los demás de la casa de Tosferina, y así y todo ayudaba a su hija Juana a auxiliar el resto de los infectados. Hasta las últimas horas de su vida estuvo luchando esta heroica mambisa que en la manigua lo dio todo por la causa y en la paz forjó con espíritu estoico su honorable familia.

Allá en los predios que la vieron luchar 79 años, dejó de existir Doña Emilia González Echemendía el 20 de julio de 1929 a las 2 a.m. en su casa de la Finca “La Vega”. Su sepelio se efectuó en el cementerio de Majagua donde descansan sus restos.

Hondo dolor y pena dejó en sus familiares, compañeros de armas y amigos su deceso. Perdía la patria una extraordinaria e incansable luchadora y sus hijos una dedicada y ejemplar madre. La vida de esta virtuosa mambisa es un ejemplo de consagración de la mujer campesina cubana a la causa noble de la independencia patria, del humanismo y de la dedicación a la formación de la familia como célula básica de la sociedad.

Ver también

Fuente

  • Guerrero Vega, Félix Jorge. LibroDoña Emilia, una heroica campesina mambisa.

Enlaces externos