Explosión del acorazado Maine

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Explosión del acorazado Maine
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El acorazado USS Maine explotó el 15 de febrero de 1898 en el puerto de La Habana (Cuba).
Fecha:15 de febrero de 1898
Lugar:La Habana
Resultado:
Muerte de 264 marineros y 2 oficiales estadounidenses
Consecuencias:
El Gobierno de Estados Unidos utilizó este suceso como pretexto para declarar la guerra contra España y terminar apropiándose de tres colonias españolas: Cuba, Puerto Rico y Filipinas.


El USS Maine fue un acorazado de segunda clase de la Armada de los Estados Unidos. Alcanzó fama mundial tras su explosión el 15 de febrero de 1898 en la bahía de La Habana.

Este suceso ―en el marco de la Guerra Necesaria (1895-1898) que los mambises estaban ganando contra el reino de España― sirvió como pretexto para que Estados Unidos declarara la guerra contra España y se terminara apropiando de las colonias españolas Cuba, Puerto Rico y Filipinas.[1]

El acorazado

Antecedentes políticos de la explosión

Luego de iniciada la Guerra necesaria (1895-1898), los cubanos comenzaron una invasión desde oriente hasta el occidente de la Isla que culminó exitosamente a inicios de 1896. La repercusión internacional de esta hazaña militar se hizo sentir en los Estados Unidos, donde gran parte de la población simpatizaba con los insurrectos de la Isla. A finales de febrero el Senado de la Unión aprueba el reconocimiento de la beligerancia cubana por solo 8 votos en contra, iniciativa que no fue aceptada por el presidente Grover Cleveland.

El 7 de diciembre de 1896 Cleveland dejó claro ante el Congreso su rechazo a reconocer la independencia o la beligerancia cubana, considerando a la República de Cuba como un gobierno en el papel; pronunciándose por darle solución a una guerra que destruía la riqueza, y centró su interés en buscar la paz mediante el establecimiento de un gobierno autónomo, al mismo tiempo que sugería la idea de comprar la Isla. Ese mismo día caía en combate uno de los principales líderes cubanos, Antonio Maceo, lo que llevó a pensar a los dirigentes españoles que el vigor combativo de las fuerzas cubanas decaería, sobre todo en las masas negras que componían el ejército mambí.

En 1897, el general Máximo Gómez escribió una carta al general Carrillo donde negaba rotundamente una posible autonomía de Cuba sin independencia, mientras que aceptaba a Estados Unidos como árbitro en el negocio de una posible compra de Cuba por parte de los cubanos, siempre y cuando la soberanía de la isla y su independencia no sufriera menoscabo.

El 26 de junio de 1897, el secretario de Estado de los Estados Unidos John Sherman, por encargo de su presidente, hizo entrega al embajador de España en Washington de una advertencia sobre el modo de hacer la guerra por Weyler que impresionaba tanto al pueblo como al gobierno. Tras la advertencia se ocultaban fuertes presiones económicas de hombres de negocios estadounidenses con grandes intereses en la Isla.

El 23 de septiembre de 1897, el embajador de los Estados Unidos en Madrid dirige una nota al gobierno español dándole un plazo para que España formalice proposiciones que pusieron término a la guerra. El 25 de noviembre de 1897, por Real Decreto, España decidió implantar en Cuba y Puerto Rico la autonomía para complacer al gobierno estadounidense, a la vez que continuaba con las acciones bélicas que intentaban desarticular al Ejército Libertador, quien rechazó la maniobra autonómica y continuó la guerra.

El 6 de diciembre de 1897 el presidente de Estados Unidos William McKinley, en su mensaje al Congreso, negó la beligerancia a Cuba y presentó a los insurrectos utilizando los mismos métodos de Weyler; al mismo tiempo reconocía al gobierno español las medidas tomadas en la Isla y consideraba aguardar algún tiempo para apreciar sus efectos, a la vez que advertía:

Si posteriormente pareciera ser un deber impuesto por nuestras obligaciones con nosotros mismos, con la civilización y con la humanidad intervenir con la fuerza, sería sin falta de nuestra parte y solo porque la necesidad de tal acción será tan clara como para merecer el apoyo y la aprobación del mundo civilizado.

Estados Unidos, utilizando los canales diplomáticos, declaró a España a inicios de 1898 que continuarían con la política trazada por McKinley en el mensaje al Congreso. Se decidió además enviar al acorazado USS Maine en «visita amistosa» al puerto de La Habana, aunque tras estas supuestas buenas intensiones se hallaba una manera de presionar al gobierno español.

El Maine partió desde Cayo Hueso (Key West), en la Florida (Estados Unidos) hacia La Habana, adonde llegó el 25 de enero de 1898. El 6 de febrero fondeó en Matanzas el crucero Montgomery. Según las declaraciones oficiales ambos navíos fondeaban en Cuba para proteger los intereses estadounidenses en la isla.

El Gobierno español, interpretando este envío como una «muestra de buena voluntad», se apresuró a devolver la visita apostando frente a la ciudad de Nueva York los cruceros acorazados Vizcaya y Oquendo.

La explosión

Restos del USS Maine en La Habana.

El día de su destrucción el Maine no debió haber estado en La Habana. Preocupado por las condiciones sanitarias de la ciudad y su puerto, y consciente de que a más tiempo de permanencia mayor era el peligro de fiebre amarilla, el secretario de Marina estadounidense quería que la tripulación del acorazado estuviese el 17 de febrero de 1898 en los carnavales de Nueva Orleans, por lo que el barco debía salir el 15 de La Habana. Por eso el Maine debía ser sustituido hasta su regreso por el torpedero Cushing. Debido a motivos inexplicables, los oficiales que transcribieron el despacho cifrado del Secretario no consignaron que el Cushing saldría de Cayo Hueso el 15. Salió en definitiva el 11. Estuvo solo un día en La Habana y el Maine no se movió de donde estaba.

El Maine había llegado a La Habana el 25 de enero de 1898, con el pretexto de realizar una «visita amistosa», aunque para todos los conocedores de la tirantez en las relaciones entre España y Estados Unidos, su presencia no era sino una más en la cadena de presiones que el Gobierno estadounidense venía ejerciendo sobre el Gobierno español, en lo que constituía, claramente, la preparación para la intervención en la Guerra necesaria (1895-1898), organizada por José Martí, que los cubanos venían sosteniendo desde 1895 contra el Reino de España.

El Maine era quizás el mayor buque de guerra que jamás hubiera entrado en el puerto habanero. Su aspecto, fondeado en el centro de la bahía, era imponente. Parecía una especie de fortaleza flotante.

Su tripulación estaba compuesta por 26 oficiales y 328 alistados. Entre estos últimos había numerosos emigrantes, aunque casi todos eran ya ciudadanos estadounidense o residentes permanentes en proceso de obtención de la ciudadanía. No es cierto, como a veces se ha afirmado, que la mayoría de los tripulantes fueran negros. Fuentes dignas de crédito y la observación de las fotografías de la tripulación muestran que las personas negras eran menos de la quinta parte. El comandante del buque era el capitán de navío Charles D. Sigsbee.

A las 9:40 de la noche del martes 15 de febrero de 1898, una explosión hundió al acorazado estadounidense Maine, fondeado en la bahía de La Habana. En el siniestro perecieron las tres cuartas partes de la tripulación.

Investigaciones posteriores determinaron que varias toneladas de pólvora habían detonado.

Al ocurrir la explosión, la mayor parte de la tripulación estaba durmiendo, o descansando, pero la alta oficialidad del acorazado estaba en tierra en ese momento.

De las 355 personas que componían la tripulación, 266 perdieron la vida como producto de la explosión, 8 de ellos, horas más tarde debido a las lesiones sufridas. De los supervivientes, 18 eran oficiales.

Después del hundimiento

Inmediatamente después del hundimiento, la prensa sensacionalista estadounidense arreció su campaña antiespañola, responsabilizando a las autoridades de Madrid y La Habana, y los círculos políticos más agresivos intensificaron sus demandas y presiones sobre el ejecutivo para que este se decidiera a intervenir en Cuba.

En términos generales, el desastre tenía dos posibles explicaciones: la destrucción del buque se había producido por accidente o por un acto premeditado. Si se trataba de un accidente, el prestigio del comandante, y por ende el de la armada estadounidense, quedaba en entredicho. Si fue un acto premeditado por tripulantes, el comandante Charles D. Sigsbee continuaba siendo responsable. Pero si el acto había sido realizado por agentes del gobierno español, o por cubanos partidarios de la intervención, la culpa era de España, responsable de la seguridad del buque, que se encontraba legalmente en puerto y, por tanto, la explosión podía convertirse en un pretexto para la intervención.

Entre el accidente y el sabotaje era posible trazar una línea divisoria: si la explosión era interna, existía la posibilidad de que se tratara de una autoprovocación, pero resultaba posible también la explicación del accidente como causa probable. De ser externa, el acto era claramente premeditado y la culpa recaía sobre España.

El New York Journal y el New York World, propiedad respectivamente de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, dieron cobertura de prensa al suceso exagerando y distorsionando la información, fabricando incluso noticias inexistentes.[2] Durante una semana tras el naufragio, el Journal dedicó como promedio ocho páginas y media de noticias, editoriales e imágenes de la explosión. Sus editores habían enviado a La Habana a un amplio número de reporteros y fotógrafos. Hearst, dueño del periódico, anunciaba:

The New York Journal ofrece una recompensa de 50 000 dólares por el apresamiento de los criminales que mataron a 258 marineros estadounidenses.[3]

Por su parte, el periódico de Pulitzer insistía constantemente en que el barco había sido bombardeado o minado, opinión que también publicó el New York Journal:

George Eugene Bryson, corresponsal especial para el La Jornada de Nueva York en La Habana, envía un telegrama diciendo que es la secreta opinión de muchos españoles en la capital cubana, es que el Maine fue destruido por medio de una mina submarina o el impacto de un torpedo.[3]

Esta campaña contó con el apoyo interesado de empresarios estadounidenses que habían invertido grandes sumas en Cuba y soñaban con desalojar a España.

En marzo el dibujante del diario The New York Journal, Frederick Remington, escribió a su jefe unas líneas desde La Habana: «Aquí no hay ninguna guerra. Pido que se me haga regresar». Hearst le telegrafió la siguiente respuesta:

Quédese allí. Usted suminístrenos unos dibujos, y yo le suministraré una guerra.[4]

Durante semanas, día tras día Hearst dedicó varias páginas de sus diarios al caso del Maine, reclamando venganza y repitiendo sin cesar:

Remember the Maine! In hell with Spain.
[‘¡Acuérdense del Maine! Al diablo España’].[4]

Todos los demás diarios siguieron el ejemplo. El New York Journal pasó de 30 000 ejemplares diarios a 400 000, y posteriormente superó regularmente el millón de ejemplares.

Estados Unidos le declara la guerra a España

El Gobierno de Estados Unidos utilizó el suceso como pretexto para declarar la guerra a España e inmiscuirse en la contienda que Cuba libraba contra el régimen colonial. Un informe sobre la explosión fue al Congreso pero casi lo engavetaron. Otro en que McKinley pedía autorización para entrar en guerra con España, prosperó en medio de una gran trifulca en el Congreso. En la comisión de relaciones exteriores del Senado se presentó un anteproyecto de resolución conjunta, en el cual se exigía la renuncia de España de su soberanía sobre Cuba y autorizaba a McKinley a emplear la fuerza para cumplir los fines planteados.

El 19 de abril de 1898 el Congreso de Estados Unidos adoptó una resolución conjunta en la que se declaró que «el pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente».

La resolución final era engañosa, aunque fue recibida por los patriotas cubanos como un reconocimiento de la lucha y sus méritos, y así la recibió también el pueblo estadounidense. El 25 de abril de 1898 fue declarada oficialmente la guerra, aunque ya desde el 22 se había establecido un bloqueo naval. El 22 de junio se produjo el primer desembarco de soldados estadounidenses al este de Santiago de Cuba, en un lugar conocido por Daiquirí, que previamente había sido liberado por fuerzas mambisas.

Reflotado y hundimiento definitivo

El USS Maine es hundido luego de ser remolcado fuera de la bahía de La Habana.

Después de su hundimiento, el Maine comenzó a acumular sedimentos alrededor de su casco, amenazando con crear un banco de arena, que entorpecería las operaciones en el puerto. Debido a las presiones del gobierno cubano para su retirada y de diversos grupos patrióticos en los Estados Unidos, el 9 de mayo de 1910 el Congreso de los Estados Unidos autorizó los fondos para retirar los restos del acorazado.

Los trabajos fueron encargados al cuerpo de ingenieros del ejército de los Estados Unidos, designándose como jefe de la tarea al mayor Harley B. Ferguson. Luego de desechar otras ideas, se decidió construir una pared metálica a modo de dique, que rodeara el barco. Este fue finalmente cortado a la mitad, sellando con un mamparo metálico estanco la parte trasera, que se encontraba en buen estado. Posteriormente se extrajo el agua de la popa del Maine por medio de bombas, y la remolcaron a un sitio profundo fuera de la bahía para hundirla nuevamente.

Estas acciones permitieron reducir el tamaño del dique a la mitad, para una vez completado, vaciar el agua y examinar nuevamente los restos del acorazado. Los cuerpos de 66 tripulantes que aún permanecían en el barco, fueron retirados y posteriormente, el Maine fue reflotado y remolcado el 16 de marzo de 1912 a cuatro millas de la costa cubana, donde fue finalmente hundido en medio de una ceremonia.

Monumentos

Los cuerpos de los marineros muertos en la explosión, que se recuperaron en febrero de 1898, fueron enterrados originalmente en el habanero Cementerio de Colón,[5] aunque posteriormente fueron trasladados hasta el Cementerio Nacional de Arlington, para recibir su sepultura final. En dicho cementerio existe un monumento a los caídos que incluye el mástil principal de la nave.

Monumento a las víctimas del Maine en La Habana.

Los marineros heridos fueron llevados a hospitales en La Habana y la Florida. Los que fallecieron, fueron enterrados en Key West. Finalmente 165 cuerpos fueron enterrados en Arlington, de los que solo se identificaron 63, siendo llevado uno de ellos exhumado para ser llevado a su ciudad natal. Nueve cuerpos nunca fueron recuperados, mientras que 19 tripulantes están enterrados en el Cementerio de Cayo Hueso, bajo una estatua conmemorativa.

En 1913, en la ciudad de Nueva York se inauguró un monumento diseñado por el arquitecto Harold Van Buren Magonigle (1867-1935).

En 1926, el Gobierno cubano erigió un monumento a las víctimas de Maine en el Malecón de La Habana, cerca del Hotel Nacional.

Diversas partes del barco están expuestas en varias ciudades de los Estados Unidos, con placas alegóricas.

Investigación del incidente

Dos días después del hundimiento, las autoridades españolas crearon una comisión de investigación que llegó a la conclusión de que la explosión había sido, con toda probabilidad, interna.[6]

Los estadounidenses habían rechazado la proposición de crear una comisión mixta y formaron la suya, presidida por el capitán de navío William T. Sampson.

Investigaciones de los españoles Del Peral y De Salas

Debido a que la petición española de formar una comisión mixta hispano-estadounidense para investigar las causas del accidente no fue aceptada, las autoridades españolas, deseosas de demostrar su inocencia y así evitar una guerra, encargaron al capitán de navío Pedro del Peral y Caballero, que presidiera una comisión española para investigar los hechos. El teniente de navío Francisco Javier de Salas y González que actuaría como secretario.

La Comisión española debió conformarse con la inspección de forma visual de los restos del Maine no sumergidos, ya que no se les permitió acceder al buque y mucho menos explorar su interior, así como a realizar un reconocimiento del fondo del puerto de La Habana y a recibir el testimonio de los testigos oculares del suceso.

Sus observaciones concluyeron en lo siguiente:

  • Si la explosión hubiese sido causada por una mina, se habría observado una columna de agua.
  • En esa fecha, el viento y las aguas estaban en calma. Por lo tanto, una mina no podría ser haber sido detonada por contacto, sino solo usando electricidad (pero no se encontró ningún cable).
  • Los almacenes de municiones por lo general no explotan cuando las minas hunden los barcos.

Las conclusiones de esta investigación, no se informaron en ese momento en la prensa estadounidense.

La Comisión Sampson (1898)

El ambiente político que se había creado en Estados Unidos no era en nada favorable a una investigación imparcial y objetiva. La prensa amarilla no cesaba de publicar artículos, declaraciones y testimonios que configuraban una atmósfera belicista.

La comisión presidida por Sampson se inclinó por explicar la destrucción del navío como resultado de dos explosiones: una pequeña, producida en el exterior, que había desencadenado una enorme, interna. El presidente McKinley, en el mensaje al Congreso que acompañaba a las conclusiones, señalaba que la verdadera cuestión era que España «ni siquiera podía garantizar la seguridad de un buque estadounidense que visitaba La Habana en misión de paz». Y pedía autoridad para terminar la guerra en Cuba, a la vez que solicitaba emplear, con esos fines, a las fuerzas militares y navales estadounidenses. El hundimiento del Maine había cumplido así una función: servir de pretexto a la intervención.

Sin tomar en cuenta el pedido del español Ramón Blanco y Erenas (capitán general de Cuba), sobre la conformación de una comisión conjunta para investigar los hechos, el Gobierno de los Estados Unidos ordenó una investigación encabezado por el capitán William T. Sampson.

El 21 de febrero de 1898 la comisión se reunió y tomó testimonio a los sobrevivientes, testigos y buzos, estos últimos, enviados para analizar los restos del naufragio. Las ofertas de ayuda profesional a la comisión no fueron aceptadas, ni siquiera los conocimientos del prestigioso profesor Charles E. Munroe, presidente de la American Chemical Society (Asociación Química Estadounidense), experto en explosivos, ni los del constructor naval Frank L. Fernald, supervisor de la construcción del Maine.

Philip R. Alger, un respetado experto en armamento naval, había declarado apenas tres días antes al Washington Evening Star que la causa más probable de la tragedia había sido el fuego en un depósito de carbón, el cual debió provocar, a su vez, la explosión de los magazines.[7] Estas palabras molestaron a varios influyentes políticos estadounidenses, entre quienes se encontraba Theodore Roosevelt, quien escribió al jefe de Alger, el contralmirante Charles O’Neil (jefe del Buró de Armamento de la Marina), tildando la declaración de antipatriótica e imponiendo su punto de vista:

Los mejores hombres del Departamento coinciden en afirmar que, sea probable o no, es ciertamente admisible que el buque haya sido volado por una mina.

Trece días antes de que la comisión concluyese definitivamente sus trabajos, primero la Cámara, y luego el Senado aprobaron una ley que concedía a la administración McKinley un presupuesto «para la defensa» de 50 millones de dólares.

La última sesión investigadora tuvo lugar el 15 de marzo de 1898, comunicándose que cuatro días después los documentos finales de la comisión llegarían a Washington escoltados por los oficiales Holman, Blandin, Blow y por el constructor naval Hoover, siendo los tres primeros, oficiales del Maine, y el segundo era el oficial de guardia del buque en el momento de la explosión. Curiosamente, ninguno de ellos estaba bajo investigación.

La comisión se inclinó por explicar la destrucción del navío como resultado de dos explosiones: una pequeña, producida en el exterior, que había desencadenado una enorme, interna. El presidente McKinley, en el mensaje al Congreso que acompañaba a las conclusiones, señalaba que la verdadera cuestión era que España «ni siquiera podía garantizar la seguridad de un buque estadounidense que visitaba La Habana en misión de paz».

Resulta curioso que tres días después de que la comisión Sampson terminara sus labores, este fuera premiado con un nombramiento como jefe de la escuadra del Atlántico Norte, el más alto cargo de mando en la marina estadounidense, y que unos días después se le designara como contralmirante en funciones, pasando para ello por encima de más de una docena de oficiales que le precedían en el escalafón.

El ataque más serio a la teoría de la explosión exterior provino de las páginas del periódico profesional británico Engineering. En ellas John T. Bucknill, experto altamente calificado en minas y sus efectos, refutó las conclusiones de la comisión Sampson, las cuales consideró absurdas.[8] Bucknill consideró como la más probable causa original del desastre, la combustión espontánea de una de las carboneras del buque, hecho frecuente en las naves de la época, opinión que coincidía con la manifestada por Alger varios días antes.

Comisión Vreeland de 1910

En noviembre de 1910 se creó en Estados Unidos la Comisión Vreeland, dirigida por el contralmirante Charles E. Vreeland. En este caso, se aprovecharon las obras de reflotamiento del buque para acceder a él e indagar con más cuidado. Una de las causas del reflotamiento fue la petición por parte del gobierno de Cuba de que sus restos fueran retirados del puerto de La Habana, antes de que dificultaran la navegación en esa área.

Los restos fueron examinados con mayor detalle que en 1898 por los integrantes de la junta, muchos de ellos, calificados ingenieros.

Las conclusiones de la Comisión se entregaron al presidente William Howard Taf, el 14 de diciembre de 1911 y coincidieron con las de la comisión anterior, con la excepción de que se consideraba que la explosión inicial fue motivada por un explosivo de baja potencia. [9]

Después de la investigación, los cuerpos que aún se encontraban entre los restos del barco fueron rescatados y enterrados en el Cementerio Nacional de Arlington. Los restos del Maine fueron reflotados y hundidos en el mar, en medio de una ceremonia, el 16 de marzo de 1912.

Los restos del Maine en el Puerto de La Habana.

La investigación y el libro de Rickover

En 1976 ve la luz una monografía considerada desde entonces por muchos, como la más exhaustiva y prestigiosa de todas las que se han dedicado al tema del hundimiento del USS Maine. El almirante Hyman G. Rickover se había comenzado a interesar en el tema en 1974, comenzando una investigación privada.

Utilizando informaciones de las investigaciones oficiales anteriores, periódicos, documentos personales, datos sobre la construcción del barco y su armamento, llegó a la conclusión de que la explosión no fue causada por una mina.

En su libro, How the Battleship Maine was destroyed (Cómo fue destruido el acorazado Maine), comienza por calificar a 1898 como «punto de inflexión en la historia de los Estados Unidos»,[10] y termina por afirmar que

[...] un estudio sobre la destrucción del Maine arrojará nueva luz sobre los hombres y las instituciones que pelearon en la guerra contra España y dejaron un legado que continúa influyendo sobre nuestra nación.[10]

Rickover señala algunos puntos obviados en otras investigaciones:[9]

  • Desde el momento de su propia construcción, el buque afrontó dilaciones y dificultades que jamás fueron suficientemente explicadas y que habrían conspirado contra sus cualidades y su idoneidad como nave de combate.
  • La designación del capitán Charles D. Sigsbee como comandante del Maine es difícil de explicar, de acuerdo a su récord personal, antecedentes y preparación.
  • Theodore Roosevelt había sido nombrado subsecretario de la Marina directamente por el presidente McKinley, no por el secretario John D. Long. Aunque Rickover apenas lo deje entrever, el verdadero poder de decisión y la capacidad de desarrollar acciones encubiertas en la Secretaría de Marina descansaba en manos de un hombre persuadido de la necesidad de iniciar una guerra imperialista contra España, a cualquier precio.
  • Roosevelt estaba muy familiarizado con el peligro derivado de la costumbre de almacenar el carbón en los buques de guerra cerca de las municiones, tanto, que en 1897 había pedido a Long la creación de una junta para investigar los diferentes tipos de carbón existentes y las causas de su combustión espontánea.
  • Roosevelt tenía preparada desde septiembre de 1897, una estrategia que había presentado al presidente para los pasos a seguir en caso de guerra con España, los escenarios bélicos que se escogerían para las acciones y el carácter de estas.

Investigación de la revista National Geographic en 1998

En febrero de 1998 la revista National Geographic publicó un artículo de Thomas B. Allen, en el que exponían los resultados de una investigación que habían encargado a la Advanced Marine Enterprises (AME), entidad que acomete estudios de diseño de los buques de guerra estadounidenses. Utilizando modelos computarizados, los ingenieros de dicha empresa usaron la información recopilada por la junta de 1911, y llegaron a la conclusión de que las averías detectadas en el buque pudieran haber sido causadas tanto por una explosión interna como por una externa.

El autor del artículo decidió tomar partido por la posibilidad de que la causa haya sido externa. Los españoles con sentimientos antiestadounidenses quedaban exonerados por los argumentos de Bucknill y de George Melville primero y de Rickover después. Según esta hipótesis, entonces los cubanos partidarios de la intervención, quedaban como presuntos autores.

Algunos expertos no estuvieron de acuerdo con la hipótesis de una mina externa, incluido el equipo del Almirante Rickover y varios analistas en AME.

Suicidio de un oficial

El contralmirante estadounidense George W. Melville, jefe de la Oficina de Maquinaria de Vapor, opinó que el Maine había sufrido un accidente. Junto a esta, proliferaron otras teorías. Uno de los oficiales sobrevivientes, el ayudante de máquinas, John R. Morris, se suicidó unos años después. Sus allegados dijeron que no había podido soportar los remordimientos por saber que la explosión era debida a una falla provocada en los circuitos eléctricos y no a una mina española.[11]

Investigación de History Channel

En 2002, The History Channel lanzó un episodio de la serie documental Historias sin resolver, titulado «La muerte del USS Maine». En el mismo, reputados expertos navales analizan documentos y otras informaciones del archivo para intentar determinar la causa de la explosión. Los especialistas llegaron a la conclusión de que un incendio en los depósitos de carbón fue la causa de la explosión. A ello se unió una debilidad o brecha identificada en el tabique que separa las carboneras que permitió al fuego extenderse hasta las municiones.

Hipótesis sobre autoagresión

A lo largo de la historia se ha sugerido que el hundimiento del Maine fue una autoagresión llevada a cabo por el gobierno de los Estados Unidos.

  • El destacado historiador cubano Eliades Acosta Matos, exdirector de la Biblioteca Nacional José Martí, ofreció en 1998 una entrevista a The New York Times en la que considera que el gobierno estadounidense provocó la explosión para tener una justificación que le permitiera intervenir en el conflicto. En la entrevista, declaró:
    Hubo estadounidenses que murieron por la libertad de Cuba, y esto debe ser reconocido. Sin embargo, otros querían anexarse a Cuba, y debe ser criticado.[12]
  • Mijaíl Jazin (Moscú, 1962), un economista ruso, publicista y presidente de la firma consultora Neokon, ofreció en 2008 una entrevista al diario Komsomolskaya Pravda, sobre cómo los tiempos difíciles hacen cambiar la psicología de la sociedad, uniéndola. Como ejemplo señaló:
Los estadounidenses volaron su propio acorazado Maine.

Declaraciones de los sobrevivientes

En otra ocasión varios sobrevivientes declararon que en el buque se fumaba en lugares prohibidos, en las cubiertas inferiores. Tampoco faltaron versiones que culpaban a los seguidores del general Valeriano Weyler, gobernador y capitán general español de Cuba, que había sido sustituido recientemente. El cónsul estadounidense en Matanzas declaró que había tenido noticias, dos días antes de la explosión, de un complot para volar el buque y que lo comunicó de inmediato al cónsul en La Habana, Fitzhugh Lee. Este último recibía cada día numerosos anónimos y amenazas y consideró que este era uno más.

A principios de diciembre de 1910 el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos comenzó los trabajos para remover los restos del Maine. Estos trabajos fueron aprovechados para formar una junta de investigaciones cuyas conclusiones fueron muy similares a las de su predecesora.

En 1976 se publicó el libro Cómo fue destruido el acorazado Maine, del almirante estadounidense Hyman G. Rickover, cuyo equipo de expertos sometió a estudios la información obtenida en 1911 y llegó a la conclusión de que la explosión fue interna, planteando varias posibilidades de inicio: incendio en una carbonera, sabotaje, accidente con armas, bomba colocada por un visitante. De ellas consideraba como la más probable la primera, aunque no descartaba las otras.

Estudios realizados sobre el hecho

Durante más de veinte años se consideró la explicación de Rickover como un reconocimiento oficial de que la causa de la explosión era interna y de que, por lo tanto, ni España, ni mucho menos los cubanos, habían tenido nada que ver. Pero en 1998 la revista estadounidense National Geographic Magazine publicó un artículo de Thomas B. Allen, que expone los resultados de un estudio realizado por una empresa dedicada al diseño de buques de guerra para la marina estadounidense. Utilizando modelos computarizados, los ingenieros de dicha empresa, partiendo de la información recopilada por la junta de 1911, llegaron a la conclusión de que las averías detectadas en el buque pudieran haber sido causadas tanto por una explosión interna como por una externa.

Allen tomó decidido partido por la posibilidad de que la causa haya sido externa. Este proceder aleja la posibilidad de responsabilidad de los estadounidenses, colocándolos en el papel de víctimas. A partir de ello, se resucitaron viejas versiones que culpan a españoles fanáticamente antiestadounidenses o a cubanos partidarios de la intervención estadounidense en Cuba. Respecto a los primeros, los argumentos de Bucknill y de George W. Melville primero y de Rickover después, los exoneran. Quedan pues los cubanos como presuntos autores.

Análisis histórico

Un análisis histórico objetivo refuta completamente la hipótesis de la culpa cubana.

  • En primer lugar, el objetivo de la lucha de los cubanos era la independencia de España, no la intervención estadounidense, que en la práctica significaba un mero cambio de dueño.
  • En segundo lugar, el análisis de la historia de Estados Unidos, España y Cuba revela que el terrorismo nunca fue método de lucha de los independentistas cubanos.
  • Tercero, no resulta lógico minar un buque de guerra de un país presuntamente aliado.
  • Cuarto, en caso de que los cubanos hubieran intentado el hecho, estos hubieran tenido que vencer una gran cantidad de dificultades prácticas, que van desde el dominio de la técnica de construcción de minas y la de contar con medios de conducción adecuados o con nadadores o buzos muy bien entrenados, hasta la de mantener el más absoluto secreto y enmascaramiento, para no ser detectados ni por las autoridades españolas ni por la vigilancia del propio buque.
  • Quinto, de haber sido cubanos los autores, conociendo el fraccionamiento político que tuvo la causa independentista después de la intervención, y teniendo en cuenta que un complot de tal naturaleza necesitaba de los esfuerzos coordinados de un grupo de personas, ¿es de esperar que ninguno de los comprometidos cometiera alguna indiscreción?

Razonando así, arribamos a la conclusión de que la hipótesis de la explosión externa, aunque posible en teoría, tenía muy pocas posibilidades de realización práctica.

Queda pues, la posibilidad de la explosión interna, la cual pudo ser accidental o provocada. La primera variante fue estudiada por el almirante Rickover. La segunda no puede descartarse, dado el interés que los círculos imperialistas más agresivos tenían en precipitar el país a la guerra.

En todo caso, cualquiera que haya sido el origen de la explosión, lo que ha dado trascendencia histórica al suceso del Maine ha sido la manipulación de que fue objeto a fin de convertirlo en un pretexto para la intervención en la guerra de independencia cubana contra el Reino de España.

Análisis del capitán Charles D. Sigsbee

El Maine entrando a la bahía de La Habana.

En poco tiempo, el capitán Charles Dwight Sigsbee (1845-1923) tuvo listo un prolijo informe, que concluyó el 8 de febrero de 1898. Sus criterios, tomados de alrededor de 200 visitantes, casi en su totalidad cubanos y españoles, resultaban muy curiosos. Su punto de vista postulaba que tanto derecho tenían a la isla los españoles como los cubanos, y la culpa de los sufrimientos de la población a causa de la guerra desatada, la habían tenido primero los mambises al paralizar la zafra y su depredación de las plantaciones, y más tarde las autoridades españolas al establecer la reconcentración.

Reconocía el marino yanqui que no podía trazar vaticinios sobre lo que sucedería en el futuro, porque se volvía difícil para un estadounidense predecir el funcionamiento de una mente española, pero pensaba que no resultaba improbable que, como último recurso, España, dada su situación financiera, accediese a vender la isla a Estados Unidos, pues eso le proporcionaría una buena perspectiva a los residentes españoles; incluso era más que posible que la «clase educada» de los cubanos estuviese de acuerdo fácilmente con esa política. Si la anexión se plantease en Estados Unidos, esto podría constituir un fuerte argumento para que España declarara que se retiraba de la isla con honor, al asegurar a los españoles en Cuba el beneficio del buen gobierno de Estados Unidos. Estimaba que ese argumento no hubiese prevalecido tiempo atrás, pero la situación insular se estaba abocando a una crisis, y nadie podría responder qué seguiría después del fracaso de la autonomía.

Evidentemente, el capitán Sigsbee, quien se manifestaba en pro de la anexión, debía dedicarse más a las cartas náuticas y, sobre todo, al cuidado de su buque, que a los análisis políticos y sus pronósticos. Si muchos de los datos de que disponía eran ciertos, sus conclusiones resultaban en general desafortunadas y contradictorias. Entre otras cosas, parecía haber olvidado contrastarlos con la realidad y desconocer que los cubanos formaban casi el 90 por ciento de la población. Cómo, si no, no haber llegado a la conclusión de que aquel pueblo, al cual también calificó de poco resistente, que, sin embargo, en las llamas de la contienda ya había perdido una cifra pavorosa de sus integrantes, pudiera continuar la lucha de la forma obstinada, increíble casi, en que lo hacía.

Para un observador menos prejuiciado, esto solo podía decir que estaba poseído de una potente voluntad y un convencimiento total en la causa que seguía. Solo una consideración más: el capitán del Maine hablaba de forma incoherente al establecer una división entre población cubana e insurgentes, como si estos últimos no fuesen parte de ese mismo pueblo o procedieran de otro planeta.

Parecía un mal sempiterno de los analistas estadounidenses sobre Cuba, confundir los puntos de vista del pueblo cubano con los de aquel sector de la isla que expresase lo que ellos querían escuchar.

En medio de la inquietud cada vez mayor de las autoridades españolas, porque parecía que el anidamiento del buque en la bahía habanera iba a eternizarse, se producía el decurso de las horas y los días. A principios de febrero, el embuste empleado para justificar la presencia del navío empezó a resultar insostenible. «La gente tiene la impresión de que la visita del Maine no tiene propósitos amistosos», escribió el cónsul Fitzhugh Lee al subsecretario de Estado, William R. Day, el 2 de febrero de 1898, y todavía agregó su opinión de que antes de hacerse pública la noticia de una acción en dirección a la intervención, otro buque de guerra debía añadirse al Maine.

Todavía, en aquel mes de febrero de 1898, se reiteró la falacia de los motivos esgrimidos para justificar la presencia del buque en la rada habanera. En una nueva comunicación, esta de Day a Lee, el subsecretario informó al cónsul la preocupación de la Secretaría de Marina por la ya próxima virulencia que adquiriría la endemia de fiebre amarilla. Day inquiría si, en esas condiciones, debía mantenerse un barco en el puerto habanero y, en caso de reemplazo, qué clase de buque debía enviarse. Como se comprueba, la decisión no consistía en si podían retirar libremente la nave que estaba junto a la boya número 4, sino consultar si un navío de Estados Unidos debía mantenerse de manera permanente en las aguas de la capital cubana.

La respuesta del cónsul fue rotunda. Se habían vuelto rehenes de su propia decisión de enviar un buque a La Habana; por eso precisó:

El barco ―o varios barcos― deben mantenerse aquí todo el tiempo ahora. No debemos renunciar a posición de control pacífico de la situación, o condiciones serían peores que si nunca se hubiera enviado un barco.
Fitzhugh Lee, cónsul

Fuentes