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Aborígenes de Cuba

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Aborígenes cubanos
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Concepto:En Cuba había tres grupos principales de aborígenes: los guanatahabeyes, los siboneyes y los taínos.
Los primeros aborígenes en Cuba, realizando dibujos en las cuevas.

Aborígenes de la isla de Cuba. Los historiadores estiman que a la llegada de Cristóbal Colón a Cuba, la isla estuvo habitada por unos 300 000 aborígenes. Eran pacíficos y amistosos, y estaban agrupados en tres grupos principales: los guanatahabeyes y siboneyes (no ceramistas) y los taínos (ceramistas).

El clima noble, la variada flora con abundantes alimentos naturales desde frutas hasta tubérculos que aún hoy forman parte de la dieta de los cubanos como el boniato y la yuca y la inexistencia de animales peligrosos, favorecían de manera especial la vida de los pobladores originales del archipiélago. Entonces sólo los huracanes –cuyo paso desde luego era imposible de pronosticar- constituían una amenaza a la vida, pero aún frente a ellos existía el amparo protector de las cuevas.

Aunque la cultura aborigen fue prácticamente exterminada, se reconoce aún su presencia en comidas típicamente criollas, como el ajiaco, un cocido de carnes, tubérculos y vegetales; y el casabe, una especie de torta de yuca. Su lengua se mantiene aún para denominar lugares de la ciudad de La Habana, como Uyanó (en la actualidad Luyanó), nombre con el cual se designa un arroyo y un barrio habanero; Guasabacoa, nombre de una de las ensenadas de la bahía habanera; y Guanabacoa, territorio que en la lengua aborigen significa poblado entre colinas y manantiales, y en donde quedan muy pocos de sus descendientes mezclados con otras culturas posteriores.

Guanatahabeyes

Indios Guanatahabeyes

Pertenecieron a la fase menos avanzada de las culturas aborígenes cubanas y se les considera los más primitivos pobladores del país. Aunque estuvieron muy extendidos, al momento de arribar los primeros europeos a Cuba se hallaban confinados al extremo oeste de la isla, en la zona del Cabo de San Antonio.

Las referencias históricas describen que utilizaban las cuevas y abrigos rocosos similares como refugio, y que se alimentaban de pescados y moluscos marinos, así como de algunas frutas que recolectaban.

En una carta de Diego Velázquez del día 18 de abril de 1515, se afirma:

Las viviendas de estos guanahatabibes es a manera de salvajes, porque no tienen casa, ni asientos, ni pueblos, ni labranzas, ni comen otra cosa sino las carnes por los montes y tortugas y pescado.

La gubia de concha – su principal instrumento- y vasijas, martillos, picos e incluso adornillos de caracoles han sido encontrados en los residuarios guanatahabeyes de Cuba, y en menor cuantía cuchillos de pedernal y otros aperos de piedras que se supone utilizaran para machacar y preparar carnes y algunas comidas.

Siboneyes

Indios siboneyes

Más avanzados que los guanatahabeyes, los siboneyes lograron formas simétricas y un mayor acabado de sus distintos instrumentos.

En la mayoría de los casos los obtenían a partir de conchas o piedras para construir morteros, percutidores, majaderos, cucharas e instrumentos de corte.

Alrededor del año 1500 se localizaban en lo fundamental al norte de la actual provincia de Villa Clara y en los cayos del norte conocidos como Jardines del Rey. También habitaban toda la franja costera sur de la región centro-este hasta el Golfo de Guacanayabo, y el archipiélago Jardines de la Reina, fundamentalmente dedicados a la pesca. Sin embargo, desde el punto de vista arqueológico los estudiosos les atribuyen una presencia casi generalizada por todo el país.

Taínos

Al igual que sus parientes los siboneyes – a quienes según los cronistas de la época tenían subyugados- los taínos provenían de la vecina isla La Española, que hoy comparten la República Dominicana y Haití. Localizados fundamentalmente en el centro y oriente de Cuba, los taínos fomentaron la agricultura y la alfarería, en las que lograron un alto nivel de desarrollo. Sus poblados comunales estructurados por caneyes y bohíos, indistintamente, eran pequeños pero bien organizados y el cacique era la máxima autoridad.

Las labores se distribuían en beneficio de todos, y así, mientras los hombres salían a cazar y pescar, para lo cual ya contaban con redes tejidas de algodón y anzuelos de espinas, las mujeres contribuían de manera decisiva a las siembras, la atención de los cultivos y las cosechas. También les estaban encomendada la producción alfarera, de finalidad utilitaria fundamentalmente cazuelas, burenes y otros, que utilizaban para cocinar los alimentos.

Se sabe que cultivaban el ají, el maní, el boniato, la yuca, de la cual producían el casabe –una torta de este tubérculo parecida al pan que todavía hoy se come en Camagüey y la zona oriental del país para acompañar las carnes-; el algodón, que utilizaban para hacer sus hamacas y redes y, además, el maíz y el tabaco, el cual consumían de preferencia asociado a distintas ceremonias.

En sus yacimientos se han encontrado gran cantidad de instrumentos de piedra como morteros, martillos y hachas, así como ídolos de distinta naturaleza lítica pero de gran belleza y perfección, y unas piezas de maderas preciosas tipo banquetas llamadas dujo que utilizaban los caciques para sentarse.

Desarrollaron además la cestería y la cordelería. Por su ubicación el este del país los taínos fueron los que más vinculados estuvieron a los duros procesos de conquista y colonización.

Con el inicio de los repartimientos y encomiendas en 1514, fueron sometidos a esfuerzos extraordinarios en labores de explotación, constructivas y agrícolas. El trabajo forzado, las matanzas de escarmiento, los suicidios masivos para salvarse de la crueldad con que algunos conquistadores emprendieron su misión, los éxodos a islas y cayos en los alrededores, y asimismo algunas epidemias de enfermedades atípicas hasta entonces, diezmaron considerablemente la población aborigen, cuyos únicos descendientes actuales en Cuba se encuentran en zonas intrincadas de Guantánamo próximas a Yateras.

La historia recoge enfrentamientos organizados contra los españoles y los nombres de los caciques Hatuey y Guamá, como los primeros rebeldes cubanos.

Cementerios aborígenes

Los cementerios aborígenes son sin duda alguna de muchísimo interés para la Arqueología, de ahí que el estudio de los mismos permita profundizar grandemente en el mejor conocimiento de los primeros pobladores que habitaron el área, sacando a la luz nuevos descubrimientos a cerca de distintos aspectos somáticos y patológicos, así como de sus costumbres funerarias y de las características físico-antropológicas de sus primeros pobladores, cosa esta de la cual en un inicio existía poca información.

En la isla, con el avance de los trabajos de campo realizados durante muchos años, se han venido estudiando algunos sitios de este tipo reportados con anterioridad, y se han descubierto otros. Se conocen en la actualidad varios cementerios aborígenes entre los cuales se encuentran: El Chorro de Maita (en Holguín),[1] la Cueva de la Santa (en Ciudad de La Habana), la Cueva del Perico 1 (en Pinar del Río), el sitio Canimar Abajo (en Matanzas), la Cueva Calero y finalmente los sitios habaneros Marien 2 y Bacuranao.

En las excavaciones arqueológicas realizadas en estos dos últimos cementerios aborígenes, participaron integrantes del Grupo Espeleológico Guamuhaya junto a miembros de otros grupos y a experimentados arqueólogos del Centro de Antropología perteneciente al Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) del país.

Sitio Bacuranao

En agosto de 1997 se realizó la Quinta Campaña de Excavación Arqueológica en este sitio, ubicado en la Cueva del Infierno, municipio habanero de San José de las Lajas. En dicha ocasión fueron encontrados los restos de cuatro individuos. Los entierros correspondieron a dos adultos y dos niños, uno de los cuales, un menor de corta edad, fue extraído en bloque para ser expuesto en el museo de la localidad.

Esta excavación fue continuadora de la realizada en el 1995, la cual culminó con el descubrimiento de un gran cementerio aborigen del cual se extrajeron 54 osamentas completas. En esa ocasión el hallazgo incluyó huesos de 66 personas, 57 de ellas menores de cuatro años de edad, tratándose de comunidades preagroalfareras con tradición mesolítica que poblaron la zona, con una economía de apropiación.

La Cueva del Infierno no solo fue usada por comunidades de este grado de desarrollo solamente para enterrar a sus muertos, sino también como lugar de habitación según los resultados de la última campaña, en la que se detectó la presencia de tres grandes fogones que fueron utilizados para la cocción de alimentos. Por otra parte, otros grupos gentilicios de mayor desarrollo hicieron uso también, al parecer con otros fines, de esta cueva pues está reportada además como paradero de caza de grupos agroalfareros con tradición neolítica, habiéndose hallado en su interior numerosos fragmentos de vasijas de cerámica.

Sitio Marien 2

Desde la década del 50 se conoce de la existencia del sitio que se conoce por Marien 2 debido a los trabajos de campo del Grupo Guamá de aquel entonces y también de los trabajos realizados por el fallecido arqueólogo cubano Ernesto Tabío. El sitio Marien 2 se encuentra ubicado muy cerca de la Bahía de Mariel, en el interior de una cueva.

En el año 1992 se realizó la primera campaña de excavación arqueológica de este sitio, del cual se exhumaron restos de 50 individuos, de ellos 11 adultos, 2 subadultos y 37 niños. Se extrajeron algunos entierros primarios y otros secundarios y según palabras del Dr. Gabino La Rosa, jefe de la excavación, se pudo comprobar una relación muy interesante en las prácticas sepulcrales y es que prácticamente todos los adultos estaban acompañados por niños, lo cual amplió la visión de los aspectos sociales y culturales que tenían esto grupos.

En marzo de 1998 se realizó la segunda campaña de excavación en este sitio y en esta ocasión se trabajó en 10 entierros, la mayoría niños, se logró comprobar que en la cueva existe un área bien definida y delimitada a la izquierda que fue usada para entierros, en tanto que el área de la derecha fue sitio de habitación y en este fue hallado un inmenso fogón con abundante restos de la dieta de estos grupos que recolectaban, cazaban y pescaban. Habían restos de peces, de bivalvos, conchas de moluscos, jutías, etc.

En esta ocasión se ratifica la presencia de ofrendas en los entierros, consistentes en valvas de Isognomus alatus, y uno de los entierros (en la foto) tenía una gran cigua cerca del cráneo. También en cuanto a las costumbres funerarias, se van acumulando pruebas suficientes obtenidas de este y de otros cementerios aborígenes estudiados, que permiten negar la fabulación generalizada en Cuba en los años 1940 y 1950, de los entierros con la cabeza orientada al este. Se hallaron entierros con gran diferencia en la orientación de los cuerpos sin hallar una repetición absoluta, en esta foto se observa por la flecha que indica el norte que no está orientado exactamente este-oeste y además que la cabeza no está hacia el este sino al oeste.

Toda la tierra extraida se pasó por un tamiz para evitar la perdida de pequeños huesos de falanges u otras posibles evidencias de pequeñas dimensiones. Gracias al tamizado al instante es que en ocasiones se detecta, por la presencia de una pequeña evidencia, la proximidad de un entierro, aún cuando el excavador no lo ha notado, permitiendo a partir de ese instante, ser aún más meticulosos y precisos en el trabajo.

Sitios arqueológicos aborígenes de Guanajay

Guanajay es un municipio muy antiguo, su fundación data de 1650, según el historiador Luis Manuel Núñez y se dice que fue fundada por los españoles sobre un asentamiento aborigen. El propio topónimo Guanajay es un término aborigen, lo cual le da más veracidad a la afirmación anterior. Pero no siempre este poblado llevó ese nombre, según las viejas crónicas antiguamente se llamó Guamuhaya, topónimo igualmente aborigen.

A partir del año 1990 hasta 1995 se realizó en toda la isla el Censo Arqueológico Nacional por parte del Centro de Antropología del CITMA (Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio ambiente). Cada provincia tuvo un especialista al frente de dicho censo y Provincia La Habana fue dirigida por el Dr. Gabino La Rosa Corso, conocido arqueólogo cubano que ha trabajado tanto la Arqueología Aborigen como la Colonial, quien atendió directamente además del municipio, los municipios Caimito y Mariel que comparten sus fronteras con Guanajay.

Luego de la visita en 1991 a la localidad por parte del Dr. Gabino La Rosa, se descartó todo reporte antiguo de sitio, al no encontrarse en el recorrido de inspección, ninguna evidencia material consistente. A partir de este momento, interesados por revelar los secretos de la historia guanajayense, los miembros del Grupo Guamuhaya comenzaron con las prospecciones arqueológicas en Guanajay, partiendo del mapa topográfico de la localidad y siguiendo los posibles patrones de asentamiento, dada las características del terreno que fuesen apropiadas para tal fin, preferiblemente lugares con una fuente de agua cercana y en áreas poco afectadas por crecidas de ríos o arroyos. Se hicieron varias prospecciones del terreno en diferentes áreas sin hallar evidencias de superficie, hasta que a mediados de 1992 luego de muchas búsquedas, comenzaron los primeros descubrimientos.

Gracias a la orientación metodológica y el asesoramiento recibido por parte del Doctor Gabino, en 1994 realizamos el primer reporte de sitio arqueológico y a partir de entonces el grupo pasó a llamarse Grupo EspeleoArqueológico hasta enero del 2001 en que volvió a la antigua denominación de Grupo Espeleológico, ya que las actividades puramente arqueológicas no están incluidas dentro del objeto social de la Sociedad Espeleológica de Cuba. En lo sucesivo el grupo se ha dedicado solamente a la visita, preservación y protección de los sitios descubiertos y reportados por el colectivo.

Así es que, hasta la fecha son tres los sitios arqueológicos aborígenes hallados y reportados por parte del GEG, cuyas evidencias han sido analizadas en el Centro de Antropología del CITMA. De ellos dos sitios a cielo abierto, ambos asentamientos aborígenes (Guanajay 2 y Jobo), y uno en cueva que es un campamento de caza (Guanajay 1).

El asentamiento aborigen Guanajay 2 presenta un gran taller de silex y se trata de un sitio Preagroalfarero con tradición mesolítca (mesolítico medio) o sea una comunidad gentilicia con una economía de apropiación. Igual filiación le han dado los especialistas al sitio Guanajay 1, en tanto que el sitio Jobo se trata de un Protoagroalfarero (mesolítico tardío), una comunidad que trabajaba la agricultura y tenía una alfarería incipiente. Este sitio constituye hasta el presente el Protoagroalfarero más occidental del país, siendo el más próximo de su tipo el sitio Banes 2 en el vecino municipio Caimito.

Asentamiento aborigen más antiguo de Cuba

Farallones de Seboruco

Una inapreciable reliquia histórica para el conocimiento humano resulta el sitio arqueológico los Farallones de Seboruco, el lugar más arcaico del asentamiento aborigen del archipiélago cubano, localizado en el municipio de Mayarí, de la oriental provincia de Holguín, un lugar de extraordinario valor científico y cultural que integra esencialmente el patrimonio cultural del pueblo cubano.[2]

Su descubrimiento, por el doctor Antonio Núñez Jiménez, investigador ya fallecido, data del 1939. El hallazgo reveló la cultura más antigua de Cuba, la cual se remonta aproximadamente a seis mil años atrás. Los primeros habitantes de nuestra Isla, pertenecían al grupo protoarcaico, el cual no conocía el uso de la agricultura ni la cerámica e ignoraban el pulimento de las piedras, pero, sabían el secreto de la talla en madera.[2]

Sus utensilios para el trabajo consistían en cuchillos, destrales, majadores y otros instrumentos hechos de rocas sílex lasqueadas, piezas largas y filosas que empleaban en sus tareas de subsistencia y los ubican en la etapa preagroalfarera, ya que ésta se divide en tres fases denominada: temprana, media y tardía, la primera de ellas corresponden a los residuarios de Levisa y Seboruco que se caracterizan por la industria de las lascas y puntas de sílex.[2]

La economía de dichos grupos protoarcaicos indocubanos, primeros habitantes de Cuba, dependendía de la caza, la pesca y la recolección por lo que sus comunidades generalmente eran nómadas. En los Farallones de Seboruco, hoy Monumento Nacional, fueron encontradas algunas evidencias de madera tallada que supone su función estaba dedicada a actividades rituales de acuerdo con su estructura, ya que semejan cetros. Según las investigaciones, los grupos aborígenes protoarcaicos se guarecían en cuevas para las prácticas necrológicas. Los enterramientos los hacían con algún desarrollo ritual; los cadáveres los sepultaban, situándoles objetos líticos al lado a manera de ofrendas funerarias.[2]

Seboruco está conformado por varias cuevas donde aparecieron por primera vez pictografías en la zona oriental, las que se conservan aún en buen estado y se pueden apreciar dibujos en blanco y negro con estilo más bien abstracto y trazos lineales muy simple que muestran el arte rupestre de nuestra cultura prehistórica, considerada la más antigua manifestación artística hecha en nuestro país.[2]

Otras excavaciones llevadas a cabo el 18 de mayo de 1979, encabezada por Núñez Jiménez, acompañado por José A. Viciedo y Carlos Betancourt, hicieron nuevos aportes de mayor valor para continuar esclareciendo la antigua cultura aborigen. A una profundidad de 0,30 metros fueron descubiertos huesos y otras piezas arqueológicas que revelaron parte de su dieta alimentaria. Para sorpresa de los investigadores fue encontrado un esqueleto que a pesar del deterioro por el tiempo, pudo reconstruirse su posición acuclillada y se estima perteneciera a una persona de 13 años de edad del sexo femenino.[2]

Los Farallones de Seboruco representan un alto significado arqueológico. Aquí se han encontrado los sitios Seboruco III, IV, V, VI y VII, los que rodean el farallón y son las únicas zonas que parecen hayan sido habitadas hasta el momento, y además, por ser muy homogéneas pertenecen al grupo protoarcaico, el más antiguo de nuestra historia aborigen. Farallones de Seboruco es conocido internacionalmente por constituir un lugar clásico y típico para la investigación en el área antillana y muy especialmente para nuestro país. Posee un conclave básico en el entorno geobiológico y tiene también una relevancia cultural apreciable e indiscutible para las generaciones futuras y el desarrollo de las investigaciones que a allí se efectúan y que todavía no han concluido.[2]

Etapas

Etapa preagroalfarera (6000 a. n. e. hasta 1500 n. e.)

Se incluye en ella a todos los grupos aborígenes cubanos que no practicaban la agricultura ni utilizaban la cerámica. Es decir, sus actividades económicas se reducían a la recolección de frutas, tubérculos, raíces silvestres, y también moluscos terrestres y marinos. Practicaban la pesca fluvial y marítima, así como la caza menor. En su fase más temprana es posible que algunos grupos practicasen la caza de animales de tamaño apreciable, sobrevivientes últimos de la extinguida fauna terrestre pleistocénica, así como de algunos grandes mamíferos marinos.

Fase temprana (6000 a. n. e. - 1000 a. n. e.)

Los aborígenes cubanos más antiguos están incluidos en esta fase. Algunos arqueólogos cubanos los denominan «protoarcaicos». Estos grupos aborígenes muy antiguos han sido descubiertos en esta última década y, por lo tanto, el conocimiento que tenemos de ellos no es muy amplio todavía.

En excavaciones realizadas en 1973 por arqueólogos de la Academia de Ciencias, asesorados por el doctor J. Kozlowski, de la Universidad de Cracovia, en el sitio Levisa I, descubierto por nosotros en el año 1964, en un abrigo rocoso de los farallones del Río Levisa -a poca distancia, al Sur, de las minas de Nicaro, provincia de Holguín- se encontraron en la capa más profunda de la excavación instrumentos de piedra tallada (es decir, hechos de piedras muy duras: sílex, chert, calcedonia, que al ser golpeados por el hombre con otra piedra producen lascas cortantes) entre los que figuraban grandes cuchillos, raspadores, buriles, etcétera.

Se debe señalar que este conjunto de artefactos de piedra no corresponde en forma alguna con el ajuar de los grupos aboríge-nes cubanos conocidos por nosotros hasta entonces. En esa capa más profunda se encontraron algunos fragmentos de carbón vegetal provenientes de muy antiguos fogones, los que, al ser sometidos al análisis radiocarbónico (C-14) en un laboratorio de física nuclear, arrojaron un fechado de cinco mil ciento cuarenta años de antigüedad. Calibrado este fechado por métodos todavía más precisos nos dio una fecha muy próxima a los seis mil años de antigüedad.

Estos instrumentos consisten en grandes lascas, láminas y puntas, así como grandes núcleos de piedra.

Con respecto a la llegada a Cuba de estos primitivos hombres, es muy interesante señalar que, de acuerdo con estudios nuestros realizados en 1979, por esa época el nivel del mar se encontraba a unos veinte metros por debajo del nivel actual, por lo que la configuración de las costas de algunas islas antillanas, especialmente las Bahamas y Cuba, era bastante diferente de lo que vemos en los mapas geográficos actuales, pero seguían siendo islas separadas unas de otras. La geología nos indica que la unión de las islas antillanas con las áreas continentales se produjo hace muchos millones de años; por otra parte, actualmente los cálculos más audaces de los especialistas en cuanto a la presencia del hombre en América no van más allá de los cincuenta mil años. Luego, estos primeros amerindios tuvieron forzosamente que llegar a las Antillas, inclusive a Cuba, por vía de la navegación, aunque fuera en su forma más rudimentaria.

A pesar de que se ha investigado y discutido mucho sobre el origen de esos antiguos aborígenes cubanos y sobre las rutas que siguieron para llegar a nuestras costas, esto es algo que no sabemos con certeza todavía. Sin embargo, se señalan tres, rutas potenciales: (a) del Sudeste de Estados Unidos hacia las Bahamas y de allí hasta Cuba (b) desde el Nordeste de la costa de Nicaragua, a través de una serie de islas e islotes que emergían entonces en el Mar Caribe, hasta Jamaica y de allí a Cuba, y (c) desde la costa Nordeste de Venezuela a las Antillas Menores, y después hacia las Antillas Mayores hasta llegar finalmente a Cuba. Las futuras investigaciones seguramente aclararán este interesante problema que afrontamos en la actualidad.

Otro sitio arqueológico que también corresponde a esta fase temprana (o Protoarcaica) de la etapa Preagroalfarera es el de los Farallones de Seboruco. Está situado a cinco kilómetros al Sursudeste de la población de Mayarí, en la provincia de Holguín.

En 1943, el doctor Antonio Núñez Jiménez descubrió este sitio e hizo algunas excavaciones. En los años 1960 y 1970. arqueólogos de nuestra Academia de Ciencias lo exploraron y excavaron en diversas oportunidades. Ahora, por su importancia, nos vamos a referir concretamente a las excavaciones realizadas por ellos en 1978. Este trabajo aportó valiosos datos relativos a algunos aspectos de la cultura de estos primitivos indocubanos, así como del medio ecológico, incluyendo al geológico. En el material colectado allí, aparecen artefactos de piedra tallada que son los de mayor tamaño y de tipo más primitivo encontrados en nuestro país hasta esa fecha. Por la literatura arqueológica publicada hasta ahora sobre las Antillas o la América Central, no se conocen artefactos de piedra similares. Estos instrumentos consisten en grandes lascas, láminas y puntas, así como grandes núcleos de piedra (de donde sacaban los anteriores instrumentos) poco explotados.

Se pudo advertir la existencia de varias etapas de desarrollo en la técnica de fabricación de herramientas de piedra tallada. Un resultado importante fue descubrir la fuente de aprovisionamiento de sílex de donde los primitivos hombres que habitaron el sitio de Seboruco obtenían la materia prima para elaborar las herramientas de piedra con que cazaban y trabajaban la madera.

Uno de los problemas que quedaron planteados, entre los resultados de esa excavación -en relación con la caza-, fue la presencia de las grandes puntas de piedra tallada y su posible implicación con el antiguo medio correspondiente a este yacimiento arqueológico, ya que en ese período (seis mil años o más) existían grandes mamíferos marinos en la costa, las llamadas «focas tropicales» (Monachus tropicalis) y, en la desembocadura de los ríos, el manatí (Trichecizus manatus).

También en esa época pudo haber grandes mamíferos terrestres en el interior del país, como últimos representantes de la fauna pleistocénica; tal es el caso de los grandes perezosos (Megalocnus rodens) cuyos restos óseos se han encontrado con cierta frecuencia, pero cuya asociación con evidencias humanas parece todavía dudosa.

Lamentablemente, en ninguna de las expediciones al sitio Seboruco se ha podido obtener muestras para poder fechar por medio del radiocarbono (T-14) este interesantísimo sitio. No obstante, algunos investigadores estiman que la antigüedad de Seboruco, sobre todo la de la época más temprana, puede ser bastante superior a los seis mil o siete mil años. Para ello se basan fundamentalmente en la tipología de las grandes herramientas de piedra tallada que aparecido allí.

Fase media (2000 a. n. e. hasta 1000 n. e.)

Pertenece a esta fase de la etapa Preagroalfarera el grupo cultural aborigen denominado Ciboney-Guayabo Blanco. Estos aborígenes no fueron conocidos; directa ni indirectamente, por los conquistadores españoles. El grupo lleva ese nombre porque sus primeras manifestaciones aparecieron en 1913, en el sitio de ese nombre, que está localizado en la Ciénaga Oriental de Zapata, al Nordeste de la Bahía de Cochinos, costa Sur de la provincia de Matanzas.

Los aborígenes que corresponden a esta fase media Preagroalfarera, en lo que respecta a sus actividades económicas, eran recolectores de frutos y raíces silvestres así como de moluscos marinos y terrestres; practicaban la pesca y la caza menor (por ejemplo, de las jutías). Sus sitios de habitación se manifiestan por las evidencias de amontonamientos de basura, que fluctúan en magnitud desde residuarios super-ficiales y pequeños hasta grandes montículos que llegan a tener hasta varias decenas de metros de diámetro y dos o tres metros de altura. Las evidencias de estos primitivos hombres las encontramos por toda la Isla, casi siempre en sitios costeros. En ocasiones habitaban en cuevas y abrigos rocosos, pero también lo hacían al aire libre.

Son abundantes sus herramientas hechas de la concha de grandes moluscos marinos, como las gubias, que utilizaban para trabajar la madera.

Un caso típico de habitación, al aire libre, de aborígenes de esta fase media Preagroalfarera, nos lo brinda el gran residuario ubicado frente a la Cueva Funche, Península de Guanahacabibes, en el extremo occidental de la provincia de Pinar del Río. En 1966, arqueólogos de la Academia de Ciencias de Cuba, realizaron allí amplias y detalladas excavaciones.

Tenía este depósito de basura aborigen unos cuarenta y seis metros en su eje este-oeste y cuarenta y dos metros en su eje norte-sur, siendo su altura máxima de uno y medio metros. Como resultado de estos trabajos se recolectaron muchas evidencias constituidas por una gran cantidad de artefactos de piedra y de concha de moluscos marinos de gran tamaño, todos de tosca factura. Entre los primeros se destacan los percutores o martillos y los majaderos, que servían para triturar semillas; entre las segundas, las gubias y 'vasijas. No se encontraron herramientas de piedra tallada.

El examen de los restos de comida mostró una gran cantidad de huesos de diferentes especies de jutías, muchos carapachos de cangrejos y abundantes conchas de moluscos marinos de diferentes tamaños. Las muestras orgánicas colectadas en ese sitio fueron analizadas por medio del carbón radiactivo (C-14), las cuales dieron fechados de una antigüedad que varía entre los cuatro mil y dos mil años.

Sobre las prácticas funerarias realizadas por los aborígenes del grupo Ciboney-Guayabo Blanco, típicos de esta fase media Preagroalfarera, tenemos abundante información de diferentes sitios; pero, a guisa de ejemplo, diremos que arqueólogos de nuestra Academia de Ciencias excavaron durante los años 1971 y 1972 la importante cueva funeraria conocida por el nombre de El Perico I, situada en las cercanías de Bahía Honda, provincia de Pinar del Río. Allí exhumaron unos cincuenta y un entierros de aborígenes Ciboney-Guayabo Blanco. De ese total, cuarenta eran de carácter primario, es decir, habían sido enterrados directamente en el suelo sin tocar para nada después los restos de los individuos; once eran de carácter secundario, es decir, el muerto había sido enterrado, pero posteriormente los aborígenes lo habían desenterrado. Hicieron como una especie de paquete con el cráneo y los huesos largos, y así lo habían vuelto a enterrar.

Los restos humanos excavados correspondían a treinta y tres niños y dieciocho adultos. No se observó que los entierros estuviesen orientados en relación con algún punto geográfico dado. Los entierros primarios aparecían en las capas medias y tardías; los secundarios, en las capas tempranas (o más antiguas) y estaban muy cubiertos de polvo rojo obtenido del mineral conocido por hematita, hecho partículas y bien triturado.

Todos los cráneos colectados allí no presentaban deformación artificial, rasgo cultural de todos los aborígenes preagroalfareros y protoagrícolas de Cuba.

Fase tardía (100 a. n. e. - 1500 a. n. e.)

A esta fase tardía Preagroalfarera corresponde el grupo aborigen Ciboney-Cayo Redondo. Este grupo cultural se denomina así porque, en 1941, se hizo la primera excavación sistemática de un sitio de este complejo cultural en el cayuelo Cayo Redondo, ubicado junto a la costa cenagosa y de manglares muy cerca de La Fe, en la Bahía de Guadiana, parte Norte de la Península de Guanahacabibes, provincia de Pinar del Río.

Los aborígenes que corresponden a esta fase tardía Preagroalfarera, en lo que respecta a sus actividades económicas, eran recolectores de frutos, raíces y tubérculos silvestres, así como de moluscos marinos y terrestres; practicaban la pesca y la caza menor de jutías y aves. Estos hombres habitaron por todo nuestro territorio desde el 100 a. n. e. hasta la llegada de los españoles; no obstante, es probable que algunos grupos siguieran viviendo hasta el siglo XVII en lugares apartados y remotos de nuestro archipiélago. De acuerdo con los cronistas, tuvieron muy poco contacto con los conquistadores. Sus restos aparecen generalmente ubicados en sitios costeros y cenagosos.

Las principales zonas de Cuba donde se encuentran sus residuarios son la costa Sur de las provincias de Camagüey y Las Tunas, así como las áreas aledañas a la desembocadura del Río Cauto, en la provincia Granma. En todas estas áreas las evidencias dejadas por esos indocubanos son muy abundantes.

Las herramientas utilizadas por estos hombres, de acuerdo con las evidencias obtenidas por los arqueólogos, están formadas, en primer lugar, por instrumentos de piedra tales como majaderos y morteros, utilizados para moler y triturar granos y semillas de plantas silvestres. Algunos de estos artefactos presentan simetría bilateral y buen acabado superficial. También hacen buen uso de los instrumentos de piedra tallada, empleando el sílex, tales como cuchillos y raspadores. Son abundantes las herramientas hechas de la concha de grandes moluscos marinos, como las gubias, que utilizaban para trabajar la madera. Es notable el empleo que hace este grupo de los colorantes minerales; por ejemplo, de la hematita y la limonita, con los que obtenían polvos de color rojo y amarillo respectivamente.

Las prácticas funerarias de este grupo humano eran, en algunos casos, mucho más complejas que las de los aborígenes correspondientes a las fases temprana y media de la etapa Preagroalfarera; un ejemplo de esto lo tenemos en los resultados de la excavación hecha en 1941 por el doctor R. Herrera Fritot en la cueva funeraria de Los Niños, en Cayo Salinas, Bahía de Buenavista o Caguanes, provincia de Sancti Spíritus, en la costa Norte. Allí se encontró un interesante entierro colectivo de trece niños, que fluctuaban en edad desde uno hasta diez años. Sobre esto nos dice el doctor Herrera: «Con cada esqueleto colocaron una bola lítica, cuyo tamaño guarda relación con la edad del individuo».

Los entierros estaban dispuestos en forma más o menos circular, teniendo como centro el de un niño, al parecer más importante, pues presentaba como ofrendas dos "dagas" de piedra y también una bola de piedra, la más pulida de todas. Estas "dagas" y bolas de piedra parecen estar estrechamente relacionadas con los entierros de los aborígenes de esta fase tardía Preagroalfarera. Los cráneos de estos hombres, al igual que los de las fases temprana y media de esta etapa Preagroalfarera, no están deformados.

Etapa protoagrícola (100 a. n. e. a 1000 n. e.)

Los conocimientos que tenemos de los aborígenes que corresponden a esta etapa no son muy amplios, pues se han comenzado a estudiar en los últimos diez años. Podemos decir que esta etapa es transicional entre las etapas Preagroalfarera y Agroalfarera; en ella quedan enmarcadas algunas comunidades aborígenes cubanas que generalmente presentan un ajuar que se corresponde con la fase tardía de la etapa Preagroalfarera, es decir, similar al del Ciboney-Cayo Redondo, pero con evidencias ya de un limitado uso de las vasijas hechas de cerámica, casi siempre pequeñas y simples, digamos, con muy pocas decoraciones, si es que las tienen.

En ese ajuar nunca aparece el "burén": torta de cerámica utilizada por los aborígenes agroalfareros para asar el pan de casabe hecho de la yuca y que, para los arqueólogos, es un indicativo indirecto de la agricultura de este tubérculo, ya bien desarrollada. Otras evidencias características de esta etapa Protoagrícola, sobre todo en sus fases temprana y media, es la abundancia de pequeñas herramientas de pie dra tallada: cuchillos, raspadores, buriles, etcétera, a cuyo conjunto los especialistas denominan "microlítico".

En 1964 se localiza un sitio: el abrigo rocoso de Arroyo del Palo, muy próximo a Mayarí, provincia de Holguín, en que se presentaba un. ajuar típico del Ciboney-Cayo Redondo que, como sabemos, corresponde a la fase tardía de la etapa Preagroalfarera, pero con una presencia muy abundante de restos de vasijas de cerámica, a veces muy decoradas pero sólo por medio de simples incisiones; cerámica muy diferente a la que se ve en la etapa Agroalfarera de Cuba. A pesar de que en este sitio colectamos muchos fragmentos de vasijas de cerámica, no apareció ni un solo fragmento de burén. Igual ocurrió en otros sitios de la provincia de Holguín: Mejías y Santa Rosalía I. En aquella época pensamos que estos restos correspondían a una nueva cultura aborigen de Cuba: la que denominamos "Mayarí". Sin embargo, hoy creemos que, en realidad, lo que habíamos descubierto era más bien una manifestación de la fase tardía de la etapa Protoagrícola.

Estudios hechos en la década del setenta por el arqueólogo Ramón Dacal, de la Universidad de La Habana, en los sitios Canímar y Playitas, cercanos a la Bahía de Matanzas, así como en Aguas Verdes, en la costa Norte de la provincia de Guantánamo, nos dan lo que parecen ser las manifestaciones más tempranas de la etapa Protoagrícola.

Estos aborígenes parecen haber habitado por toda la Isla, mostrando cierta preferencia por los sitios próximos a la costa en su fase temprana, y también tierra adentro en la fase tardía. La duración de la etapa Protoagrícola de Cuba es de poco más de un milenio, desde aproximadamente el año 100 a. n. e. hasta el 1000 n. e.; como se ve, traspasa en el tiempo y el desarrollo económico a las clásicas manifestaciones preagroalfareras tardías y las más tempranas de las agroalfareras. Los cráneos de estos hombres no son deformados.

Etapa Agroalfarera (800-1500)

En esta corta etapa, pues abarca sólo setecientos años, están incluidas todas aquellas comunidades aborígenes cubanas cuya economía de subsistencia se basaba principalmente en la agricultura de raíces, tubérculos y granos; pero entre esos cultivos predominaba el de la yuca y, algo menos, el del boniato. También practicaban la recolección, la pesca y la caza menor. Corresponde esta etapa a los aborígenes más estudiados y mejor conocidos de Cuba.

Los sistemas de agricultura que practicaban los agroalfareros de esta Isla, al igual que los de las demás Antillas Mayores, eran dos: el de roza, el más extendido entre ellos, que era el más antiguo y menos eficiente, y el de montones, el más reciente y más eficiente, El cultivo de roza consistía en despejar ciertas áreas de los bosques, talando los árboles, limpiando los arbustos y terminando la limpieza del terreno por medio del fuego. Para talar los árboles utilizaban las hachas de piedra pulida. Después removían con un palo aguzado (la coa) el terreno así obtenido y allí plantaban sus cultivos. Al cabo de dos o tres años, por agotamiento de los suelos, necesitaban nuevos terrenos y tenían que repetir las operaciones ya indicadas en áreas contiguas del bosque virgen. Este sistema lo emplearon desde su llegada a Cuba, hacia el siglo VIII.

El cultivo de montones, al parecer, se comenzó a utilizar por el siglo xi. Para esto se requería un terreno llano y despejado de la vegetación natural. Con las coas removían el terreno y levantaban pequeños montículos de tierra suelta, que tenían dos o tres metros de diámetro, formando hileras, y separados unos de otros por unos pocos metros. En esos pequeños montículos sembraban los tubérculos de yuca o los bejucos de boniato. Este sistema de cultivo daba cosechas, por unidad de área, mucho mayores que por el sistema de roza.

Pero a pesar de la mayor eficiencia del cultivo de montones, los aborígenes siguieron empleando el cultivo de roza, por ejemplo, en las laderas de los cerros, porque las fuertes lluvias, en esas condiciones, arrastraban los sembrados de montones Los aborígenes de la etapa Agroalfarera utilizaban profusamente la cerámica ya bien desarrollada, principalmente en forma de vasijas, que utilizaban para cocer sus alimentos y conservar el agua, así como de burenes, que servían para tostar el pan de casabe que hacían de la yuca rallada.

Los arqueólogos han denominado a estos indocubanos agricultores y ceramistas "subtaínos" y "tainos", atendiendo al mayor o menor grado del desarrollo socioeconómico alcanzado por esas comunidades, así como por ciertas características que presentan sus ajuares, principalmente en los rasgos decorativos de la cerámica.

"... pero entre esos cultivos predomina el de la yuca y algo menos el del boniato; también practicaban la recolección, la pesca y la caza menor."

Tanto los subtaínos como los taínos corresponden a la gran familia aborigen sudamericana llamada "aruaca". Los cronistas de Indias, principalmente el padre Las Casas y Gonzalo Fernández de Oviedo, nos han legado valiosas informaciones sobre estas comunidades primitivas antillanas; pero esos trabajos versan, casi exclusivamente, sobre los grupos aruacos, agricultores y ceramistas, que vivían en la isla La Española, Los comentarios enfocan, como es natural, la situación existente en esa área en la época del descubrimiento y en los primeros años de la conquista.

Por otra parte, los trabajos arqueológicos realizados a partir del siglo pasado, pero sobre todo los efectuados en las últimas décadas de este siglo xx, nos suministran datos cada vez más precisos sobre estas comunidades primitivas. Así sabemos que la introducción de la cerámica y de la agricultura en las Antillas tuvo lugar en los comienzos de nuestra era, es decir, hace unos das mi. años. Indígenas del grupo arúaco, con un nivel de desarrollo agrícola y ceramista bastante alta, partieron en esa época de la Península de Paria (en la costa Nordeste de Venezuela) y comenzaron a emigrar hacia las Antillas Menores, llegaron a Puerto Rico por el año 150 n. e., desde donde se extendieron gradualmente por las Antillas Mayores y las Bahamas, durante un período de varios siglos.

La llegada de los primeros grupos subtaínos a Cuba se remonta a una antigüedad mucho mayor de lo que se creía hasta hace algunos años. Fechados radiocarbónicos (C-14) obtenidos en 1963 por arqueólogos de la Academia de Ciencias de Cuba, en un residuario del área de Banes, provincia de Holguín, sirvieron de base para hacer estimados que nos permiten indicar que el arribo de estos aborígenes a nuestro país debe de haber tenido lugar por el siglo VIII.

En un proceso de muchos años, los aborígenes agricultores y ceramistas se fueron asentando en la parte oriental y central de Cuba, después de su llegada desde La Española; especialmente lo hicieron en el área de la actual provincia de Holguín, donde alcanzaron su máximo desarrollo demográfico.

Los testimonios materiales del grupo subtaína, muy abundantes, han sido colectados por los arqueólogos en las provincias de Guantánamo, Holguín, Santiago de Cuba y Gramna; en diversas localidades de las de Camagüey y Ciego de Ávila; y en algunos sitios de Cienfuegos, Sancti Spíritus y Villa Clara, y muy pocos en la de Matanzas. Estos materiales han sido recogidos de residuarios que, por su magnitud, indican que se trataba de verdaderos asientos de poblados. En cambio, en las provincias de La Habana y Pinar del Río sólo se han obtenido, hasta ahora, restos de poblados pequeños o evidencias aisladas. En la Isla de la Juventud sólo se ha encontrado algún que otro objeto aislado correspondiente a estos grupos indocubanos. El estudio de los sitios de habitación de estos aborígenes agroalfareros, hecho por los arqueólogos, indica que generalmente eran pequeños poblados con las casas dispuestas alrededor de un área central despejada, que ellos denominaban "batey", y que era empleada para sus ceremonias y para el juego de pelota llamado "batos".

Aunque algunos poblados se hicieron junto a la costa, la mayoría aparecen tierra adentro, pero no muy alejados del mar. Su habitación en cuevas parece haber sido esporádica, pero éstas se usaron principalmente para depositar a sus muertos o como sitios en que tenían lugar ciertas ceremonias religiosas. Las viviendas de los aborígenes agroalfareros, según los cronistas, tenían un cuerpo cilíndrico y techo cónico; las paredes estaban formadas con cañas y los techos cubiertos de hojas de palma; estas casas eran llamadas "caneyes" par los indocubanos. Ellos también las hacían de forma rectangular, muy similares a los bohíos de nuestros campesinos; pero esta forma no era muy frecuente. Hacían también cobertizos con palos y techumbres de hojas de palma, que utilizaban, entre otras cosas, para proteger las canoas.

Se puede apreciar, por los testimonios materiales encontrados en los sitios de habitación de estos aborígenes agroalfareros, que su ajuar era muy abundante y variado. En ellos se localiza gran cantidad de fragmentos de artefactos de cerámica, piedra, concha y hueso. Sabemos que empleaban la madera para hacer diversos objetos, entre los que se destacan las canoas; eran hábiles cesteros y dominaban las técnicas textiles; sobre éstas los españoles nos hablan de la confección de hamacas que hacían con hilos de algodón, además de otras cosas utilitarias. Como hemos dicho, las evidencias cerámicas son muy abundantes, predominando los restos de vasijas de diversos tamaños y formas, algunas muy decoradas, que utilizaban para cocer sus alimentos y guardar agua. En la mayoría de los casos, las técnicas de decoración se realizaban por medio de incisiones o aplicaciones.

Estas técnicas no incluyen el uso de pinturas. Otros artefactos de cerámica muy frecuentes son los burenes, que consisten en unos discos de barro cocido, con un diámetro que varía entre treinta y sesenta centímetros y de un grosor de uno y medio a cuatro centímetros. La superficie superior del disco era pulida, sobre la que depositaban la masa de yuca rallada de donde salía la torta de casabe después de horneada.

Los instrumentos de piedra son numerosos y variados. Entre ellos destacaremos las hachas de piedra pulida, denominadas "hachas petaloides". Como ya dijimos, este instrumento era fundamental para la preparación de sus campos de cultivo, pero podía también servir para la guerra. Algunas, muy bien terminadas, deben de haberse utilizado para fines ceremoniales. Éstas alcanzan un alto grado de valor estético.

Los percutores o martillos de piedra son abundantes. La mayoría de estos instrumentos consiste en piedras o guijarros muy duros, usados en su estado natural; aunque hay algunos que presentan formas geométricas: cúbicas, discoidales y rectangulares. Eran empleados para golpes o triturar.

Tanto los morteros como los majaderos de piedra aparecen en forma ocasional; estos últimos pueden ser de forma acampanada o cilíndrica, y de diversos tamaños. También aparecen en el ajuar agroalfarero, en forma no muy abundante, amuletos o adornos muy bellas. Entre ellos se destacan los denominados "idolillos de piedra", en forma de entes antropomórficos o antropozoomórficos, es decir, con rasgos humanos y de animales. Casi siempre se trata de una figura humana en posición acuclillada, con los brazos adosados a los costados y las manos sobre el vientre.

Los órganos genitales masculinos se muestran en forma muy conspicua. Estos idolillos presentan una taladradura transversal, a la altura de los hombros, que debe de haber servido para suspenderlos. El material de piedra empleado es; por regla general, 1a cuarcita y la jadeíta, aunque se han encontrado algunos hechos de la concha de grandes moluscos marinos o de hueso de animales, como el manatí.

Examinando las evidencias de desechos de comida en los residuarios agroalfareros, sólo encontramos restos de alimentos de origen animal, que varían de acuerdo con muchos factores, tales como la proximidad o no a la costa del sitio de habitación, la abundancia o escasez de determinada especie faúnica, etcétera. Pero, en general, encontramos huesos de jutía, manatí, aves, pescado, tortugas y otros reptiles, así como conchas de moluscos, tanto terrestres como marinos; también carapachos de cangrejos y otros crustáceos.

La evidencia indirecta de la alimentación vegetal, nos la proporciona la presencia abundante, casi siempre, de fragmentos de burenes de cerámica, que para los arqueólogos es indicativo de la agricultura de la yuca.

Aunque el material óseo humano recogido en los sitios agroalfareros, tanto subtaíno como taíno, no puede considerarse como muy abundante, nuestros antropólogos físicos consideran que todos sus cráneos aparecen con deformación artificial frontoccipital, del tipo clasificado como tabular oblicuo. Esta práctica cultural de la deformación craneana sólo aparece en Cuba asociada a los aborígenes de la etapa Agroalfarera. Los demás amerindios cubanos presentan cráneos normales, esto es, no deformados.[3]

Credos religiosos

Antes de la conquista y colonización de Cuba, la población aborigen no tenía un grado de desarrollo semejante al de otras culturas precolombinas, como los mayas, los aztecas o los incas. Los indígenas de Cuba no edificaron grandes templos ni ciudades. Los más avanzados, los taínos, construyeron comunidades denominadas bateyes, con viviendas que llamaron bohíos, caneyes y barbacoas. Se dedicaban a la agricultura y a la pesca, y eran alfareros. Poseían sus propios credos religiosos rudimentarios, pero que son difíciles de conocer debido a que no quedaron huellas estudiables.

Una de las más curiosas manifestaciones era la propia mitología indígena, particularmente la taína, que distaba mucho de las complejas manifestaciones de las culturas de mesoamérica. La mitología taína se basaba fundamentalmente en el Sol, la Luna, el origen del sexo femenino y el diluvio. Algunas creencias sugerían que el Sol, la Luna y el hombre habían surgido de las cuevas o grutas, tal vez porque la mayor ía de sus antepasados no crearon asentamientos, y tenían en las cuevas su refugio seguro contra la intemperie. Sus credos religiosos eran elementales y consistían en una combinación de animismo, el cemiísmo, el chamanismo o behiquismo; el culto a los antepasados y el totemismo o residuos totémicos. [4]

Animismo

Era la creencia, según la cual los objetos inanimados poseían vida terrenal o extraterrenal o estaban dotados de ciertos poderes mágicos.

Cemiísmo

Era una creencia un poco más compleja, según la cual el cemí constituía un poder sobrenatural, misterioso y enigmático, una verdadera deidad, que controlaba los destinos de los humanos y de la naturaleza en sus más diversas manifestaciones. Los especialistas consideran que la mitología aborigen estaba integrada por más de 30 personajes, de ellos unos 15 dioses o deidades, y más de 20 semidioses.

Según algunos especialistas, entre las deidades se destacaban Atabex, diosa madre del ser supremo y diosa de la fertilidad; Boynay, dios de la lluvia; Maidabó, dios de la sequía; Taiguabó, el espíritu del agua; Baibrama o Mabuya, dios maligno y una de las voces para definir el mal; y otros semidioses, como Opía, una especie de espíritu que servía de intermediario con algunos dioses.

Chamanismo o behiquismo

Era la creencia en los poderes mágicos de los behíques, es decir, los brujos o sacerdotes. Éstos estaban dotados de poderes para conversar con los muertos y adivinar el porvenir. Supuestamente, en diferentes ceremonias religiosas, como la cohobao cojoba, los behíques mantenían comunicación con el otro mundo.

La cohoba consistía en absorber polvo de tabaco por un tubo en forma de Y, así como otros jugos y cocimientos de hierbas, después de un ayuno que pod ía durar varios días y hasta semanas. Lo practicabaprimero el cacique y después todos los presentes, sentados en un respetuoso silencio. Cuando todos estaban embriagados o en éxtasis, el behíque respondía a las preguntas que se le hacían sobre el pasado, el presente y el futuro, las dolencias o enfermedades, el nacimiento de hijos y otras inquietudes. Además de sus poderes mágicos, los behíques combinaban estas facultades con las de curanderos o médicos, que ayunaban junto a sus pacientes y tomaban los mismos cocimientos de hierbas o purgantes. Si los pacientes morían, tenían que soportar de algún modo la furia de los parientes de los fallecidos.

Culto a los antepasados

Provenía de la creencia de que los muertos, después de adquirir este estado especial, regresaban al mundo como espíritus, y no solo hacían acto de presencia, sino que ayudaban o maldecían a los familiares vivos. Cada grupo familiar tenía el suyo y los representaban en ídolos con figura humana, símbolos mágicos, amuletos y otros objetos consagrados.

Aunque los pobladores precolombinos o prehispá-nicos cubanos no construyeron templos propiamente dichos, practicaban ceremonias festivas y religiosas a la que llamaban areítos.

Éstos eran las fiestas por excelencia de los taínos. Aglomerados en el batey o centro del poblado, bailaban y cantaban al son de tambores durante largas horas, bajo la dirección de un maestro de ceremonia denominado tequina, el cual marcaba tanto el paso como el compás, y dictaba el tema que repetía el coro. En estas ceremonias religiosas se recitaban las genealogías de los diferentes caciques y sus más famosas obras, los recuerdos de los buenos y malos tiempos pasados, y otros temas de interés para la transmisión de los conocimientos de forma oral de la generación mayor a las generaciones más jóvenes. Los cronistas de la conquista han señalado que los aborígenes eran buenos bailadores. Cantaban al unísono y mientras centenares de participantes danzaban y narraban historias el resto mantenía el compás del baile y los cantos, y muy pocos se equivocaban. Estos credos y manifestaciones culturales preferentemente taínos fueron asimilados por los siboneyes, una comunidad aborigen anterior, aunque menos desarrollada.

Totemismo o residuos totémicos

Era la manifestaci ón de un sistema de creencias, según las cuales existía una especie de parentesco sobrenatural entre un individuo —o incluso parte o la totalidad de una tribu de aborígenes— y un tótem. Estos tótems, por lo general, eran figuras de diversas especies de animales, y en la minoría de los casos algunas plantas y objetos minerales, que se consideraban como emblemas protectores del individuo o la tribu, y en ocasiones como su antepasado o progenitor. Se asegura que, en ciertos casos, existían tótems de tipo especial para caciques y behíques; algunos específicos para cada uno de los sexos y otros comunes para todos los miembros de una tribu.

También resultan interesantes las expresiones de las ceremonias aborígenes y sus costumbres funerarias, consideradas sagradas. Los funerales indígenas, como es natural, diferían mucho de las formas ulteriores introducidas por la conquista y la colonizaci ón. Incluso, los de las culturas siboney y arauaco (taínos y subtaínos), diferían entre sí. Los más conocidos —por los hallazgos y evidencias— son los enterramientos taínos. En la mayoría de los casos, éstos daban sepultura a los fallecidos en una especie de cementerios fuera de los poblados. Los cadáveres, por lo general, eran colocados de bruces o con las piernas recogidas, y en los alrededores se situaban algunos objetos que fuesen de utilidad en la otra vida, sobre todo por la ya mencionada creencia de que los fallecidos regresaban en forma de espíritus para proteger a las familias.

Las enfermedades exóticas traídas por los conquistadores y el rudo trabajo esclavo hicieron que en menos de medio siglo casi fuese extinguida la población autóctona de Cuba, calculada en unos 300 mil habitantes, y de ellos —según ha sido estimado— solo quedaran alrededor de unos 4 mil. [5]

La fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana se realizó en territorios del antiguo cacique aborigen Habaguanex. Aunque no abundan restos de estas comunidades aborígenes, se han hallado evidencias de la existencia indígena en diferentes zonas del territorio de lo que en la actualidad es la ciudad de La Habana. Ha habido hallazgos en los alrededores del río Santa Ana; en las cercanías de la playa Santa Fe; en el litoral oeste de la ciudad, donde se han encontrado algunos objetos valiosos, como los "dujes" o asientos ceremoniales de behíques y caciques. Estos últimos se exponen en el Museo Montané, una de las instituciones de la ciudad de La Habana relacionada con las culturas aborígenes. Otras zonas donde se han realizado hallazgos han sido las de Colinas de Villarreal, al noreste de la bahía habanera; las de Rincón de Guanabo, a unos 28 kilómetros al noreste de la ciudad; y en Jibacoa, un lugar aún más distante, a unos 50 kilómetros al este de la ciudad y en los límites de la provincia La Habana.

Fuentes

Enlaces externos