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Mártires de Lyon y Viena

Mártires de Lyon y Viena
Información sobre la plantilla
Img MartirLyon Viena.jpg
Fecha:177 DC.
Lugar:Ciudad de Lion, ciudad de Viena Bandera de Francia Francia
Descripción:
Primer gran crimen en la historia del cristianismo en Francia.
"Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra". Hebreos 11:37-38

Introducción.

Al final del siglo II de nuestra era el emperador romano Marco Aurelio cometió grandes crímenes en contra de los primeros cristianos. Fue en el año 177 DC, cuando las iglesias de Lyon y Viena (esta última es una ciudad francesa sobre el Ródano, que no hay que confundir con la capital de Austria del mismo nombre) sintieron el azote inclemente del paganismo.
Esta es la primera vez que Francia aparece en la historia del cristianismo, protagonizada por un grupo de mártires; primicias gloriosas de los miles que en siglos posteriores, sellarían con su muerte el testimonio de la fe que habían abrazado.
Los romanos que vivían en estas regiones, siguiendo los mandatos de los gobernadores, acusaban a los cristianos, o a los que sospechaban que lo eran, de cosas tan atroces como canibalismo, con el fin de poder llevarlos a juicio. Cuando un acusado era presentado a las autoridades, y salía a la luz su fe, el gobernador le instaba a renunciar a su creencia. Si después de 3 pedidos, el cristiano se negaba, era sometido a grandes torturas, que le conducían a la muerte.
Las formas de ejecutar a los condenados fueron aumentando en perversión. Estas ejecuciones variaban según las clases, a los ciudadanos romanos se les cortaba la cabeza en limpio, los demás eran crucificados y quemados vivos. Más tarde se volvió una diversión para el pueblo romano, llevando a los condenados a muerte a los anfiteatros, donde se los soltaba en grupos de entre cinco o diez a que los leones los devorasen.
Algunos historiadores indican que muchos eran sentados en sillas de hierro, las cuales eran puestas al fuego hasta por 3 días, con el fin de que ardieran. Luego se le retiraban las ropas al acusado y se le sentaba en la misma. Muchos ardían inmediatamente por lo caliente de la silla.

Documentos antiguos.

Han llegado hasta nuestros días las “Actas de los Mártires”. Son la trascripción de los procesos verbales redactados por las autoridades romanas y conservadas en los archivos oficiales, que los cristianos conseguían por diversos medios.
En ningún tribunal faltaban los notarios porque recogían taquigráficamente todos los actos del proceso, señaladamente en el interrogatorio, por medio de notae o signos de abreviación. Luego se traducía a escritura vulgar, y así pasaban las piezas a los archivos judiciales. La labor de redacción de las actas y su conservación en los archivos oficiales era obra de los magistrados romanos.
Por otra parte estos hechos también fueron fielmente narrados por las iglesias de estas regiones en una carta que enviaron a las demás iglesias hermanas. Esta carta se atribuye a la magistral pluma de Ireneo, y ha sido conservada, casi íntegramente. Su autenticidad nunca fue puesta en duda, y ha sido llamada la perla literaria de la literatura cristiana de los primeros siglos.
Por los estudios de estos documentos se ha podido esclarecer que fueron 50 cristianos los que fueron vilmente masacrados, entre los cuales figuraban gente de toda clase: un obispo, un diácono, varios esclavos y gente libre.

La persecución.

Se realizaron grandes persecuciones que se volvieron cada vez más violentas. Se interrogaban a los esclavos de los cristianos y mediante amenazas se les hacía confesar que realizaban cultos en los que devoraban niños, la muchedumbre enfurecida, clamó por la ejecución de los condenados.
Durante los interrogatorios, los cristianos negaron estas falsedades y explicaron que ellos no comían carne humana y que no celebraban reuniones nocturnas para cometer maldades, sino que en la Eucaristía comían el Cuerpo Santísimo de Cristo y que se reunían en vigilias nocturnas para orar y meditar en la Palabra de Dios. Como se declaraban cristianos y no renunciaban a su fe, fueron sometidos a toda clase de tormentos y suplicios.
En un día festivo en Lyon fueron ejecutados, a los que eran ciudadanos romanos se les cortó la cabeza, y los restantes fueron azotados, luego se los abandonó a las fieras en el anfiteatro. Para otros, la multitud pidió la silla de hierro, el olor a carne quemada se esparció por el anfiteatro. En aquella persecución, una joven esclava llamada Blandina, fue lanzada a las fieras, pero estas no quisieron tocarla. Luego fue sentada en la silla de hierro, y como aún seguía respirando se la ató y soltaron un toro furioso que la destrozó a cornadas; fue preciso que un verdugo la rematase con una espada.

Fragmentos de la carta a las iglesias

Al presentar a los lectores estos feroces sucesos, no se puede hacer nada mejor que reproducir los párrafos más notables de esta joya de la literatura y de la historia.
Comienza la narración de los sufrimientos expresando:

"Jamás las palabras podrán expresar, ni la pluma describir, el rigor de la persecución, la furia de los gentiles contra los santos, la crueldad de los suplicios que soportaron con constancia los bienaventurados mártires. El enemigo desplegó contra nosotros todas sus fuerzas, como preludio de lo que hará sufrir a los elegidos en su último advenimiento, cuando haya recibido mayor poder contra ellos. No hay cosa que no haya hecho para adiestrar de antemano a sus ministros en contra de los siervos de Dios. Empezaron por prohibirnos la entrada a los edificios públicos, a los baños, al foro; llegaron a prohibirnos toda aparición. Pero la gracia de Dios combatió por nosotros; libró del combate a los más débiles, y expuso a los que, por su coraje, se asemejan a firmes columnas, capaces de resistir a todos los esfuerzos del enemigo. Estos héroes, pues, habiendo llegado a la hora de la prueba, sufrieron toda clase de oprobios y tormentos; pero miraron todo eso como poca cosa, a causa del anhelo que tenían de reunirse lo más pronto a Jesucristo, enseñándonos, por su ejemplo, que las aflicciones de esta vida no tienen proporción con la gloria futura que sobre nosotros ha de ser manifestada."

"Empezaron por soportar con la más generosa constancia todo lo que se puede sufrir de parte de un populacho insolente; gritos injuriosos, pillaje de sus bienes, insultos, arrestos y prisiones, pedradas, y todos los excesos que puede hacer un pueblo furioso y bárbaro contra aquellos a quienes cree sus enemigos.

Siendo arrastrados al foro, fueron interrogados delante de todo el pueblo, por el tribuno y autoridades de la ciudad; y después de haber confesado noblemente su fe, fueron puestos en la cárcel hasta la venida del presidente".

Sobre la noble actitud de Epagato dice la carta:

"Cuando el magistrado llegó, los confesores fueron llevados delante del tribunal; y como él los tratara con toda clase de crueldades, Vetio Epagato, uno de nuestros hermanos, dio un bello ejemplo del amor que tenía para con Dios y para con el prójimo. Era un joven tan ordenado, que en su temprana juventud, había merecido el elogio que las Escrituras hacen del anciano Zacarías; como él andaba de modo irreprochable en el camino de todos los mandamientos del Señor, siempre listo para ser servicial al prójimo, lleno de fervor y de celo por la gloria de Dios. No pudo ver sin indignación la iniquidad del juicio que se nos hacía; penetrado de un justo dolor, pidió permiso para defender la causa de sus hermanos y demostrar que en nuestras costumbres no hay ni ateísmo ni impiedad. Al hacer esta proposición, la multitud que rodeaba el tribunal, se puso a lanzar gritos contra él, porque era muy conocido; y el presidente, herido por una demanda tan justa, por toda respuesta le preguntó si era cristiano. Epagato respondió con voz alta de que lo era, y en seguida fue colocado junto con los mártires y llamado el abogado de los cristianos; nombre glorioso que merecía, porque tenía, tanto o más que Zacarías, el Espíritu dentro de sí por abogado y consolador; lo que demostró por medio de ese amor ardiente que le hacía dar su sangre y su vida en defensa de sus hermanos. Era un verdadero discípulo, siguiendo en todas partes al Cordero divino".

Entre los mártires de Lyon, una niña esclava llamada Blandina, ocupa el lugar prominente. Observen lo que sobre ella se dice en la carta a las iglesias:

"Entonces hicieron sufrir a los mártires tormentos tan atroces que no hay palabras para narrarlos; Satán puso todo en juego para hacerles confesar las blasfemias y calumnias de que eran acusados. El furor del pueblo, del gobernador y de los soldados, se manifestó especialmente contra Santos, diácono de Viena; contra Maturo, neófito pero ya atleta generoso; contra Átale natural de Pérgamo, columna y sostén de la iglesia de aquella ciudad, y contra Blandina, joven esclava por medio de quien Jesucristo ha dejado ver cómo él sabe glorificar delante de Dios, lo que parece vil y menospreciable a los ojos de los hombres. Todos temíamos por esta joven; y aun su dueña, que figuraba en el número de los mártires, tenía miedo de que no tuviese la fuerza de confesar la fe, a causa de la debilidad de su cuerpo. Sin embargo, mostró tanto coraje, que hizo fatigar a los verdugos que la atormentaron desde la mañana hasta la noche. Después de haberla hecho sufrir todo género de suplicios, no sabiendo más que hacerle, se declararon vencidos; se quedaron muy sorprendidos de que respirase aún dentro de un cuerpo herido, y decían que uno solo de los suplicios bastaba para hacerla expirar, y que no era necesario hacerla sufrir tantos ni tan fuertes. Pero la santa mártir adquiría nuevas fuerzas, como buena atleta, confesando su fe: era para ella un refrigerio, un reposo, y cambiar sus tormentos en delicias el poder decir: "Yo soy cristiana. Entre nosotros no se comete ningún mal."

Sobre su primera presentación en el circo, expresa la carta:

"Blandina fue suspendida a un poste, para ser devorada por las bestias. Estando atada en forma de cruz, y orando con mucho fervor, llenaba de coraje a los otros mártires, que creían ver en su hermana, la representación del que fue crucificado por ellos, para enseñarles que cualquiera que sufra aquí por su gloria, gozará en el cielo de la vida eterna con Dios su Padre. Pero como ninguna bestia se atrevió a tocarla, la enviaron de nuevo a la prisión reservándola para otro combate, para que apareciendo victoriosa en muchos encuentros, hiciese caer, por una parte, una condenación mayor sobre la malicia de Satán y levantase por otra, el coraje de sus hermanos, quienes veían en ella una muchacha pobre, débil y despreciable, pero revestida de la fuerza invencible de Jesucristo, triunfar del infierno tantas veces, y ganar por medio de una victoria gloriosa, la corona de la inmortalidad."

En el segundo encuentro Blandina aparece en el circo junto con el joven Póntico, y la carta dice así:

"El último día de los espectáculos, hicieron comparecer de nuevo a Blandina y a un joven de unos quince años llamado Póntico. Todos los días lo habían traído al anfiteatro, para intimidarlo por la vista de los suplicios que hacían sufrir a los otros. Los gentiles querían forzarlos a jurar por sus ídolos. Como ellos seguían negando su pretendida divinidad, el pueblo se enfureció contra ellos; y sin ninguna compasión por la juventud del uno ni por el sexo de la otra, los hicieron pasar por todo género de tormentos, instigándoles a que jurasen. Pero su constancia fue invencible; porque Póntico, animado por su hermana, quien lo exhortaba y fortificaba frente a los paganos, sufrió generosamente todos los suplicios y entregó su espíritu."
"La bienaventurada Blandina quedó, pues, la última, como una madre noble, que después de haber enviado delante de ella sus hijos victoriosos a quienes animó en el combate, se apresura para ir a unirse con ellos. Entró en la misma carrera con tanto gozo como si fuese al festín nupcial y no al matadero, donde serviría de alimento a las fieras. Después de haber sufrido los azotes, de ser expuesta a las bestias, de ser quemada en la silla de hierro candente, la encerraron en una red y la presentaron a un toro, que la arrojó varias veces al aire; pero la santa mártir, ocupada en la esperanza que le daba su fe, hablaba con Jesucristo y no sentía los tormentos. Al fin degollaron esta víctima inocente; y los mismos paganos confesaron que nunca habían visto a una mujer, sufrir tanto ni con tan heroica constancia."

Refiriéndose a Santos se narra:

"El diácono Santos sufrió, por su parte, con una valentía sobrehumana, todos los suplicios que los verdugos pudieron imaginar, con la esperanza de arrancarle alguna palabra deshonrosa a su fe. Llevó tan lejos su constancia que ni aun quiso decir su nombre, su ciudad, su país, ni si era libre o esclavo. A todas estas preguntas contestaba en lengua romana: “Yo soy cristiano”; confesando que esta profesión era su nombre, su patria, su condición, en una palabra, su todo, sin que los paganos pudiesen arrancarle otra respuesta. Esta firmeza irritó de tal modo al gobernador y a los verdugos, que después de haber empleado todos los demás suplicios, hicieron quemar chapas de cobre hasta quedar rojas y se las aplicaron a las partes más sensibles del cuerpo. Este santo mártir vio asar sus carnes sin cambiar siquiera de postura, y quedó inconmovible en la confesión de su fe, porque Jesucristo, fuente de vida, derramaba sobre él un rocío celestial que lo refrescaba y fortalecía. Su cuerpo así quemado y destrozado, era una llaga, y no tenía más la figura humana. Pero Jesucristo que sufría en él y desplegaba su gloria, confundía así al enemigo y animaba a los fieles, haciéndoles ver, por su ejemplo, que a nada se teme cuando uno tiene el amor del Padre, y que uno no sufre nada cuando contempla la gloria del Hijo. En efecto, sus verdugos se apresuraron algunos días después, a aplicarle nuevas torturas, en los momentos cuando la inflamación de las llagas las hacía tan dolorosas, que no podía sufrir que lo tocasen ni aun ligeramente. Se vanagloriaban de que sucumbiría al dolor, o que por lo menos, muriendo en los suplicios, intimidaría a otros. Pero contra las expectativas generales, su cuerpo desfigurado y dislocado, adquirió, en los últimos tormentos, su forma primitiva y el uso de todos sus miembros; de modo que esta segunda tortura, por la gracia de Jesucristo, fue el remedio de la primera."

Potín era un anciano de la iglesia y un hombre de edad muy avanzada. Refiriéndose a su martirio dice así el documento que se está citando:

"Se apoderaron del bienaventurado Potín, que gobernaba la iglesia de Lyon en calidad de obispo. Tenía más de ochenta años, y se encontraba enfermo. Como apenas podía sostenerse y respirar, a causa de sus enfermedades, aunque el deseo del martirio le daba nuevas fuerzas, se vieron obligados a llevarlo al tribunal. La edad y la enfermedad ya habían deshecho su cuerpo; pero su alma quedaba unida para servir al triunfo de Jesucristo. Mientras los soldados lo conducían era seguido por otros soldados de la ciudad y de todo el pueblo que daba voces contra él, como si hubiera sido el mismo Cristo. Pero nada pudo abatir al anciano, ni impedirle confesar altamente su fe. Interrogado por el gobernador acerca de quién era el Dios de los cristianos, le contestó que si fuera digno, lo conocería. En seguida fue bárbaramente golpeado sin que tuviesen ninguna consideración a su avanzada edad. Los que estaban cerca lo herían a puñetazos y a puntapiés; los que estaban lejos le tiraban la primera cosa que hallaban. Todos se hubieran creído culpables de un gran crimen si no lo hubieran insultado, para vengar el honor de los dioses. Apenas respiraba cuando fue llevado a la prisión, donde entregó su alma dos días después."

Otros dos mártires notables fueron Atalio y Alejandro. Veamos lo que dice el precioso documento que se tradujo:

"Como Atalio era muy conocido y distinguido a causa de sus buenas cualidades, el pueblo pedía incesantemente que lo trajesen al combate. Entró en la arena con santa seguridad. El testimonio de su conciencia le hacía intrépido, porque estaba aguerrido en todos los ejercicios de la milicia cristiana, y había sido entre nosotros un testigo fiel de la verdad. Primeramente le hicieron dar vueltas en el anfiteatro con un letrero delante de sí en el cual estaba escrito en latín: Este es Atalio el cristiano. El pueblo se estremecía contra él; pero el gobernador, al saber que era ciudadano romano, lo hizo conducir otra vez a la prisión, junto con los otros. Y escribió al emperador tocante a los mártires, y esperaba su decisión."

La respuesta, que tenía que venir de Roma tardaba en llegar, y durante este tiempo los mártires pudieron reanimar a los hermanos que por temor habían renegado su fe, y prepararles para dar un valiente testimonio que confundiría a los paganos. Retomando lo expresado en la carta acerca de Atalio y de Alejandro:

"Mientras los interrogaban, un cierto Alejandro, frigio de nación y médico de profesión, que desde hacía mucho residía en la Galia (Francia) estaba cerca del tribunal. Era conocido de todos, a causa del amor que tenía a Dios, y de la libertad con que predicaba el evangelio; porque también desempeñaba las funciones de apóstol. Estando cerca del tribunal, exhortaba por medio de señales y gestos a los que eran interrogados, para que confesasen generosamente su fe. El pueblo que se dio cuenta, y que estaba enfurecido al ver a los que antes habían renegado su fe, confesarla con tanta constancia, dio gritos contra Alejandro, a quien atribuían este cambio. Al preguntarle el gobernador quién era, respondió: "Yo soy cristiano"; e inmediatamente fue condenado a ser entregado a las fieras. Al día siguiente entró en el anfiteatro con Atalio, a quien el gobernador, por agradar al pueblo, entregó a ese suplicio, a pesar de ser ciudadano romano. Ambos, después de sufrir todos los tormentos imaginables, fueron degollados. Alejandro no pronunció ni una sola queja ni palabra, pero hablaba interiormente con Dios. Atalio, mientras lo asaban en la silla de hierro, y que el olor de sus miembros quemados se podía sentir de lejos, dijo al pueblo en latín: "Esto es comer carne humana; lo que vosotros hacéis: pero nosotros no comemos hombres ni cometemos ninguna otra clase de crimen".

Cuando los mártires ya habían sucumbido, se ocuparon de ultrajar sus cadáveres. Así se expresa la carta:

"La ira de ellos fue más allá de la muerte. Arrojaron, para que fuesen comidos por los perros, los cadáveres de aquellos que la infección y otras calamidades habían hecho morir, y los hicieron custodiar día y noche, por temor de que alguno de nosotros les diese sepultura. Juntaron también los miembros esparcidos de los que habían luchado en el anfiteatro, restos dejados por las bestias y las llamas, con los cuerpos de aquellos a quienes habían decapitado y los hicieron custodiar varios días por los soldados".

Los restos fueron finalmente quemados y arrojados al Ródano.
La persecución no se sintió sólo en Lyon y Viena, sino en toda la región circundante. Un mártir ilustre que pereció poco tiempo después que los ya mencionados, fue Sinforiano de quien dice la carta:

"Había en este tiempo en Autum, un joven llamado Sinforiano, de una familia noble y cristiana. Estaba en la flor de su edad y era instruido en las letras y en las buenas costumbres. La ciudad de Autum era una de las más antiguas y más ilustres de la Galia, pero también de las más supersticiosas. Adoraban principalmente a Cibeles, Apolión y Diana. Un día el pueblo estaba reunido para celebrar la solemnidad profana de Cibeles, a la cual llamaban la madre de los dioses. En ese tiempo el cónsul Heraclio estaba en Autum buscando cristianos. Le presentaron a Sinforiano, a quien habían arrestado como sedicioso, porque no había adorado al ídolo de Cibeles, que llevaban en una carroza, seguida de una gran multitud. Heraclio, sentado en el tribunal, le preguntó su nombre. El respondió: "Yo soy cristiano, y me llamo Sinforiano". El juez le dijo: "¿Eres cristiano? Por lo que veo tú te nos has escapado, porque no se profesa mucho, ahora, ese nombre entre nosotros. ¿Por qué rehúsas adorar la imagen de la madre de los dioses?" Sinforiano contestó: "Os lo he dicho ya, yo soy cristiano, adoro al verdadero Dios que reina en los cielos; en cuanto al ídolo del demonio, si me lo permitís, lo romperé a martillazos". Él dijo: "Este no es sólo sacrílego, quiere ser rebelde. Que los oficiales digan si es ciudadano de este lugar". "Es de aquí —respondió uno— y hasta de una familia noble". "He aquí, tal vez, dijo el juez, porque tú te haces ilusiones. ¿O ignoras tú los edictos de nuestros emperadores? Que un oficial los lea". Leen el edicto de Marco Aurelio, como lo hemos visto ya. Al terminarse la lectura. "¿Qué te parece, —dijo el juez a Sinforiano—, podemos quebrantar las ordenanzas de los príncipes? Hay dos acusaciones contra ti, de sacrilegio, y de rebelión contra las leyes; si no obedeces, lavarán este crimen en tu sangre". Habiendo declarado Sinforiano, en términos positivos, que permanecía firme en el culto del verdadero Dios, y que detestaba las supersticiones de los i dólatras.

Heraclio lo hizo castigar y conducir a la prisión.

"Algunos días después lo hizo comparecer de nuevo, probó de tentarlo con buenos modales, y le prometió una rica gratificación del tesoro público, con los honores de la milicia, si quería servir a los dioses inmortales. Añadió que no podía evitar de condenarlo al último suplicio, si aún rehusaba adorar las estatuas de Cibeles, de Apolión y de Diana".

Habiendo rehusado los ofrecimientos que se le hacían, Sinforiano fue condenado a muerte, sobre la valiente y serena actitud de su cristiana madre, relata la carta:

"Mientras lo conducían fuera de la ciudad, como una víctima al sacrificio, su madre, venerable tanto por su piedad como por sus años, le gritó desde lo alto de las murallas: "Hijo mío, Sinforiano, mi hijo querido, acuérdate del Dios vivo, y ármate de constancia. No hay que temer a la muerte que conduce a la vida; levanta tu corazón, mira al que reina en los cielos. Hoy no te quitan la vida, te la cambian por una mejor. Hoy en cambio de una vida perecedera tú tendrás una vida perdurable".

Al terminar tan admirable relato, sólo cabe agregar, como expresara James Orr: "Las otras religiones tienen sus mártires; ¿pero tienen mártires como éstos?"

Fuentes

http://www.erain.es/departamentos/religion/historia/antigua/sigloI-Y.htm Consultado: 16 de enero del 2013
http://www.seminarioabierto.com/iglesia04.htm Consultado: 22 de enero del 2013
http://sujetosalaroca.org/2008/02/14/morir-por-cristo-blandina-y-los-martires-de-lyon/ Consultado: 29 de enero del 2013