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Alfonso VI de León y Castilla

Para otros usos de este término, véase Alfonso VI (desambiguación).
Alfonso VI
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Rey de León y Castilla
AlfonsoVI.jpg
Reinado 1065 - 1109
Otros títulos Rey de Toledo
Nacimiento 1040
Fallecimiento 1109
Entierro Monasterio de Benedictinas de Sahagún
Predecesor Fernando I "El Magno"
Casa Real Casa Real de Castilla
Padre Fernando I de Castilla
Madre Sancha de León

Alfonso VI. Rey de Castilla y León. Tras la muerte de su padre, Fernando I, en 1065, Alfonso recibió el reino de León, a lo que se opuso su hermano Sancho, que había recibido Castilla. Alfonso fue derrotado en Llantada en 1068, y en Golpejera, en 1072, y fue obligado a exiliarse junto con su hermano García. A la muerte de Sancho, asesinado mientras asediaba a su hermana Urraca en Zamora, Alfonso fue llamado para ser coronado rey, pero antes tuvo que realizar, por instigación de la nobleza castellana encabezada por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, un juramento por el cual se autoexculpaba de haber tenido relación con la muerte de su hermano. En 1085, Alfonso VI logró apoderarse de Toledo, lo cual le dio un gran prestigio. Sin embargo, los reinos de taifas de Badajoz y Sevilla llamaron en su ayuda a los almorávides del norte de África, los cuales derrotaron a Alfonso VI en la batalla de Sagrajas, en 1086, acción militar que significó el punto de arranque una difícil etapa que marcaría los últimos años de su reinado.

Síntesis biogáfica

Nieto de Sancho de Navarra, heredó de su padre Fernando I el trono leonés en 1065 y de su hermano Sancho el castellano en 1072. En un principio, de afrontar luchas intestinas por el mantenimiento del trono, pues le es disputado por su hermano mayor Sancho II de Castilla, quien logra derrotarle en las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072).

Como consecuencia de ello, Alfonso es encarcelado en Burgos y posteriormente desterrado a la ciudad musulmana de Toledo. El asesinato de Sancho, posiblemente por encargo de Alfonso, en la ciudad de Zamora le convierte de nuevo en rey de León y le permite reclamar el trono castellano como heredero, con el apodo incondicional de su hermana Urraca. La relación entre ambos hermanos nunca ha sido debidamente aclarada, promoviéndose los rumores ya en la época de un posible incesto. Resuelta la posible competencia de García, su hermano pequeño, mediante el su puesta en prisión, durante su mandato Alfonso VI se dedicó a consolidar los territorios heredados y a extender las fronteras a costa de los musulmanes.

Así, el primer objetivo fue la conquista del reino de Toledo, lo que se consiguió en 1085. De esta manera lograba controlar los pasos serranos principales del sistema montañoso Central y las guarniciones que los custodiaban, extendiendo su dominio y área de influencia sobre los reinos taifas limítrofes. El hostigamiento sobre el reino de Murcia organizado por García Jiménez desde el castillo de Aledo y el excesivo tributo, exigido con dureza a los señores musulmanes, obliga a estos a solicitar ayuda de los imperios africanos, lo que significa el principio de la intervención almorávide en la Península. El desembarco de tropas culmina con la derrota de los ejércitos de Alfonso en la batalla de Sagrajas (1086) a manos de los almorávides de Yusuf, lo que significa un fuerte retroceso en las aspiraciones cristianas.

La derrota orienta un cambio de política de Alfonso hacia los reyes taifas, mostrándose más conciliador y tolerante hacia el Islam y retomando el título con que se autoproclamó antes de la caída de Toledo de "Emperador de las dos religiones". Sin embargo, los almorávides han descubierto la debilidad del poder cristiano y la posibilidad de establecerse definitivamente en territorio peninsular. Así, desembarcan otra vez en 1088 y asedian Aledo, siendo ahora derrotados. Un tercer intento en 1091 culmina con la ocupación de los reinos taifas y con el asentamiento definitivo del poder almorávide. Se inicia así una etapa expansiva que pasa por las batallas de Consuegra (1097) y Uclés (1108), que significan grandes pérdidas para Alfonso VI, tanto territoriales (Uclés, Ocaña, Cuenca, Huete), como humanas (el infante Sancho, heredero al trono, el conde García Ordóñez). Las únicas victorias cristianas no logran parar el empuje musulmán, a pesar de la defensa de Toledo en 1090 y las expediciones del Cid (Valencia, 1094).

Durante su mandato, además, se produjo una profunda reestructuración interna del reino, que se plasmó en el terreno político en los fueros de Burgos (1073), Sepúlveda (1076) o Logroño (1095) y, en el ámbito religioso-administrativo, en la reasignación de sedes episcopales a Ávila (1087), Salamanca (1102) y Burgos (1075). Además, debido a la influencia de sus esposa francesas, continuó la política de asimilación de las ideas europeas emprendida por Sancho III, promoviendo la integración de los monasterios en la reforma cluniacense, nombrando obispos franceses para las sedes eclesiásticas principales y fomentando la peregrinación a Santiago de Compostela, en cuyos principales puntos del camino surgieron barrios franceses.

Además, se produjeron profundos cambios en el terreno de la liturgia, al sustituirse el rito mozárabe o visigodo local por el romano, imperante en el resto de Europa, a pesar de la oposición popular. Sustituyó también la escritura visigótica por la carolina. El 30 de junio de 1109 muere Alfonso VI y se plantea entonces un fuerte problema sucesorio, tras la muerte de su hijo Sancho en la batalla de Uclés. A los graves problemas fronterizos se suma ahora una guerra civil, que se resolverá en favor de su yerno Alfonso I de Aragón.

Historia

Fernando I entrega el núcleo de su reinado al hijo primogénito y reparte las conquistas posteriores entre el resto. Así otorga a Sancho el reino de Castilla y el cobro de parias de la taifa de Zaragoza; a Alfonso entrega León y el cobro de parias de Toledo y a García, Galicia y el cobro de parias de Badajoz y Sevilla. Para sus hijas, Urraca y Elvira, creó dos infantados, el de Covarrubias y el de Campos, respectivamente.

El equilibro se mantuvo hasta la muerte de la reina Sancha, el 7 de noviembre de 1067, cuya presencia había impedido el enfrentamiento entre unos herederos que, desde el principio, mostraron su descontento por el reparto. Sancho II derrota a Alfonso VI el 19 de julio de 1068 en Llantada, territorio fronterizo próximo al Pisuerga. En 1071, acuerdan unir sus fuerzas para derrotar a su hermano García, que es capturado en Santarem y despojado de Galicia. Poco tiempo duró la colaboración, ya que en enero de 1072 vuelven a enfrentarse en Golpejera, en las vegas del río Carrión. Alfonso fue encerrado por su hermano en el castillo de Burgos. Su hermana Urraca y el abad Hugo de Cluny intercedieron por la vida del monarca leonés, que finalmente fue desterrado a Toledo, donde se refugió en la corte de Al-Mamún.

Sancho se proclama rey de León el 12 de enero de 1072, pero no goza del respaldo del obispo leonés, Pelayo, ni con el de la nobleza, en especial de los Banu Gómez. Algunos miembros de esta resistencia se hacen fuertes en Zamora, protegidos por Urraca, por lo que el nuevo rey tiene que acudir a tomar la plaza, núcleo de las comunicaciones entre Galicia, Toledo, León y Tierra de Campos. Durante el asedio, Bellido Dolfos acaba con la vida del joven Sancho.

Alfonso se presenta entonces como el heredero legítimo de la corona castellano-leonesa, que asume previo juramento en Santa Gadea, ante Rodrigo Díaz de Vivar, de que no había participado en la muerte de su hermano. En 1073, por petición de su hermana Urraca, encierra a su otro hermano, García, en el castillo de Luna, en plena comarca de Babia, en León, hasta su muerte en 1090, con lo que acaba con cualquier posibilidad de rebelión.

Toma de Toledo

Alfonso VI

Una vez unificada la corona castellano-leonesa, Alfonso I intensifica la presión sobre los reinos de Taifas. En 1074, Pedro Ansúrez y Al-Mutamid de Sevilla devastan Granada. Apoya a Al-Mamún de Toledo en la toma de Córdoba y colabora con él en el asedio a la taifa de Badajoz. En 1075, tras la muerte de Al-Mamún, su hijo Al-Qadir toma el poder en Toledo y expulsa a los partidarios de colaborar con Alfonso VI, negándose a pagar parias. Sin el apoyo cristiano, el toledano no pudo sofocar una revuelta en Valencia, quizás instigada por agentes del rey castellano, no ajeno a la guerra que al mismo tiempo mantenía Toledo con Badajoz. Como consecuencia de este conflicto, Al-Qadir perdió la mayor parte de las tierras cordobesas, por lo que viendo peligrar su reino, aceptó las exigencias de Alfonso VI bajo la condición de que le ayudara a ocupar Valencia.

La población toledana se dividió ante la decisión de su monarca. Unos solicitaron la intervención de los reyes de Zaragoza, Sevilla y Badajoz, mientras que otros, cansados de tanto enfrentamiento, aceptaron entregar la ciudad. Alfonso VI comienza el cerco, alternando el asedio con expediciones contra los otros reinos musulmanes, que no pudieron prestar así una ayuda eficaz a los toledanos. En 1085, la ciudad se rinde de forma pacífica. Por primera vez, desde el año 711, la capital del antiguo reino visigodo cae en manos cristianas, convirtiéndose poco después en la sede primada de la iglesia hispana, símbolo de la unidad religiosa como León lo era de la política. Antes de la toma de Toledo, con motivo de la muerte de Sancho IV de Pamplona, despeñado en Peñalén, Alfonso VI y Sancho Ramírez de Aragón se repartieron su reino. El castellano-leonés impuso su dominio en La Rioja, Álava, Vizcaya y Guipúzcoa, mientras que el aragonés ocupó la ribera izquierda del Ebro y las tierras de Pamplona. Entre ambos se estableció una relación de vasallaje, que venía a reconocer la superioridad de Alfonso VI, que ya por entonces comenzaba a aparecer en los documentos oficiales con el título de emperador, quizás utilizado a propósito para reforzar su situación como rey de reyes.

Conquistas

El agobiante régimen de parias y la amenaza militar de Alfonso VI, que antes de conquistar Toledo llegó a alcanzar Tarifa, en 1083, obligó a Al-Mutamid de Sevilla a solicitar ayuda al norte de África. De esta manera, los almorávides, dirigidos por Yusuf Ibn Tasufin, desembarcan en Algeciras con la intención de recuperar Toledo invocando la Guerra Santa. El caudillo musulmán escoge la ruta de Badajoz, por ser la más segura, y derrota a los cristianos en la dehesa de Sagrajas, el 23 de octubre de 1086. Alfonso se retiró a Toledo, convencido de que recibiría un inminente ataque, pero Yusuf retrocedió hasta Sevilla y volvió a África. El valor moral de la victoria de Sagrajas fue mucho mayor que el táctico, ya que se convirtió en el símbolo de un nuevo tipo de guerra, en la que las connotaciones religiosas adquirían un protagonismo fundamental.

Recuperado de la derrota, Alfonso tiene que sofocar en 1086 una revuelta de Rodrigo Ovéquiz en Galicia, apoyada por el obispo Diego Peláez. Dos años más tarde se produce una campaña del Cid en levante, donde somete Valencia, Alpuente y Albarracín, mientras el conde García Jiménez ataca Lorca desde la fortaleza de Aledo, fundada por el emperador leonés para lanzar ataques sobre la taifa de Murcia. Alfonso VI y el Cid rompen su relación a raíz de estas campañas, por lo que el Campeador actúa de forma independiente en Levante y la Cuenca del Ebro. Estas ofensivas provocan una segunda llamada a Yusuf, que en el año 1088 vuelve a la península para levantar el cerco sobre la región murciana. Ante el escaso éxito de la campaña, los almorávides regresan a África con la intención de retornar como consecuencia de la corrupción generalizada que observaron en las taifas. De esta manera, en 1090 se produce una tercera campaña, que tiene el objetivo de unificar Al-Ándalus. Primero incorporaron Granada, después Málaga, Tarifa, Córdoba, Carmona, Sevilla, Mértola, Ronda, Almería, Jaén, Murcia, Játiva y Denia. Las únicas taifas que resistieron fueron Badajoz, Valencia, Zaragoza y Albarracín.

Alfonso VI recibe durante estos años Cuenca, Ocaña, Consuegra y Uclés como dote de Zaida, antigua nuera de Al-Mutamid y solicita un tributo extraordinario para hacer frente a la amenaza almorávide. Alvar Fáñez es derrotado por Abu Bakr en Almodóvar del Río, el 7 de septiembre de 1091. En 1092, el monarca castellano-leonés inicia una campaña contra Valencia, que resulta un fracaso. Al año siguiente, recibe de Al-Mutawakkil de Badajoz las plazas de Santarem, Lisboa y Cintra, para que las defienda de los almorávides, pero Yusuf ocupa la taifa de Badajoz en 1094, poniendo fin a la dominación cristiana sobre estas ciudades, cuya defensa había sido encomendada a Raimundo de Borgoña.

El 15 de junio de 1094, el Cid conquista Valencia, derrotando a Muhammad ben Tasufin en la batalla de Cuarte, el 25 de octubre del mismo año. Consolida así el dominio cristiano en Valencia y Zaragoza, los únicos reinos que se resisten al empuje norteafricano, aunque posteriormente terminarán cayendo, la primera en 1102 y la segunda en 1110, ante la incursión almorávide. En 1097, Yusuf lanza una nueva campaña contra los cristianos, a los que derrota en Consuegra, el 15 de agosto. Al mismo tiempo, Álvar Fáñez es vencido en Cuenca por Ibn Aisha. El 24 de junio de 1099 se produce la última campaña del Cid, contra Murviedro, antes de morir el 10 de julio del mismo año. Su esposa Jimena resiste en la ciudad de Valencia hasta su caída. En 1108, Alí Ben Yusuf ataca Uclés, donde muere Sancho, el único hijo varón de Alfonso VI, lo que provoca que, a la muerte del monarca castellano-leonés, en 1109, se abra un conflicto por la sucesión que enfrentará a los partidarios de la reina Urraca y de su hijo, contra los de su marido Alfonso el Batallador, rey de Navarra y Aragón, con el que vivió un matrimonio de conveniencia que no pudo fructificar. El conflicto se resolvió del lado de los partidarios de Urraca, que vio como su hijo Alfonso se convirtió en el sucesor de su hermano, adquiriendo el titulo de emperador en 1134.

Política

Un hecho básico de la segunda mitad del siglo XI es el incrementó que experimentó la peregrinación jacobea, que de ser un fenómeno esencialmente hispánico, pasó a convertirse en una costumbre practicada por viajeros procedentes de toda Europa. A través del Camino de Santiago penetraron en la península multitud de influencias del otro lado del Pirineo, tales como la letra carolina o francesa, los ritos y términos propios del feudalismo, la arquitectura románica y las distintas corrientes de reforma eclesiástica, encabezadas por los grandes papas de esta época, en especial Gregorio VII.

La sólida relación de Alfonso VI con Cluny, trajo consigo la afiliación de multitud de monasterios hispanos a la observancia de Cluny, cuya influencia tuvo consecuencias de todo tipo, desde políticas, ya que con frecuencia los monjes cluniacenses recibieron cargos relevantes dentro de la jerarquía eclesiástica; a religiosas, como la renuncia de la Iglesia Hispánica al rito mozárabe para adoptar el romano. El proceso de adaptación a la nueva liturgia fue complejo y desigual dependiendo de las regiones. Mientras en Aragón se implantó sin problemas, en Castilla y León la resistencia fue mucho mayor, pese a que el rey, especialmente durante su matrimonio con Inés, hija del duque Guillermo de Aquitania, se mostró a favor del cambio. Oficialmente el nuevo rito se implantó en 1078, aunque siguió habiendo focos de resistencia.

Por otra parte, la influencia europea durante el reinado de Alfonso VI también se percibe en las relaciones familiares. Tenía tres hijas, una legítima, Urraca, y dos bastardas, Elvira y Teresa, cuya madre era Jimena. El rey escogió pretendientes extranjeros. Urraca casó con Raimundo de Borgoña, Elvira con Raimundo IV de Toulouse y Teresa, con Enrique de Borgoña. El mismo monarca tuvo varios matrimonios con princesas o nobles europeas, como Inés de Aquitania, Constanza, Berta de Lombardía, Isabel o Beatriz, lo que constata el esfuerzo de Alfonso VI por abrirse a las influencias del viejo continente.

"El reinado de Alfonso VI (1065-1109) marcó uno de los puntos álgidos del reino de León y de aquello que se ha dado en llamar la Reconquista.Tras unos comienzos difíciles, en los que tuvo que hacer frente a las ansias expansionistas de su hermano Sancho I de Castilla, Alfonso prevaleció y reunificó el reino en el año 1073 bajo la égida leonesa. A partir de ese momento se lanzó a una incansable tarea bélica y diplomática de la que fueron víctimas tanto el reino de Pamplona como las taifas que componían al-Ándalus.La conquista en 1085 de la ciudad de Toledo le otorgó fama internacional y reafirmó su preponderancia en la Península: comenzó a intitularse “Impertor totius Hispaniae”, y se vinculó a la todopoderosa abadía francesa de Cluny. Pero también tuvo que enfrentarse a las resistencias que produjo en el reino la introducción del rito romano, y a la actitud díscola de Rodrigo Díaz (El Cid), el súbdito cuya figura ha acabado eclipsando injustamente a la del propio rey.El final de su reinado estuvo marcado por la retirada de las fronteras frente a los almorávides, y por la muerte de Sancho, el príncipe heredero. En las décadas posteriores a la muerte de Alfonso su época sería añorada como una auténtica edad de oro del reino de León"

Fuentes