Saltar a: navegación, buscar

María Antonieta

María Antonieta
Información sobre la plantilla
María Antonieta.jpg
Reina de Francia.
NombreMaría Antonia Josefa Juana de Habsburgo-Lorena
Nacimiento2 de noviembre de 1755
Viena Bandera de Austria Austria
Fallecimiento16 de octubre de 1793
París Bandera de Francia Francia
Causa de la muerteGuillotinada.
Otros nombresMaría Antonieta de Austria

María Antonieta. Viena, (1755) – París, (1793). Reina de Francia. Hija de los emperadores de Austria, Francisco I y María Teresa, contrajo matrimonio en 1770 con el delfín de Francia, Luis, que subió al trono en 1774 con el nombre de Luis XVI. Mujer frívola y voluble, de gustos caros y rodeada de una camarilla intrigante, pronto se ganó fama de reaccionaria y despilfarradora. Ejerció una fuerte influencia política sobre su marido (al que nunca amó), ignoró la miseria del pueblo y, con su conducta licenciosa, contribuyó al descrédito de la monarquía en los años anteriores a la Revolución Francesa.

Síntesis biográfica

Desde su nacimiento en 1755, María Antonieta Josefa Ana de Austria, más conocida como María Antonieta de Austria, había vivido sumergida en la suntuosidad de la corte vienesa,
María Antonieta a los 7 años por Martin van der Meytens.
rodeada de atenciones y ternura. Su padre, el emperador Francisco I, la adoraba. La Emperatriz María Teresa, como el país entero, estaba embelesada con su hija y no podía negarle ningún capricho. Sus dos diversiones preferidas eran jugar con sus numerosos hermanos por los jardines del Palacio de Schoenbrunn y esconderse de sus maestros. El compositor Gluck apenas consiguió hacer de ella una ejecutante mediocre de Clavecín, y sus profesores de idiomas sólo lograron que hablara francés bastante mal y que se expresara en alemán correctamente, pero nunca pudieron enseñarle ortografía, porque la princesa se ponía triste y los desarmaba con encantadores mohínes.

A los 12 años supo que iba a ser reina de Francia. Su madre se dispuso a hacer de ella una perfecta princesa parisina y le asignó dos expertos que se ocuparan a fondo de la futura cabeza real: un preceptor eclesiástico y un ilustre peluquero. El primero debía reforzar su fe y su francés; al segundo se le encomendó la no menos delicada misión de edificar en la cabellera de la infanta una versallesca torre dorada llena de bucles. Una semana después, ambos se confesaron derrotados. El preceptor aseguraba que María Antonieta poseía un cerebro ingenioso y despierto, pero rebelde a toda instrucción; el peluquero no podía culminar su obra debido a la frente demasiada alta y abombada de la joven.

A los 14 años, cuando se casó con el duque de Berry, entonces Delfín y futuro rey [[Luis XVI|Luis
María Antonieta de Austria a los trece o catorce años, tocando el clavecín (óleo de Franz Xaver Wagenschön)
XVI]], María Antonieta era ya una deliciosa muchacha espléndidamente formada, con un exquisito rostro oval, un cutis de color entre el lirio y la rosa, unos ojos azules y vivos capaces de condenar a un santo, un cuello largo y esbelto y un caminar digno de una joven diosa. Para el gusto francés, sólo su boca, pequeña y dotada del desdeñoso labio inferior de los Habsburgo, resultaba desagradable. El escritor inglés Horace Walpole, que apreció sus encantos durante la celebración de una boda, escribió:

"Sólo había ojos para María Antonieta. Cuando está de pie o sentada, es la estatua de la belleza; cuando se mueve, es la gracia en persona. Se dice que, cuando danza, no guarda la medida; sin duda, la medida se equivoca..."

El matrimonio con el futuro rey de Francia fue bendecido el 16 de mayo de 1770. Hubo fastos, desfiles, grandiosas fiestas y solemnidades. Poco después, por la noche, no hubo nada. Una sola y enojosa palabra que seguirá escribiendo durante siete años, hasta que ella tenga el primero de sus cuatro hijos. Con 23 años tuvo a su primera hija, tres años después tuvo a su primer hijo varón, al que siguieron dos hijos más, la última, Sofía, murió con sólo un año de vida.

Pero Maria Antonieta no sólo no era odiaba por el pueblo francés, desde su llegada a Versalles suscitó críticas entre los nobles de la propia corte. Además constantemente se la acusaba de influir políticamente sobre su marido y beneficiar así los intereses austriacos.

María Antonieta, vital y poco inclinada a la santidad, se aburría soberanamente con su esposo y pronto comenzó a salir de incógnito por la noche, oculta tras la máscara de terciopelo o el antifaz de satén, y a resarcirse con algo más que simples galanterías.

Siempre se la consideró una espía extranjera más interesada en asuntos carnales (se la suponen varios amantes) y en despilfarrar las arcas reales en beneficio propio, que en ocuparse de alimentar al pueblo francés. Francia se moría de hambre y sus reyes vivían ajenos a la realidad.

Reina de Francia

En cuanto al Delfín, era robusto y bondadoso, pero también débil y no demasiado inteligente. Convertido en Luis XVI a los 20 años, María Antonieta escribirá a su madre: "¿Qué va a ser de nosotros? Mi esposo y yo estamos espantados de ser reyes tan jóvenes. Madre del alma, ¡aconseja a tus desgraciados niños en esta hora fatídica!".

María Antonieta pronto se convirtió en símbolo escandaloso de la más licenciosa corte de Europa. Trataba de agradar y de obrar con acierto, pero no lo conseguía. Sus faltas,
Reina María Antonieta, retrato realizado por Élisabeth Vigée Le Brun en 1783.
exageradas por la opinión pública y considerada como ejemplo vivo del desenfreno de la corte, no fueron otras que su desprecio a la etiqueta francesa, sus extravagancias y la constante búsqueda de placeres en el fastuoso grupo del Conde de Artois, así como sus caprichosas interferencias en los asuntos de Estado para encumbrar a sus favoritas. Derrochadora, imprudente y burlona, la prensa clandestina comenzó a pintarla como un ser depravado y vendido a los intereses de la casa de Austria. La calumnia salpicaba su trono, siendo exagerada hasta el paroxismo por los libelos de la Revolución. Según los panfletos, la lista de sus amantes era interminable y sus excesos dignos de una Mesalina. Pronto fue conocida entre el pueblo con el despectivo mote de "la austriaca".

En 1785, un nuevo escándalo atribuido a su codicia vino a deteriorar su ya más que vapuleada fama. Todo el asunto giró alrededor de la más rica joya de la época. El célebre collar, realizado por los mejores Orfebres de París para Madame Du Barry, favorita del rey Luis XV, era una pieza insuperable. Sus más de mil diamantes, rubíes y esmeraldas parecían haber sido forjados pacientemente por los dioses en las entrañas de la tierra con el único fin de recibir la caricia del oro en un lugar preciso de la joya.

Muerta la Du Barry antes de que se diera fin a la obra, la Condesa de La Motte, aventurera que servía en la corte y pertenecía al círculo del tenebroso Conde Cagliostro, embaucó al cardenal Louis de Rohan, rico y disoluto cortesano caído en desgracia, haciéndole creer que María Antonieta deseaba obtener el magnífico collar y que, no disponiendo del dinero suficiente, estaba dispuesta a firmar un contrato de compra si él lo garantizaba. El cardenal, deseoso de congraciarse con María Antonieta, se entrevistó con quien creía que era la reina, suplantada por una bella joven apellidada d'Oliva, accedió a su petición y el 1 de febrero de 1785 el collar fue trasladado a Versalles.

Pero no llegó a manos de la reina, sino que por una sucesión de intrigas fue a parar a la condesa de La Motte, que desapareció de París con su marido y se dedicó a vender afanosamente las gemas por separado. Una vez descubierta la estafa, la condesa aseguró ser favorita íntima de María Antonieta y esgrimió unas cartas comprometedoras de la reina falsificadas. María Antonieta fue acusada de intrigante y ambiciosa, y aunque el juicio demostró su inocencia, la campaña política orquestada para desprestigiarla tuvo éxito. El Cardenal de Rohan fue desterrado, la condesa de La Motte azotada públicamente y su esposo condenado a galeras, pero el castigo ejemplar no pudo borrar el nuevo baldón que había caído sobre la honorabilidad de la reina.

La Revolución

La caída de la Monarquía se fraguó en pocos meses. Ni Luis XVI ni María Antonieta comprendieron el carácter de los cambios que se avecinaban, provocando así su propia ruina. Ya no había posibilidades de reconciliación entre el pueblo y el rey. El intento de huida de los monarcas no hizo sino acentuar esta ruptura y patentizar que el país había dado la espalda a la corona. El conde sueco Axel de Fersen, amante fidelísimo de María Antonieta, se encargó de preparar el plan de fuga con un grupo de selectos y secretos monárquicos. La familia real debía huir de París saliendo de Las Tullerías durante la noche por una puerta falsa y dejando una proclama de acentos tradicionales dirigida al pueblo de París:

"Volved a vuestro rey; él será siempre vuestro padre, vuestro mejor amigo."

Sólo consiguieron llegar hasta Varennes, donde fueron reconocidos y detenidos. Cuando Luis XVI leyó el decreto que le obligaba a regresar, dijo:

"Ya no hay rey en Francia".

La Asamblea Legislativa no tuvo más remedio que someterse a cabecillas revolucionarios como Robespierre y Danton. No pudo evitar el asalto por las masas de la residencia real, arrebató los poderes al rey y permitió que fuese encarcelado en la Torre del Temple.

Después, para la realeza, no quedaba sino un trágico epílogo. María Antonieta acompañó a
María Antonieta es llevada al Tribunal Revolucionario
su esposo a la prisión haciendo gala de un valor que ennobleció su figura, rayana luego en el heroísmo al aceptar con patética serenidad la separación de sus hijos y la ejecución de su esposo en enero de 1793.

Trasladada a la Conciergerie siete meses después y encerrada en una celda sin luz ni aire, sin abrigo, vigilada en todo momento por guardias muchas veces borrachos, sus nervios estuvieron a punto de quebrarse en vísperas del juicio. Pero resistió. El juicio fue una Pantomima, los dos abogados que la defendieron, Tronçon-Ducoudray y Chauveau-Lagarde, jóvenes inexpertos, expusieron un alegato muy pobre basado en las pocas notas que pudieron redactar. Durante el juicio se le acusó de mantener juegos sexuales con su hijo Luis XVII, y en ningún momento se tuvo en cuenta que fue ella la que intercedió e hizo que su marido Luis XVI aceptara la Constitución, aunque para lo único que realmente le valió fue para morir el 21 de enero de 1793 despojado de todos sus títulos por el Gobierno republicano (cuestión de formas, es de suponer). Durante el proceso intentó defenderse con sus últimos restos de dignidad, contestó en términos que confundieron a sus crueles enemigos y, ante la acusación suprema de haber corrompido a sus hijos, guardó primero silencio y luego, dirigiéndose hacia el público, exclamó:

"¡Apelo a todas las madres que se encuentran aquí!"

Las deliberaciones del tribunal duraron tres días y tres noches, siendo por fin declarada culpable de alta traición como viuda del Capeto. Ninguna imagen más expresiva ni más elocuente del enorme cambio que se había operado en ella que su famoso dibujo: no hay parecido alguno entre aquella ruina humana que marcha al encuentro de su destino y la mujer que había sido, según apreciara Walpole, la elegancia personificada.

La Reina guillotinada

Cuenta la leyenda, que el día de su ejecución, el 16 de Octubre de 1793, después de sufrir la muerte de un hijo, la de su propio marido, la separación de sus otros tres hijos y la humillación de ser insultada y menospreciada por toda Francia, tenían reservada para ella una última degradación. Debía de atravesar la puerta de salida de su celda, que no llegaba al metro de altura, supuestamente agachada, con la cabeza mirando al suelo en señal de sumisión al pueblo que la había condenado. Ella no aceptó esta última humillación y se colocó de cuclillas, traspasando la minúscula salida con el tronco erguido y la cabeza bien alta. En cierto modo demostró al pueblo francés, muy dado a simbolismos de este tipo (Napoleón Bonaparte tiene también una anécdota similar) el significado de una frase que ella misma sentenció:

“Ama muy poco el que teme morir”.

El 16 de octubre de 1793, a media mañana, sería exhibida en carreta por París ante los ojos de la multitud y de Jacques-Louis David, "el pintor de la Revolución". Luego subiría lentamente los peldaños del cadalso, redoblarían los tambores, caería la cuchilla y la cabeza ensangrentada, asida por los cabellos por uno de los verdugos, sería mostrada a la multitud vociferante.

Analizando su lado negativo seguramente fuera una joven caprichosa, frívola y despilfarradora, a la que educaron para vivir rodeada de lujos. Que probablemente no se preocupara por las calamidades que sufría el Pueblo. Pero de lo que no cabe duda es de que su muerte simboliza el final de una época y el principio de otra y que, quizás, pedir a una adolescente ciertas responsabilidades, en cualquier época de la Historia es, simplemente, un error.

Fuentes