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Heráldica

Heráldica
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Concepto:Es la ciencia que estudia y fija las normas para la correcta interpretación de los blasones o escudos de armas.

Heráldica. Es la ciencia del blasón. Es también un campo de expresión artística, un elemento del derecho medieval y de las dinastías reales hasta nuestros días. Más recientemente, ha sido admitida dentro de las ciencias anexas de la historia junto con la sigilografía, la vexilología, la falerística y la diplomática.

Existen reglas para la confección de blazones y escudos. Hacia el siglo XV, la heraldica adquirió las reglas propias así como un lenguaje especial que permitiera describir, con la mayor exactitud, sin el auxilio de las figuras, las armerías más complicadas. En un principio, la heráldica fue un arte limitada a los heráldicos profesionales, pero hacia el siglo XVII, la heráldica ha ido conformandose entre las ciencias auxiliares de la historia.

Origen de la Heráldica

Es difícil determinar con exactitud cuándo nace la Heráldica en el sentido en que la definía el Marqués de Avilés, en su Ciencia Heroyca, publicada allá por 1725: el Blasón es el Arte, que con términos, y voces propias de él enseña en la inteligencia del escudo de Armas, la de los esmaltes, figuras, y ornamentos, el orden de componerles con reglas, y preceptos ciertos, al modo que le tienen todas las demás Facultades, y Ciencias”.

Es decir: la ciencia que nos ayuda a entender y a componer adecuadamente los escudos de armas; o el código de reglas que permite representar y o describir correctamente los escudos de armas. Lo que es indudable es que, desde la más remota antigüedad, las personas y toda clase de colectividades humanas han usado signos que los identificaran y los distinguieran de los demás, especialmente en aquellas circunstancias en las que esa diferenciación se hacía más necesaria, como en el campo de batalla.

Si bien puede considerarse que existen elementos heráldicos o proto-heráldicos desde hace miles de años, la heráldica como hoy la entendemos tiene origen medieval y aparece en Europa Occidental alrededor del siglo XII. Los “escudos de armas” se originaron en esta época por la necesidad de distinguirse los caballeros en el campo de batalla.

Los emblemas utilizados, que en principio respondían a la voluntad individual y a la imaginación de su portador, pronto se hicieron hereditarios y se organizaron en un sistema de normas y convenciones, con un lenguaje y una terminología propios; especialmente al quedar su concesión restringida a una prerrogativa real que se ejercía a través de los llamados "Heraldos", cuya cabeza visible era el "Rey de Armas".

De este origen medieval y militar es buena prueba la denominación del elemento esencial de la heráldica: el escudo, ya que era sobre este elemento defensivo sobre el que se pintaban los emblemas elegidos por los caballeros u otorgados a éstos por los soberanos. Más tarde su uso se extendió a toda clase de soportes: telas, joyas, fachadas de las viviendas, cuadros, monumentos funerarios, y otros

Precisamente una de las utilidades que hoy en día tiene la heráldica, aparte de la de facilitar unas normas básicas y racionales para la composición de los escudos, es la de ayudar a la identificación de las personas o las pertenencias de éstas identificadas con signos heráldicos. Por esa razón, la Heráldica es también, y sobre todo, una de las llamadas ciencias auxiliares de la Historia, como lo son la Paleografía, que descifra las escrituras antiguas; la Diplomática, que estudia las cartas, diplomas, títulos y otros escritos jurídicos; la Epigrafía, que estudia las inscripciones sobre piedra, metal o madera; la Sigilografía, que trata lo relativo a los sellos con que se firmaban los documentos; la Vexilología, que analiza las banderas y estandartes; la Genealogía, que investiga el origen y filiación de las familias; y el derecho nobiliario, que regula el ejercicio de la Nobleza o la sucesión en la posesión de títulos.

Clasificación de la Heráldica

En función de su ámbito de aplicación concreta, la heráldica puede clasificarse en:

Heráldica gentilicia: de los individuos, familias o linajes.

Heráldica cívica o civil: de las entidades territoriales. Ésta se subdivide a su vez en nacional, provincial y local y en el caso de España, de las Comunidades Autónomas.

Heráldica corporativa: de las entidades, públicas o privadas, de carácter civil: Universidades, Colegios y Asociaciones profesionales; clubes deportivos, sindicatos y otros.

Heráldica eclesiástica: de las personas, instituciones o entidades de la Iglesia.

Heráldica militar: de las personas, instituciones y cuerpos o entidades militares.

Heráldica industrial: de marcas o productos elaborados por las empresas.

Reglas de la Heráldica

I. Forma del escudo

El primer elemento en el que debemos fijarnos al observar un escudo heráldico es su forma exterior. Con esto nos referimos exclusivamente a la forma geométrica del escudo propiamente dicho, excluyendo todos los adornos exteriores. Ésta superficie se correspondería con la del escudo que usaban los caballeros medievales, que era donde primitivamente se dibujaban las armas concedidas por los monarcas, o elegidas libremente por el caballero, según las épocas, y por eso adoptaba una forma muy similar a estos elementos defensivos.

Los primitivos escudos tenían una forma casi triangular, pero después fueron cambiando para adaptarse a la necesidad de incorporar nuevos elementos o simplemente en razón de modas, que también las ha habido en esto.

De la observación de las representaciones heráldicas que nos ha legado la Historia, puede deducirse que no ha existido en ninguna época o país un modelo uniforme de escudo, sino que, por el contrario, en cada país y en cada época han coexistido diversas formas, que en muchas ocasiones no han respondido a otro criterio que la moda imperante o el capricho del artista. No obstante, pueden establecerse una serie de tipos comunes que se han ido manteniendo a lo largo de la historia en cada uno de los países europeos. En todo caso, lo más común es que el escudo adopte una forma más o menos rectangular, con la parte inferior más o menos redondeada o puntiaguda, pero caben infinitas posibilidades.

II. Campo y Particiones

Se denomina campo del escudo al espacio comprendido dentro de las líneas que limitan el mismo, es decir, a lo que hemos definido antes como escudo, propiamente dicho; y también se denomina campo al fondo de cada una de las particiones en que se divida el escudo. Éste, en función del número de divisiones o particiones que contenga, puede ser Simple o Compuesto. Es simple cuando en todo el campo aparece un único esmalte, y es compuesto cuando está dividido en dos o más cuarteles, que es como se denominan las divisiones del escudo. Las más comunes son: partido (dividido verticalmente), cortado (dividido horizontalmente), tronchado, tajado, terciado, cuartelado, jironado, etc. Otras son: cortinado, mantelado, calzado, embrazado, contraembraza­do, encajado, enclavado, adiestrado, siniestrado, flechado... y sus diversas combinaciones.

III. Esmaltes

En Heráldica se denomina esmaltes a los colores con que se pinta tanto el campo como las figuras del escudo. Los esmaltes se dividen en metales y colores. Son metales el oro y la plata, que en la práctica pueden ser sustituidos por amarillo y por blanco, aunque no deben usarse éstos y aquéllos (oro y amarillo, o plata y blanco) simultáneamente. Son colores, el Gules o rojo, Azur o azul, Sinople o verde, Púrpura o morado, y Sable o negro. Además de éstos, que son los básicos, pueden usarse, además, todos los colores naturales de animales, plantas y construcciones, y el color de la piel humana (denominado carnación), para las personas. En todo caso, el campo deberá ser siempre de uno de los siete esmaltes citados, sea éste metal o color, y hay que tener en cuenta que no son admisibles diferentes tonalidades en los colores. No existe, por tanto, el rojo “carmesí”, ni el azul “celeste”, ni nada que se le parezca.

Se considera regla fundamental de la Heráldica el “no ponerse nunca en los escudos metal sobre metal ni color sobre color”. De esta regla dice el Marqués de Avilés: “Aunque son reglas, y preceptos del Blasón todos los que se han dado, y se darán por observación, la principal, y más célebre regla, y ley inviolable de él es que no se ponga metal sobre metal, ni color sobre color, porque de lo contrario las armas serán falsas”. Sin embargo, como reconoce el propio Marqués de Avilés, no hay regla sin excepción, y ésta tiene nada menos que seis. No se aplicará, pues, esta regla a los pequeños detalles de las figuras, como picos, garras, frutos, coronas, y otros, ni a las figuras humanas y sus partes o a las restantes figuras que se representes en su color natural, los cuales podrán ponerse indistintamente sobre metal o sobre color.

Se pueden representar los esmaltes, sin necesidad de utilizar los correspondientes pigmentos, mediante un sistema ideado por el jesuita italiano Silvestre Pietrasanta en 1638, conocido como rayado heráldico, que consiste en simbolizar cada uno de los colores o metales por medio de señales gráficas. Así, se representa el oro por medio de puntos; la plata, dejando el campo en blanco; el gules, con rayas verticales; el azur, con rayas horizontales; el sinople, con líneas diagonales de derecha a izquierda; el púrpura, con líneas diagonales de izquierda a derecha; y el sable, con líneas verticales y horizontales cruzadas, o con el mismo negro. Estos símbolos pueden usarse tanto en el campo como en las figuras. El color natural en las figuras se representa, igual que la plata en el campo, dejando la superficie en blanco. A continuación se incluye un cuadro con los diferentes esmaltes y su representación gráfica.

IV. Figuras

Se denominan figuras o piezas a todos los objetos que se colocan en el campo del escudo. Los heraldistas distinguen cuatro clases de figuras: Heráldicas, o piezas propiamente dichas, como el jefe, el palo, la banda, la faja, la cruz, el aspa o sotuer, la bordura; Naturales, como los animales, las plantas, los astros y meteoros, las figuras humanas; Artificiales, como las coronas, castillos, torres, cadenas, herramientas; y Quiméricas, como dragones, grifos, sirenas; aunque la distinción más común es entre las que representan animales, plantas u objetos y que se denominan propiamente figuras, y las puramente geometricas, llamadas piezas.

Aunque las excepciones en Heráldica, y sobre todo en la Heráldica Municipal española, están cerca de convertirse en norma, existen unas reglas fundamentales que deben tenerse muy en cuenta a la hora de disponer los elementos de un escudo. Además de la ya citada, relativa a los esmaltes, las restantes reglas se refieren a la colocación de las figuras en el campo del escudo, y son las siguientes:

Primera ley.- Jamás debe ponerse en los escudos metal sobre metal, ni color sobre color. No es aceptado que, por ejemplo, sobre campo de oro del escudo, se ponga una figura, la que sea, también de oro. La excepción a la regla serian las Armerías de "enquerre" (aquellas que contradicen la regla heráldica de no colocar jamás color sobre color o metal sobre metal). Un ejemplo de violacion de la regla seria, las armas del cruzado, conquistador de Jerusalén, Godofredo de Bouillón pertenecen a la clase de "enquerre" ya que llevaban plata y una cruz potenzada de oro, cantonada de cuatro crucetas de oro.

Segunda Ley.- Las figuras propias de las Armerías deben estar siempre colocadas en el lugar que les corresponde, No puestas "sin orden ni concierto".

Tercera Ley.- Los escudos en los que aparecen las figuras naturales, artificiales o quiméricas, si aparecen varias de estas figuras pueden colocarse una sobre otra, pero cuando se trata solo de una, lo correcto es colocarla en el centro del escudo, sea cualquiera su tamaño, aunque llenen todo el campo, pero sin que toquen los extremos.

Cuarta Ley .- En los casos de las figuras que no son piezas honorables y existen en el escudo en número de tres, se ponen dos en jefe y una en punta.

Estas reglas de la Heráldica deben tenerse siempre presentes al dar forma a un escudo. Para comprenderlas, nada mejor que la contemplación de las representaciones heráldicas, realizadas por artistas de la talla de Durero, en los siglos XVI y XVII reproducidas en “The Art of Heraldry”.

Los ornamentos o adornos exteriores del escudo reciben el nombre general de timbres. Los timbres no for­maban originariamente parte del blasón y podían variar a volun­tad del titular. Entre los más comunes se pueden citar: coronas, yelmos, bureletes, cimeras, lambrequines, tenantes y soportes; mantos, banderas, cordones y palmas, encomiendas y collares de las Ordenes Militares, pabellones, divisas, y la voz de guerra.

El timbre más comúnmente usado en la heráldica familiar o gentilicia es el yelmo, derivado del casco de los caballeros. Los yelmos se adornan además con cimeras y lambrequines, frecuentemente del esmalte del escudo. Las coronas se representaron posteriormente, a partir del siglo XVII. La posición y la decoración de coronas y yelmos fueron usadas para indicar los grados en la jerarquía de los títulos. Los timbres eclesiásticos son la tiara pontificia, capelos, mitras, báculos, cruces, sombreros, rosarios y borlas.

Los soportes pueden ser tenantes (figuras humanas o semihumanas) y soportes propiamente dichos (animales u objetos inanimados), son las figu­ras que sostienen el escudo y que derivan de los ornamentos que en los sellos rodeaban el escudo. Parecidos a éstos son los emblemas de oficios (llaves pontificias, cruz episcopal o abacial, bastones, de mariscales, áncoras de almiran­tes, etc.) y los signos de dignidad, como los collares de órdenes y las condecoraciones, que siempre deben situarse fuera del escudo. Este último puede estar rodeado de un manto (reyes, principes, duques) y superado o sostenido por una divisa o voz de guerra, situada general­mente en un listel.

VI. Forma de blasonar

Para interpretar adecuadamente un escudo hay que tener en cuenta que éste se personifica, es decir, que la derecha del escudo se corresponde con la izquierda del observador y viceversa, y que, longitudinalmente, el escudo se divide en jefe, centro y punta.Al blasonar o describir un escudo hay que seguir el si­guiente orden: Cuando el escudo está dividido en diferentes particiones, antes de pasar a la descripción de sus cuarteles se indicará de qué forma está dividido (partido, cortado, cuartelado, etc.); después se procederá a la descripción de cada partición como si se tratase de escudos diferentes, or­denándolos de modo que se blasonen primero las particiones que se hallen en el jefe y en la diestra del escudo. Si sobre estas particiones va alguna pieza sobre el todo, se blasonará en último lugar. Cuando dos o más particiones tuvieran una bordura común, ésta se blasonará después de dichas particiones.

Primero se describe el campo del escudo, es decir su es­malte; habitualmente se usa la fórmula: “Trae campo de...” o “Trae de...” Después se blasonan las piezas y figuras, empezando por la principal, siempre que ésta no sea jefe, campaña o bordura, en cuyo caso se blasonarán al final. Las figuras que se cargan a otra se blasonarán inmediatamente después de esta última.

En los escudos divididos en más de cuatro cuarteles se blasonarán primero los que estén situados en la parte superior, dando prioridad a los que se hallen en la derecha. Cuando alguno de estos cuarteles vaya dividido a su vez en particiones (por ejemplo, partido, cuartelado en sotuer, etc.), se blasonará este cuartel completo antes de pasar al siguiente.

Una vez blasonado el interior del escudo, se blasonan los timbres, con el siguiente orden: el yelmo, la corona que pueda hallarse sobre él, los lambrequines, las cimeras y banderas, las encomiendas y collares, los tenantes y soportes con los adornos que tuvieren, el manto con sus atributos y en último lugar las divisas y voces de guerra.

Fuentes