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Arte Militar en Cuba

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Arte Militar en Cuba
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Raíces y manifestaciones del Arte Militar en Cuba
Lugar:Cuba

Arte Militar en Cuba. Nace en las luchas contra el colonialismo español por la independencia nacional durante el Siglo XIX, desarrollado en correspondencia con las nuevas condiciones durante la Guerra de Liberación Nacional, ha sido aplicado de manera creadora por los jefes militares que durante más de cien años han luchado contra la injusticia frente a fuerzas enemigas muy superiores en número y armamento.

Raíces

La teoría del Arte Militar surge como consecuencia de la práctica de la lucha armada, a lo largo de la cual, los caudillos y jefes militares se afanaron por descubrir y generalizar las leyes que regían ese fenómeno, así como los principios y procedimientos que conducían a la victoria con cierta regularidad.

Como en otras áreas del conocimiento humano, en el Arte Militar, la práctica antecede a la teoría y le sirve de base, pero una vez formulada esta última, orienta la práctica ulterior que, a su vez, despoja la teoría de todo lo subjetivo y obsoleto y la adecua a las nuevas condiciones materiales.

Las condiciones materiales, los cambios en los hombres y en los medios, son los que crean las premisas para que el talento de los jefes militares aprovechen las nuevas posibilidades y elaboren formas y métodos más eficaces de preparar y conducir la lucha armada. Esto es, la economía determina el Arte Militar y este, la Construcción militar.

Otros elementos tales como las particularidades del desarrollo histórico de cada sociedad, las características del teatro de operaciones militares y del enemigo a que debe enfrentarse, las tradiciones nacionales de cada pueblo y la actividad de jefes destacados influye considerablemente, muchas veces, en la conformación del Arte Militar de cada época y país.

La práctica militar organizada se remonta a la etapa en que, con la aparición de la propiedad privada sobre los principales medios de producción y la división de la sociedad en clases antagónicas, surgieron el Estado y las guerras. Con ellas, las armas destinadas a la caza se transformaron en medios para el combate, el hombre aprendió a trabajar los metales e hizo más eficaces sus armas, aparecieron las primeras formas del lenguaje escrito y emergieron el guerrero y el ejército, como organización específicamente creada para realizar la lucha armada. Así se crearon las condiciones para el advenimiento de la teoría del Arte Militar.

Estos fenómenos, nacidos en el seno de las grandes civilizaciones esclavistas, como las de Mesopotamia y Egipto, se remontan al 3500-3000 a.n.e., cuando empezó a usarse el cobre, tanto en las armas contundentes como en las arrojadizas.

Pasarían algunos siglos antes de que el hombre aprendiera a endurecer el cobre mezclándolo con estaño. La Edad del Bronce, que marca el alborear de la Edad Antigua, se inició en el valle del Indo algo antes del 2500 a.n.e. y poco después en el valle del río Amarillo, en China. La metalurgia del hierro comenzó a desplazar al bronce en el Cercano Oriente un poco antes del 1000 a.n.e., en Europa algo después y varios siglos más tarde en China.

Aunque la historia antigua, como manifestación escrita del desarrollo de la sociedad, comienza con el esclavismo y la Edad de Bronce está repleta de acontecimientos militares, no fue sino hasta el 1500 a.n.e. que podemos reconstruir el desarrollo aproximado de algunas de las incesantes guerras que sostenían entre sí los primitivos estados del Cercano Oriente y descubrir sus métodos de combate y de organización militar.

En otras palabras, aunque la lucha armada organizada con objetivos políticos —las guerras— podemos rastrearla hasta tres milenios a.n.e., las primeras manifestaciones de la teoría del Arte Militar de las que tenemos referencia aparecieron 1 500 años después.

Asimismo, durante la larga etapa del predominio del arma blanca como medio principal de combate, el procedimiento fundamental para derrotar al enemigo era el golpe con esta arma, lo que condicionó la batalla campal como forma esencial de las acciones combativas para decidir la campaña o la guerra, y las formaciones compactas (la falange macedónica y más tarde la legión romana) como órdenes combativos más ventajosos para asestar sus golpes.

A lo largo de ese dilatado período, la relativa endeblez económica de la mayoría de los estados no les permitía mantener ejércitos ni flotas permanentes, por lo que todos los ciudadanos estaban sujetos a la prestación del servicio militar desde la adolescencia hasta la vejez.

La continua práctica militar de los diferentes estados fue produciendo las primeras manifestaciones escritas al respecto; en Europa, Herodoto y Tucídides y, paralelamente, en China, Sun Tzu, nos legaron testimonios y máximas en torno al arte militar, que fueron enriquecidos más tarde por otros, tales como Jenofonte, Onosandro, Vegecio y Julio César. Cabe señalar que en la mayor parte de esas obras hay una estrecha vinculación entre la historia y el arte militares, pues a un tiempo exponían la descripción de las guerras y las observaciones, comentarios y enseñanzas de aquellas cuestiones que, a juicio de los autores, condujeron a la victoria o a la derrota en cada caso.

La Edad Media sumió a la humanidad en diez siglos de oscurantismo y el Arte Militar no escapó a ello. Durante esa etapa, el genio, la estratagema, la maniobra y, en fin, la habilidad, fueron sustituidos por la fuerza, representada por el caballero feudal cubierto de metal y protegido por su castillo. Pobre es el aporte de esos mil años al arte militar —salvo el empleo de la caballería ligera por los árabes—y sería necesario el Renacimiento, fruto de la burguesía como clase social, para que unido al despertar de la ciencia y la tecnología en general, el hombre abordara nuevamente la lucha armada con el mismo espíritu inquisitivo y creador con que enfrentó la ciencia, el arte, la literatura y la vida en general, de lo cual fue Maquiavelo un magnífico exponente.

La aparición de las armas de fuego portátiles y de la artillería, marcó una revolución en el modo de hacer la lucha armada, tan trascendente, que devolvió el papel principal a la infantería; signó el inicio de la decadencia de la caballería pesada y confinó la ligera a misiones auxiliares; transformó la ingeniería militar y modificó la táctica terrestre y naval.

Fue en ese escenario que Cristóbal Colón descubrió América para el mundo europeo y trajo al nuevo continente una ciencia militar muy superior a la de sus pobladores, que serviría para derrotarlos y esclavizarlos, cuando no para exterminarlos, como ocurrió en el caso de Cuba.

La práctica militar desarrollada en Cuba, primero por los conquistadores españoles y con el decursar del tiempo, por sus sucesores, los criollos y cubanos, es sin dudas una de las principales fuentes del Arte Militar cubano, que surgiría a partir de 1868, en el fragor de la Guerra de los Diez Años, junto con la consolidación de la nacionalidad.

A esa práctica militar casi ininterrumpida durante 300 años, habría que añadir el estado del Arte Militar occidental en la primera mitad del Siglo XIX, llegado a nuestros patricios a través de distintas fuentes, así como la experiencia combativa de los extranjeros y cubanos que se sumaron al Ejército Libertador, todo lo cual conforma las raíces de nuestro Arte Militar, que surgió vacilante en los primeros días de un conflicto terrible —la Guerra de los Diez Años—, librado en condiciones de absoluta desventaja técnico-militar por nuestros patriotas y que, sin embargo, supo resistir, desarrollarse y oponerse ventajosamente al decantado arte militar de una potencia de la época, de larga tradición colonial, que empleó contra Cuba a sus mejores generales y tropas en una épica contienda en la que si no vencimos, no fue por haber sido despojados de la espada, sino por haberla dejado caer, como dijera José Martí.

Primeras manifestaciones

Las primeras manifestaciones de Arte Militar que recoge la Historia de Cuba tuvieron lugar durante la llamada colisión de dos culturas, cuando los conquistadores llevaron a cabo su operación de invasión, ocupación y conquista, contra la resistencia de los aborígenes, manifestada esta última de múltiples formas, incluyendo la lucha armada, que duró más de treinta años y que no cesó sino con el exterminio casi total de nuestros nativos. No se trató de que con el descubrimiento los europeos trajeran su cultura al Nuevo Mundo sino: “de la imposición de una cultura sobre otra, del aplastamiento de unos pueblos por otros, poseedores de una tecnología militar más avanzada, de la intrusión violenta de Europa en América”.

A pesar de la abismal diferencia entre los estadios de desarrollo de unos y otros — 4 500 años— y contra lo que por tradición se ha dicho y escrito, nuestros nativos no aceptaron mansamente la dominación española, no se resignaron a una esclavitud o una servidumbre que no conocían ni comprendían, las rechazaron con todas sus escasas fuerzas y prefirieron el aniquilamiento a vivir bajo relaciones de producción y normas sociales que no eran las suyas. Establecieron de este modo un precedente que, sin dudas, llega hasta estos días.

Preparación de la invasión

La campaña de invasión, ocupación y conquista de la isla de Cuba fue una verdadera empresa privada puesta en marcha a través de un contrato o asiento mediante el cual ambas partes: el rey y el contratado se comprometían a repartirse los dividendos de la aventura.

Desde el punto de vista militar fue una operación planeada y llevada a cabo por los castellanos, según las normas del Arte Militar de la época. En efecto, el objetivo estratégico y los plazos de la operación fueron planteados con toda precisión y claridad por el rey Fernando V, el Católico, a Diego Colón, hijo del Almirante y virrey de La Española desde Julio de 1509, cuando le señaló que debía organizar la conquista: “porque tenemos alguna sospecha de que en la isla de Cuba hay oro debéis procurar lo más presto que pudiereis saber lo cierto”. Obviamente, el oro que fluía de América hacia la corona (4 950 kg entre 1503 y 1510), lejos de saciar al monarca, lo incitaba a buscar más y más.

Por su parte, el virrey Colón tenía también objetivos personales en la empresa, ya que de incorporar Cuba a su virreinato, esta pasaría a acrecentar su herencia familiar, en calidad de parte de las tierras descubiertas por su padre.

Para capitanear la campaña, Diego Colón se vio obligado a proponer al segoviano Diego Velázquez de Cuéllar, un capitán de los tercios españoles, cuarentón de larga experiencia combativa bajo las órdenes del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en las guerras de España contra Francia en Nápoles.

Velázquez, llegado a América en el segundo viaje de Cristóbal Colón, había alcanzado el cargo de teniente (segundo al mando) para la parte occidental de La Española, de manos de fray Nicolás de Ovando, gobernador de la Isla, gracias a su activa participación en el aplastamiento de los rebeldes quisqueyanos.

Fundador de varias villas en el suroeste de aquella isla y uno de sus más acaudalados colonos, el activo segoviano había sido un candidato de compromiso entre las posiciones de la facción partidaria del rey —liderada por Miguel Pasamonte, tesorero de la corona en La Española, apoyada por Lope Conchillos, secretario del monarca—, y los deseos de Diego Colón, quien en principio había pensado en su tío Bartolomé para liderar la invasión. En realidad, la candidatura propuesta era la ideal y el rey la aprobó.

Mediante la firma de un asiento que lo facultaba para dirigir la ocupación de la vecina isla, Velázquez se comprometió a sufragar la mayor parte de los gastos de la expedición a cuenta de su peculio personal, a cambio de que, posteriormente, se le rembolsara y de ser designado gobernador vitalicio y Adelantado (segundo de Diego Colón) en la isla de Cuba; pero todo parece indicar que Velázquez aspiraba a independizarse rápidamente de la tutela del hijo del Gran Almirante, convertirse en virrey de la Isla y ser el ganancioso propulsor de la conquista de nuevas tierras al oeste de Cuba.

En realidad, Velázquez contó con el respaldo del tesorero de Jamaica, Pedro Mozuelos, y de Juan Francisco de Grimando y Gaspar Centir, representantes en Sevilla de los bancos genoveses, en una fórmula monarco-aventurero-financiera, que se repetiría muchas veces en lo adelante.

La leva o reclutamiento de la hueste conquistadora se realizó según el procedimiento usual de aquellos tiempos. Publicados los bandos de enganche, Velázquez plantó su pendón ante la puerta de su casa en Salvatierra de la Sabana, villa de la que era fundador, en la costa suroriental de La Española, a cuyo llamado acudieron numerosos aventureros y ambiciosos, a los que el agotamiento del oro y la extinción de los aborígenes quisqueyanos habían dejado sin perspectivas de un rápido enriquecimiento.

Bajo las banderas de Velázquez se alistaron unos 300 hombres de toda ralea; desde nobles hasta presidiarios. Algunos de ellos, curtidos veteranos de las guerras europeas y de la pacificación de La Española, harían posteriormente historia en América. Hernán Cortés, quien siete años después conquistaría México; Pedro de Alvarado, futuro conquistador de Guatemala; Francisco Hernández de Córdoba, descubridor de Yucatán, con Antón de Alaminos, descubridor del canal de la Florida; Bernal Díaz del Castillo, autor de la Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España; Juan de Grijalva, descubridor de Cozumel y explorador de las costas desde Yucatán hasta Veracruz, y Diego de Ordaz, el manco de Otumba, compañero de Cortés en la conquista de México y explorador de las costas venezolanas, figuraban entre otros, a los que sumaron, en calidad de tropas auxiliares, un grueso contingente de naturales de Quisqueya.

Posteriormente se incorporaría, ya en Cuba, Pánfilo de Narváez, con un destacamento de treinta arqueros y un grupo de nativos de Jamaica y poco después, fray Bartolomé de las Casas, a solicitud del propio Velázquez, quien era su amigo personal y conocía la influencia que el sacerdote era capaz de ejercer sobre los nativos. Quizás sin plena conciencia de ello, pero con una intuición sorprendente, Velázquez utilizó a Las Casas para llevar a cabo la conquista ideológica de los aborígenes. Un propósito mucho más profundo, de más largo alcance y trascendencia que el de someterlos por la fuerza y que, actualmente, tiene plena vigencia en la recolonización de América por el imperialismo norteamericano.

Evidentemente, desde tiempos del gobierno de Ovando en La Española, existía el propósito de colonizar Cuba. Aunque muchos historiadores sitúan como objetivo del bojeo llevado a cabo por Ocampo, el precisar si Cuba era o no una isla, Fernández de Oviedo ofrece un argumento más convincente al señalar que Ovando “[...] envió con dos caravelas e gente a tentar si por vía de paz se podría poblar de cristianos la isla de Cuba e para sentir lo que se debía proveer, si caso fuese que los indios se pusiesen en resistencia”.

Para planificar la operación Velázquez contaba con la información necesaria acerca del teatro cubano: tanto de sus características físico-geográficas, como de la naturaleza de sus habitantes y de los medios de lucha con que contaban.

Por datos obtenidos en el primero, segundo y cuarto viajes del almirante Colón, del mapa de Juan de la Cosa, de la información acopiada por los navegantes Alonso de Ojeda y Vicente Yáñez Pinzón, de la que trajo Sebastián de Ocampo después de su minucioso bojeo y de la que aportaron rancheadores furtivos de oro e indios, tales como Sancho Camacho y su hermano, Velázquez conocía la condición insular de Cuba, sus magníficos puertos y radas, las características del litoral en ambas costas, la naturaleza del relieve, la fertilidad de los suelos, su flora y su fauna.

Sabía también de la apacible condición de los naturales, caracterizados como “gentes mansas y muy temerosas, muy sin mal, desnudos todos como sus madres los parió, sin armas y sin ley”. Tampoco desconocía el conquistador la endeblez del armamento que podía oponérsele: apenas flechas de cogollo de caña con puntas de piedra, espina o diente de pescado, toscamente enmangadas y arrojadas por pequeños arcos de escaso poder de impulsión, con un alcance no mayor de cuarenta a cincuenta pasos, gran dispersión e incapaces de perforar los escudos y petos metálicos de los españoles; azagayas de madera con la punta endurecida al fuego, y para el combate cuerpo a cuerpo, macanas de madera dura manejadas con las dos manos y hachas de piedra.

En realidad, Cuba estaba habitada por algo más de 200 000 individuos que aproximadamente desde el año 8 000 a.n.e. comenzaron a llegar a la Isla, principalmente desde el nordeste venezolano a través de las Antillas Menores, pero también desde el valle del Mississippi, la península de la Florida y Centroamérica, en diferentes oleadas, que fueron asentándose a lo largo de todo el territorio, empujando unas a otras hacia occidente, según su nivel de desarrollo, que en el mejor de los casos no superaba el neolítico.

Los aborígenes cubanos (Pérez, 1988:33), pueden clasificarse como preagroalfareros tempranos y medios (los guanahatabeyes no productores; preagroalfareros tardíos (ciboneyes); protoagrícolas y agroalfareros tempranos, medios y tardíos (taínos). Dominaban el uso del fuego y eran capaces de tallar el sílex para confeccionar herramientas de trabajo, incluyendo armas de penetración y de impacto muy rudimentarias, más apropiadas para la caza menor que para el combate.

Los nativos de Cuba carecían de los lazos de unión característicos de los pueblos federados. Integrados por comunidades de distintas procedencias, costumbres y hábitos, si bien estaban agrupados bajo el mando de caciques, carecían de mayor unidad. En rigor, los grandes cacicazgos, constituían un agregado de parcialidades diferentes entre sí, antes independientes, sin vinculación económica, obligados a formar después un todo que no podía ser homogéneo.

Las manifestaciones de lucha armada entre cacicazgos se limitaban a incursiones de corta duración, lo que estaba determinado por las reservas de víveres que podían acopiar y que no les aseguraban una autonomía mayor de cinco a siete días.

Socialmente, algunos de esos grupos estaban en una fase de inicio de la descomposición de la comunidad primitiva, organizados por territorios y en ocasiones con viejas querellas entre sí, lo que hacía imposible su unidad frente al agresor. Ya se distinguían el cacique, behíques o sacerdotes-curanderos, nitaínos o nobles, baquías o guerreros y naboríes o trabajadores, pero en estos últimos casos, solo como ocupación temporal, ya que ni la servidumbre ni la esclavitud se habían establecido.

Físicamente eran de mediana estatura y complexión, color canela y pelo negro lacio. Los taínos se diferenciaban de otros grupos por su hábito de deformarse el cráneo. Hábiles nadadores y magníficos navegantes a bordo de sus piraguas de remos, capaces, según Las Casas, de transportar de cincuenta a setenta hombres, poseían, asimismo, elevada resistencia para efectuar largas marchas, pero no gran fortaleza.

Desde el punto de vista económico, eran solo capaces de producir un mínimo excedente, incapaz de sustentar campañas prolongadas.

Todas estas circunstancias hacían del nativo de Cuba un hombre no habituado a la guerra y un débil enemigo para los invasores.

No obstante, las atrocidades cometidas por los castellanos en Quisqueya y la lógica reacción que era de esperar de los primitivos pobladores de Cuba, llevaron al capitán Francisco de Morales, designado segundo al mando de la expedición por ser partidario de Diego Colón, a recomendar a su jefe no fiarse: “pues si los cubanos han tenido comunicación con los indios de La Española no creo que nos reciban con flores y música”.

Primera etapa de la invasión, inicio de la resistencia nativa

La expedición partió de Salvatierra de la Sabana, probablemente al finalizar la primavera de 1510; a bordo de cuatro embarcaciones, contorneó cabo Tiburón y desembarcó en una rada de la costa meridional de Cuba, casi seguro en la propia Bahía de Guantánamo, a la que denominaron puerto de Palmas. Comenzaba así la segunda etapa de la fase insular de la colonización americana (1508-1522).

Velázquez no se apresuró por internarse en el país. Dos factores así lo aconsejaban: primero, debía explorar la reacción de los nativos y en caso de ser esta hostil, neutralizarla, para asegurar su base de partida e impedir acciones contra sus líneas de comunicación, y segundo, tenía que asegurar, con las labranzas de los naturales, los víveres frescos necesarios para la alimentación de sus tropas. El Adelantado no había olvidado el hambre terrible que pasaron los peninsulares en los primeros años de la conquista en La Española, cuando en su afán de buscar oro no se preocuparon por cultivar la tierra ni criar ganado.

Los primeros encuentros de las patrullas de exploración castellanas demostraron que, al menos, había un núcleo de aborígenes francamente hostiles a los invasores y dispuestos a enfrentarlos con las armas en la mano, pero al mismo tiempo sembraron el terror entre los nativos, quienes ante la incapacidad de sus medios para herir o matar a los agresores, llegaron a pensar que caballo y hombre eran una sola cosa, y además, invulnerable.

La historia recoge que Hatuey o Yahatuey, cacique de la región de Guahabá, en el extremo suroccidental de La Española, había emigrado hacia Cuba con unos cuatrocientos de los suyos huyendo de los españoles y que, después de establecerse en una aldea cercana a la desembocadura del río Toa, en la meseta alta de Maisí, trató de organizar la lucha armada contra los invasores en el extremo oriental de la Isla.

Es sumamente difícil precisar el contenido de esa organización, pues mientras Azcárate Rosell señala el envío de espías a La Española para informarse sobre los preparativos hispanos para la invasión, Herrera apunta que Hatuey estableció en las costas cubanas una guardia perpetua para vigilar la llegada de los europeos, que convenció a los nativos de Cuba para que arrojaran el oro a los ríos y evacuaran a mujeres y niños hacia las montañas, que avisó al resto de los caciques y que organizó la defensa de las playas.

Sin embargo, la enorme ventaja material de que disponían los castellanos —dotados de arcabuces, ballestas, lanzas, picas, espadas y puñales de acero; protegidos por cascos, armaduras, escudos y cotas de malla del mismo metal; auxiliados por perros de presa y caballos de batalla— unida a la superioridad de su táctica, experiencia combativa y organización militar, a lo que se sumaba la cooperación de numerosos aborígenes quisqueyanos, jamaicanos y hasta nativos de Cuba, frente a, según apuntó el Padre Las Casas, las “barrigas desnudas y pocas y débiles armas” de los partidarios de Hatuey, y la falta de solidaridad del resto de las comunidades indígenas de la región, no podía arrojar otro resultado que la derrota de los rebeldes.

Tengamos en cuenta que cuando Velázquez llegó a Cuba, el ejército español estaba en pleno apogeo y era uno de los mejores del mundo. Acababa de vencer los alfanjes de los jinetes moriscos, las lanzas de los caballeros franceses y las picas de los mercenarios suizos, y ya poseía experiencia combativa frente a los nativos americanos adquirida en La Española y en Jamaica.

A finales del Siglo XV y principios del Siglo XVI, el ejército de tierra español se transformó sustancialmente. Acabó de convertirse en permanente con la creación de las Guardias Viejas de Castilla, los Guardas de las Costas de Granada y las tropas de la Ordenanza establecidas por Cisneros —30 000 infantes y la correspondiente caballería—. Se reguló el reclutamiento, se establecieron las tropas permanentes y las reservas, Gonzalo de Córdoba perfeccionó notablemente la táctica, introdujo arcabuces en la línea de piqueros en una proporción cada vez mayor; mejoró la disciplina, se creó la infantería española y se reguló la administración militar; aumentó y progresó la artillería. Además, la reina Isabel estableció los hospitales y creó la sanidad militar.

La marina, organizada en tres núcleos básicos: el Cantábrico, Andalucía y Cataluña, recibió tan fuerte financiamiento que la flota que acompañó a Juana, la Loca, a Flandes no era menor, por el número de sus embarcaciones, que la Armada Invencible. Pero no estaba resuelto el aseguramiento con municiones —bien difícil, por cierto, ante tantos sistemas y calibres— ni el financiero, pues se llegó a deber hasta veinte pagas a los soldados.

Por otra parte, los conquistadores se adaptaron rápidamente a las condiciones del teatro americano; prueba de ello son el empleo de los perros y el cambio de la larga espada europea, embarazosa en nuestras selvas, por sables de abordaje cortos y rectos, mucho más manejables en el combate cuerpo a cuerpo y útiles para otras labores, lo que los hace indiscutibles antecesores del machete. Al respecto, Vargas Machuca se refiere a “espadas anchi-cortas, medias espadas, alfanjes o cimitarras o cuchillos largos de monte, de 3-4 palmos”.

Es difícil sobrevalorar el papel que desempeñaron los caballos. El propio Vargas Machuca apuntó que los nativos “juzgan ser los caballos y hombres todo una pieza e inmortales”. Piedrahita, por su parte, afirmó “son los caballos los nervios de la guerra con los naturales” y era común entre los conquistadores sentenciar “después de Dios debemos la victoria a los caballos”.

Tan importantes fueron los caballos para los conquistadores que Bernal Díaz del Castillo los describe, con sus pelajes, méritos y defectos antes de describir a cualquiera de los conquistadores, incluyendo al propio Hernán Cortés. Después de La Noche Triste, Bernal Díaz relata “Era una pena muy grande pensar la cantidad de caballos y valientes soldados que habían perdido”. El procedimiento favorito para el empleo de la caballería era la carga en tríos, con agarre corto de las lanzas que mantenían con las puntas altas para herir a los nativos en la cara y evitar que les fueran arrebatadas.

Con el nombre de “mastines de guerra, perros de pelea, rancheadores y mallorquines”, se designaban perrazos, de más de 150 libras de peso, cabezas grandes, ágiles y fieros. Los aborígenes carecían de defensa contra ellos; no podían ocultarse porque les seguían el rastro, y en lucha frontal tenían escasas probabilidades de éxito ante tan formidables enemigos que, además, alertaban a los españoles de las emboscadas y los ataques sorpresivos.

Los primeros enfrentamientos armados con los nativos revelaron a Velázquez que Hatuey era el alma de la resistencia, por lo que se fijó como misión inmediata capturar y aniquilar al dominicano, y en su persecución se internó en las fragorosas sierras, hasta asentarse en Baracoa, muy próximo a la aldea donde el cacique se había establecido y donde fundó, a finales de 1510 o principios de 1511 la primera villa en suelo cubano: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, en la proximidad de un cerro que permitía su más eficaz defensa en caso de un ataque por tierra, inmediata al puerto y entre los ríos Macaguanigua, al oeste y Miel por el este, donde erigió la primera fortificación —un torreón de cantos con seis cañones pedreros— y estableció su cuartel general. Como puede verse, fueron consideraciones estrictamente militares las que determinaron el lugar de ubicación de la primera villa española en Cuba.

A pesar de que el ex cacique de Guahabá y sus hombres emplearon procedimientos de lucha irregulares, tales como emboscadas y golpes súbitos, seguidos de una rápida salida del combate; de que aprovecharon las cualidades tácticas de las abruptas serranías orientales y del heroísmo que desplegaron, su ejemplo no se extendió a otros jefes y cacicazgos, habituados a vivir independientes, lo que privó a Hatuey de contar siquiera con la superioridad numérica y condujo a que, después de dos o tres meses de resistencia tan activa como infructuosa, se viera obligado a internarse en el país y a buscar refugio en las montañas de la región de Macaca, entre Manzanillo y la Sierra Maestra.

Esto permitió a Velázquez concentrar sus esfuerzos en la búsqueda, captura y aniquilamiento del núcleo de Hatuey, lo que logró después de más de año y medio de incesantes operaciones con varias cuadrillas, gracias a la información obtenida por medio de las torturas a que sometía a los prisioneros que hacía.

Bien conocido es el epílogo. Hatuey fue capturado, acusado de hereje y rebelde y quemado vivo en los alrededores de Bayamo el 2 de febrero de 1512. Refiere Las Casas que instantes antes del suplicio, el sacerdote franciscano Juan de Tesín trató de convertirlo al catolicismo describiéndole las delicias del paraíso, pero que al enterarse el condenado de que allí iban también los españoles, se negó rotundamente a aceptar un bautismo que lo obligaría a encontrarse de nuevo con “gente tan mala y cruel”.

Hatuey, nacido en Quisqueya y muerto en Cuba, pasó a la historia como símbolo de resistencia viril e inquebrantable ante un invasor que lo superaba aplastantemente desde el punto de vista técnico-militar.

“Quemado Hatuey, señaló Las Casas, como las gentes de allí lo tenían por hombre y señor esforzado, de miedo puro que se les arraigó en las entrañas, debajo de la tierra, si pudieran meterse, trabajarían por huir de los cristianos”.

La pacificación

Habiendo liquidado drásticamente la resistencia inicial, Velázquez dio inicio a la segunda etapa de la operación de invasión.

A tal efecto envió a Pánfilo de Narváez, con treinta arqueros, numerosos auxiliares nativos y las imprescindibles traíllas de perros a la región de Macaca-Bayamo-Guacanayabo, y a Francisco de Morales, con un destacamento similar, a la de Maniabón-Baní-Barajagua, al norte de Holguín, donde había importantes asentamientos indígenas. En ambos casos la misión consistía en lograr la pacificación de los pobladores y organizar los aseguramientos necesarios (víveres, cargadores y guías) para el desarrollo ulterior de la campaña.

Velázquez no era partidario de exterminar violentamente a los indígenas. Su experiencia en La Española le hizo ver que era preferible explotarlos mediante repartimientos o encomiendas en los que no rompía la unidad entre los jefes nativos sometidos y el núcleo de población a ella subordinado de modo que aquellos conservaban alguna autoridad formal.

Solo en caso de jefes rebeldes optaba decididamente por liquidarlos y sustituirlos por otros más dóciles. Hay que reconocer que el procedimiento conserva una vigencia que corroboran numerosos ejemplos contemporáneos.

Sin embargo, los desmanes cometidos por sus tenientes levantaron la rebeldía de los naturales, traducida en el abandono de las labores agrícolas y las aldeas, y en el enfrentamiento armado con los ocupantes.

Ya en Maniabón se produjeron las primeras bajas españolas, mientras que en Bayamo, Narváez fue objeto de un ataque nocturno sorpresivo.

Refieren los cronistas que en medio de la noche 7 000 nativos, al parecer encabezados por Caguax, sucesor de Hatuey, atacaron de forma simultánea, desde dos direcciones, la aldea de Bayamo donde dormían los españoles. Señalan asimismo, que los gritos de guerra que habitualmente daban para animarse, unidos al celo de los aborígenes jamaicanos que prestaban el servicio de seguridad a los españoles frustraron la sorpresa total. No obstante, Narváez recibió una pedrada que lo lanzó por tierra, pero rehaciéndose y semidesnudo, montó en su yegua, que llevaba una collera de cascabeles, y galopó por el centro de la aldea. Ante aquella visión y ruido desconocidos se aterraron los atacantes y emprendieron una desorganizada huida. Caguax fue perseguido y aniquilado.

Aunque la cifra de indocubanos que se menciona parece muy exagerada —téngase en cuenta que aún en nuestros días no es una tarea sencilla organizar y asegurar una acción ofensiva nocturna desde dos direcciones, en la cual participe esa cantidad de efectivos— del hecho pueden extraerse algunas experiencias, tales como que el desconocimiento de las posibilidades de los medios de combate de los españoles —en este caso la yegua y los cascabeles— provocó en los nativos una nefasta influencia psicológica y desató el pánico; la importancia de la organización de la seguridad de las tropas principales con tropas auxiliares y la conveniencia de actuar con el mayor sigilo durante las acciones nocturnas.

Los aborígenes puestos en fuga trataron de hallar refugio entre los pobladores de Camagüey, de donde se vieron obligados a regresar al poco tiempo al no encontrar la hospitalidad que esperaban, probablemente por no haber allí las reservas de víveres necesarios para los recién llegados, lo que corrobora que la falta de cooperación entre los naturales de Cuba fue un factor importante del triunfo hispano y que el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de los nativos no les permitía sostener una guerra.

Ante lo complejo de la situación, Velázquez decidió influir personalmente en el curso de la operación; a tal efecto, marchó con sus reservas hasta Bayamo, reforzó a Narváez y aseguró la colaboración de los espantados nativos; apresó a su indeseable teniente, Francisco de Morales, y lo remitió a La Española acusado de... ¡excesos con los aborígenes!

La ocupación

Era el año de 1513, la situación estaba dominada y el Adelantado se preparó para iniciar la etapa decisiva de la campaña: la ocupación del resto de la Isla.

Para su realización creó tres destacamentos: el primero, a bordo de un bergantín que, partiendo de Sagua de Tánamo tenía la misión de ir costeando el litoral norte, recalando, reconociendo y pacificando los principales puntos poblados hasta encontrarse con las fuerzas principales en el Puerto de Carenas (La Habana), conocido ya por los conquistadores desde el bojeo de Ocampo y que se venía utilizando como puerto de recalada de las flotas, al menos desde 1503. Además, debía mantener contactos periódicos con las fuerzas que marchaban por el centro de la Isla, y de ser necesario, prestarles ayuda.

El segundo, bajo el mando de Narváez y con Juan de Grijalva como teniente, con las fuerzas principales, en composición de cien infantes, ocho jinetes y varios cientos de nativos en calidad de tropas de aseguramiento, partiría de Bayamo, tenía la misión de desplazarse por tierra a lo largo de la Isla, pacificarla y rescatar a nueve supervivientes, probablemente del naufragio de Sebastián de Ocampo, de cuya existencia había conocido el Adelantado. En este destacamento Velázquez incluyó al padre Las Casas con la doble función de apaciguar los excesos de los españoles y persuadir a los aborígenes para que acatasen la autoridad del invasor.

El tercer destacamento, bajo su mando directo en composición de quince a veinte hispanos y remeros nativos, debía desplazarse en canoas por la costa meridional, peligrosa para la navegación de embarcaciones de mayor calado, con el objetivo de reconocerla hasta la bahía de Jagua.

Adicionalmente, Velázquez dejó una reserva de ochenta infantes y veinte jinetes en la región de Manzanillo y otra de 150 infantes y veinte jinetes “en la parte que convenía estar”, (Pichardo, 1971) probablemente Baracoa.

La presencia de gran número de nativos en los contingentes aseguró las tareas de exploración, enlace, interpretación y transportación de los medios materiales, y en el destacamento de Velázquez, además, garantizaron la navegación, en magníficas canoas, por las traicioneras aguas del Laberinto de las Doce Leguas.

La operación se desarrolló según el plan y logró sus objetivos sin otros incidentes dignos de mención que la matanza de Caonao y el rescate de tres españoles que vivían entre los nativos.

Estaban Narváez y los suyos en la provincia de Zavaneque, costa norte de Camagüey, cuando recibieron noticias de que tres supervivientes españoles de un naufragio ocurrido algunos meses atrás en la costa noroccidental de la Isla, permanecían en poder de los aborígenes. Se trataba de Diego de Mexía y dos mujeres, que habían escapado a la doble tragedia del naufragio, primero, y de la agresión de los nativos que, bajo el mando de Yuguacayex, hicieron zozobrar las piraguas en que los conducían por la Bahía de Guanina, (Matanzas), con lo que muchos de los treinta y seis supervivientes iniciales se habían ahogado y el resto fue ahorcado.

Esta es quizás la única explicación, aunque no justificación, de lo que sucedió después, cuando se encontraba el destacamento de Narváez en la región de Yuhayo o Yucayo, en las márgenes del Río Caonao y llevaron a cabo una horrible matanza de indocubanos.

Refiere Las Casas que “[...] saliéndonos a recibir (los nativos) con mantenimientos y regalos diez leguas de un gran pueblo, y llegados allá nos dieron gran cantidad de pescado, y pan y comida con todo lo que más pudieron; súbitamente se les revistió el diablo a los cristianos y meten cuchillo a mi presencia (sin motivo ni causa que tuviesen) más de tres mil ánimas que estaban sentados delante de nosotros, hombres y mujeres y niños. Allí vide tan grandes crueldades, que nunca los vivos tal vieron ni pensaron ver”.

La absurda e injustificable masacre de Caonao —nombre con el que pasó a la historia— es muestra de cómo la implantación del terror forma parte de los recursos a los que apela el invasor para lograr la pacificación del país ocupado.

Más adelante, durante la conquista de Cuba, se haría ley que, cuando en combate caía un español, cien indígenas debían morir en represalia (Pérez, 1988).

Informado Velázquez de aquel hecho a través de enlaces, y en previsión de lo que pudiera sobrevenir más adelante, envió cuarenta infantes y diez jinetes a Narváez en calidad de refuerzo.

Poco después, cuando este destacamento llegó a la región de Carahate o Casa Harta, Caibarién, los españoles fueron acogidos benévolamente por los nativos quienes les entregaron a las dos sobrevivientes del naufragio. El grupo de Narváez permaneció algún tiempo en la región, pero poco después prosiguió el desplazamiento hacia occidente con solo una parte del personal, a bordo de quince grandes piraguas indígenas, desembarcaron en la bahía de Guanina, se internaron en La Habana, cacicazgo cuyos límites iban desde Matanzas hasta Mariel, recuperaron a García Mexía sano y salvo, de manos del bondadoso y anciano cacique Habaguanex y arribaron al puerto de Carenas, donde los aguardaba el bergantín.

Por orden de Velázquez, Narváez navegó hasta el extremo occidental de la Isla a bordo del bergantín reconociendo el litoral en el propio año de 1515.

Por su parte, Velázquez partió el 4 de octubre de 1513 desde su cuartel general en Baracoa, por mar, hasta llegar a Bani (Banes y Barajagua) donde estuvo cuatro o cinco días; marchó por tierra rumbo al sur, atravesó Guaimayá y Mayyé hasta Bayamo, donde fundó la villa de San Salvador de Bayamo en la ribera del río Yara “porque allí se salvaron de Yahatuey”.

El 18 de diciembre de 1513, salió el Adelantado rumbo al oeste; el 21 llegó a la costa sur de Guamuhaya después de recorridas cincuenta leguas por los Jardines y Jardinillos de la Reina, y el 23, remontó el Táyaba o Guairabo, a legua y media de Manzanillo.

Nuevamente se hizo Velázquez a la mar hasta llegar a la bahía de Jagua, donde se asentó, primero en cayo Ocampo, para remontar más tarde el río Arimao, en cuya margen fundó la Villa de la Santísima Trinidad, a fines de enero de 1514, donde comenzaron los españoles la actividad minera en Cuba lavando las arenas del río en busca de pepitas de oro. Después sus andanzas se pierden en la oscuridad, hasta que, en carta del primero de agosto de 1515, informa al rey haber fundado, en julio de ese año, la villa de Santiago de Cuba al oeste de la bahía.

Hay evidencias de comunicación estable mediante un abundante epistolario entre Velázquez y sus tenientes, lo que indica que el mando se mantuvo a través de enlaces nativos que, como en el caso de la masacre de Caonao, recorrieron 110 leguas a pie, desde allí hasta Baracoa.

El asentamiento

La operación fue rematada en 1514, después de que Velázquez le planteara a Narváez la misión de llegar a los confines de la Isla, cosa que este realizó partiendo del puerto de Carenas en un bergantín con cincuenta hombres, realizando desembarcos de reconocimiento en Guaniguanico y Guanahacabibes.

Quedaba así invadida la Isla y fundadas las primeras villas donde se asentaron los colonos: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, a fines de 1510 o principios de 1511; San Salvador de Bayamo, a orillas del Río Yara, en Noviembre de 1513; Santísima Trinidad, en la ribera del río Arimao, cerca de la bahía de Cienfuegos, a fines de enero de 1514; Sancti Spíritus, a orillas del río Tuinicú, en Abril-Mayo de 1514; San Cristóbal, en la costa sur de la actual provincia La Habana, en ese propio año; Santa María de Puerto Príncipe, en Punta Guincho, Nuevitas, a fines de Junio o principios de Julio de 1515, y Santiago de Cuba, en la boca del río Paradas, al oeste de la bahía a mediados de 1515. El Cayo o la Zavana o San Juan de los Remedios sería fundada poco después. Surge aquí la incógnita de dónde, cuándo y quién fundó lo que más tarde sería la capital de la Isla. El primitivo emplazamiento de San Cristóbal se sitúa en la boca del río Ojicojinal (probablemente el actual Río Hondo) que desagua en la costa meridional de Cuba, entre el Mayabaque y la ensenada de Cortés; muy probablemente fundado por Velázquez el 25 de julio de 1514.

Es de señalar que estas villas fueron concebidas dentro de un proceso de expansión típicamente militar, que apuntaba a su empleo como fuente de abastecimiento de víveres y base de partida para expediciones que asaltarían más tarde el continente, siguiendo el uso de la vieja tradición romana de convertir los campamentos en ciudades, estatuido además, por Real Cédula desde 1509, en la que se ordenaba: “los cristianos que viven y de aquí en adelante vivieren en las dichas Indias, no vivan desarmados, defenderéis que ninguno sea osado vivir fuera de las poblaciones que hay en la dicha Isla (La Española) o las que se hicieren de aquí adelante”. Ello explica que salvo Puerto Príncipe, fundada en la bahía de Nuevitas para asegurar la recalada de los buques que regresaban a España por el Canal Viejo de Bahamas, y Baracoa, todas estuviesen en la costa meridional o en sus inmediaciones.

Pero, la Isla distaba mucho de estar conquistada si por tal se entiende la pacificación de sus pobladores.

La súbita intrusión de los europeos en la vida cubana, la muerte de Hatuey, el mito de la inmortalidad de los españoles y su indiscutible osadía, y lo que hoy llamaríamos sorpresa tecnológica producida por medios desconocidos que causaban la muerte, provocaron en muchos nativos una especie de estupor generalizado, de impotencia ante lo inevitable, que los condujo a una trágica evasión mediante el suicidio colectivo y el profuso uso de abortivos para no dar más esclavos a los conquistadores, como formas de negarse a aceptar la sumisión.

Los colonos llegaron a extremos increíbles de crueldad física y mental. Cuenta en su diccionario Moreri, que un encomendero esperó a un grupo de aborígenes cuando pretendían ahorcarse y les dijo que se suicidaría junto con ellos para continuar atormentándolos en el otro mundo cien veces más que en este, con lo que logró disuadirlos de sus propósitos, para seguirlos explotando. (Arrate, 1964).

Resistencia aborígen

No obstante, y a despecho de lo que reiteradamente han apuntado muchos historiadores, la oposición activa de los naturales de Cuba ante la agresión de los conquistadores nunca cesó por completo. Hay evidencias de alzamientos de caciques de la región de Camagüey en fechas tan tempranas como 1513, cuando Velázquez aún no había concluido la ocupación de la Isla.

Poco después, en 1515, el Adelantado pedía al monarca “dos bergantines de a nueve bancos” para patrullar las costas e impedir la fuga de los “indios cayos” hacia las islas próximas.

A partir de 1520, la resistencia nativa se agudizó considerablemente en forma de deserciones aisladas y masivas, abandono de la pesca, de las siembras y de los sitios de laboreo, apalencamientos e incluso incursiones armadas, que fueron creciendo en frecuencia e intensidad hasta crear una situación realmente peligrosa para los colonizadores.

A ello contribuyeron dos factores: primero, el éxodo de españoles hacia el continente, lo que redujo considerablemente su número en Cuba. Baste señalar que solo en las expediciones que partieron hacia México marcharon más de 2 000 hispanos. Y segundo, la familiarización de los aborígenes con las armas, caballos, sabuesos y mastines de los conquistadores, y con ellos mismos, condicionada por las Ordenanzas de Zaragoza (1518), según las cuales españoles y nativos convivían en estrecha relación en las estancias, todo lo cual les demostró las posibilidades de luchar.

Si bien es cierto que, ante la ausencia de documentación confiable, resulta sumamente difícil precisar con objetividad la envergadura de la resistencia indocubana, pues de un lado Las Casas exagera la mansedumbre de los nativos hasta desdibujar la realidad en su afán de protegerlos, del otro los colonos, tales como Hernández de Oviedo y sus representantes en la corona, hiperbolizan su agresividad, en busca de licencia real para esclavizarlos como prisioneros capturados en “buena guerra”. Lo que sí puede afirmarse es que la lucha armada contra el ocupante estuvo presente durante casi un cuarto de siglo más, en casi todos los lugares del país, y que no cesó sino con el virtual exterminio de sus naturales.

En esta etapa los núcleos de resistencia más agresivos y estables fueron los liderados por Guamá (señor o maestro en lengua aborigen), un joven cacique taíno de Baracoa, quien combatió incesantemente al invasor desde 1522 hasta 1532, en lo que algunos historiadores han llamado nuestra primera Guerra de los Diez Años.

Guamá y sus huestes, operaron desde lo más abrupto de la región de Baracoa, donde levantaron sus ranchos, atendieron sus siembras y protegieron a sus familias, como lo harían más de 300 años después las prefecturas mambisas.

Actuando en composición de pequeños grupos —algunos autores señalan que no mayores de cincuenta hombres— bajaban de las sierras, elegían y exploraban los objetivos, y cuando detectaban colonos aislados, los emboscaban o asaltaban por sorpresa y destruían sus propiedades, para inmediatamente dispersarse y reunirse de nuevo en sus agrestes refugios, adonde no podían llegar los caballos. En todos los casos creaban correlaciones aplastantes y cuando no podían hacerlo, eludían el encuentro.

Todo ello presupone la organización y realización, en un nivel simple pero al parecer eficaz, de la exploración, las comunicaciones y el mando, y conjeturamos que, en ocasiones, la cooperación con sus compatriotas de la localidad.

Pero no solo fue Guamá; en 1523 se produjeron alzamientos de indios cayos en la provincia de Macaca, con un saldo de dos españoles muertos, estancias destruidas e indígenas liberados. Otros focos de alzamientos y palenques estuvieron presentes en Trinidad, Bayamo, Baracoa, Santiago de Cuba y diversas regiones del país, incluyendo la sublevación de los esclavos de las minas de cobre en 1533; todos ellos simultáneos, pero carentes de cohesión entre sí.

Especial encono tuvo la lucha de los rebeldes contra los indios mansos al servicio de los colonos, a los que persuadían, conminaban y obligaban a abandonar las labores en la minería y las colonias agrícolasestablecidas en 1526.

Los esclavos africanos, que comenzaron a ser introducidos en Cuba desde 1513, y que para 1532 se calculaban en unos 500, también fueron objeto de atención por parte de los rebeldes durante sus incursiones. Numerosos negros cimarronesse alzaron con indocubanos y convivieron con ellos en las rancherías y palenques, iniciando así una alianza interétnica, precursora de nuestra nacionalidad.

Vale señalar los ataques a la base de sustentación económica de los ocupantes, en los que destruían los sitios de labor, hatos y corrales, mataban los animales y se apoderaban de los víveres con los que complementaban la producción de autoabastecimiento que mantenían en lo más intrincado de las serranías.

Durante sus ataques, los indocubanos dieron amplio empleo al fuego como medio de destrucción asequible y eficiente. Villas tan importantes como Baracoa y Puerto Príncipe (1528) fueron pasto de las llamas, lo que obligó a los moradores de esta última a trasladarla de Caonao a la margen del río Tínima, donde hoy se encuentra Camagüey, y al rey, a emitir una pragmática que obligaba a los poseedores de encomiendas a construir sus casas de piedra en un plazo no mayor de dos años, cosa que no se cumplió hasta finales del siglo.

La respuesta armada de los ocupantes fue enérgica y desmesurada. Organizaron nuevamente cuadrillas de rancheadores, integradas por españoles, esclavos africanos e indios de guerra (indios mansos al servicio militar de los colonos) armados, abastecidos y financiados por el gobierno central hasta 1529, en que la desmedida avaricia del gobernador Gonzalo de Guzmán decidió descentralizar su organización y que fueran costeadas por los ayuntamientos o por los propios colonizadores.

Los rancheadores estaban motivados, además de por la paga que recibían, por una parte del botín capturado, que usualmente se les asignaba y porque los nativos capturados en buena guerra pasaban a ser sus esclavos.

Habitualmente la cuadrilla era capitaneada por un español, militar profesional, e integrada por varias decenas de colonizadores, africanos y nativos prácticos de la región, perfectos conocedores de la topografía y costumbres locales. Se la dotaba de arcabuces, ballestas, armas blancas y perros, y se la aseguraba con utensilios para la confección de alimentos, reserva de algunos tipos de víveres, dinero en efectivo y medios para la conducción de los prisioneros. Los capitanes de cuadrilla debían rendir partes periódicos sobre los resultados de las operaciones.

Esta composición y equipamiento aseguraba a las cuadrillas una gran movilidad en las abruptas serranías, refugio de los alzados, una autonomía de dos a tres meses e integraba la capacidad combativa de los españoles, el dominio del terreno de los naturales y la fuerza y resistencia de los africanos, lo que las hacía sumamente peligrosas para los rebeldes.

Más adelante, cuando los indios de guerra demostraron su confiabilidad y alcanzaron mayor destreza en el empleo del armamento, se organizaron cuadrillas integradas exclusivamente por ellos, con magníficos resultados.

La cuadrilla de rancheadores fue una forma de organización militar específicamente creada por los españoles en Cuba para desarrollar operaciones de búsqueda y captura o aniquilamiento de rebeldes. Su composición, equipamiento y táctica es, sin dudas, la manifestación de un arte militar flexible que, como hemos visto, fue perfeccionándose con el tiempo, como consecuencia de la experiencia que iban acumulando los colonizadores en este tipo de enfrentamiento.

En la lucha por aplastar la rebelión, los españoles apelaron a todos los recursos; de forma sistemática perseguían y exterminaban a los jefes o posibles jefes de alzados; torturaban brutalmente a sus prisioneros para extraerles información, los marcaban al hierro, “les desgobernaban un pie” (se lo descoyuntaban) para impedirles escapar nuevamente y los sometían a terribles crueldades como la de cortarles y hacerles comer los genitales e, incluso, quemarlos vivos.

Sobre la importancia que reconocían los conquistadores al papel movilizador de los líderes nativos como Guamá y otros, bastan las palabras de Las Casas: “Porque lo primero que se pregunta es por los señores y principales para despacharlos, porque aquellos muertos, fácil cosa es a los demás sojuzgarlos”.

Empeñado en la captura de Guamá, durante su segundo mandato (1532), Manuel de Rojas, gobernador de Santiago de Cuba, dividió la mitad oriental de la Isla en dos regiones de operaciones.

La primera abarcaba las comarcas de Sancti Spíritus a Puerto Príncipe, donde operó Vasco Porcayo de Figueroa, uno de los más activos y sanguinarios perseguidores de indios y violador de indias, y la segunda, desde Puerto Príncipe a Maisí, donde Rojas se puso en campaña personalmente y organizó cuadrillas bajo el mando de sus capitanes Diego Barba y Gonzalo de Obregón, a los que asignó las regiones de acciones de Baracoa y Cueibá respectivamente y completó con nativos de las mismas.

Al fin, una delación condujo a Gonzalo de Obregón, auxiliado por Diego de Mena, Rodrigo Gil y una numerosa cuadrilla, al rancho de Guamá, donde capturaron a cuatro hombres y una mujer. Del juicio seguido contra ellos, se recogió en acta que Guamá había sido asesinado, mientras dormía, por su hermano Guamayry. Fue entonces, en Junio de 1537, cuando el Papa Paulo III reconoció que los aborígenes americanos eran “verdaderos hombres y capaces de la fe”. Casi medio siglo tomó al Vaticano llegar a tal conclusión, el mismo Vaticano que había resuelto la división del mundo entre Portugal y España en menos de un año.

Pero ni este reconocimiento, ni la muerte de Guamá pusieron fin a la lucha de los nativos por su independencia. Al contrario, favorecida por la salida en 1539 de un gran número de colonos con la expedición de Hernando de Soto hacia la Florida, se recrudeció la resistencia.

Después de esa fecha, el peligro era tal, que el nuevo alcalde mayor de Santiago de Cuba, Bartolomé Díaz, escribía que “nadie osaba ir por tierra”, y el obispo de esa villa comunicó al monarca que los alzados “no dejaban un solo cristiano vivo”.

Los rebeldes extremaban su ingenio en el curso de la resistencia. Un grupo de nueve indios que guiaba a siete colonizadores, aprovechando el sueño de los españoles tomó sus ballestas y lanzas; los nativos aniquilaron a seis de ellos y dejaron al otro mal herido, se encaminaron de inmediato a Baitiquirí, donde ajusticiaron a tres peninsulares más, alzaron a sus coterráneos e incendiaron la aldea.

Este no es el único caso recogido por la historia en el que nuestros nativos se apoderaron del armamento español y lo emplearon contra sus dueños. Arqueólogos cubanos han hallado cuchillos, dagas, hachas y puntas de lanza metálicas en varios asentamientos aborígenes de la región Banes-Holguín, lo que hace suponer que la práctica de armarse arrebatándole esos medios al enemigo no fue un hecho aislado.

Merece especial mención un caso ocurrido en 1539, que recoge el alcalde mayor de Santiago de Cuba, en el cual, supuestos indios mansos se disfrazaron y pintaron el cuerpo y el rostro a la usanza de los cimarrones, y alancearon a los estancieros de los pueblos de Alcalá, Camanie y la Caoba. (Varios, 1994:49) Este hecho implica también el uso de lanzas europeas —pues las endebles azagayas de madera de los naturales eran incapaces de herir a los colonizadores a través de sus corazas— y el empleo de una estratagema que les permitía aniquilar a sus opresores y reincorporarse posteriormente a su aldea, nuevamente en calidad de indios mansos. De lo contrario no se explica el porqué del disfraz.

Durante la década de 1540 a 1550, la insurrección se mantuvo en pleno vigor, lo que reconoce el factor Hernando de Castro en una carta al rey, fechada en 1543, en la cual describe los alzamientos acaecidos entre 1520 y 1540, para concluir señalando que “[...] no ha habido uno en que no haya habido necesidad de echar sisa para pacificar y conquistar indios cimarrones y bravos” y más adelante añade: “queman haciendas, matando españoles e indios mansos y robándoles mujeres. Ahora que escribo están alzados”.

Consecuencias

No fue la abrumadoramente desfavorable correlación de fuerzas en contra de los indocubanos, ni la abolición de las encomiendas decretada por las Nuevas Leyes de 1542 y materializadas en 1553, lo que puso fin a la viril decisión de resistir y luchar, sino la casi total extinción.

Además de las matanzas inmotivadas, los suicidios, el exilio voluntario y las muertes por trabajo forzado, según los frailes dominicos, la hambruna desatada en 1511, al impedirse a los nativos sembrar sus conucos, provocó la muerte de 100 000 de ellos, cifra muy abultada pero que da una idea de la magnitud de la catástrofe. Las epidemias de viruelas de 1519 y 1529 dieron muerte, según cálculos, a la tercera parte de los naturales de Cuba. Hacia 1540 no quedaban más de 5 000 nativos controlados.

Según fray Diego Sarmiento, para 1544 quedaban solo 893 aborígenes en los poblados españoles; las actas capitulares del cabildo habanero elevan esa cifra hasta 4 000, y Pérez de la Riva señala que, al aplicarse las leyes nuevas, que declaraban libre al indio, solo fueron hallados 1 800 indígenas para liberar y 200 esclavos traídos del continente. Tal vez quedasen algunos miles más, cimarrones, vagando por los montes. Estos tristes despojos fueron concentrados en tres o cuatro lugares para formar algunos pueblos: Guanabacoa, Jiguaní y El Caney. Allí se extinguieron en las primeras décadas del Siglo XVII, al fundirse por mestizaje con la población blanca.

No obstante, todavía hasta 1676 hubo actividad insurrecta aborigen en la Ciénaga de Zapata, protagonizada por macurijes procedentes de Haití.

La valoración técnico-militar de la agresión perpetrada por los conquistadores españoles contra los primitivos pobladores de Cuba demuestra que esta tuvo un carácter de rapiña y fue totalmente injusta por parte de los conquistadores, como justa fue la resistencia de todo tipo que les opusieron los nativos. Al respecto, Las Casas apuntó:

Todas las guerras que llamaron conquista fueron y son injustísimas y propias de tiranos [...] Todos los reinos y señoríos de Indias son usurpados [...] Las gentes naturales de todas las partes donde hemos estado en las Indias tienen derecho adquirido de hacer la guerra justísima y borrarnos de la faz de la tierra y este derecho duraría hasta el día del juicio.

Aunque como consecuencia de esa agresión se entronizaron en Cuba relaciones de producción feudales y esclavistas, mucho más avanzadas que las de la comunidad primitiva existente aquí —lo que pudiera llevar, a quien haga una valoración esquemática de los sucesos, a calificar el hecho como progresista en el plano general—, lo cierto es que cercenó el normal desarrollo de la sociedad indígena, impidió su ulterior evolución y los extinguió como etnia. Desde ese punto de vista es imposible asignarle un papel progresista. La palabra del Maestro resulta aleccionadora: “Con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron, ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron”.

Las enormes diferencias entre los estadios de desarrollo de la civilización hispana y la indocubana expresadas, entre otros, en la aplastante superioridad técnico-militar de los primeros, condujeron no solo a la derrota militar y al sojuzgamiento de los indocubanos, sino a su exterminio: al genocidio.

El empleo de métodos irregulares de lucha armada; el ataque a la base de sustentación económica de los colonizadores; el hábil aprovechamiento de las propiedades del terreno; el uso del fuego como medio de destrucción; la utilización de las emboscadas, los ataques sorpresivos y la noche; la lucha por conservar la iniciativa; el abastecimiento con armamento, víveres y personal a costa del enemigo; el empleo de estratagemas y la actividad de jefes enérgicos e irreductibles como Hatuey, Guamá y otros, permitió mantener encendida la resistencia durante más de treinta años.

Quedan demostrados la importancia del empleo de nativos conocedores de la topografía y costumbres de cada región en apoyo a las fuerzas principales, en calidad de tropas auxiliares, tanto por parte de los rebeldes como por las cuadrillas organizadas por los colonizadores para su búsqueda y aniquilamiento; que el desconocimiento de los nativos sobre los puntos fuertes y débiles del armamento, la táctica y la organización de los españoles añadió a las posibilidades combativas reales de los invasores un efecto psicológico, en ocasiones mayor que el físico; que la influencia de la actividad ideológica y psicológica de los conquistadores sobre los aborígenes, a través de las prédicas de resignación y mansedumbre, desempeñó un papel esencial en el apaciguamiento de la resistencia nativa; y por último, la validez del empleo de las montañas y otras regiones de difícil acceso para establecer en ellas bases de apoyo para la lucha, antecedente de los palenques cimarrones y de las prefecturas mambisas.

La falta de unidad y cooperación de los naturales de Cuba entre sí y con los quisqueyanos emigrados, facilitó la tarea a los invasores. Aunque el nivel de desarrollo social de las comunidades indígenas asentadas en la Isla no favorecía la necesaria unidad para enfrentar a los conquistadores, es un ejemplo que ha estado presente, como denominador común, en la mayor parte de nuestras derrotas político-militares a lo largo de la historia y no solo en las nuestras, sino también en las de otras civilizaciones americanas.

Las raíces más profundas y auténticas del Arte Militar actual se remontan a las primeras manifestaciones de rebeldía de los indocubanos, quienes enfrentaron decididamente a un invasor técnica y tácticamente muy superior y encontraron, en esa desigual contienda, los procedimientos que les permitieron prolongar la resistencia durante casi medio siglo.

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