Saltar a: navegación, buscar

Aborígenes del continente americano

(Redirigido desde «Aborígenes americanos»)
Aborígenes americanos
Información sobre la plantilla
Quechuas.jpg

Los aborígenes americanos son el conjunto de pueblos aborígenes (del latín ab-orígine: ‘desde el origen’, originarios) que habitaban el continente americano con anterioridad a la invasión y colonización de América. El continente americano está habitado por seres humanos desde hace poco más de 25 000 años. Se cree que los primeros seres humanos llegaron por tierra desde Asia y por mar desde Oceanía. Poco a poco, a medida que llegaban nuevos habitantes, los anteriores iban cambiando de ubicación, hasta llegar a poblar todo el continente, desde su extremo norte hasta el sur. Hacia el siglo XV, en América convivieron culturas muy diversas. Existían grupos que subsistían simplemente gracias a la caza, la pesca y la recolección de frutos. Otros llegaron a construir ciudades imponentes y lograron un desarrollo económico, político y social de enorme importancia.

Las culturas americanas más destacadas lograron estos avances una vez que dejaron de ser nómades gracias a la agricultura y la ganadería. Ellos fueron los mayas, incas y aztecas.

Origen del hombre americano

Desde los inicios de la invasión europea al llamado Nuevo Mundo surgieron las más diversas teorías sobre el origen del hombre americano. Muchas de ellas partían de argumentos muy ingenuos, basados en la simple observación, o en otras ocasiones extraídos de la Biblia ―los aborígenes procedían de Noé o de algunos de sus descendientes― y viejas leyendas, atribuyendo la presencia humana en este continente a pueblos desaparecidos de la historia como los cananeos o los habitantes de la mítica Atlántida o a migraciones de pueblos de la Antigüedad: egipcios, fenicios, hebreos y otros. Incluso algunas revistieron un carácter seudocientífico, como las tesis monogenistas esgrimidas por el paleontólogo argentino Florentino Ameghino en la segunda mitad del siglo XIX. Según su compleja teoría ―echada por tierra por la arqueología y la paleontología―, no solo del hombre, sino también los mamíferos, se habían originado en el sudeste de América, desde donde se difundieron por todo el planeta.

Antecedentes

Está comprobado que el hombre no es originario de América, pues existe una imposibilidad filogenética basada en que los monos americanos pertenecen a una rama muy alejada de los antropoides, lo que descarta que pudieran surgir aquí elementos humanoides por una vía evolutiva. Aunque existen muchas teorías sobre el origen del hombre americano, algunas de las cuales consideran incluso la posibilidad de un poblamiento de presapiens, provenientes de las costas asiáticas del océano Pacífico, en tiempos de la llamada glaciación Illinois, hace unos doscientos mil años. Todas las evidencias apuntan a que llegó a este continente procedente de Asia ya conformado como homo sapiens ―no han aparecido restos humanos pertenecientes a estadios anteriores―, en varias oleadas remotas, aunque relativamente tardías en comparación con el poblamiento de otras partes del planeta.

A sustentar esta tesis contribuye el hecho de que los siete restos humanos lás antiguos encontrados en América ―entre ellos el cráneo de Punín (Ecuador), los de Fontezuela y Arrecifes (Argentina) y los de Lagoa Santa (Brasil), así como el hombre de Tepexpan (México)―, y que por diferentes medios de datación han sido fechados entre 9000 y 12 000 años, exhiben todos los rasgos del hombre moderno. La inmensa mayoría de los especialistas de este tema consideran que la llegada del hombre a este hemisferio comenzó en tiempos del denominado glacial Wisconsin (del 70 000 al 10 000 antes del presente), dentro de un proceso que duró milenios, y que terminó por generar un verdadero mosaico de culturas y pueblos indígenas diferenciados entre sí y con distintos niveles de desarrollo socioeconómico.

Primeras migraciones

Se supone que la primera migración ocurrió hace más de 50 mil años y se produjo por el estrecho de Bering de apenas 80 kilómetros de extensión, favorecido por las condiciones creadas para el paso del hombre con el descenso del nivel del mar, al parecer durante el subestadio glacial altoniense (entre el 70 000 y el 28 000 antes del presente).

A avalar esta tesis contribuyen los indicios de que durante el Wisconsin se produjo la entrada humana a la zona comprendida entre el archipiélago japonés y la península de Kamchatka. La proximidad geográfica de esta región con América, junto con una vegetación y una fauna relativamente parecidas y condiciones fisiográficas diferentes a las actuales, pudo permitir un paulatino poblamiento mediante el continuo flujo y reflujo de grupos asentados en ambas costas del Pacífico.

A pesar de la verosimilitud de esta teoría, no se han encontrado en América restos humanos equivalentes a los sapiens fósiles hallados del otro lado del Pacífico, pertenecientes a cronologías similares.

Primitivos habitantes

AI parecer los primitivos habitantes de América eran hombres del paleolítico, nómadas que vivían en cavernas y se dedicaban a la recolección, la caza y la pesca con instrumentos de concha muy elementales, aunque se sabe muy poco del marco ecológico que debió condicionar sus formas de existencia. Se extendieron por el continente americano de norte a sur, hasta llegar en un lento desplazamiento efectuado a lo largo de milenios, al extremo austral.

Hallazgos

A favor de esta hipótesis se levantan los hallazgos más antiguos por lo general instrumentos líticos asociados a huesos de mamuts y otros animales ―como los kiokkemoeddings hallados en Texas (Estados Unidos), donde aparecieron puntas del tipo clovis fechadas por el carbono 14 en 37 000 años de antigüedad―, encontrados hasta el presente en cada región americana y que indican rastros de presencia humana: los de Alaska y Canadá tienen una antigüedad de más de 30  años; en California de hace 27 000; en México de unos 22 000; en Venezuela de 14 000; en Perú de hasta 18 000; 11 000 para Chile y 9 000 en la Patagonia. Estos hallazgos indican una probable cronología de ocupación y una posible ruta de poblamiento humano del continente. El último grupo humano que llegó por esta vía hace aproximadamente 5000 años, fue el esquimal.

En opinión de la mayoría de los antropólogos físicos, América fue poblada inicialmente por hombres de origen mongoloide ―llegados primero por un corredor en el estrecho de Bering y después de la retirada del glacial par las islas Aleutinas―, aunque a través de posteriores migraciones es factible que entraran más tarde elementos australianos, polinesios y melanesios procedentes del Pacífico, los que al parecer se mezclaron con el original sustrato mongoloide. Estos nuevos inmigrantes ya conocían la navegación, probablemente se encontraban en el estadio mesolítico y, sobre todo, neolítico pues ya eran sedentarios y conocían la agricultura (maíz, yuca) y trabajaban la cerámica, conocimientos que se calcula se conocieron en América hace unos 2000 años.

Desarrollo de los pueblos aborígenes

A partir de estas oleadas que arribaron en diferentes momentos históricos tal vez entre 7000 y 2000 años cuando ya se habían producido los cambios climáticos que generaron la flora y fauna actuales, de diversos orígenes étnicos y geográficos, y niveles de vida, se produjo el desarrollo desigual de los pueblos aborígenes en un proceso que se extendió por decenas de siglos. Así mediante migraciones que no debieron ser masivas y que quedaron aisladas de sus lugares de procedencia y sometidas a un proceso de adaptación a las nuevas condiciones naturales del medio donde se asentaron, se fue conformando una población autóctona mediante un crecimiento vegetativo bien diferenciado, resultado de combinaciones propicias o adversas del clima, suelos vegetales ricos o pobres y mayor o menor conocimiento de la agricultura. Se ha comprobado la existencia de más de un centenar de familias lingüísticas independientes en América, que comprenden cientos de idiomas y dialectos.

Las sociedades aborígenes americanas

Los habitantes de América anteriores a la invasión del continente por los europeos se encontraban en muy diversos estadios de su evolución social. A lo largo y ancho del llamado Nuevo Mundo vivían infinidad de poblaciones aborígenes que aún se hallaban en diversas fases de la comunidad primitiva ―se dedicaban a la caza, la pesca, la recolección y/o una agricultura extensiva que requería ser complementada por las tres actividades anteriores―; mientras otros pueblos, como los aztecas, mayas e incas, conocieron una agricultura más productiva que, auxiliada del regadío y la fertilización, satisfacía las necesidades alimentarías básicas.

Desde el punto de vista de la actividad económica fundamental de la que dependían estos pueblos indígenas, el continente americano puede ser dividido en ocho grandes zonas: al norte de los Grandes Lagos, desde Alaska hasta la península del Labrador se ubicaba el área del caribú, a cuya caza se dedicaba la tribu nómada de los atapascos que resolvía mediante este rumiante la mayor parte de sus necesidades de alimentación y abrigo; en la costa occidental norteamericana de norte a sur, la del salmón de cuya pesca vivían los atapascos; en los actuales estados de California (Estados Unidos) y Baja California (México), la zona de los frutos silvestres, cuya recolección alimentaba, entre otros pueblos, a los yuma, apaches y yuquis que se cobijaban en grutas o cabañas transitorias; en las praderas centrales que forman la cuenca de los ríos Misisipi y Misuri se asentaban los sioux o dakotas que se dedicaban a la caza de bisontes mientras en la costa este de Norteamérica, limitada al norte por los Grandes Lagos y al sur por el golfo de México, estaba el área oriental del maíz, cuyo cultivo era realizado por los iroqueses y hurones; al norte y centro de Suramérica, y en las Antillas, se encontraba la zona de la mandioca, base de la alimentación de tupís, caribes, arauacos, tainos y guaraníes, estos últimos conocedores de una agricultura más diversificada; y en las verdes praderas del sur de esta parte de América (Las pampas), el área del guanaco, cuya caza sostenía a los charrúas pampas, araucanos, puelches, tehuelches y onas. La octava zona, sin duda la más avanzada, incluía gran parte del territorio actual de México, casi toda Centroamérica y la faja suramericana, situada desde la sierra de los Andes hasta la costa este, limitada al sur por el río Maule, y era la que alojaba, entre otros pueblos, a los aztecas, mayas e incas, que lograron el más alto desarrollo socioeconómico de la América precolombina a partir del momento en que iniciaron el cultivo intensivo de la tierra.

De los cientos de tribus indígenas que habitaban el continente americano a la llegada de los europeos, solo unos pocos iroqueses, muiscas y guaraníes se acercaban al nivel cultural y de organización social alcanzado por estos habitantes mesoamericanos y de la región andina.

Este proceso, que al parecer se efectuó paralelamente, en dos o tres centros del continente ―se calcula que comenzó entre el 7000 y el 1500―, entre ellos las zonas altas de Mesoamérica y la costa y sierra del área andina permitió el surgimiento en estos territorios de sociedades de clase y deslumbrantes centro de civilización.

En estas áreas medulares la sociedad se caracterizó, desde algunos cientos de años antes de nuestra era ―cuando se vertebraron las primeras culturas americanas de cierta complejidad como los olmecas del golfo de México y las de Chavín y Tiahuanaco en la región andina―, por la existencia de comunidades aldeanas, organizadas en torno a la propiedad común del suelo y el trabajo colectivo, aunque sometidas a un grupo humano (teocracia) apartado de la agricultura, que impuso al resto de la población fuertes tributos en productos y trabajo. Radicado en ciudades-estado, a la teocracia indígena le correspondió un papel determinante en los terrenos político, social y económico al ofrecer al pueblo la ayuda espiritual y la protección de los dioses en cuyo nombre hablaban y actuaban. Ese poder despótico centralizado, que ejercía funciones de utilidad social ―defensa, irrigación, construcción de templos y otras obras ceremoniales, caminos, puentes, almacenes, etc.―, dirigía las labores agrícolas y preservaba el status que en sociedades clasistas estratificadas de alto nivel de desarrollo relativo, se fundamentaba en el extraordinario peso alcanzado por la religión ―festividades, ritual, organización social, la guerra, en la arquitectura monumental, en las artes, en la legitimización del poder dinástico y en el conjunto de la organización política― y fueron otros rasgos comunes de todas las grandes civilizaciones americanas.

Este sistema sociopolítico puede identificarse con lo que Carlos Marx denominó "modo de producción asiático" o esclavitud generalizada un régimen de transición de la comunidad primitiva a la sociedad de clases en el cual coexisten formas antiguas de organización comunitaria ―ayllú entre los incas y calpulli para los aztecas― con un estado jerarquizado dominado por una teocracia.

La dinámica de estas ciudades-estado les permitió expandirse hacia los territorios colindantes, a las que irradiaron su influencia y marcaron con una misma tradición social, cultural, religiosa y científica. A estos rasgos comunes a todas las grandes civilizaciones americanas, habría que añadir la existencia de otros elementos similares: cultivo del maíz y fríjol, instrumentos de trabajo (coa o taclla) técnicas agrícolas, el riego, las construcciones de piedra y barro algunos tipos de cerámica y de textiles, los sacrificios humanos y otros.

Se supone que los núcleos más importantes de estas civilizaciones clasistas alcanzaron su primer apogeo entre los años 200 y 900, cuando desarrollaron una serie de patrones culturales y de civilización considerados clásicos.

Aproximadamente entre los años 700 y 1000, estas complejas sociedades americanas sufrieron una serie de sacudidas y crisis que pusieron fin a este llamado período clásico y propiciaron el florecimiento de nuevas culturas, entre ellas la azteca y la inca, que alcanzaron junto a los mayas el punto más alto de desarrollo político y socioeconómico de los pueblos indígenas antes de la llegada de los europeos. Inclusive la última etapa del expansionismo azteca e inca fue casi coincidente, a fines del siglo XV y primeras décadas del XVI.

Entre las características de estos dos grandes focos americanos de civilización, esto es, mesoamérica y el área andina, se destaca el absoluto aislamiento existente entre ambos, lo que no solo determinó apreciables diferencias sociales, económicas y culturales, sino también limitó mayores posibilidades de desarrollo. Sin duda a ello también contribuyó el restringido proceso de domesticación de animales ―limitado al pavo, el perro, el pato y, en los Andes, además al cuy, alpaca y llama― y la ausencia en América de importantes especies para la alimentación, el tiro y la cargo ―el burro, el caballo, la vaca y el cerdo―, el desconocimiento de la rueda y de la metalurgia del hierro, que los privó de instrumentos de trabajo como el arado. A esto hay que agregar la existencia de economías de excelentes exiguos, en las que el hombre era casi exclusivamente la única fuerza de trabajo.

Las culturas mesoamericanas

Esta región, conformada en parte de los actuales territorios de México y Centroamérica, fue en tiempos precolombinos el asiento de una de las dos grandes áreas de desarrollo de las civilizaciones indígenas en este continente, a la cual los arqueólogos han convenido en denominarla mesoamérica. Aquí florecieron formidables culturas como la olmeca, maya, tolteca y azteca, por solo mencionar las más conocidas. Se le considera una zona de civilización, basada en una agricultura relativamente avanzada, que cobijó un conjunto de culturas pertenecientes a una variedad de pueblos que mantuvieron entre sí estrechas relaciones y compartieron un mismo escenario natural y muchos elementos y características semejantes: cultivos del cacao y el maguey uso de la chinampas, el complejo nixtamal-tortilla, la espada con hojas de obsidiana y la camisa protectora de algodón, el calendario de 18 meses de 20 días, la semana de 13 días, el calendario ritual de 260 días, el ciclo de 52 años, la existencia de fiestas fijas y movibles, los días fastos y nefastos, arquitectura de falsa bóveda y columnas serpentiformes, pirámides escalonadas, uso de papel de amate en códices y mapas y la escritura jeroglífica, entre otros elementos. A ello debe añadirse una serie de divinidades comunes como el dios de la lluvia ―Tláloc en idioma náhuatl― o una misma deidad civilizadora representada por la serpiente emplumado ―Quetzalcóatl (en náhuatl) o Kukulcán (en maya)―.

Rostros

Los componentes de algunas tribus se desfiguraban el rostro por medio de pinturas y tatuajes; se perforaban la nariz, las orejas y los labios para introducirse en ellos objetos de formas variadas, y se adornaban con plumas de diversos y vistosos colores. Los caribes de las Antillas Menores y de Venezuela, indios crueles y sanguinarios, terror de los conquistadores y de los demás indígenas, tenían aspecto horroroso por sus caras pintarrajeadas, sus largos cabellos y su cráneo deformado por achatamiento de la frente, que producían artificialmente aplicando a los niños ligaduras compresoras desde los primeros días de su nacimiento.

Armas

Las armas de los aborígenes americanos eran, con pocas variantes, el arco, la flecha y la macana. La lanza era menos común, y las boleadoras las usaban preferentemente las tribus del [Sur]], tales como querandíes, charrúas y pampas, que tanta resistencia opusieron al establecimiento de los conquistadores. Para hacer mortales las heridas provocadas por sus armas, aunque estas no fueran graves, algunas tribus solían untarlas con sustancias venenosas (.

Vestido y vivienda

En cuanto al vestido y la vivienda, nada puede decirse en general que a todos cuadre, pues variaban enormemente de acuerdo con las características geográficas y climáticas de cada zona, en forma tal que, mientras algunas tribus de la zona tropical andaban completamente desnudas, otras, las de las zonas frías, cubrían sus cuerpos con pieles de animales. Unas carecían de vivienda permanente; otras construían sus habitaciones con ramas, hojas y troncos, con cueros o con barro y paja, y algunas vivían en cuevas.

Demografía en el siglo XV

Se calcula que en el momento de los primeros contactos con los europeos, el continente americano estaba habitado por más de 90 millones de personas:

Cuando los europeos empezaron a realizar las primeras estimaciones demográficas, la población indígena ya se había visto diezmada por las guerras, el hambre, los trabajos forzosos y las epidemias de enfermedades introducidas por los europeos.

Véase también

Fuente

  • Ministerio de Educación Superior (2006): América y sus antiguos pobladores, en CD. Carrera de Humanidades, Cuba, 2006.
  • Junqueira, Carmen (1984): Los indios y la antropología en América Latina. Buenos Aires: Búsqueda-Yurchan, 1984.
  • Kopper, Philip (1986): The Smithsonian book of North American indians. Nueva York: Smithsonian Institution Press, 1986.
  • Metraux, Alfred (1982): Les indiens de l'Amerique du Sud. París: A. M. Métaille, 1982.
  • Varios autores (1992): Handbook of American indians. Austin (Texas): University of Texas Press, 1964-1992.