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Ernest Hemingway

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Ernest Hemingway
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Escritor estadounidense cuya obra está considerada entre los clásicos de la literatura del Siglo XX.
Nombre completoErnest Miller Hemingway
Nacimiento21 de julio de 1899
Oak Park, Chicago, Bandera de los Estados Unidos de América Estados Unidos
Defunción2 de julio de 1961
Idaho, Bandera de los Estados Unidos de América
OcupaciónEscritor, periodista
GéneroNovela, cuento, crónica, reportaje
Obras notablesFiest
Adiós a las armas
Por quién doblan las campanas
El viejo y el mar
CónyugeHadley Richardson
Pauline Pfeiffer
Martha Gellhorn
Mary Welsh
DescendenciaJack Hemingway
Gregory Hemingway
Patrick Hemingway
FirmaFirma de Ernest Hemingway.png
PremiosPremio Pulitzer en 1953 por El viejo y el mar
Premio NobelPremio Nobel de Literatura 1954

Ernest Miller Hemingway. Escritor estadounidense cuya obra, considerada ya clásica en la literatura del Siglo XX, ha ejercido una notable influencia tanto por la sobriedad de su estilo como por los elementos trágicos y el retrato de una época que representa. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1954.

Apasionado de la caza, la pesca y la aventura. Vivió en Cuba por un periodo de veinte años. Por su amor a esta isla, en La Habana, una marina y un torneo de pesca llevan su nombre.

Síntesis biográfica

Ernest Miller Hemingway nació el día 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois, hijo de Clarence Edmonds Hemingway, médico, y de Grace Hall. Su infancia estuvo marcada por la crianza de una madre dominante y un padre con tendencias a la depresión. De acuerdo con sus biógrafos, no tuvo una infancia muy feliz, pues fue marcado por la relación conflictiva con su padre, quien se suicidaría en 1928. A los quince años, sale de su hogar, pero regresó al poco tiempo para terminar sus estudios.

Hemingway en 1940 en la finca La Vigía.

Destacó como jugador de fútbol y boxeador en su época de colegial. En 1917 termina sus estudios pero cambió la Universidad para trabajar durante unos meses en el Kansas City Star como reportero. Desde su juventud sintió una adicción desmedida por el boxeo y la caza, deportes que unidos a la práctica del periodismo lo convierten en un trotamundos y en estudioso de la naturaleza humana. El escritor viajó por distintos países de Europa y África.

Se inició como reportero en el Kansas City Star, y poco tiempo después se alistó como voluntario para conducir ambulancias en Italia durante la Primera Guerra Mundial. Más adelante fue transferido al ejército italiano resultando herido de gravedad. Después de la guerra trabajó como corresponsal del Toronto Star hasta su marcha a París. A partir de 1927 pasó largas temporadas en Key West, Florida, en España y en África. Volvió a España, durante la Guerra Civil, como corresponsal de guerra. Más tarde fue reportero del primer Ejército de Estados Unidos. Aunque no era soldado, participó en varias batallas. Después de la guerra, Hemingway se estableció en Cuba, cerca de La Habana, y en 1958 en Ketchum, Idaho.

Hemingway utilizó sus experiencias de pescador, cazador y aficionado a las corridas de toros en sus obras. Al borde de la muerte en la Guerra Civil española cuando estallaron bombas en la habitación de su hotel, en la Segunda Guerra Mundial al chocar con un taxi durante los apagones de guerra, y en 1954 cuando su avión se estrelló en África, finalmente falleció en Ketchum el 2 de julio de 1961, disparándose un tiro con una escopeta en medio de frecuentes accesos de locura, insomnio y pérdidas de memoria.

Su participación en las Guerras

Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial había estallado. Estados Unidos entró en la contienda en 1917, y el entonces muy joven Ernest quiere emular con otros grandes de la llamada Generación perdida como John Dos Passos, William Faulkner o F. Scott Fitzgerald.

Pero no fue aceptado como soldado y sí como conductor de ambulancias de la Cruz Roja. Desembarcó en Burdeos a fines de 1918 y se incorporó al frente en Italia. Cuando fue herido de gravedad al ser alcanzada la ambulancia que conducía por un proyectil. Pese a ello, cargó al hombro al soldado italiano que transportaba y lo llevó a salvo, ganándose la Medalla de Plata al Valor.

Estuvo recluido en un hospital de Milán, donde conoció a una joven enfermera, Agnes von Kurowsky, con quien vivió un romance, relación que se frustró pero que el narrador tradujo a otro plano al escribir Adiós a las armas, luego de trabajar como periodista en el Toronto Star y en el Cooperative Commonwealth.

Guerra Civil Española

Su presencia en España como corresponsal durante la Guerra Civil y como combatiente en las trincheras de la República, le inspiró una de sus más relevantes novelas, allí participa en el rodaje de La tierra española; denuncia la muerte de centenares de ex combatientes norteamericanos en los cayos de Matecumbe, y regresa al periodismo después de diez años.

Segunda Guerra Mundial

En la Segunda Guerra Mundial en el Extremo Oriente reporta el conflicto chino-japonés, en Europa es corresponsal de guerra, participa en misiones aéreas y forma parte en el Desembarco de Normandía. Al regresar a Cuba, se involucra en una agencia de operaciones antifascistas. Con su estado mayor en Finca Vigía, una vez artillado el «Pilar».

Camuflado con la apariencia de una embarcación dedicada a estudios científicos sobre la fauna marina del Golfo de México, el yate fue artillado y tuvo una tripulación que llegó hasta ocho hombres, algunos de ellos integrantes de las brigadas republicanas participantes en la Guerra Civil Española, quienes junto a Hemingway navegaron por las aguas del Mar Caribe con el propósito de descubrir e informar a la marina cubana y norteamericana sobre la presencia de submarinos alemanes que incursionaban por el Golfo con el objetivo de torpedear a los barcos mercantes y petroleros que partían de América para abastecer el bando aliado.

En el mes de mayo de 1943, en su yate Pilar realizó patrullaje en la cayería norte de la provincia Camaguey, a partir del hundimiento por un submarino alemán, al este de Nuevitas, de un pequeño buque-tanque y del barco Ni berliver. Hemingway y su tripulación visitaron Cayo Sabinal, Cayo Confites, donde sembró siete pinos; el Faro de Paredón Grande, el de Maternillos y Cayo Romano. En este último se abastecían de cangrejos, que comían crudos con limón. Estos lugares aparecen descritos en su libro Islas en el Golfo.

Revolución Cubana

Aunque Hemingway no participó de forma directa en la Revolución Cubana, es un hecho, que simpatizaba con ella y con muchos de sus líderes. Modesta, discretamente, al nivel local de Finca Vigía, presta su colaboración y es por eso, que el gobierno de los EE.UU. lo forzaran a irse del país.

En enero de 1959 Hemingway había dado unas declaraciones a la prensa estadounidense a favor de la Revolución (estaba en Norteamérica en ese momento), en las que expresó su esperanza con lo que sucedía en la Isla y apoyó el ajusticiamiento a los esbirros de la tiranía de Batista. Él vivió la experiencia de que le mataran un perro, en la finca, en un registro que se le hizo en el año 1957.

En 1959, estando en Europa, declara públicamente su satisfacción por el triunfo de la Revolución Cubana. El 4 de noviembre regresa. Un gesto imprudente delata su amor profundo: besa la bandera cubana y se niega a repetirlo para los «medios».

Se planteaba que Hemingway llegó el 4 de noviembre, pero René Villarreal, su mayordomo, en el libro El hijo cubano de Hemingway, señala que fue en marzo. Además, hallan anotaciones, en una de las paredes del baño, que demuestran que estuvo en esa fecha en Vigía. Ahí está registrado el peso corporal que tenía en marzo y abril.

Pero no fueron estas las únicas declaraciones que dio sobre el proceso revolucionario cubano. «Con motivo de la visita que el 4 de febrero de 1960 le hizo Anastás Mikoyán, primer ministro de la Unión Soviética, Hemingway afirmó al periódico Pravda —esto lo reprodujo luego la revista Time—, que la Revolución Cubana es indestructible y fabulosa. Se puede imaginar cómo debieron caerle esas palabras al gobierno de EE.UU.».El 15 de mayo de ese mismo año durante la premiación del torneo de pesca de la aguja.

El Comandante en Jefe Fidel Castro había ganado varios premios individuales y ellos hablaron mucho ese día. Compartieron y fueron ampliamente fotografiados. Poco después llegaron a su casa y le dijeron que si permanecía en Cuba sería considerado un traidor. Hemingway nunca tuvo problemas con el gobierno cubano. Estando en Estados Unidos se comunicó con algunos amigos suyos para indagar acerca de su posible regreso y estos le afirmaron que podía hacerlo cuando quisiera. En uno de sus libros se encontró un brazalete del movimiento 26 de Julio y bonos del Partido Socialista Popular, de Guanabacoa, al que contribuía con dinero.

Cuenta Leonardo Depestre en su libro “Cien Famosos en La Habana”, que en el aeropuerto internacional José Martí fue recibido por un amplio grupo de amigos y vecinos del pueblito de San Francisco de Paula, quienes le obsequiaron una bandera cubana. Luego añade el autor que en esa ocasión Hemingway declaró a un reportero:”Me siento muy feliz de estar nuevamente aquí, porque me considero un cubano más. No he creído ninguna de las informaciones que se publican contra Cuba en el exterior. Simpatizo con el gobierno cubano y con todas las dificultades.

Hemingway expresó su confianza en el proceso revolucionario, cuando afirmó en carta al general Charles T. Lanham, fechada en Ketchum, el 12 de enero de 1960:

"Decir que tú no eres un yanqui imperialista pero sí un chico del Viejo San Francisco de Paula, la villa donde has vivido 20 años durante los últimos tiempos, no es una renuncia a tu ciudadanía. Soy un buen americano y he estado batallando por mi país todo lo posible, sin pago y sin ambición. Pero creo completamente en la necesidad histórica de la Revolución cubana…"

Hemingway en La Habana

No fue un amor a primera vista. Ni el único, incluso en esta Isla que alguna vez describiera como «larga, hermosa y desdichada». Pero, por siempre, Ernest Hemingway y La Habana han quedado unidos en la memoria universal a través de la literatura, el recuento de la época, y de relaciones más profundas e inasibles.

El primer encuentro entre ambos fue en 1928 y pareció no tener trascendencia. Él tenía 29 años. Había sido un escritor precoz, con poemas, crónicas y libros publicados; casado por segunda vez, tenía un hijo nacido y otro por nacer. Vivía en Key West, y amaba el mar por sobre todas las cosas. Viajaba entonces con su esposa Pauline y de regreso hizo escala en esta ciudad caribeña y desconocida, pero tan mentada.

Ella, la Ciudad, maduraba lánguidamente desde hacía cuatro siglos; era mestiza, heterogénea; estaba plena —a partes iguales— de riquezas y miserias. El mar la desbordaba por todas partes. Hemingway tenía otros intereses por el momento. Sin embargo, poco después de esa visita a Cuba, realiza sus primeras exploraciones en la corriente del Golfo y conoce a Gregorio Fuentes, patrón del célebre yate «Pilar». En diciembre de ese mismo año, sufre el suicidio de su padre. Visto retrospectivamente, todo ello podría parecer una premonición.

El gran éxito de Adiós a las armas, la atracción —esa sí inmediata— por España, un accidente y el nacimiento de su tercer hijo, lo mantuvieron alejado de Cuba hasta 1932, cuando decidió utilizar el hotel Ambos Mundos como base de operaciones para sus pesquerías en aguas cubanas. Éste sería un nuevo nudo en el lazo que lo ataría irremediablemente a la Ciudad.

Su pasión por La Habana

No será hasta 1940 que Hemingway decida radicarse en La Habana, pero desde 1928 no dejará de visitarla intermitentemente —a veces por períodos más o menos largos— y siempre regresará a su habitación del Ambos Mundos.

Desde la distancia rememora esta ciudad y sus virtudes climáticas dice en una crónica realizada para Esquire en agosto de 1934:

«La Habana es más fresca que la mayoría de las ciudades del hemisferio septentrional en estos meses, porque los alisios soplan desde las diez de la mañana hasta las cuatro o las cinco del siguiente día...»

Evoca sus espacios, como en el escorzo con que inicia el relato «Una travesía» (publicado en Cosmopolitan, abril de 1934), que será la primera parte de su novela Tener y no tener:

« ¿Saben ustedes cómo es La Habana a primera hora de la mañana, cuando los vagabundos duermen todavía contra las paredes de las casas y ni siquiera pasan los carros que llevan hielo a los bares, no? Bueno, pues veníamos del puerto y cruzamos la plaza para tomar café, en el café La perla de San Francisco. En la plaza no estaba despierto más que un mendigo que bebía agua en la fuente...»
El Floridita, prestigioso bar muy frecuentado por Hemingway.

Todavía la satisfacción de los sentidos, la sensualidad del vivir y el placer de su estancia en la Isla, hacen que exclame:

« ¿...y has estado alguna vez en el Sans Souci de La Habana, un sábado por la noche, para bailar en el patio bajo las palmas reales? Son grises y se levantan como columnas. Y pasar en claro toda la noche, jugar a los dados o a la ruleta y manejar hasta Jaimanitas para desayunar al amanecer. Y todo el mundo se conoce y todo es alegre y placentero».

Las menciones a la ciudad y su casa son apenas fragmentos descriptivos. Es tan grande la carga subjetiva, que resulta difícil encontrar referencias muy extensas. Pueden ser frases sueltas: «...en el bar de Cojímar, construido al borde de las rocas que dominaban el puerto...» o «...a través de la terraza abierta, miró el mar, de un azul profundo y con crestas blancas, entrecruzado por las barcas pesqueras que curricaneaban en busca de dorados».

En ocasiones la alusión es como una mirada al paso: «...un atardecer, cuando había salido al crepúsculo para caminar y observar el vuelo de los mirlos (sic) que iban a La Habana, a donde volaban todas las noches desde la campiña de sur y al este, convergiendo en largas bandadas, para posarse, ruidosamente, en los laureles del Prado».

A veces, parece imponerse el nervioso y contradictorio reflejo del pensar: «con este frío no habría mucha gente en el Floridita. Pero será agradable ir allí de nuevo. No sabía si comer allí o en el Pacífico, pensó. Pero llevaré un suéter y un abrigo, al reparo de la pared, que está fuera del viento».

Solo hay una, pero muy importante, excepción: la larga, larguísima descripción de la travesía, verdadera vía que realiza Thomas Hudson desde Finca Vigía al Floridita. Escrito con la conocida técnica del «iceberg», fragmentado, este pasaje está narrado a la manera de un «flujo de conciencia» o monólogo interior del protagonista que, inmerso en el sufrimiento por la muerte de uno de sus hijos, ha ocultado su desgracia a todos.

Particularmente impregnados por la nostalgia de los buenos tiempos idos y el terrible hálito de la soledad, esos textos «cubanos» establecerán una comprensión más profunda (también una visión más dramática) de la realidad humana y social de la ciudad que lo ha acogido como suyo.

Una vez más en Ambos Mundos, escribe su mejor novela: Por quién doblan las campanas 1939, y el único cuento suyo que se desarrolla en Cuba: Nadie muere nunca. Ese año, a instancias de la que será su tercera esposa Martha Gellhorn, alquila la Finca Vigía.

Hotel Ambos Mundos

Hemingway a su llegada a La Habana se hospeda en el Hotel Ambos Mundos.

El hotel Ambos Mundos es una sólida y cuadrada construcción de cinco pisos que, en ecléctico estilo de principios de siglo, se erigió en el lugar que ocupaba una añeja casa solariega, previamente demolida, en la esquina de Obispo y Mercaderes.

La habitación donde Hemingway pernoctó inicialmente —y que se convertiría por casi diez años en hogar, lugar de estudio y trabajo— se abre a tres puntos de la ciudad por sendos ventanales: uno, orientado hacia el norte, da a la calle Obispo; otro, más hacia el este, a la calle de los Mercaderes, y el tercero, ubicado entre los dos primeros, hace esquina. A través de esas ventanas, cuando se quedó solo, La Habana se le entregó de golpe al escritor.

Hemingway se hospedó en la habitación 511 del Hotel Ambos Mundos.

En una temprana crónica publicada en el otoño de 1933 por la revista Esquire, Hemingway describe el panorama que se abre a sus ojos desde esta habitación. Pero más allá de lo allí descrito, seguramente el primer día que se asomó a su amada Obispo, reparó —tal vez, atraído por el tañido de unas campanas— en el vetusto edificio de la antigua Universidad, entonces en pie.

Por detrás de su campanario, se asomaban las desiguales y también sonoras torres campaneras de la Iglesia Catedral y, todavía un poco más lejos, los parques de la Avenida del Puerto y el reflejo del sol sobre el agua del canal de entrada a la bahía. Hacia la izquierda, vio el Castillo de los Tres Reyes del Morro con su farola y, después, sólo el mar en su salida hacia el Golfo de México, el gran río azul.

Sobre la calle Mercaderes, su mirada debió pasar por encima de los numerosos techos con tejas e, interrumpida por la mole del edificio que ocupaba entonces la Embajada de Estados Unidos, flanquear a la derecha para ver la torre del Convento de San Francisco, que ya conociera desde su primer encuentro. Y si miraba un poco más a la izquierda, alcanzó a ver —frente a la Plaza de Armas— el hotel Santa Isabel, tras el cual la ciudad muestra con orgullo su mar interior y las poblaciones de la otra orilla.

No parece haber reparado de inmediato en el Palacio de los Capitanes Generales, que surge desde abajo, abruptamente, al abrirse la ventana central. Pero sobre éste, en perspectiva, debió divisar La Giraldilla en lo alto del Castillo de la Fuerza, y más distante aún —del otro lado del canal y entre los árboles— el promontorio dominado por la fortaleza de San Carlos de la Cabaña.

Pero no fueron, en definitiva, ni la monumentalidad barroca, ni el encanto colonial, ni el diseño urbanístico de la ciudad lo que sedujo al escritor y al hombre.

La Finca Vigía

Vista exterior de la finca La Vigia.

En 1940, el escritor compra Finca Vigía con el dinero recibido por los derechos de Por quién doblan las campanas, y la hace su hogar.

Para 1945, en Finca Vigía inicia la redacción de dos nuevos borradores. Uno de ellos será su novela El jardín del Edén, publicada muchos años después de su muerte en una controvertida versión editorial. El otro se titularía The Sea Book, pero su escritura se interrumpe varias veces y nunca lograría terminarlo. De aquí saldrá la versión definitiva —como novela independiente— de El viejo y el mar; el resto de ese manuscrito vería la luz después de su muerte con el título de Islas en el Golfo 1970.

Museo Ernest Hemingway

A doce y medio kilómetros del centro de la ciudad de La Habana, en el poblado de San Francisco de Paula, se encuentra enclavada la finca Vigía, última morada en Cuba del periodista y escritor norteamericano Ernest Hemingway.

La hermosa residencia donde Hemingway fue edificada en 1887 por el arquitecto catalán Miguel Pascual y Baguer. La misma está conformada por la casa principal, una construcción independiente conocida como torre, el bungalow-garaje, la piscina y pérgola, el pabellón del yate Pilar y el cementerio de los perros del escritor.

Un año después de su muerte, el 21 de julio de 1962 —fecha en la que se cumpliría el aniversario 63 de su nacimiento—, y de que su última esposa, Mary Welsh, donara la casa al Gobierno revolucionario cubano, se decidió convertirla en museo para así perpetuar la memoria del narrador estadounidense cuya prolífera obra mereció el Premio Nobel de Literatura en 1954 por la sobriedad de su estilo, así como por los elementos trágicos utilizados y el retrato que hace de la época que representa en la misma.

El ambiente original del museo permite descubrir los gustos, costumbres y aficiones de quien fuera un gran amigo de Cuba. Sus instalaciones se conservan como si todavía su dueño las habitara. Cada objeto permanece tal y como él las dejara antes de partir hacia Ketchum, lugar donde el 2 de julio de 1961 le dio fin a su enigmática vida.

La valiosa colección de libros que reposa en los estantes y las cabezas disecadas de animales que cuelgan de las paredes de las habitaciones reflejan otra de las facetas del escritor, amante también de las aventuras, entre las que destacaron la caza y la pesca.

Al penetrar en las habitaciones de la hermosa residencia, se descubre el singular e interesante mundo de este hombre que fuera uno de los escritores más talentosos de todos los tiempos.

El Yate Pilar

El Pilar de Hemingway.

El yate hecho de caoba y roble, con una eslora de 11,86 metros y manga de 3,65 metros, disponía de un motor marino, marca Chrysler de 110 HP, y también de otro motor auxiliar más pequeño para el caso que fallara el primero, marca Lycoming de 40 HP con transmisión directa. La distribución del espacio fue concebida a su gusto, con camarote de proa con dos literas, el cual queda aislado por una puerta que conduce al pasillo. La cocina a la derecha y el baño a la izquierda. Le sigue el comedor con una mesa de tablero movible y al otro lado una litera. Dos escalones permiten subir a cubierta, y una puerta da paso al puente donde se encuentra la pizarra y el timón de mando, este último repetido sobre el techo de la embarcación para permitir su gobierno con mayor visibilidad.

Es una embarcación, sólida y gobernable en cualquier estado de la mar; tiene la popa baja y con un cilindro de madera gruesa para izar las piezas grandes a bordo. El puente volante es tan sólido que desde él se puede bregar con un pez grande. –escribió el propio Hemingway.

El yate lo bautizó con el nombre de Pilar, en honor a la virgen de Zaragoza, la Pilarica de España lo que demuestra su predilección por lo español. A su llegada a Cuba se hospedaba en el Hotel Ambos Mundos, mientras que el yate Pilar tenía por base de operaciones a Cojimar, un pintoresco pueblo de pescadores al este de la Habana donde Hemingway se hizo de numerosos amigos.

El Pilar fuente de aventuras e inspiración.

El yate tuvo dos capitanes: El primero fue Carlos Gutiérrez, experto en la Corriente del Golfo, por la cual Hemingway tenía predilección. Estuvo a cargo del Pilar hasta 1937 cuando el escritor marcha como corresponsal a cubrir la Guerra Civil Española. A su regreso, Gregorio Fuentes ocupa el mando del Pilar y se mantuvo en el puesto junto al escritor por el resto de su vida.

El viejo y el mar, obra escrita por Hemingway en 1952 y que le valió recibir al escritor recibir el Premio Nobel de Literatura en 1954 fue inspirada en buena medida por las vivencias que ambos compartieron. Gregorio murió el 13 de enero del 2002 a la edad de 104 años.

El Pilar recorrió gran parte de la costa norte de Cuba y de otras islas de la Corriente del Golfo, Andos, Bimini, Tortuga, entre otros. Los cayos de la costa norte de la provincia de Pinar del Río, como Casigua, y Cayo Romano, norte de la provincia de Camagüey, deshabitados y desérticos pero atractivos y acogedores, fueron visitados por el yate Pilar con frecuencia.

El Pilar descansa en el Museo Ernest Hemingway.

Hemingway había alcanzado tal destreza en la pesca, que en 1935 ganó el famoso campeonato de la pesca en Bimini, y fue nombrado Vice-presidente de la Asociación Pescadores de Aguas Saladas de Norteamérica por sus aportes y colaboraciones a la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia sobre clasificaciones y ejemplares raros.

Con la participación directa de Hemingway, y por iniciativa del Club Náutico Internacional de la Habana en 1950 se organiza un evento de pesca internacional con la cooperación de la Corporación de Turismo, entregándose como trofeo una hermosa copa de plata donada por el propio Hemingway. Hoy continúa celebrándose en Cuba un evento de pesca inspirado en aquel, aunque con otras características, que lleva por nombre “Copa Hemingway”.

Obras Literarias.

  • Tres relatos y diez poemas 1923
  • En nuestro tiempo 1925
  • Hombres sin mujeres 1927
  • El ganador no se lleva nada 1933
  • La quinta columna y los primeros cuarenta y nueve relatos 1938
  • Hombres en guerra 1942.
  • Muerte en la tarde 1932
  • El cabaret de Angela Swarn 1939.

Ultimos años en Cuba

Hemingway recibe el Premio Pulitzer por El viejo y el mar, y emprende su primer retorno a España después de la Guerra Civil. Practica en África, nuevamente, la caza mayor. Sufre nuevos accidentes que alimentan el mito mundano que, desde mucho tiempo atrás, lo acompaña. Durante unas horas, el planeta se estremece ante la falsa noticia de su muerte. Por fin, en 1954, año en que recibe el Premio Nobel, regresa a La Habana.

Como el viejo Santiago al perder su batalla, «vio el fulgor reflejado de las luces de la ciudad a eso de las diez de la noche. Al principio eran perceptibles únicamente como la luz en el cielo antes de salir la luna. Luego se las veía firmes a través del mar que ahora estaba picado debido a la luna creciente. Gobernó hacia el centro del resplandor y pensó que, ahora, pronto llegaría al borde de la corriente». Y entregó al pueblo cubano y especialmente a los pescadores de Cojímar, en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, la áurea medalla del Premio.

En 1956, su permanente peregrinaje lo lleva a Francia y de nuevo a España. El cuatro de septiembre, por irónica coincidencia, la revista Look publica su última crónica sobre Cuba, ya desde el título significativamente sombría: «Un informe de la situación».

Se mantiene en Finca Vigía hasta el verano de 1960, y conoce a Fidel Castro durante la celebración del concurso de pesca que, desde su constitución, llevaba su nombre. En Finca Vigía terminará la redacción de París era una fiesta, nostálgica remembranza de sus días más felices: su primer matrimonio, su primer hijo y su primer libro. El desequilibrio emocional que lo aqueja y sus secuelas, lo acosan y lo hieren en lo más sensible.

En medio de la crisis entre Estados Unidos y Cuba, en un tránsito de aeropuerto, el periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh logra un breve intercambio con él, parte en español, parte en inglés. En la barahúnda de despedidas y reencuentros de la terminal aérea quedan flotando fragmentos del diálogo:

«Nosotros, los cubanos, ganaremos...», dice Hemingway.

Y agrega:

«I am not a yankee, you know?»

En noviembre ingresa para tratamiento psiquiátrico por primera vez. En abril de 1961 es internado nuevamente. Es sometido a sesiones de electroshocks. El 2 de julio se suicida.

En 1962, se publicó El viejo y el mar en edición cubana de homenaje a su autor y todos conocieron la historia del viejo que pescaba solo en su bote en la corriente del Golfo, cuando hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. La historia terminaba la tarde en que llegó una partida de turistas a La Terraza y, mirando hacia abajo, al agua, entre las latas de cervezas vacías y las picúas muertas, una mujer vio un gran espinazo blanco con una inmensa cola que se alzaba y balanceaba con la marea mientras el viento del este levantaba un fuerte y continuo oleaje a la entrada del puerto.

Desde entonces, Ernest Hemingway fue uno más entre los históricos habitantes de La Habana. Su código ético —de algún modo— también es el de los cubanos, sin que pueda decirse de quién es originalmente: porque el hombre puede ser destruido, pero jamás derrotado.

Fuentes