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Ramón Blanco y Erenas

Ramón Blanco y Erenas
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RamónBlancoErenas.jpg
Gobernador de Cuba
Datos Personales
NombreRamón Blanco y Erenas, marqués de Peña Plata
Nacimiento1833
San Sebastián, Bandera de España España
Fallecimiento4 de abril de 1906
Madrid, Bandera de España España
Notas
Gobernador de Cuba en dos oportunidades: (1879-1881 y 1897-1898). También fue Capitán General de Navarra (1876), Filipinas (1893-1896) y Cataluña.

Ramón Blanco y Erenas, marqués de Peña Plata. Militar y noble español. Gobernador de Cuba (1879-1881 y 1897-1898). Capitán General de Navarra (1876), Filipinas (1893-1896) y Cataluña. Su primer mandato en Cuba se caracterizó por la destrucción que sufría la isla tras la contienda de la Guerra de los Diez Años y el desarrollo de la Guerra Chiquita. En su segundo mandato trató de implantar la autonomía en la isla para frenar la revolución independentista, concluyendo con la intervención norteamericana.

Sus primeros años

Nació en San Sebastián, España, en 1833. Desde joven asumió la carrera militar en el ejército español, llegando a Cuba por primera vez en 1858 desde donde pasó a servir en Santo Domingo en 1861, regresó a España unos años, hasta que fue mandado a las Filipinas entre 1866 y 1871. En esa colonia fue capitán general, donde reaccionó enérgicamente contra la sublevación tagala, antes de ser destituido por Camilo García de Polavieja.

Participó en las guerras carlistas en los frentes vasco, navarro y catalán y en ellas ascendió a brigadier. Siendo capitán general de Navarra tomó parte en la ofensiva de 1876 en el Valle del Baztán, y por su actitud destacada obtuvo el marquesado de Peña Plata.

Primer período como Gobernador de Cuba

El 17 de abril de 1879 Ramón Blanco asumió el cargo de Gobernador de Cuba, en sustitución de Cayetano Figueroa y Garahondo, que ocupaba el cargo con carácter provisional. A partir de esa fecha los gobernadores generales de Cuba continuaron siendo militares, aunque dejaron de llamarse capitanes generales.

La primera guerra por la independencia había ocasionado un severo deterioro en la economía del país. La reconstrucción resultaba difícil por la falta de recursos monetarios, ya que para sufragar los gastos de la guerra el Banco Español de La Habana había realizado continuas emisiones de papel moneda por lo que el circulante estaba muy depreciado, lo que era un trastorno para las operaciones crediticias necesarias para rehacer los ingenios, colonias, cafetales, puentes y vías de comunicación.

A ello se sumaba que la ya avizorada supresión de la esclavitud requeriría financiamiento para el pago del trabajo asalariado. Para males mayores el precio del azúcar continuaba bajando, y llegó a menos de tres centavos la libra.

José Martí, que se encontraba en Cuba desde agosto de 1878 realizando una intensa labor revolucionaria y de carácter cultural y literaria, el 17 de septiembre de 1879 fue detenido en su casa, y se le acusó de conspirar con Juan Gualberto Gómez y otros luchadores independentistas. El gobierno español intenta presionarlo a declarar a favor de España, a lo que él se niega valientemente, por lo que fue deportado a España.

A inicios de 1879 los clubes revolucionarios en Cuba y en EE.UU. habían acordado reanudar las hostilidades contra España, pero en mayo fueron presos Pedro Martínez Freire, Flor Crombret, Mayía Rodríguez y Pablo Beola, y después deportados a España. Sin embargo, en agosto se alzaron 400 hombres armados en Gibara y Holguín a las órdenes del brigadier Belarmino Grave de Peralta. Otros grupos lo hicieron el 26 al mando de José Maceo, Guillermón Moncada y Quintín Banderas. Se iniciaba la Guerra Chiquita. Mayarí fue tomado el 13 de septiembre por los hermanos Virós. También se alzaron en Oriente Limbano Sánchez y los hermanos Rabí, mientras que en Las Villas lo hacían Francisco Carrillo, Emilio Núñez y otros patriotas.

La Guerra Chiquita continuó desarrollándose en un intento de los mambises de mantener las hostilidades contra España después del Pacto del Zanjón que había puesto fin a la Guerra de los Diez Años. Calixto García desembarcó en 1880, pero determinó posponer la expedición de Antonio Maceo, marginándolo por hacer oído a consideraciones racistas. La ausencia de los grandes líderes de la Gran Guerra junto con la labor de los autonomistas, que trataban de boicotear por todos los medios los esfuerzos guerreros de los cubanos, dio al traste con estos nuevos esfuerzos libertarios. Poco a poco los diferentes grupos de mambises en armas fueron deponiendo las armas, y en diciembre de ese año los últimos jefes soldados cubanos regresaron a sus casas o salieron al exilio, aprovechando las garantías dadas por el Gobernador.

El 18 de febrero de 1881 expuso Carlos J. Finlay en La Habana su teoría sobre agente transmisor de la fiebre amarilla. Blanco dejó el mando de Cuba el 28 de noviembre de 1881, entregándolo a Luis de Prendergast y Gordon, Marqués de la Victoria de Las Tunas.

Capitán General de Cataluña y de Filipinas

Volvió a España en noviembre de 1881 y fue nombrado capitán general de Cataluña y Extremadura. En 1893 el gobierno de Cánovas lo envió a Filipinas y permaneció en el archipiélago hasta 1896, en la que la oposición de los intransigentes especialmente el arzobispo y las órdenes religiosas, presionó a Madrid acusándole de ser excesivamente contemporizador con los independentistas.

Segundo período de Gobernador en Cuba

El 8 de octubre de 1897 Práxedes Mateo de Sagasta, Presidente del Consejo de Ministros de España, sustituyó como gobernador de Cuba a Valeriano Weyler, y nombró en su lugar a Blanco, para utilizar la experiencia y dotes pacificadoras de éste para llevar adelante el tardío plan de autonomía cubana. El 31 de octubre Blanco llegó a Cuba para tomar posesión del cargo, y el 14 de noviembre derogó los bandos que establecían la criminal reconcentración dictada por Weyler, pero ya el daño estaba hecho. Esto lo hizo para suavizar la situación y crear las condiciones para el establecimiento del régimen autonómico en Cuba.

Blanco tuvo la triste misión de ver cómo la dominación española acababa de derrumbarse. En los meses iniciales de 1898 el régimen de dominación español en la Isla se encontraba en una situación crítica, y Ramón Blanco describió con dramáticos y sombríos tintes la situación: “La administración se hallaba en el último grado de perturbación y desorden; el ejército, agotado y anémico poblando los hospitales, sin fuerzas para combatir ni apenas sostener sus armas (…)” Por otra parte, cada vez más se rechazaba dentro de la Península el envío de jóvenes inocentes a la Isla, numerosas manifestaciones de madres se sucedían por las más céntricas calles españolas pidiendo que sus hijos no fueran enviados a morir de enfermedades y heridas de guerra a Cuba.

En ese año de 1897 se separó la Capitanía General del Gobierno y se dotó a Cuba de un parlamento bicameral. Este sistema sólo duró unos meses ya que al poco tiempo estallaría la Guerra Hispano-Norteamericana, que traería desastrosas consecuencias para España, por la pérdida de sus provincias de Ultramar. En medio de esa situación, y como un intento desesperado de la corona para no perder la más preciada joya de su antiguo mundo colonial, el 25 de noviembre de 1897 se promulgó la Constitución Autonómica para las islas de Cuba y Puerto Rico, en la que se establecía que: “El Gobierno de cada una de las Islas se compondrá de un Parlamento Insular, dividido en dos Cámaras y de un Gobernador General, representante de la Metrópoli, que ejercerá en nombre de ésta la Autoridad suprema”. La autonomía entró oficialmente en vigor el 1ro de enero de 1898, y el 20 de enero comenzó a aplicarse en Cuba.

Para muchos resultaba una fórmula carente de total significación o viabilidad, así lo sintieron los cubanos, que lejos de disminuir el apoyo al independentismo lo aumentaron como la única vía posible después de tantos años de sacrificios y del evidente agotamiento de las fuerzas españolas.

Si bien el año de 1897 había sido terrible para las fuerzas cubanas, pues el sostén que le proporcionaba la población se había visto disminuido por la política de reconcentración llevada a cabo por Weyler, la ingeniosidad del cubano y su capacidad para resistir y adoptar variantes de sustento, habían permitido superar los difíciles momentos.

A lo anterior habría que añadir algunos de los decretos firmados por Blanco, tendentes a disminuir los efectos de dicha política de reconcentración cuando autorizó el progresivo regreso de parte de la población reconcentrada a sus lugares de origen, ello en un período quizás no muy prolongado permitiría a las fuerzas insurrectas volver a disponer de un apoyo seguro. En cuanto a Estados Unidos, desde junio de 1897 intensificó su ofensiva diplomática presionando a España para que asumiera una posición definitiva respecto a Cuba que modificara el status que hasta ese momento había tenido. Creyendo España que la autonomía funcionaría, tampoco aceptó las ofertas de compra realizadas por el vecino norteño.

Convencido Estados Unidos de la inoperancia de la autonomía, jugó una doble estrategia: si bien por una parte ignoró las estructuras políticas de la revolución cubana, intentó conseguir, a toda costa, el apoyo de los principales líderes del Ejército Libertador a la ofensiva militar que se proponía lanzar sobre la Isla. Se trataba así de aparecer como aliados de las fuerzas independentistas sin contraer oficialmente ningún tipo de compromiso con el movimiento revolucionario.

El 25 de enero de 1898 entró en La Habana el acorazado norteamericano Maine, con el pretexto de una visita amistosa, y el 15 de febrero explotó en las aguas de la bahía, brindando al gobierno el ansiado pretexto que justificara la entrada en un conflicto que prácticamente ya estaba perdido para España. Después de este hecho los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente con un claro rumbo hacia la guerra, en un clima de densa atmósfera belicista fomentado por la prensa amarilla norteamericana, una vez más Estados Unidos presionó para una venta o la firma de un armisticio con el arbitraje norteamericano que también fue rechazado por España. El 10 de abril de 1898 Ramón Blanco firmaba un decreto suspendiendo las hostilidades en la guerra que se desarrollaba en la Isla.

Este acto unilateral de España que tendía al apaciguamiento de las hostilidades y estimulado por el Papa y los representantes de algunas de las potencias europeas, fue rechazado por los cubanos quienes continuaron su lucha, convencidos de que la aceptación de ese decreto era un escamoteo a los objetivos básicos de los patriotas en armas. Sin dudas, la actuación española era reflejo de su situación desesperada y una forma de ganar tiempo ante las presiones norteamericanas que amenazaban una inminente intervención, a lo que se unía la negativa de los cubanos a aceptar el régimen autonómico.

El no reconocimiento del decreto firmado por Blanco el 10 de abril, precipitaron las acciones de Estados Unidos, que ya al siguiente día, encabezado por William McKinley solicitó los poderes necesarios para intervenir en el conflicto cubano, hecho que se concretó oficialmente el 21 de abril, comenzando el bloqueo norteamericano a Cuba, especialmente en La Habana a partir del día siguiente, y en Santiago, el 27 de mayo, donde desde hacía una semana se encontraba la flota del almirante Cervera, que el 3 de julio fue completamente destruida.

El régimen autonómico, no tuvo la menor trascendencia para Cuba, duró menos de doce meses, pues cesó con la toma de posesión del gobierno de ocupación norteamericano. Una vez concretada la derrota ante las fuerzas cubanas y norteamericanas, Blanco dejó el cargo de gobernador de Cuba el 26 de noviembre de 1898, entregando el mando Adolfo Jiménez Castellanos y de Tapia el 30 de ese mes, que a su vez lo entregaría a John R. Brooke, primer interventor yanqui.

El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París, acuerdo que puso fin al conflicto entre España y Estados Unidos, y que significó la renuncia de España a la soberanía sobre Cuba, que se concretó el 1 de enero de 1899 al establecerse en Cuba el gobierno militar interventor.

Fallecimiento

Ramón Blanco regresó a España y murió en Madrid el 4 de abril de 1906, y sus restos fueron trasladados a Barcelona, en su patria vasca.

Fuentes

  • Arcadio Ríos. Hechos y personajes de la Historia de Cuba. Recopilación Bibliográfica. La Habana, 2015. 320 p.
  • Arcadio Ríos. La Agricultura en Cuba. Editorial Infoiima. La Habana. 2016. 374 p. Págs. 82-83; 85.
  • Historia de Cuba. Dirección Política de las FAR. LA Habana. Págs. 286-294.
  • Eduardo Torres-Cuevas y Oscar Loyola. Historia de Cuba. 1492-1898. Editorial Pueblo y Educación. La Habana, 2001. Págs. 280-281; 350-352.
  • Colectivo de autores. Enciclopedia Historia Militar de Cuba (1510-1868). Centro de Información para la Defensa, MINFAR.